20
–¿Cómo está tu hermano? —preguntó Sancha d’Aragona a Lucrecia Borgia.
—Sigue en la cama —contestó la hija del papa mientras se sentaba junto a su cuñada—. Dice que no consigue quitarse el frío de los huesos, a pesar de que la chimenea de su aposento arde día y noche, se han colocado braseros y está bajo una montaña de mantas.
—¿Y la herida?
—Depende de a quién le preguntes por ella.
—¿Cómo? No entiendo.
—Según el propio Juan, está vivo de milagro; pero para César, no es más que un rasguño.
—¿Y qué dicen los médicos?
—Que le quedará una pequeña cicatriz en la mandíbula. Pero no gran cosa. Se la tapará la barba.
—Menos mal —suspiró Sancha—, hubiera sido una lástima estropear esa cara de querubín. Y tú, ¿qué opinas?
—Pues, sinceramente, me he hecho heridas peores en caídas del caballo; y tú y yo sangramos más cada mes por la entrepierna que lo que esa lanza de los Orsini le hizo en la cara.
Las dos cuñadas estaban en el salón del ala sur del palacio de Santa Maria in Porticu.
Hablaban del tremendo susto que conmovió a la corte vaticana cuando, cuatro días antes, el duque de Gandía, acompañado únicamente de un escudero, había llegado al Palacio Apostólico en mitad de la noche, pidiendo paso franco con grandes gritos.
Entró a caballo en el cortile , cubierto de barro y calado hasta los huesos, con el cuello cubierto por una costra de sangre seca.
Tenía convulsiones y apenas podía hablar.
En tan lamentable estado estaba que su santidad, al verlo, sufrió también un colapso en el mismo patio, a la vista de media corte pontificia.
En pocas horas, se había extendido por toda Roma el rumor de que los Orsini habían vengado a su jefe.
Acusaban a los Borgia de haber envenenado a Virginio Gentile, en su celda del castillo Nuovo de Nápoles.
La respuesta había sido contundente: masacraron el ejército del papa en las campas de Soriano Nel Cimino, al este de Viterbo.
También se decía que Bartolomea Orsini —la hermana del difunto jefe de la familia y defensora del castillo de Bracciano— le había sacado los ojos con sus agujas de tejer a Juan Borgia, el cual había sido devuelto al Vaticano, ciego, con un cartel al cuello que decía: «Sono il duca di Gandia.
Hai visto il mio esercito». 1 Aunque la parte de los ojos era una mentira difundida en la ciudad por los partidarios de los Orsini, el cartel empezó a aparecer pegado en los muros y en algunas estatuas, a las que se les manchaba los ojos con barro para emular la supuesta ceguera del favorito del santo padre.
Pero lo que era cierto, dolorosamente cierto, era la derrota del capitán general de la Iglesia. Y en toda Roma no se hablaba de otra cosa.
—Tengo más detalles de cómo fue la batalla —dijo Lucrecia.
—Cuenta.
—El ejército del duque de Gandía llevaba días bajo los muros del castillo de Bracciano.
Ya controlaban el burgo e intentaban abrir una brecha con la artillería, sin éxito.
Aunque no me extraña —explicó Lucrecia—, porque esas murallas y esas torres son monstruosas. ¿Has estado en Bracciano alguna vez?
—No. Nunca.
—Yo sí. Mis hermanos y yo íbamos con la dama Adriana en verano. Es un castillo colosal. Tiene cinco torres gigantescas y está situado en lo alto de una colina, con el pueblo a su alrededor y el lago de Bolsena a sus pies.
—Parece tan inexpugnable como el castillo del Huevo de mi Nápoles.
—¡Vaya que sí! Tanto que las balas de piedra de los cañones del papa no hacían mella alguna en sus muros y, al parecer, sus defensores tenían provisiones para meses.
Aun así, pese al criterio en contra de Fabricio Colonna y del duque de Montefeltro, mi hermano ordenó un par de ataques que fueron rechazados.
—Continúa.
—Entonces, llegaron noticias de que Vitellozzo Vitelli, con los hijos de Virginio Gentile, Carlo y Giulio, avanzaban por la Umbría con dos millares de mercenarios y artillería prestada por el rey de Francia.
Según mi hermano, no podía mantener el asedio, ya que corría el riesgo de que lo encerraran entre dos fuegos.
—¿Tú crees?
—No lo sé. No me han enseñado nada del arte de la guerra.
¡Con lo que me hubiera gustado! Fíjate que, aunque estaba su marido, la verdadera defensora de Bracciano ha sido Bartolomea Orsini.
Y todos en Roma recuerdan el valor de Caterina Sforza cuando tomó Sant’Angelo y obligó a los cardenales a que la indemnizaran por los daños ocasionados en su palacio de la plaza Navona.
—Ya. Bueno, ya hablaremos de eso en otro momento —cortó Sancha—. ¿Y qué pasó luego?
—Pues que mi hermano Juan ordenó levantar el cerco.
En tres días, y a marchas forzadas, atravesó los montes de Sutri y Capránica, costeó el lago de Vico y, tras superar las colinas que hay entre Capena y Viterbo, se plantó en los llanos de Soriano Nel Cimino para esperar al ejército de Vitelli y de los hijos de Virginio Gentile Orsini. Y ése fue el primer error.
—¿Por qué?
—Pues porque los enemigos ya estaban allí.
