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Al día siguiente de su nombramiento como gonfaloniero y capitán general de la Iglesia, Juan Borgia partió con el ejército papal rumbo al norte con la intención de tomar, uno tras otro, los castillos de los Orsini.
Nadie quiso interpretar como un mal presagio que, tras la soleada víspera de la ceremonia de su nombramiento en la basílica de San Pedro, el duque de Gandía y sus tropas salieran por la via Flaminia bajo un aguacero que los escoltó durante buena parte del camino.
El papa, a lomos de su hacanea blanca, con calzas y botas negras, jubón de cuero, espada al cinto y capote encerado de soldado, porque no quiso que se extendiera un palio para protegerlo de la lluvia, despidió a su favorito al pie de la escalinata de la basílica de Santa Maria del Popolo.
Durante las primeras semanas, cada tres o cuatro días llegaba un mensajero al Palacio Apostólico con buenas y malas noticias, aunque el santo padre sólo tenía oídos para las primeras.
Los castillos de los Orsini del norte de Roma caían uno tras otro ante las armas del papa.
Las fortalezas de Sacrofano, Galeria, Formello y Campagnano, ante la aparición del ejército pontificio, levantaron en lo alto de cada rocca estandartes —algunos, incluso, pintados en el momento sobre tela de saco con trozos de carbón— con la tiara papal y las llaves de san Pedro para indicar que se rendían.
Anguillara y Cerveteri abrieron sus puertas nada más completarse el cerco, y se tomaron las villas que tenían a sus pies sin resistencia.
Isola Farnese también capituló tras el primer cañonazo.
A cada carta que llegaba con otra conquista, Alejandro VI estallaba de alegría, oficiaba una misa de acción de gracias en la basílica de San Pedro y ordenaba que se repartiera pan, vino y piezas de tocino en los mercados del campo de’ Fiori, la Ripa Grande, la plaza de Santa Maria in Trastevere y el Campidoglio.
—¡Mira, César! —decía el papa agitando el papel en la mano—. Tu hermano ha tomado otro castillo.
—No los está tomando, pare —contestaba César—, se los están dejando.
Lo esperan en Bracciano. Con cada conquista fácil, el ejército del duque se debilita, porque ha de dejar una guarnición para mantenerla.
Mientras sus tropas adelgazan, las de los Orsini engordan alrededor de su cubil, junto al lago Bolsena.
Los hijos de Virginio Gentile recibieron dinero del rey de Francia para comprar mercenarios que se están concentrando cerca de Viterbo.
Y su hermana Bartolomea está reforzando el castillo como nunca se ha visto.
—¡Bah! —le quitó importancia el papa—. Le he alquilado al emperador Maximiliano de Austria ochocientos lansquenetes más para que refuercen el ejército de tu hermano; están de camino desde el Tirol. Bracciano caerá también. Como todo lo demás.
Así dio por zanjada la cuestión para regocijarse de nuevo en la lectura de las cartas de Juan Borgia.
Desechó la idea de echar una ojeada a las que también le enviaba el verdadero comandante de su ejército, Guidobaldo de Montefeltro.
En ellas, el condotiero advertía de que las tropas estaban cada vez más cansadas de marchar bajo la lluvia y el frío durante semanas en aquel otoño especialmente lluvioso; que se quejaban de la poca paga, y que ya había tenido que mandar ahorcar a una docena de hombres por desobedecer sus órdenes que prohibían saquear las villas tomadas.
En cada misiva, Montefeltro pedía al santo padre que enviara más hombres y mejor artillería.
Sin embargo, Alejandro VI no quería saber nada de todo aquello.
Se regocijaba en las cartas del duque de Gandía e ignoraba por completo las del duque de Urbino.
Había otros asuntos que ignoraba el santo padre durante aquellas semanas del otoño de 1496.
No había querido darse por enterado de que el propio César estuvo a punto de ser capturado por una patrulla de los Orsini mientras cazaba en un bosque a menos de cinco leguas de Roma.
Si consiguió escapar fue gracias al nervio de su caballo andaluz y a que sus perseguidores lo reconocieron demasiado tarde.
Tampoco quiso saber los detalles de la incursión en Roma de Bartolomeo d’Alviano, el cuñado de Virgilio Gentile, que estaba al frente de la fortaleza de Bracciano.
