El mirto y el puñal 21
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Lucrecia disfrutaba de manera especial del Domingo de Ramos.

Contemplaba, dichosa, la plaza y las naves de la basílica de San Pedro sembradas de palmas blancas y ramas verdes de olivo bajo la luz de la primavera recién nacida.

Ni siquiera la presencia de su marido —que estaba entre los cientos de invitados que abarrotaban la capilla Sixtina— la privaba de un placer que esperaba incrementar si conseguía ver el dulce rostro de Perotto entre los clérigos y servidores de la curia que pululaban por el altar mayor a la espera de que se iniciara la liturgia.

Pensó que su amante estaría en ese momento ayudando al papa a revestirse con la capa magna de brocado rojo y pedrería.

Luego lo ayudaría a colocarse el triregnum sobre la cabeza, pues el pontífice iba a presidir la ceremonia de bendición de las palmas vestido y coronado como en las ocasiones más solemnes. Tenía una buena razón para ello:

Quería impresionar a Gonzalo Fernández de Córdoba.

El Gran Capitán, además de victorioso libertador del Reino de Nápoles, había logrado recuperar para el papa el castillo de Ostia, liberándolo de las garras francesas.

No obstante, el general cordobés no había llevado a cabo tal hazaña por la obediencia debida al santo padre, sino después de cobrar por adelantado veinte mil ducados y de la intercesión de César, que convenció al papa de que el duque de Gandía no iba a ser capaz de tomar el bastión ni aunque el propio Josué se presentara con el arca de la Alianza y le diera siete vueltas a las murallas para derribarlas como hizo con las de Jericó.

El día de San Valentín —mientras las doncellas romanas que buscaban marido llevaban flores ante el cráneo del santo en la iglesia de Santa Maria in Cosmedin— el Gran Capitán hizo su entrada en el Borgo para ofrecer su victoria ante el santo padre.

Cruzó la plaza de San Pedro a lomos de su enorme caballo negro, con el corsario vizcaíno Menaldo de Aguirre —el mercenario que defendía el castillo de Ostia por encargo del rey de Francia— a lomos de un burro unos pasos detrás, con una cuerda anudada en un lazo flojo en el cuello, las manos atadas y las riendas sujetas por un palafrenero.

Tras el Gran Capitán, los infantes y jinetes con los que había logrado la hazaña.

Al contrario que los soldados milaneses de corazas bien bruñidas que se recreaban desfilando, los caballeros venecianos de calzas con filigranas y capas bordadas o los gigantones suizos de caras orondas y vestidos de mil colores que hacían temblar el suelo cuando marchaban a golpe de alabarda, aquellos hombres enjutos y malencarados, de rostros quemados por el sol, vestidos de cuero endurecido y cotas de malla viejas, parecían recién bajados del patíbulo.

—¡Santa María! —exclamó el papa, conforme los vio llegar por la via del Borgo Vecchio hasta la plaza de San Pedro—. ¡Y no son ni dos millares! Con diez mil de estos hombres, mi hijo Juan sería el señor de media península y, con veinte mil, ¡el rey de toda Italia!

—Ni con veinte millones de esos hombres —susurró César a Lucrecia— sería capaz nuestro hermano Juan de conquistar una simple aldea calabresa poblada por mujeres y niños descalzos.

—¡Cállate, César! —replicó ella, tapándose la sonrisa con la mano—. ¡Que nos van a oír! ¡Mira a los españoles! ¡Dan miedo!

—¡Lo que da es gloria verlos! —dijo el cardenal—.

Éstos no son artesanos de la buona guerra a la italiana, Lucrecia, sino profesionales de la atrocidad a la española.

Dice don Micheletto que son capaces de marchar durante tres días sin nada más que un par de ruscos de pan duro y tres tragos de vino y que pelean como furias del infierno.

¡Fíjate en que el papa confiaba en que la fortaleza de Ostia cayera en ocho semanas, pero el Gran Capitán lo logró en tan sólo ocho días!

En todo el Palacio Apostólico se sabía que fue el propio Gonzalo Fernández de Córdoba el que se había concedido a sí mismo la entrada triunfal en Roma en la que, para disgusto del papa, había relegado al duque de Gandía y la artillería pontificia al final del desfile, a pesar de que también habían participado —aunque más bien sólo habían estado— en el asedio de Ostia.

Aun así, Juan Borgia se puso la coraza bruñida con sus armas labradas en la pechera, las espuelas doradas y el bastón blanco de gonfaloniero y capitán general de la Iglesia, que llevaba bien alto para que todo el mundo lo viera cada vez que levantaba de manos a su caballo.

El gesto para entretener al pueblo provocó en César bufidos de desprecio.

Sin embargo, Lucrecia no podía evitar sentir cierta lástima cuando a su hermano mayor le fallaban los trucos con los que antaño seducía a la chusma y, más aún, cuando empezó a recibir burlas:

—¡Larga vida al duque de Gandía, que ha encontrado el ejército que había perdido! —le gritaban.

