18
Sancha d’Aragona se despertó con el ruido del agua que César vertía en el aguamanil.
Mientras el cardenal-arzobispo de Valencia se aseaba, la princesa de Esquilache se recreó en la contemplación de su amante.
De espaldas era tan bello como la antigua estatua de Apolo que poseía el cardenal Della Rovere en su jardín de la basílica de los Santos Apóstoles.
Y cuando se dio la vuelta, le pareció más hermoso que el san Sebastián que el maestro Botticelli había pintado para la iglesia de Santa Maria Maggiore de Florencia, porque no llevaba puesto un perizoma o lienzo de pureza como los que pintaban sobre Cristo para tapar su miembro viril.
Acababa de amanecer y el sol entraba a raudales por la ventana de la alcoba del palacio de San Clemente —la residencia del cardenal en el Borgo—, donde ambos habían pasado la noche.
—Finalmente —dijo Sancha mientras se acercaba, también desnuda, a la ventana—, tu hermano Juan va a tener un día espléndido para la ceremonia.
—Eso parece —contestó César con la mirada perdida en la masa azulada de los montes Sabatinos—. Se ve que las procesiones y rogativas que mi padre ordenó que hicieran los frailes y monjas de toda Roma para que dejara de llover han funcionado.
—No pareces muy contento por ello. ¿Quizá te hubiera gustado que siguiera diluviando? Habría deslucido mucho el ceremonial. Además, soy napolitana y odio la lluvia.
—Pues a mí me gusta. Y eso que soy valenciano y allí tampoco llueve mucho. Y, cuando llueve, casi siempre llueve mal.
—Hace tiempo que dejaste de ser valenciano, César. Tú eres romano. ¿Cuántos años tenías cuando viniste?
—Ocho. Bueno, no los había cumplido aún.
—Pues ahí lo tienes. Aunque habléis valenciano entre vosotros, el papa, tus hermanos y tú ya sois más romanos que los mismos romanos. Hasta tu madre se expresa siempre en italiano y ya nadie la llama Violant, sino Vannozza.
—Lo hace por respeto a su marido. Meser Cattanei no tiene oído para los idiomas.
—¡Ojalá dure este tiempo muchos días más! —Sancha cambió de tema mientras dejaba que el sol recién nacido acariciara sus pechos—. Me encanta esta época de año porque aún no hace frío, pero ya ha desaparecido el calor. ¿Te acuerdas de cuando llegó tu hermano? Aquello fue insoportable.
Para César también había sido insoportable la llegada de Juan y no sólo por las altas temperaturas.
El papa le había ordenado que recibiera a su hermano en Civitavecchia, donde llegó a bordo de una galera valenciana, y lo acompañara en su entrada en Roma.
Era el día de San Lorenzo y, como la parrilla en la que martirizaron al santo, las calles de la ciudad ardían bajo el sol de agosto.
Igual que el malestar de César al comprobar como todo el mundo adoraba al duque de Gandía.
A lomos de un caballo bayo y vestido de terciopelo rojo con una capa bordada en oro y pedrería, Juan Borgia entró en la ciudad por la puerta Portuense como un libertador, escoltado por cien jinetes de la guardia pontificia.
Mientras, César tenía que cabalgar a su lado a lomos de una mula parda, empequeñecido también ante el semental negro que montaba Jofré, su hermano menor.
Cuando el cortejo llegó a la plaza de San Pedro, el papa lo estaba esperando en la logia de las Bendiciones como si fuera el Mesías.
Desde entonces, Juan había vivido entre banquetes, bailes y cacerías.
No dejaba de decir lo mucho que había echado de menos la vida romana, «como un ser humano», durante su «exilio» en Gandía, donde no tenía más entretenimientos que cazar patos en los marjales y cabalgar entre los campos de cañamiel donde trabajaban sus siervos moriscos.