A pleno día, un grupo de setenta jinetes comandados por él mismo penetró por la puerta de Santo Espíritu de la muralla Leonina y sorprendió a los escasos guardias pontificios que la custodiaban.
A todo galope llegaron hasta la plaza de San Pedro, arrollaron un destacamento de la milicia urbana, sembraron el caos en las calles del Borgo y provocaron varios incendios antes de escapar.
No hubo tiempo de movilizar a la guarnición de Sant’Angelo ni de que los estradiotes de don Micheletto pudieran darles alcance.
Aunque el ataque no puso en peligro en ningún momento al santo padre ni la integridad de la ciudad, D’Alviano demostró que el ejército del duque de Gandía no controlaba los caminos al norte de Roma, y que podía golpear casi cuando y donde quisiera con movimientos tan audaces como aquél.
Tal y como había previsto César, los Orsini fueron cediendo las villas y castillos más difíciles de defender y de mantener para reagruparse en Bracciano.
El bastión ancestral de la poderosa familia tenía fama de ser, junto a Sant’Angelo en Roma, la fortaleza más inexpugnable de toda Italia.
Encaramado en lo alto de una colina, con el burgo rodeando sus pies y el inmenso lago de Bolsena delante, sus cinco enormes torres habían sido reforzadas aún más por el viejo Napoleone —el padre de Virginio Gentile— para convertirlas en cinco monstruosidades contra las que nada podían hacer las balas de piedra de los cañones del ejército del papa.
El día de Santa Lucía, el ejército papal llegó a la llanura de Bracciano y, de inmediato, Fabricio Colonna y el duque de Urbino cortaron los accesos de la llanura a la villa.
No obstante, sabían que poco efecto podía tener la medida, porque Bartolomea Orsini y su marido D’Alviano llevaban semanas haciendo acopio de comida, leña, forraje y munición para resistir un asedio de meses.
Unos meses de los que no disponía el ejército del papa, puesto que Carlo y Giulio Orsini —los hijos de Virginio— habían reclutado con el dinero del rey de Francia al tirano de Città del Castello.
Vittelozzo Vitelli, con moderna artillería francesa y un millar de hombres, había desembarcado en Livorno proveniente de Marsella y avanzaba por la Umbría para socorrer a los sitiados de Bracciano.
Si el duque de Gandía no conseguía tomar la fortaleza antes de su llegada, se encontraría entre dos fuegos.
—Juan es un imbécil —le susurró Cesar a Lucrecia de camino a la sala de los Santos de la torre Borgia, donde los esperaba el papa para la cena de la víspera de Navidad—.
Lleva once días ante los muros de Bracciano, y no se le ha ocurrido otra cosa para rendir la plaza que intentar comprar a los hombres de los Orsini.
Hizo que distribuyeran impresos en los que ofrecía triple paga a cualquier soldado que se pasara a sus filas.
—¡Pero si ninguno de esos patanes sabrá siquiera leer! —exclamó Lucrecia—. Además, ¿con qué dinero iba a pagarles?
—En cuanto Bartolomea Orsini se enteró hizo que pegaran tres o cuatro de ellos a la cola de un burro para hacer un cartel más grande y, en su reverso, escribieron: «Lasciatemi andar per la mia via, che vado ambasciator al duca di Gandia». 1
—Si alguno se había enterado de su propuesta —dijo Lucrecia—, nadie la iba a aceptar después de la burla.
—Exactamente, germaneta . Y la gente de los Orsini del interior de Roma se ha encargado de difundir la afrenta todavía más. Toda la ciudad se ríe del capitán general de la Iglesia, que recibe como embajadores a asnos que hablan con el culo.
Lucrecia no pudo reprimir una carcajada mientras entraba con su hermano a la sala de los Santos.
La mesa estaba dispuesta para cenar con el papa antes de acudir a la basílica de Santa María la Mayor para celebrar, a medianoche, la primera de las tres misas solemnes que el santo padre oficiaría.
La siguiente sería al alba en Santa Anastasia, y la última, a mediodía del día siguiente, en San Pedro.
Sancha d’Aragona ya estaba allí. Charlaba con sus damas junto a la chimenea, delante de una fuente con peladillas, mazapán y turrones, y vasos de vino caliente aromatizado con miel, canela y cáscaras de naranja.
