El mirto y el puñal 17 #2
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Lucrecia se percató enseguida de la manera en la que César miraba a su nueva cuñada napolitana que, con aire experto y movimientos precisos como los de un gato sobre la rama de un árbol, bailaba con tanta gracia como atractivo.

En cada uno de los cruces de la bassa danza , los ojos azules de Sancha y los marrones de César se encontraban con el ímpetu de una lanza al astillarse contra un escudo, como si en vez de un baile estuvieran en un torneo.

—Nunca he visto a una oveja —le susurró Lucrecia a Adriana— invitar de esa manera a un lobo.

—¿Tú crees? —preguntó la tutora—. Yo diría que sólo están bailando.

—¡Ay, tía! —rio Lucrecia—. ¡Te estás haciendo mayor y perdiendo facultades! Fíjate en cómo lo mira. Y observa cómo él se la come con los ojos. Y además, si es cierto lo que se dice de Sancha d’Aragona, como poco marido tiene con el pequeño Jofré, debe buscar en otros hombres la parte que le falta.

—Es un juego peligroso —respondió Adriana—. Muy peligroso.

—Vivir es peligroso, tía —contestó, burlona—. Si no lo fuera, no merecería la pena, ¿no crees?

La fiesta, el baile y el vino se prolongaron hasta bien pasada la medianoche. Las damas se retiraron y también lo hicieron los músicos. Sin embargo, ni el papa ni, menos aún, César tenían ganas de irse a la cama.

— Pare —se dirigió César al papa mientras degustaba una buena copa de vino—. ¿Sabéis algo de Gonzalo Fernández de Córdoba? ¿Y del rey Ferrandino?

—Aunque la fortaleza de Gaeta aún sigue en manos francesas—contestó el papa—, el general cordobés avanza por todo el reino, fill meu .

Y lo hace deprisa. El conde de Montpensier está cercado en Atella y he pedido a la Serenísima República de Venecia que mande allí al marqués de Mantua tras la victoria de Fornovo.

—Yo no diría que aquello fue una victoria, pare —dijo César—. Es verdad que no se perdió, pero tampoco se ganó.

—Tienes razón —contestó el papa—, pero al menos se cumplió el objetivo de devolver a Carlos de Valois al otro lado de los Alpes.

—Aunque ahora —insistió César— hay que rematar la faena.

—Por eso mismo —dijo Alejandro VI—, quiero que vuelva tu hermano de Gandía. Hay cuentas que ajustar y no quiero que se meta el rey de Aragón porque debemos saldarlas nosotros. Con los Orsini, mayormente. Pero también con otros.

César estuvo a punto de replicar que, aunque había convivido poco tiempo con su hermano, estaba seguro de que no era el gran guerrero que su familia necesitaba. Pero se contuvo y cambió de tema:

—¿Y qué pasará con los franceses?

—La reina Juana de Nápoles...

—¿Os referís a la última esposa del rey Ferrante?

—Que también es hermana del rey Fernando de Aragón —completó el papa— y tuvo una idea brillante al ceder a su hermano varias plazas, entre ellas, el castillo de Atella.

De esta forma, el rey de Aragón tiene derecho legal a intervenir para recuperarla.

Por eso ha mandado órdenes a Gonzalo Fernández de Córdoba para que proceda al asedio y obligue al conde de Montpensier y al capitán Yves d’Alègre a llegar a un acuerdo. Igual no es necesario combatir.

—Dicen —apuntó César— que don Gonzalo no es de los que huyen del combate, aunque durante estos meses ha estado evitando cualquier enfrentamiento a campo abierto.

—Pero tampoco es de los que se meten de cabeza en él sin pensarlo todo primero, como hacen otros —sostuvo el santo padre—.

Además, en su caso es perfectamente lógico porque sus infantes y sus jinetes ligeros no podrían con las lanze forradas de hierro de Montpensier.

No hace la guerra ni a la italiana ni a la francesa, sino como los españoles hemos combatido desde los tiempos de Aníbal y Escipión el Africano: con el terreno a nuestro favor y sin pedir ni dar cuartel.

—Entonces —intervino el cardenal de Monreale— hay mucho que aprender de él.

—Por eso he decidido, César, que partas para Nápoles de inmediato y te incorpores como legado pontificio a las tropas de don Gonzalo.

—¿De verdad? —los ojos de César brillaban de felicidad—. ¡Gracias, padre santo!

—Don Gonzalo avanza hacia Atella con cuatrocientos jinetes de caballería ligera y poco más de un millar de infantes entre piqueros, rodeleros y arcabuceros. ¡Pretende asediar a los cinco mil franceses que están dentro de la villa!

—Pero —dijo César— eso parece un suicidio.

—Eso mismo pensé yo —aseguró Alejandro VI—. Aunque esos hombres están enfermos, hambrientos, sin cobrar desde hace semanas y desmoralizados porque su rey ha huido con el rabo entre las piernas, siguen siendo tres contra uno.

—¿Entonces? —insistió César—. ¿Qué pretende?

—Sólo Nuestro Señor y él lo saben —respondió el santo padre—.

No obstante, el embajador del rey Fernando me aseguró que no me preocupara cuando le dije que, con Ostia en manos de los franceses, no podía prescindir de la guardia pontificia, de los infantes de don Ramiro de Lorca ni de los estradiotes de don Micheletto.

—¿Y las fuerzas del marqués de Mantua? —inquirió César.

—Están de camino a Roma para unirse a las tropas del rey Ferrandino, que han perseguido al conde Montpensier hasta Atella.

Parece ser que los franceses están dispuestos a resistir hasta que llegue una fuerza de socorro desde Gaeta o incluso por mar desde Marsella.

Por eso se ha pedido el auxilio de don Gonzalo.

—El rey Ferrandino —dijo el cardenal de Monreale— no tiene un ejército, sino una banda de calabreses desarrapados que ya provocaron la derrota del cordobés en Seminara.

—Por eso es necesario que don Gonzalo tenga éxito —insistió el papa—. Si cae Atella, al precio que sea, el paso de los franceses por Italia será sólo un mal recuerdo.

—Si con semejante inferioridad numérica don Gonzalo consigue su objetivo —apuntó César—, demostrará que es un gran capitán.