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El escribano hizo una ligera reverencia y, con el papel que el papa acababa de firmar entre las manos, se retiró de la sala de los Santos de la torre Borgia.
En cuanto se marchó, el pontífice hizo entrar a los miembros de su familia que esperaban en la sala contigua.
Junto al cardenal de Monreale, Julia Farnesio, Adriana del Milà, Vannozza, Lucrecia y algunas damas, también accedió César y su inseparable asesino.
—Vamos, Micalet —le dijo el santo padre a don Micheletto, usando su diminutivo en valenciano—, enséñanos el botín que le arrebataste al rey de Francia en Fornovo.
—¿Creéis que es apropiado, santidad? —preguntó el capitán de los estradiotes mientras sacaba del cofre la carpeta de piel de becerro que guardaba docenas de hojas de buen papel y algunas finísimas tablas pintadas—.
Lo digo por la festividad de hoy y más en esta sala donde se representan los siete misterios gozosos de Santa María.
— La nativitat de laMare de Déu? —inquirió, burlón, el sumo pontífice—. No creo que algo así se nos vaya a tener en cuenta, ni siquiera en el día del nacimiento de la Madre de Dios.
—Si vos lo decís —contestó el guardaespaldas de César al tiempo que depositaba el cartapacio sobre una mesa—. Me dejáis más tranquilo sobre el destino de mi alma inmortal.
—No te preocupes, Micalet —dijo el santo padre con una risotada—, que aquí está el papa de Roma para absolver todo lo que haya que perdonar y, además, como decimos en Valencia, dels pecats del piu, el Nostre Senyor es riu .
Las damas y las criadas —todas ellas ya casadas— estallaron en risitas y cuchicheos ante la ocurrencia del papa —«Nuestro Señor se ríe de los pecados del pito»— mientras se arremolinaban alrededor de la mesa.
Lucrecia se percató de que el único que no reía era César.
Ni siquiera sonreía. Siempre había sido reservado y algo circunspecto, pero, desde la invasión francesa, se había vuelto aún más huraño, como si en su vida no hubiera tiempo para diversiones.
—Mis estradiotes —dijo el sicario— encontraron esto en uno de los cofres del botín del rey Carlos en Fornovo.
Después de verlo y reírse a gusto me lo hicieron llegar porque para ellos sólo tiene valor lo que está hecho de oro o plata.
Me dijeron: «Tomad, don Micheletto, a ver si estos dibujos os inspiran poemas y canciones». Y alguna cosa he aprendido, no creáis.
Mientras hablaba iba extendiendo sobre la mesa las láminas.
Algunas eran dibujos hechos con carboncillo o sanguina, apenas esbozos en los que el artista, con cuatro rayas y tres borrones, había captado a la perfección la escena.
Otras eran finas tablas de álamo en las que el pintor había trabajado con temples y óleos para retratar a las mujeres que habían pasado por la cama real en la Calata di Re Carlo —‘la bajada del Rey Carlos’, que así llamaban en toda Italia a la invasión francesa— y lo había hecho tal y como habían pasado por la cama e incluso en el momento de estar en ella.
Algunos dibujos identificaban a la amante con su nombre de pila: Beatrice, Federica, Laura, Simona o Martina; y otros con el lugar donde había yacido con el rey, con su apellido, el título de su padre o incluso el de su marido.
Había bocetos que eran simples desnudos, más o menos tolerables a los ojos de gente educada, mientras que otros habrían sonrojado a la ramera más desvergonzada del barrio del Ponte de Roma por la manera en la que las muchachas eran retratadas con las piernas completamente abiertas y mostrando su sexo con más y mejor detalle que lo que incluso algunas de las damas allí presentes conocían de sí mismas. Y, por supuesto, todos los hombres.
Pero lo que causó más asombro y las risas del papa, de su sobrino y de las señoras y criadas fueron los dibujos en los que el propio rey se había hecho retratar mientras —como explicó don Micheletto— «quebraba lanzas» contra los escudos escondidos de aquellas mujeres en todo tipo de posturas.
Con él encima y debajo; tomando a la dama por detrás como las bestias o ellas recibiendo con la boca el miembro del rey.
En todas las imágenes, el rostro del rey Carlos era reconocible, pero no su cuerpo, musculoso y proporcionado como el de Hércules.
—No obstante, mi favorito —dijo don Micheletto mientras sacaba de la carpeta un último papel y se lo enseñaba a las damas— es éste.
Era un trozo pequeño en el que el pintor había dibujado al rey de Francia con unas pocas rayas hechas con sanguina.
Allí no había ningún Sansón desnudo, sino un hombrecillo de piernas cortas, trasero abombado, cargado de espaldas que se palpaba un miembro flácido y feo que le pendía bajo la tripa colgante ante unas piernas abiertas de mujer a la que no se le veía la cara pero cuya mano izquierda caía lánguida sobre el borde del lecho en evidente expresión de aburrimiento.
Cuando don Micheletto mostró el pliego estallaron las carcajadas. Aquél sí que era el rey de Francia que había pasado por Roma nueve meses antes. Además, en un margen del dibujo, el artista había fechado dónde se había producido el encuentro: «Naples, 1 mars 1495».
