16 #2
—Tuvo suerte —asintió don Micheletto— porque, de no haber llovido como lo hizo, las bombardas y falconetes franceses nos hubieran hecho picadillo.
El caso es que el intercambio de cañonazos causó más humo que otra cosa y, cuando se disipó, el marqués de Mantua lanzó a ochocientos caballeros milaneses que cargaron contra el ala derecha de las líneas francesas para intentar romper la línea de lanze y obligar a las fähnlein , las compañías suizas de piqueros que ocupaban la parte central, a maniobrar para auxiliar a sus compañeros, que eran inferiores en número.
Sin embargo, el ala derecha francesa resistió el envite y los helvéticos se mantuvieron firmes.
—Vi a esos mercenarios cuando pasaron por Roma —apuntó Vannozza—. Parecían bufones más que soldados con esos tonos chillones y jubones hechos de retales distintos.
—¿Sabéis por qué van así vestidos, mare ? —le preguntó César.
—No. ¿Son quizá los colores de sus dueños?
—No. Son hombres libres que matan y mueren por dinero. Se visten así para evitar las deserciones. Un hombre de esa guisa no puede abandonar las filas sin que le vea todo el mundo. Tampoco podría ir muy lejos, sería cazado como una alimaña y despedazado por sus propios compañeros.
—¡Válgame Dios! —exclamó Vannozza—. ¡Parecían tan alegres!
—Lo único que hacen alegremente esos hombres, senyora —dijo don Micheletto—, es masacrar a quien se les ponga por delante.
Cuando avanzaban los lanceros venecianos reforzados por lansquenetes bávaros, de entre las filas de los suizos salieron docenas de hombres, vestidos con ropas aún más chillonas que sus compañeros, con unas descomunales espadas que hacían volar en círculos por encima de sus cabezas.
—Don Micheletto —preguntó Lucrecia—, ¿qué eran esas bestias?
—Les llaman en su endiablada lengua germánica doppelsöldner —contestó—, que quiere decir ‘doblepaga’.
—¿Cobran el doble que los otros?
—Así es. Parecían bailar contra el bosque de puntas de hierro contra el que descargaron sus pesados filos para quebrarlas y favorecer el avance de sus propias filas.
—¿Y qué más? —intervino el papa—. Ve al grano, hijo mío.
—Sí, santidad. Cuando se trabaron las compañías de piqueros, el peso de la batalla se trasladó a las maniobras de las caballerías, pese a que ninguna de ellas se pudo desplegar del todo debido al barro.
Aun así, las lanze de uno y otro lado cargaron.
Y tras ellas, los escuadrones de infantes que avanzaban detrás de la carga intentando mantener prietas las filas.
Durante los primeros instantes, me resultó imposible distinguir a quién le iba mejor en la liza.
Los caballos pisoteaban a los heridos. Mientras, los jinetes que aún estaban sobre sus sillas tenían que combatir con un ojo puesto en su adversario y otro alrededor, conforme los infantes de uno y otro lado intentaban derribarlos para matarlos, a mazazos, en el fango.
—¡Qué espanto! —dijo Julia Farnesio—. Lo que contáis, don Micheletto, no se parece en nada a las canciones y los cuentos de batallas.
—Así es, signora . No se parece en nada.
El caso es que, al cabo de un rato, era evidente que los franceses retrocedían hacia las pequeñas murallas de Fornovo, pero también que las fuerzas de la liga santa se dejaban sobre el campo de batalla muchos muertos y heridos.
Entre los caídos estaba el tío del marqués de Mantua, Rodolfo Gonzaga, un veterano condotiero de las guerras de Borgoña que murió sin poder haber dado la orden decisiva que hubiera destruido el ejército de Carlos de Valois.
—Explicad bien eso, don Micheletto —intervino César—. ¿Qué orden era?
—Rodolfo Gonzaga era el encargado de mandar a la tercera línea del ejército italiano para que se dividiera en dos y flanquearan a los franceses.
Nadie más que él debía dar la orden y, cuando se dieron cuenta en el campamento de que no iba a hacerlo porque estaba muerto, ya era tarde.
A los suizos les había dado tiempo a agruparse y también a la caballería borgoñona, de modo que retrocedían en orden hacia Fornovo, con lo que la maniobra de las dos caballerías, la pesada y la ligera, era inútil.
—Fue entonces —añadió el papa— cuando los estradiotes reclutados por los venecianos se descontrolaron, ¿no?
—Así es, santidad —respondió don Micheletto—.
Eran más bandidos que soldados y, cuando vieron que superaban en número a los franceses que custodiaban el botín, se lanzaron sobre ellos.
Al verlos, las lanze milanesas y venecianas pensaron que el objetivo había cambiado y se unieron a la carrera de los estradiotes.
La dotación que defendía el recinto con las veinte mil mulas apenas pudo hacer nada para defenderse de aquel enjambre y fueron barridos sin piedad.
—¿Cuánto tiempo duró la batalla? —preguntó Lucrecia.
—Poco más de hora y media. Más de cuatro mil cadáveres se quedaron en la llanura del Taro.
Un millar de soldados perdió el rey de Francia; un poco más del doble el marqués de Mantua.
Ni uno ni el otro habían ganado la batalla, pero tampoco la perdieron.
Carlos de Valois, salvó la mayor parte de sus tropas y la artillería, pero perdió el botín.
Francesco de Gonzaga no destruyó el ejército francés, pero consiguió que se fuera con las manos vacías.
—¡E Italia —concluyó el cardenal de Monreale abriendo los brazos en señal de triunfo— vuelve a ser de los italianos gracias a un valenciano! ¡Su santidad Alejandro VI!
—De momento, nebot —susurró el papa con tono lúgubre—. De momento.