El mirto y el puñal 17
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Los cardenales, embajadores y demás dignatarios que aguardaban a la comitiva a cien pasos de la puerta de San Juan de Roma sudaban como estibadores bajo los pesados ropajes de ceremonia que estaban obligados a llevar por razón de sus cargos y por la importancia que daba el papa a quien estaba a punto de llegar.

Por ese mismo motivo, el pontífice había enviado a César y a Lucrecia a dar la bienvenida a su hermano pequeño Jofré y a su esposa, Sancha d’Aragona, que era, en realidad, a la que toda Roma quería ver para comprobar si la famosa Rosa de Fuego de Nápoles era tan bella como decían.

Lucrecia y César se refugiaban del calor bajo un palio de lona.

La hija del papa, con un vestido de seda verde, montaba una mula engualdrapada de raso negro.

Por su parte, el cardenal, pese a llevar sotana negra y capa y capelo rojo, iba a lomos de un caballo de guerra de pelaje gris oscuro como una nube de tormenta.

Doscientos hombres de la guardia pontificia, formados a ambos lados del tramo final de la via Capuana, mantenían a raya a la muchedumbre que se agolpaba para ver llegar a Roma a los príncipes de Esquilache.

Los embajadores de Castilla y Aragón, Venecia, Florencia y Milán aguardaban también a la princesa napolitana de cuya belleza tanto habían oído hablar.

Sancha llevaba un vestido gris que brillaba como si estuviera hecho de plata; montaba un caballo siciliano al que le habían trenzado las crines y la cola con cintas rojas y amarillas, los colores del Senyal Reial de Aragón.

En cuanto la vio, Lucrecia pensó que la Rosa de Fuego hacía honor a su apodo.

La hija bastarda del efímero Alfonso II tenía los ojos azules y profundos, como la bahía de Nápoles, bajo los que ardía un fuego que alimentaba con los movimientos de su boca de labios finos que enmarcaban una dentadura tan blanca como un rosario hecho con las perlas que tanto gustaban al papa y a Lucrecia.

Como toda la descendencia del Magnánimo, su bisnieta era de cabellos negros, tez morena y con tendencia a broncearse en exceso, por lo que nunca se exponía al sol sin guantes y velo.

Como su hermano Alfonso, era el fruto del adulterio de su padre con la dama Trogia Gazzella.

Se decía que de su abuelo Ferrante d’Aragona Sancha había heredado su determinación —aunque no su crueldad—, y de su padre Alfonso su gusto por la música —aunque no su indolencia—.

Y de ambos, su carácter fuerte y también sus voraces apetitos, o al menos aquellos que se sacian en los lechos y alcobas.

Delante de ella cabalgaba Jofré, el hermano pequeño de Lucrecia al que hacía dos años que no veía.

Había crecido, sin duda, pero todavía era demasiado niño para ser marido.

Pese a su elegante jubón de terciopelo negro, su collar de oro y la espada de ceremonia que colgaba de su cadera izquierda, parecía más otro paje de catorce años que un poderoso príncipe.

La comitiva, tras los saludos protocolarios, emprendió el camino a la basílica de San Pedro donde aguardaba el papa asomado en la logia de las Bendiciones.

Alejandro VI, pese a los ruegos de monsignore Burcardo, no había podido resignarse a esperar en el interior de la torre Borgia a que llegaran su hijo pequeño y su nuera.

Sólo cuando vio entrar el cortejo en la plaza de San Pedro consintió en ir a la sala de los Pontífices para sentarse en el trono dorado.

Cuando los príncipes y su séquito entraron en la monumental estancia, toda la pompa pontificia hizo alarde de su magnificencia.

La ceremonia, justo antes de la bendición apostólica, se cerró con una intervención del cardenal de Monreale.

Tras dar la bienvenida a Roma a Jofré y Sancha, agradeció a los invitados su presencia porque —aunque no lo dijo— significaba que las grandes familias principescas de Italia, Austria, Castilla y Aragón reconocían a los Borgia, por fin, como un igual.

—¡Excelente! ¡Magnífico! —dijo el papa en la cena familiar que se celebró en las dependencias privadas del castillo de Sant’Angelo dos días después—.

Ahora ya puedo nombrar a los cuatro cardenales que tenía pensado.

Nadie en el próximo consistorio se atreverá siquiera a poner un mal gesto cuando los anuncie.

—¿En quién habías pensado, oncle ? —preguntó el cardenal de Monreale.

—Todos valencianos, nebot . Todos —contestó su santidad—. A Bartolomé Martí, obispo de Segorbe; a Joan de Castro-Pinós, gobernador del castillo de Sant’Angelo; al datario Joan Llopis y a un nieto de mi hermana na Joana, que Dios la tenga en su gloria.

—¿A mi tocayo? —preguntó con una sonrisa el sobrino del papa—. ¡Qué alegría! Vamos a ser dos Joan de Borja i Llançol de Romaní en el Sacro Colegio.

El cardenal de Monreale se refería al primo hermano de César, Lucrecia y Jofré. Se llamaba Joan de Borja i Llançol de Romaní i Montcada al que llamaban como el Menor para distinguirlo del sobrino del papa.

