El mirto y el puñal 20 #2
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—¿Y le dejarás que venga a tu habitación?

—¡Ni borracha! —escupió Lucrecia—. Le escribí para advertirle que se alojara en la vicecancillería, con su tío Ascanio.

—¿Y te ha contestado?

—No. Tampoco me importa. Además, el santo padre me prometió que me libraría de él en cuanto terminara la guerra y ya no fuera necesaria la alianza con el Ducado de Milán. Y con la firma del acuerdo de mañana, todo eso parece más cerca.

—Bueno —dijo Sancha levantándose del sillón y dejando sobre el asiento el bastidor con la labor de bordado—. Creo que voy a ir a dar un paseo.

—¿Un paseo? —se sorprendió Lucrecia—. ¿A estas horas? ¡Pero si ya está anocheciendo!

—Precisamente por eso. —Sancha esbozó una sonrisa pícara—. Además no voy muy lejos. Al segundo piso del Palacio Apostólico, a ver cómo está la herida del duque de Gandía y si ya soporta mejor ese frío que dices que se le ha aferrado a los huesos.

El palacio de Santa Maria in Porticu —la residencia de Lucrecia en Roma, a la izquierda del Palacio Apostólico— tenía una capilla privada que comunicaba con la basílica de San Pedro.

Una vez allí, los que conocían el camino, como Sancha, Lucrecia o Julia Farnesio, podían acceder a la residencia papal a salvo de las miradas indiscretas.

O a la de los invitados preferentes del santo padre, como el duque de Gandía.

Lucrecia se quedó sola mirando el crepitar de las llamas en la chimenea.

Su matrimonio con el conde de Pésaro era un desastre.

Entre ellos no había amor —lo cual era esperable—, pero tampoco pasión ni siquiera conveniencia.

Además, todos los Borgia —incluida Lucrecia— se habían convencido de que Giovanni Sforza era un traidor. Y también un cobarde.

Durante toda la campaña para expulsar al rey de Francia, y a pesar de que tenía bajo su cargo una compañía de lanceros milaneses pagados por la Cámara Apostólica, el Sforzino se había preocupado de estar todo lo lejos posible de los combates.

La mayoría de las veces, refugiado en su rocca de Pésaro a esperar que amainara la tormenta.

De nada habían servido las cartas del papa en las que lo conminaba a acudir a Bracciano para ayudar al duque de Gandía en su campaña contra los Orsini.

Al final, bajo la amenaza de excomunión, había accedido a acudir a Roma, no a disfrutar del carnaval —como le había dicho Lucrecia a Sancha a sabiendas de que era mentira—, sino para negociar, de momento, por las buenas, las condiciones con las que se iba a anular el matrimonio.

— Filla meua —le había dicho el santo padre—, cuánto lamento haberte casado con ese hombrecillo que no ha servido como esposo, como soldado ni como yerno y, además, es un espía de los Sforza.

Ante aquello, Lucrecia sonreía con resignación y bajaba la cabeza para recibir en las mejillas la caricia de las manos del papa. Y aunque hubiera querido gritarle que no era una yegua a la que podía montar con el semental que quisiera, no le quedaba más remedio que esperar.

Su vida entera consistía en eso. En esperar junto a una chimenea o una ventana con un bordado en el regazo.

En aquel momento, esperar a que su santidad pusiera en marcha la maquinaria burocrática vaticana para anular aquel matrimonio de conveniencia por el propio provecho del papa.

Sabía, eso sí, que no estaría soltera mucho tiempo.

Con la misma mano que se anularía un lazo matrimonial se anudaría el siguiente.

Sólo Dios y el papa sabían quién sería su nuevo marido. Y cuándo.

Y cada vez odiaba más las esperas.

No obstante, había una cosa que sí podía hacer por sí misma.

Se levantó de la silla y, como había hecho Sancha hacía un rato, dejó la labor sobre el asiento.

Despidió a las dos doncellas romanas y se quedó con Pentesilea, que, a sus quince años, había crecido de súbito y era una impresionante hembra de piel de ébano, pechos generosos y rotundas caderas.

—Ve a buscarlo, Pentesilea —le dijo—. A ver si es posible que pueda venir.

—¿Ahora, señora? —contestó la esclava—. ¿O más tarde?

—Si puede venir ahora, ahora.

La joven se deslizó por el mismo pasillo que había usado Sancha d’Aragona rumbo al Palacio Apostólico, pero a unas dependencias distintas. Al cabo de un rato regresó. No lo hizo sola. Junto a ella estaba Pedro Calderón —Perotto—, el cubiculario favorito del papa.

El paje tenía ya dieciocho años y se había convertido en un joven fornido, de bellísimas hechuras, brillantes ojos del color de las aceitunas maduras y larga melena oscura y ondulada.

Además de ser el asistente principal del sumo pontífice y dormir en un lecho a los pies de la cama de Alejandro VI, dada su estrecha relación con él, había sido instruido por el temible don Micheletto en el oficio de las armas.

—¿Deseabais verme, señora? —preguntó el muchacho.

—Deseaba hacer algo más que verte —le contestó Lucrecia mientras le rodeaba el cuello con los brazos y lo besaba—. Mucho más.

Pentesilea dejó el candil sobre una de las mesas y, cerrando la puerta con cuidado para no hacer ruido, abandonó el aposento.