15
El atardecer doraba los sillares de la muralla aureliana y ensanchaba la sonrisa de Lucrecia conforme la comitiva se acercaba a la puerta del Popolo.
Por orden del santo padre, más de cien pasos de la via Flaminia y toda la calzada interior de la ciudad, hasta la basílica de Santa María, estaba alfombrada con ramas de oloroso mirto, tal y como se hacía en las villas y pueblos del Reino de Valencia los días de fiesta mayor.
Lucrecia estaba cansada, ya que había hecho todo el camino cabalgando junto a César y no en el interior del carruaje. Pero feliz por volver a Roma.
Cien estradiotes mandados por don Micheletto la escoltaron desde Pésaro hasta Espoleto, donde se les unieron doscientos infantes valencianos de la compañía de Ramiro de Lorca.
En comparación con el monstruoso desfile del ejército del rey Carlos de Francia de las pasadas Navidades, aquello era un séquito humilde, pero suficiente para que al pueblo romano se le levantara el ánimo y llenara las calles con vítores y aplausos para recibirlos como libertadores.
—Ya veis, mi gentil señora condesa de Pésaro —le dijo César a Lucrecia mientras pasaban a la altura del mausoleo de Augusto por la via Leonina, con el Tíber a su derecha—, los romanos, con la misma devoción y entusiasmo que aplaudían al rey de Francia, ahora nos reciben a nosotros.
—Otra cosa no, excelencia reverendísima —Lucrecia le siguió la broma a su hermano al dirigirse a él por su tratamiento como arzobispo de Valencia—, pero el buen pueblo romano tiene una intuición especial para cambiar de bando cuando olfatea la victoria.
Y una memoria especialmente corta que le permite olvidar lo mucho que insultaban a quienes hoy vitorean.
—No van a ser los únicos, germaneta —continuó con una sonrisa enigmática—. Ya verás la sorpresa que el santo padre tiene preparada para mañana.
—¿Ah, sí? ¿Qué sorpresa? —preguntó—. ¿Qué se sabe de la situación en Nápoles?
—De la sorpresa no te puedo contar nada —respondió el cardenal valenciano, que así lo llamaban los que lo vitoreaban—, pero de Nápoles sabemos mucho.
Parece ser que Carlos de Valois se ha dedicado durante estos meses, mientras esperaba la investidura como rey que el papa no terminaba de enviar, a beber, bailar y fornicar mientras sus tropas, ociosas, sembraban los mismos desmanes que causaron en Roma, antes en Florencia y, en general, allí por donde habían pasado.
—¡Qué horror!
—Y más estragos está causando el morbo gálico.
Así llama el doctor Torrella a la enfermedad que han traído los soldados y que causa bajas no sólo entre sus propias filas, sino en toda la ciudad, lo cual provoca que el odio hacia los invasores haya crecido sin freno.
Dicen que no hay amanecer en el que no aparezca alguien del ejército francés con la garganta abierta de un tajo o el cráneo reventado de un garrotazo.
—¡Santa María! —exclamó Lucrecia—. ¿Tan terrible es la situación?
—Tanto como para que, según informan los espías del santo padre, la primera tarea de cada mañana del conde de Montpensier, el gobernador de la ciudad, consista en contar muertos.
Primero los que se ha cobrado la enfermedad, que ellos llaman le mal du Naples , y, después, los que han despachado los propios napolitanos.
—¿Y qué hace el rey mientras tanto?
—Pues comer, beber, bailar y fornicar. Y también intentar convencer al papa de que lo invista como legítimo rey de Nápoles a cambio de ciento cincuenta mil ducados y una renta de otros cuarenta mil al año; a lo que el santo padre le ha respondido con silencio.
También ha probado suerte en convencer a Ferrandino d’Aragona para que acepte abdicar en su favor a cambio de un ducado en Francia y una renta de treinta mil ducados al año.
Sin embargo, desde su bastión del castillo Aragonés de Isquia, el nieto del viejo Ferrante le ha contestado que rey nació y que rey piensa morir.
La comitiva llegó al palacio de San Clemente —a dos pasos de la plaza de San Pedro—, la nueva residencia de César en Roma.