—¡Nunca habrá bastantes Borjas en la curia romana mientras yo me siente en la cátedra de San Pedro!

—soltó el papa con una risotada—. Ni tampoco en toda Italia porque ¿sabéis lo que significan todos esos embajadores que han cabalgado detrás de Lucrecia, César, Jofré y Sancha?

¿Sabéis qué quiere decir que me hayan besado la zapatilla?

Nadie contestó porque el santo padre estaba demasiado exultante como para que alguien se atreviera a preguntar lo obvio.

—¡Pues que he conseguido lo que mi tío Calixto no logró!

Poner cimientos sólidos a la dinastía Borgia.

¡Jofré y Sancha, hijos míos! Sois miembros de la realeza de Nápoles.

Y tú, Lucrecia —continuó—, pronto solucionaremos tu equivocado casamiento con el Sforzino, pero comprende que se llevó a cabo en circunstancias que no permitían otra salida.

Ese cobarde es poco marido para ti, pero ya hablaremos de ello.

Sólo falta que el rey Fernando de Aragón permita a Juan que vuelva de Gandía para asumir la responsabilidad que le tengo preparada y...

—¿Y para mí, pare ? —lo interrumpió César—. ¿Qué has preparado para mí?

La sonrisa de la cara del papa se desdibujó un poco.

La pregunta del cardenal-arzobispo de Valencia no le irritó, pero era evidente que, lo que dijo a continuación, se lo había dicho antes a su hijo varias veces, sin que hubiera hecho demasiado efecto.

Y era la primera vez que lo iba a expresar en público.

—Todo mi poder, César —dijo señalando a su alrededor—, no lo he conseguido por la fuerza de las armas.

Así pensaba mi hermano Pere-Lluís y esa equivocación le costó la vida.

Yo he pasado de ser hijo de un simple cavaller , que era más bandido que noble, a vicario en la tierra de Nuestro Señor Jesucristo y padre de príncipes y reyes.

Con esta tiara sobre la cabeza, voy a construir una dinastía y un linaje tan poderoso y duradero como el de los Orsini, los Colonna, los Trastámara o los Valois.

—Sí, santidad —dijo César—, pero es que...

—Deja que termine. Como soy el papa, soy un rey.

Pero soy un rey que ha llegado demasiado viejo a un trono que no puedo dejaros en herencia porque, a mi muerte, habrá otro cónclave que elegirá a otro papa.

Otro papa que puede deshacer todo lo que yo he hecho.

Por eso voy a nombrar a tantos cardenales como pueda para que nuestra familia, a mi muerte, pueda influir en la elección del nuevo pontífice.

Cinco papas han tenido los Savelli, dos los Orsini, uno los Colonna y otro los Caetani.

Y todas esas familias han tenido cardenales en el Sacro Colegio desde los tiempos de la cruzada de San Luis de Francia.

—Entiendo.

—Los señoríos y principados que se puedan adquirir para nuestro linaje no sólo han de estar legitimados, sino que deben ser protegidos por la máxima autoridad que los ha concedido y que no es otra que la santa romana Iglesia.

Por eso, eminentissime pater , tu papel es importante, como el del resto de los cardenales que pienso nombrar para que, a mi muerte, los Borgia sigan siendo decisivos.

—Pero vos mismo, beatissime pater —insistió César—, me habéis dicho muchas veces que el principal problema del papado es que no cuenta con armas propias, que no puede imponer su voluntad mediante la fuerza porque debe depender de barones y condotieros.

Y ahí es donde yo puedo ser más útil para nuestra familia.

—Más útil serás, fill meu , si, de aquí unos años y esperemos que no tantos como me costó a mí, llegas a ser el tercer papa Borgia.

Tenemos a tus hermanos Juan y Jofré para el oficio de las armas, pero no podemos descuidar lo que nos ha traído hasta aquí: la Iglesia.

Yo soy un extranjero, un valenciano. Tus hermanos y tú, aunque os creáis romanos porque hice que Adriana os educara como nobles italianos, en esta tierra todavía no tenéis más patria que vuestro apellido.

—Ya veo, pare —reconoció César con tono sumiso—. Os ruego vuestro perdón.

—Lo tienes, fill —dijo el papa con aire benevolente—. Y ahora, basta ya de caras largas y discusiones graves. Monsignore Burcardo, por favor: ¡música! ¡Vino!

Lucrecia sonrió. Ella y César habían heredado del papa la pasión por la danza y los compositores de la corte pontificia sabían lo mucho que al santo padre le gustaba bailar «y hacer cosas de joven» como él mismo decía.

Por eso, además de misas, motetes y misereres, componían para el sumo pontífice pavanas y gallardas de cinco pasos, así como saltarellos y voltas .

No obstante, sus favoritas eran las cançons , o canciones a la valenciana, de ritmos alegres de cuna musulmana que le recordaban al papa su infancia en Xàtiva.

Con una de ellas empezó el baile, en el que Sancha se movió como si fuera la mismísima Terpsícore, la musa de la danza. También César, que había cambiado la sotana por unas calzas negras y un jubón rojo, se unió a los giros y vueltas del brazo de su hermana.