Tampoco obtuvo mucho entretenimiento con la piadosa y severa María Enríquez, su esposa, a la que, entre rosario y rosario, según decía, le había hecho dos hijos: uno que ya andaba y otro que crecía en su vientre.
El duque, además, se había instalado en el propio Palacio Apostólico, en unas dependencias justo encima de las del propio papa, a quien le faltaban horas en el día para pasarlas con su favorito ante mapas de Italia, discutiendo de estrategias militares o, simplemente, cabalgando por la campiña que rodeaba la antigua via Apia.
—¿Qué crees que debo ponerme para la ceremonia, César? —preguntó Sancha para sacarlo de sus pensamientos—. ¿Un vestido de seda verde o mejor uno rojo?
—Verde es el color que corresponde al tiempo litúrgico en el que estamos, querida. Y verde va a ser la toga pontifical que el santo padre va a vestir hoy. La misma que usó el papa Bonifacio IX hace cien años.
—¿Y por qué ha de ponerse esa antigualla?
—Pues porque Bonifacio IX fue quien restauró la soberanía papal sobre Roma y expulsó a los Colonna con ayuda de los Orsini. Luego fue recuperando para la Iglesia las ciudades y villas que habían caído en manos de los señores. También ordenó fortificar Sant’Angelo por primera vez.
—Pero ahora los Colonna son aliados, ¿no? La querella es contra los Orsini por su traición.
—Precisamente por eso. Para que no olviden que ya perdieron contra el ejército del sumo pontífice una vez y que pueden volver a hacerlo.
—¿Un ejército bajo el mando de Juan? —se burló Sancha—. No veo en tu hermano madera de general como la de mi padre o la de mi hermanastro.
—Según su santidad, Juan es la viva estampa de su difunto hermano Pere-Lluís. —César lanzó la toalla con la que se había secado con rabia hacia un rincón—. ¡El que iba a ser el primer rey Borgia de Nápoles! ¡Más valiente que Héctor, más feroz que Aquiles y más fuerte que Hércules!
—Todo un titán, vaya —se burló la princesa de Esquilache mientras deslizaba su mano hasta la entrepierna del cardenal—. ¡Un Sansón de la casa Borgia como el que tengo yo aquí ahora!
—Sancha —susurró César cuando notó la presión en su virilidad—. Sancha.
—Tengo una duda teológica, eminentissime pater .
Si yo fuera Dalila —dijo, notando cómo crecía el miembro entre sus dedos mientras, con la otra mano, sujetaba la melena de César y le echaba la cabeza hacia atrás—, ¿cuántos palmos de pelo le tendría que cortar a mi Sansón para que perdiera la fuerza que noto yo ahora?
—Todos los que quieras —contestó César mientras la volvía a tumbar en la cama—. Y, aun así, me darías suficiente vigor como para derribar, sólo con esta lanza, las columnas del templo de Dagón.
A mediodía, cuando acabó la misa de Espíritu Santo, el duque de Gandía apareció en la puerta de la basílica de San Pedro.
Las campanas de la torre del Gallo volteaban con el toque de gloria para dar la bienvenida a Juan Borgia, que iba acompañado por el duque de Urbino, Guidobaldo de Montefeltro, y precedido por doce trompeteros.
Tres capitanes de la guardia pontificia lo seguían con estandartes que el santo padre había bendecido tres veces con agua bendita y otras tres con humo de incienso.
Juan Borgia iba vestido de seda amarilla y brocado carmesí; armado con espada, daga y espuelas doradas.
Recibió con la mano derecha el bastón blanco de capitán general de los ejércitos pontificios y gonfaloniero de la santa romana Iglesia mientras con la mano izquierda sujetaba el estandarte con las llaves de oro y plata para recibir la bendición de Alejandro VI.
Después, el duque salió a la plaza donde formaban las escuadras de piqueros venecianos y ballesteros milaneses.
Los arcabuceros valencianos de don Ramiro de Lorca dispararon salvas de pólvora, que fueron contestadas por las bombardas del castillo de Sant’Angelo.