—Ya veis, hijas mías —el papa respiraba con cierta dificultad debido al ataque de risa—, que el caudillo ni pudo mantener Nápoles ni satisfacer a la ardiente dama napolitana.
Lucrecia reía como la que más ante el dibujo, pero la risa le dejaba en la boca un gusto amargo, ya que ella se veía retratada también en la dama sin rostro que dejaba caer una mano fuera del lecho por puro aburrimiento.
Aunque su marido no era tan feo y canijo como el rey, la consumación de su matrimonio tras dos años de espera había sido una decepción, pues en la primera ocasión no hubo dolor ni en las posteriores placer; y en ninguna, pasión.
«Bueno —le contó Lucrecia a su madre—, me dolió un poquito al principio, pero, después, lo único que quería es que terminara aquello cuanto antes porque no soportaba el olor a vino de su aliento y que me estrujara los pechos como limones. »
—Contadnos, don Micheletto —dijo el papa cuando se apagaron del todo las carcajadas—. ¡Contadnos otra vez cómo fue la batalla de Fornovo!
— Altra vegada, pare sant? —preguntó a su vez don Micheletto con esa sonrisa luciferina que a Lucrecia le daba escalofríos—. ¿En serio, otra vez? Parecéis un niño pequeño al que hay que repetirle la misma fábula todas las noches para que se duerma.
—Algo de eso tengo, Micalet —respondió Alejandro VI—. Y es que, por lo bien que contáis las cosas, se nota que sois hombre de letras. ¡Un poeta!
—Y el asesino más temible de Roma —le susurró César al propio don Micheletto, quien le guiñó un ojo.
—Está bien, santidad. Os complaceré. Pero voy a necesitar más vino para cuando se me seque la garganta.
—¡Por supuesto! —proclamó el papa—. ¡Perotto! ¡Que traigan de beber!
—¡Y de comer también! —apuntó el orondo cardenal de Monreale—. ¡Que tanta risa me ha abierto el apetito!
El joven aragonés salió de la estancia rumbo a las cocinas del Palacio Apostólico para cumplir la orden del pontífice.
Por el camino, sus ojos —negros como las aceitunas maduras de los olivares de su Belchite natal— se cruzaron con los de Lucrecia, quien le mantuvo la mirada y le devolvió la sonrisa que le había dedicado el joven paje.
A continuación, don Micheletto se acomodó en una de las enormes sillas tapizadas de raso veneciano y empezó a narrar lo que vio la jornada del 6 de julio de 1495 en las colinas de Fornovo, junto al río Taro.
—Tal y como previsteis, santidad —dijo don Micheletto—, en cuanto las tropas del capitán Gonzalo Fernández de Córdoba desembarcaron en Calabria, el rey de Francia quiso escapar de Nápoles.
Le confió al conde de Montpensier seis mil hombres para que defendieran la ciudad mientras su ejército se ponía de nuevo en movimiento junto al inmenso botín obtenido desde Florencia hasta Nápoles.
Entre que el mal francés había diezmado sus tropas y que dejó algunas otras en los castillos de Tarento, Gaeta, Atella y Ostia, el ejército de Carlos de Valois se había quedado en algo más de doce mil hombres, cuarenta y dos piezas de artillería y, lo más preciado para el rey, veinte mil mulas cargadas hasta los topes con el fruto de su rapiña.
En Fornovo, le cortó el paso a los Alpes el marqués de Mantua con dieciséis mil soldados venecianos, milaneses y mercenarios suizos.
—Y tus estradiotes, don Micheletto —apuntó el papa—. No seas modesto.
—Gracias, santidad. También estaban los infantes de don Ramiro de Lorca, pero éramos destacamentos pequeños en comparación con el resto.
—¡Pero temibles como las furias del infierno! —zanjó el papa—. De haber tenido más, no nos hubiéramos visto obligados a refugiarnos en Sant’Angelo como lo hicimos en Navidad. Pero, continúa, hijo mío. Continúa.
—Sí, santidad. La llanura amaneció embarrada tras una noche de lluvia.
Los franceses habían ubicado su artillería en una colina sobre la margen izquierda del río y dividido sus fuerzas en tres escuadrones.
El primero estaba compuesto por trescientas lanze , dos mil piqueros suizos y doscientos infantes ligeros con arcabuces.
El segundo, al mando del rey en persona, reunía a seiscientas lanze , dos mil ballesteros a caballo y más de cuatro mil mercenarios montañeses.
Por último, la retaguardia estaba formada por cuatrocientos caballeros, setecientos piqueros suizos y cuatrocientos ballesteros montados.
—¿Dónde estabais vosotros, don Micheletto? —inquirió Lucrecia.
—Sobre la ribera derecha del río, señora. Cerca de una aldea llamada Colecchio, desplegados en tres líneas con tres cuerpos cada una.
—Aún no me explico —intervino César— por qué el marqués de Mantua presentó batalla con tan poca y deficiente artillería. No tenía ni una docena de piezas, ¿no?