Cuando el Gran Capitán llegó ante el sumo pontífice —ya sentado en el trono dorado de la sala de los Pontífices de la torre Borgia— dobló ligeramente la rodilla y esbozó el gesto de besarle la mano, pese a que Alejandro VI había extendido el pie para que el general cordobés pusiera sus labios en la punta del borceguí rojo, tal y como mandaba el protocolo vaticano, al que no le hizo ni caso.

—Bendecid, santo padre —le pidió—, la victoria para vuestra causa de las armas de mis reyes, Fernando e Isabel, y regocijaos en ella, pues, tal y como nos encomendasteis, Ostia vuelve a ser vuestra.

El papa, con el rostro tenso de ira por la falta de respeto que mostraba el cordobés, acertó a dibujar en el aire, sin demasiada definición, la señal de la cruz. Sin embargo, no podía dejar sin respuesta aquella ofensa.

—Bien valdría a vuestros soberanos —le dijo—, a los que he dado medio mundo y otorgado el título de católicos, que los vasallos que envían a Nos cumplieran debidamente las formas que merece la altísima dignidad que tiene y merece el vicario en la tierra de Nuestro Señor Jesucristo.

—Sólo han de agradecer mis reyes a su santidad —respondió el andaluz— lo que el santo padre les haya dado que no fuera ya suyo de antes.

Y ahí no entra ni la hazaña del almirante Colón ni los méritos en la defensa de la fe cristiana que Isabel y Fernando han llevado a cabo y los que Roma, en justicia, debe reconocer.

Nadie, desde el ultraje de Anagni, hacía casi doscientos años, se había atrevido a hablar así a un pontífice en un acto público.

Y aunque esta vez no hubo bofetada, como la que propinó Sciarra Colonna al papa Bonifacio VIII por encargo del rey Felipe IV de Francia, el rostro de Alejandro VI se quedó igual de lívido que si la hubiera recibido.

—Y bien le valdría a vuestra santidad —continuó el Gran Capitán— no dar motivos para más escándalo de la cristiandad manteniendo a concubinas y favoreciendo a hijos que no debería haber tenido.

Y sin siquiera esperar una segunda respuesta, hizo una ligera reverencia —más leve aún que la anterior, casi imperceptible— y se marchó por donde había venido.

Con semejantes antecedentes, la ceremonia de la entrega de las palmas del Domingo de Ramos había levantado gran expectación, porque la mayoría pensaba que iba a ser el momento en el que Alejandro VI y Gonzalo Fernández de Córdoba se iban a reconciliar.

Pero no fue así.

Tras la misa solemne, en la capilla Sixtina, el papa procedió a repartir las ramas bendecidas entre los presentes.

La tradición dicta que el mayor honor es para quien la recibe primero, y el santo padre se la dio a Juan.

Había cometido otro error porque, aunque Gonzalo Fernández de Córdoba ya había recibido la Rosa de Oro y el Estoque Bendito en agradecimiento por la conquista de Ostia, el general cordobés no estaba dispuesto a que aquel inútil se apropiara de honores que no le correspondían.

Cuando le llegó el turno de recibir la palma de manos del pontífice, el general no se movió de su asiento.

De nada sirvieron los sutiles gestos del papa ni los exagerados aspavientos de monsignore Burcardo.

Sin embargo, Alejandro VI recuperó su sagacidad política y no dijo nada, porque era evidente que Fernández de Córdoba estaba provocando otro enfrentamiento que no le convenía.

Al final, dejó que se marchara por donde había venido.

Por la tarde, el papa había organizado un banquete y un baile en las terrazas superiores del castillo de Sant’Angelo, donde César y Lucrecia conversaban.

—Es verdad —le dijo César a Lucrecia tras la ceremonia— que el santo padre ofendió al Gran Capitán anteponiendo a nuestro hermano en el orden de recepción de las palmas.

—Pero ¿no me dijiste que sin la artillería pontificia no se hubiera podido rendir la fortaleza? —inquirió Lucrecia—. ¿Y no estaba Juan al mando de ella?

—Juan no estaba al mando de la artillería —escupió César—.

De hecho, no estaba al mando de nada, gracias a Dios.

Asistía a las reuniones del estado mayor de don Gonzalo y asentía con la cabeza a todo como si entendiera algo de lo que allí se decía.

Y nada más. En cierta ocasión que intervino, dijo tal majadería que todos los allí presentes se rieron de él como si fuera un bufón.

—¿Y no pudiste defenderlo?

—¿Cómo iba a hacer tal cosa? —respondió—.

Era tan gorda la estupidez que no pude más que agachar la cabeza y esperar a que la oleada de vergüenza me pasara por encima.

Juan es muy estúpido, Lucrecia. Muchísimo.