Mientras, un destacamento de jinetes de los Colonna —con su jefe, Fabricio, al frente— dio tres vueltas a la plaza de San Pedro para que el pueblo de Roma supiera que iban a luchar bajo las banderas del santo padre contra sus odiados enemigos, los Orsini.
Era el 26 de octubre de 1496, día de San Evaristo papa.
Aquella noche se organizó un banquete en las dependencias nobles del castillo de Sant’Angelo.
Además, el papa ordenó que se repartiera vino en el campo de’ Fiori y dio permiso para que se encendieran fogatas en las plazas y que el pueblo de Roma celebrara las futuras glorias militares del duque de Gandía.
Juan bailaba, comía, reía y bebía como si al día siguiente no fuera a ir a la guerra sino a continuar con la fiesta.
—Míralo, Lucrecia —dijo César mientras contemplaba a su hermano danzar un passo doppio con Sancha d’Aragona—. Creo que el duque está más interesado en conquistar la cama de nuestra cuñada que los castillos de los Orsini. Por lo menos, esta noche.
—¿Y eso te molesta? —preguntó Lucrecia, que sabía de la relación de César con su cuñada desde casi el primer día—. ¿Te provoca celos?
—No son celos, germaneta —contestó César—. Es indignación. Soy consciente de que la princesa de Esquilache no es una mujer de las que se pueden compartir. Es justamente al revés. Hay tanta hembra ahí que necesita de varios hombres y no es justo que la casaran con un niño. Sin embargo...
—Sin embargo... ¿qué?
—Mi hermano puede llevarse a la cama a la mujer que quiera. Y tenía que elegir, precisamente, la que yo había elegido primero.
—Ella también tiene alguna responsabilidad en ello —dijo Lucrecia con un punto de indignación en su voz—. ¿Acaso somos yeguas? Una cosa son las camas en las que nos hacen meternos por obligación y otra en las que nos metemos nosotras por gusto.
—¡Santa María, Lucrecia! —César fingió indignación con una sonrisa—. Si te oyeran Adriana o el santo padre les daría una apoplejía al escuchar a la condesa de Pésaro hablando como una tabernera.
—Al menos —suspiró la muchacha— a las taberneras las dejan elegir. Son más libres que la mayor parte de las damas de alta alcurnia. Y hace bien Sancha en sentirse libre.
—En eso tienes razón, Lucrecia. Nuestra fogosa cuñada es una mujer libre, de las pocas que pueden permitirse serlo. Al menos, por ahora, y mientras el pequeño Jofré no tenga edad suficiente ni para quejarse ni para impedirlo.
—Entonces, ¿qué es lo que te molesta?
—Su suerte. Que algo tan nimio y aleatorio como el orden de nacimiento haya sido determinante para que Juan pueda ser un caudillo y yo un capellán. Que él pueda tener hijos y yo no.
—Bajo ese razonamiento, eminentissime pater —dijo Lucrecia, endureciendo aún más su rostro—, más injusto es nacer hembra. O esclava.
—¡Eres toda una sofista, germaneta ! —rio—. ¡Cómo se notan todas las horas que pasas leyendo!
—Es una cuestión de perspectiva, César. Tú ves la vida desde un escalón diferente al mío. Por eso anhelas cosas que yo ni siquiera imagino. Vivere feliciter minimum satis est , como decía Marco Aurelio.
—¡Mi hermanita es una erudita humanista! —rio César—. A ver si traduzco bien la cita del emperador: «Para vivir felizmente, basta con poco». ¿Está bien?
—Muy bien —respondió Lucrecia con una sonrisa—. Pero para él era fácil ser un estoico porque tenía de todo.
—Tampoco a ti te ha faltado de nada, germaneta —replicó César con ironía—. Ni una buena comida, un lecho confortable, una copa de vino o un bonito vestido.