Se suponía que iban a cortarles el paso, pero la información de la que disponían, o eso dice Juan, era errónea.
El caso es que sus hombres, cansados por la marcha y desmoralizados por tantos días inútiles ante Bracciano bajo el frío y la lluvia, tuvieron que presentar batalla ante las tropas de Vitelli.
Éstas, aunque inferiores en número, ya estaban perfectamente formadas en orden de combate en la entrada del valle, que es largo y estrecho y está rodeado de bosques.
—Sigue.
—Según don Micheletto, el duque de Gandía dispuso a la artillería en la primera línea de combate para dar tiempo a los lansquenetes alemanes, que venían por detrás, a tomar posiciones.
Luego ordenó el avance de la infantería con la caballería de Fabricio Colonna en los lados y, tras los primeros embates, hizo algo que nadie entiende.
—¿El qué?
—Yo tampoco lo comprendo del todo, pero te voy a contar lo que yo he entendido del relato de don Micheletto.
Por lo visto, Juan hizo retroceder a la caballería; según él, para atacar a la española.
Es decir, acercándose y alejándose tal y como hacían los jinetes moros en la guerra de Granada.
Él asegura que los sargentos de las compañías lo entendieron como una retirada y confundieron a la infantería, que pensaba que, al huir los caballeros, la batalla estaba perdida.
—¿Y es cierto?
—Según Corella, los capitanes juran y perjuran que Juan dio orden de retirada, no de acosar. Fabricio Colonna también lo asegura. Pero el papa no quiere escuchar a nadie que no sea el duque de Gandía ni acepta más versión que la suya.
—Sus razones tendrá.
—No lo sé. El caso es que, para evitar el desastre total, Juan ordenó a la artillería que disparara, pero los cañones no estaban bien dispuestos. Las balas y la metralla pasaban por encima de las cabezas de las tropas de los Orsini sin causar daños de consideración.
—¡Santa María!
—Los mercenarios alemanes, ante aquel desbarajuste, empezaron a retroceder en perfecto orden —Lucrecia bajó la cabeza con vergüenza—, pero mi hermano volvió grupas de su caballo y huyó hacia Roma.
—¿Y la herida?
—Se la hizo un virote. Se lo lanzó un ballestero a caballo que salió en su persecución cuando vieron que huía.
Le alcanzó en el cuello, debajo de la oreja y un poco a lo largo de la mandíbula.
Según Juan, si llega a moverse una pulgada hacia un lado, le habría atravesado el gaznate de parte a parte.
—Menos mal.
—Más de seiscientos hombres, entre ellos cien lansquenetes, se dejaron la vida en el campo de batalla. Fabricio Colonna y la mayor parte de su caballería consiguió escapar, pero Vitellozzo Vitelli capturó al duque de Urbino y piden por él un rescate de escándalo.
—¿A Guidobaldo de Montefeltro? —exclamó Sancha—. ¿Y cuánto reclaman por su libertad?
—Cuarenta mil ducados.
—¡Qué disparate!
—Es algo más de la mitad de lo que les ha exigido el papa para pactar la paz. Al final, va a pagar los platos rotos el pobre Guidobaldo.
—¿La paz? —preguntó Sancha con los ojos como platos—. ¿Cómo que la paz? ¿El santo padre va a negociar?
—No le queda más remedio, Sancha. Con el ejército papal deshecho, tal y como había augurado César, los Orsini pueden recuperar los castillos perdidos y, además, conservar Bracciano.
Es cierto que les desangraría aún más, pero tampoco la Santa Sede puede permitirse prolongar la guerra durante más tiempo. Mañana se firma el acuerdo.
—No tendremos que ir a otra tediosa ceremonia vaticana, ¿verdad, Lucrecia?
—No creo. Las mujeres no contamos para estas cosas.
—Afortunadamente, querida —rio Sancha—. Todos esos asuntos de hombres son aburridos e impropios de damas.
—Bueno —dijo Lucrecia—, mira a la reina de Castilla.
O a tu abuelastra Juana, la última esposa del rey Ferrante.
Ella convenció a su hermano, el rey de Aragón, de que mandara a Nápoles al Gran Capitán.
O a Caterina Sforza. O a Bartolomea Orsini de la que hablábamos antes.
Está claro que podemos asumir el oficio de los hombres a la hora de gobernar. Y también de luchar.
—Supongo que sí, Lucrecia. Pero otra cosa es que queramos. Y yo, por lo menos, no tengo la más mínima intención de ponerme a hacer cuentas o leer latines.
—Pues leer y hacer cuentas —suspiró Lucrecia— es mejor que pasarse el día bordando.
—Para eso tenemos a los hombres. Para no aburrirnos.
—Habla por ti —dijo la hija del papa guiñando un ojo—, que tienes a tu esposo aquí en Roma.
—¡No seas cruel, Lucrecia! —se envaró Sancha d’Aragona—. ¡Que bastante desgracia tengo con que me hayan casado con medio marido cuando yo soy una mujer entera! ¡Aunque sea tu hermano pequeño!
—¡No te enfades, que sabes que te comprendo! Además, las dos sabemos cuál es la verdadera naturaleza de Jofré, que Dios nos perdone. El pobre ya hizo bastante con cumplir delante de todo el mundo.
—Pues eso. Y hablando de maridos y de cumplir, ¿y el tuyo?
—De camino a Roma desde Pésaro, pues quiere venir para celebrar el carnaval.