En vez de hacer como yo, escuchar y aprender de un gran general como don Gonzalo, se dedicó a jugar con su puñal de empuñadura de oro, a beber...

y, cuando se aburrió lo bastante, se marchó para retozar con alguna de las rameras que se llevó al frente.

—¡Inaudito!

—Es cierto, germaneta . Pero no creas que nadie se escandalizó por ello. Es más, agradecieron que se marchara.

—¿Por eso su santidad no ha querido responder al desplante de don Gonzalo con las palmas?

—No. No lo creo. El pare sant no ha respondido porque, simplemente, no puede. No hay en Roma quien pueda enfrentarse a esos españoles. Es más, lo que no consiguió Carlos de Valois con treinta mil soldados en la ciudad lo podría hacer si quisiera el Gran Capitán con menos de dos mil.

—¿El qué?

—Deponer al papa. Te digo que, ante esos castellanos y aragoneses, la maniobra de aparecer aquí arriba con las cabezas de san Pedro y san Pablo y el velo de la Verónica no serviría de nada si su comandante ordenara que entraran en el castillo a sangre y fuego.

—Y eso que parece gente muy piadosa y devota.

—Ya lo creo que lo son. Sobre todo, de su general.

Ambos se quedaron en silencio, mirando el sol del atardecer, que pintaba de oro las aguas del Tíber. A pesar de que la primera luna llena de primavera había sido temprana aquel año, el aire era cálido y agradable.

—Tengo que pedirte una cosa, César —dijo Lucrecia al cabo de un rato.

—Lo que quieras.

—Implicará a don Micheletto.

—¿Qué ocurre?

—Mi marido.

A César se le agrió la expresión. Nunca había tolerado al Sforzino.

Había discutido mucho con el santo padre sobre la conveniencia de aquel matrimonio, que había arreglado con el cardenal Ascanio, para que los Borgia emparentaran con los Sforza ante la amenaza del rey Ferrante de Nápoles.

El conde de Pésaro no era uno de los Sforza de la rama principal de Milán; ni siquiera era un bastardo con buenas aptitudes para el gobierno y la guerra como su prima, la feroz Caterina.

Además, la alianza de entonces se había malogrado en el momento en el que Ludovico el Moro le abrió las puertas de Italia al rey Carlos de Francia.

Por tanto, aquel matrimonio no servía ya para nada.

—¿Qué le ocurre a ese imbécil? —preguntó César—. Lo he visto en la ceremonia de las palmas, pero ahora ya no está aquí, ¿no?

—No —respondió Lucrecia—. En cuanto terminó, fue a la vicecancillería para esconderse bajo las faldas de su tío el cardenal Ascanio.

—¿Entonces?

—El santo padre me ha comunicado que va a iniciar el proceso para anular mi matrimonio con Giovanni. Bueno, dice que va a convencerlo para que acceda de mutuo acuerdo.

—¡Magníficas noticias! —exclamó César—. Ya era hora de que nos libráramos de ese patán.

—Igual no es tan fácil —dijo Lucrecia—. Durante la misa, me ha susurrado que no firmará anulación alguna si le obligan a devolver los treinta mil ducados de mi dote.

—¡Miserable hijo de mil putas! —escupió César—. ¿Cómo se atreve? ¿Después de todo el dinero que ha cobrado de la condotta que le dio la Santa Sede para pasearse con sus soldados lo más lejos posible de la batalla?

—Eso mismo le dije yo —apuntó Lucrecia—, pero se rio en mi cara.

Me dijo que las mujeres no sabemos de las cosas de la guerra y yo le contesté que su prima Caterina había demostrado, si no saber, al menos tener muchos más redaños que él en el oficio de las armas.

Luego me dijo que esta noche vendrá al palacio de Santa Maria in Porticu para cumplir con sus deberes maritales.

No lo hará por placer ni por lujuria. Sólo quiere humillarme.

—No entrará si tú no quieres, Lucrecia.

—Si se presenta en el palacio, ningún sirviente se atreverá a cortarle el paso. Y es más que probable que vaya acompañado por un par de criados armados o guardias milaneses de la escolta del cardenal Ascanio. En todo caso, puede montar un escándalo.

—Que lo monte si quiere —dijo César—, aunque no creo que se atreva. De todos modos, lo mejor sería que se aviniera a anular el matrimonio sin exigir la dote y, de paso, que ni siquiera se planteara ir a molestar a mi hermana. Hablaré con don Micheletto.

—No hará falta que...

—Hablaré con él, Lucrecia —cortó César—. Déjame que...

—¡No quiero que don Micheletto lo mate, César! —protestó—. No llevaré una muerte sobre mi conciencia. Basta con que no entre.

—De acuerdo, Lucrecia. No entrará.

Ninguno de ellos se percató de que, parapetado tras una bandeja llena de peladillas, confites y otras golosinas, un paje había escuchado lo suficiente de aquella conversación como para saber que su verdadero amo —el cardenal Ascanio Sforza— le recompensaría bien por llevarle la información.