—He tenido y tengo de todo, germanet —dijo Lucrecia con una sonrisa amarga—. Salvo libertad.
César invitó a Lucrecia a salir a la terraza superior. Bajo la estatua del arcángel san Miguel, Roma entera estaba a sus pies. Aquí y allá se veían los resplandores provocados por las hogueras con las que el pueblo se divertía bajo la luna llena que reverberaba sobre el Tíber.
—Juan va a fracasar, Lucrecia —dijo César—. Lo veo tan claro como veo ahora mismo esos cuatro bastiones.
El arzobispo de Valencia se refería a las torres que el maestro Antonio da Sangallo había construido para defender mejor Sant’Angelo y que llevaban los nombres de San Mateo, San Juan, San Lucas y San Marcos, los cuatro evangelistas.
—Su experiencia militar es nula —continuó—.
Mientras estuvo en la corte del rey Fernando, en la guerra de Granada, asistió a más bailes que a batallas y, en estos tres años, lo han tenido en Gandía sin nada que hacer porque, básicamente, no sirve para nada más que para lo que está haciendo ahora mismo.
—Bueno —dijo Lucrecia—, para eso su santidad ha nombrado al duque de Urbino como comandante adjunto.
—Guidobaldo de Montefeltro no es su padre, aunque se haya presentado aquí con la coraza y la espada del gran Federico. Estoy seguro de que hubiera preferido pasar el invierno en su castillo de Urbino, entre poetas y libros, y no guerreando.
—Yo, si pudiera, también me pasaría el invierno entre poetas y libros —añadió Lucrecia—, y más aún en una biblioteca como la del castillo de Urbino, con más de mil volúmenes.
—Siempre olvido —dijo César, risueño— que te encantan los libros, Lucrecia.
—También te gustan a ti. Te he visto leer a Tito Livio, a Salustio y a Tucídides. Aunque, ahora que lo pienso, los tres hablan de guerra.
—Especialmente el último, Lucrecia. No sé si es beneficioso para una hembra leer el «Diálogo de los melios», de su Guerra del Peloponeso .
—No digas estupideces. Claro que lo leeré.
—¡Sólo bromeaba! Mi parte favorita es cuando dice que el poder de un príncipe ha de ser total dentro de su Estado porque, si acepta limitar su soberanía, será el principio de su propia destrucción.
Y que las formas antiguas de juramentos de fidelidad sobre espadas extendidas con los dioses como jueces ni valían en su época ni valen ahora.
—En Italia no han valido nunca.
—Mira a los Orsini. Tú y yo nos criamos con ellos y juraron por su honor ser siempre leales a la Santa Sede.
Aunque les faltó tiempo para abrir las puertas de Bracciano al ejército de Carlos VIII de Francia.
Y otro tanto harán los Colonna, si consideran que es tiempo de cambiar de bando.
Juan llevará en sus filas ballestas milanesas y lanzas venecianas; haremos como que hemos olvidado que las primeras ocupaban Roma hace menos de un año y las segundas miraban hacia otro lado mientras Italia era invadida por el rey de Francia.
En ese momento, el joven Perotto, el cubiculario preferido del papa, accedió a la terraza.
—Eminencia reverendísima; señora —los saludó—. Os estábamos buscando por todas partes. Su santidad requiere vuestra presencia de inmediato. Tiene noticias de Nápoles.
Cuando César y Lucrecia entraron en la sala donde se celebraba el ágape, encontraron al papa con un papel en la mano, exultante de felicidad.
— Monsignore Burcardo —ordenó al maestro de ceremonias—, que den bien de comer y beber a este mensajero y que se le paguen también dos ducados de oro.
—¿Qué ocurre, pare ? —preguntó el duque de Gandía—. ¿Qué nuevas hay?
—Espléndidas, fill meu , espléndidas —contestó—. Virginio Gentile Orsini ha sido capturado. ¡Tu campaña no puede empezar mejor!