En una esquina, el pequeño Jofré tenía el aire aburrido de un adolescente en medio de una reunión de adultos al que todo el mundo ignora; en especial, su mujer.
Sancha d’Aragona no había vuelto a visitar la alcoba de César en el palacio de San Clemente.
Como tantas otras damas de Roma —al menos hasta su partida— había caído bajo el hechizo de Juan Borgia.
El duque de Gandía no sabía cómo tomar castillos, pero sí era hábil en el arte de tomar mujeres.
Lucrecia buscó en los ojos del cardenal-arzobispo de Valencia algún signo de malestar, ya que Juan le había arrebatado, también, a su amante napolitana, pero no encontró nada más que indiferencia con respecto a su cuñada.
Por primera vez en mucho tiempo, Vannozza, la madre de Lucrecia y César, había sido invitada a una cena de la que se había excluido a Adriana del Milà.
Al ser viuda y madre de un Orsini, no era prudente que se la viera por el Vaticano.
Por el mismo motivo tampoco había sido invitada Julia Farnesio.
En contra de lo que hacían todos los cardenales de la curia, la mesa del papa Borgia era austera.
No era amigo el santo padre de muchos platos distintos, manjares raros ni alardes lujosos como los que habían hecho célebre al cardenal Ascanio Sforza.
El cardenal pedía que se le sirvieran cosas extravagantes, como pavos reales rellenos y vueltos a emplumar con su gran abanico abierto para que pareciera que estaban vivos; lechones cocidos en salsa de leche y azafrán, o montañas de frutas confitadas.
Era Alejandro VI hombre de un único plato, abundante y contundente, como el cordero lechal asado acompañado con nabos hervidos y fritos en la deliciosa grasa del animal y, todo ello, regado con uno de los vinos favoritos del santo padre, el Est!
Est!! Est!!!, de Montefiascone. Además, le gustaba cenar temprano, en cuanto caía el sol, y más en una noche como aquélla, en la que tenía que oficiar una misa solemne.
El cardenal de Lisboa, Jorge da Costa, también había sido invitado a la cena.
Estaba muy contento porque el papa había firmado una bula concediendo al rey de Portugal los mismos privilegios que a la reina de Castilla para colonizar las nuevas tierras que se descubrieran al otro lado del océano.
El portugués entretuvo la sobremesa contando hazañas de los marinos de su patria.
Relató cómo una de sus flotas remontó un río inmenso en las costas de Guinea, sin conseguir llegar hasta su nacimiento, que, suponían, podía ser el mismo Nilo.
Contó también que habían convertido al cristianismo a un rey negro que estaba feliz porque el papa Borgia, además, había creado para él la primera diócesis de las tierras de África y había nombrado al primer obispo de una tierra llamada Senegal.
El cardenal Da Costa era un venerable anciano de noventa años que, pese a haber competido con Alejandro VI por el papado en el último cónclave, tenía una buena amistad con el pontífice y sentía verdadera debilidad por Lucrecia, a quien trataba como si fuera su propia nieta.
Era, según decía el santo padre, «un hombre bueno, quizá el último que queda en el Sacro Colegio».
Por ello, sólo cuando el portugués se retiró a descansar, su santidad habló con libertad.
—Estoy preocupado, hijos míos, por lo que pueda pasar con Virginio Gentile Orsini.
—¿Por qué, pare ? —preguntó César—. Está preso en el castillo del Huevo de Nápoles. Se le trata con el respeto que merece su dignidad, pero, aun así, sigue siendo un cautivo.
—Por el momento, así es. Pero temo que puedan comprar su libertad.
El Reino de Nápoles está arruinado y, aunque no hay desórdenes tras la repentina muerte del rey Ferrandino, cualquier interregno es peligroso ahora mismo.
El rey de Francia, que sólo mantiene el control de la fortaleza de Ostia, quiere seguir interviniendo en los asuntos de Italia.
Ya no manda tropas, pero manda dinero. Y ese dinero podría devolverle la libertad a Virginio Gentile Orsini.
—Eso sería un desastre —aseguró César—. No sería difícil para Virginio alzarse en armas en las villas que mi hermano ha tomado con tanta facilidad.
—Así es, fill meu —suspiró el papa—. Por eso no podemos arriesgarnos a que sea liberado. Me temo que vamos a necesitar una solución más permanente y duradera.