Por fuera, el edificio tenía el aspecto rudo y militar de los antiguos caserones nobles de la ciudad, pero por dentro se había habilitado un bello cortile —un patio interior— alrededor de un pozo al estilo toscano y se estaban adecentando las estancias con bellos frescos y muebles de fina factura.
Lucrecia, por su parte, continuó hasta el palacio de Santa Maria in Porticu, donde Adriana, Julia y su madre, Vannozza, la esperaban para comérsela a besos.
Al día siguiente, el papa en persona —tras meses de angustia y sin apenas apariciones públicas— bendijo las ramas de olivo y las pequeñas cruces hechas con ramas de palma que los fieles traían por cientos hasta la escalinata de acceso a la basílica de San Pedro.
La recién llegada primavera y las noticias que venían de Nápoles parecían haber insuflado en el pueblo de Roma algo de esperanza.
Por ese motivo, la multitud abarrotaba la plaza de San Pedro para aclamar a su obispo con el mismo fervor que antes lo despreciaba.
Tras más de media hora en la que el sumo pontífice estuvo oyendo vivas y peticiones para que, como así hizo, extendiera su bendición apostólica, finalmente se retiró a las dependencias interiores del Palacio Apostólico.
Alejandro VI sonreía por los pasillos vaticanos.
Aunque todo el mundo pensaba que estaba solo, aislado y a merced del rey de Francia, en realidad no había estado ocioso ni asustado.
Sus cartas y embajadores habían llegado a todas partes para, por fin, hacer ver a los príncipes de Italia, al rey de Aragón y Castilla y al emperador Maximiliano de Austria que a nadie convenía que Francia fuera la dueña de media península.
Y su pericia diplomática había dado sus frutos.
Por primera vez en tres meses se iba a celebrar un consistorio público; es decir, con la presencia de embajadores, nobles y la curia al completo, además de todos los cardenales que estaban presentes en la ciudad.
El santo padre se sentó en el trono dorado de la sala de los Pontífices bajo el fresco del Pinturicchio que mostraba su escena favorita de la historia de la santa Iglesia: su antecesor Alejandro III triunfante sobre el emperador Federico Barbarroja, arrodillado y humillado ante el poder del vicario de Cristo.
Allí esperó, con rostro impasible y severo, que, uno por uno, todos los que estaban en la grandiosa estancia decorada por el Pinturicchio le besaran la zapatilla.
— Venerabiles fratres cardinales —saludó el sobrino del papa y cardenal de Monreale a sus venerables hermanos del Sacro Colegio—.
Hoy no sólo celebramos la gozosa entrada de Nuestro Señor Jesucristo en Jerusalén y el inicio de la Pascua, sino también una hermosa noticia que el beatissime pater Alejandro desea compartir con todos vosotros primero y que se proclame urbi et orbi .
—Nos —dijo el papa— hemos atendido las recomendaciones de su excelencia el embajador de la Serenísima República de Venecia para conformar una liga santa que garantice la seguridad de Italia ante el peligro que supone el Gran Turco tras la reciente y desgraciada muerte del príncipe Djem.
Los nobles romanos, los conservatori de la ciudad y, sobre todo, el embajador de Francia y sus cardenales afines se miraban los unos a los otros intentando adivinar qué tenía que ver la muerte del ilustre rehén otomano con todo lo demás y, sobre todo, por qué Alejandro VI había sacado del amable cautiverio de Sant’Angelo al cardenal Ascanio Sforza, que allí había estado recluido desde la traición de su hermano Ludovico el Moro, duque de Milán.
—Esta liga santa compromete a sus miembros a defenderse entre ellos ante la eventual agresión del Gran Turco de Constantinopla, así como a actuar contra cualquier otra potencia que vulnere los derechos y posesiones de los reinos, señoríos y patrimonio de los poderes y principados que conforman la alianza.
Todas las miradas en la sala se dirigieron hacia Peron de Basche, el embajador del rey de Francia, y los cardenales que se habían significado más con la causa de Carlos de Valois por orden de Giuliano della Rovere, los cuales miraban hacia las baldosas de fina cerámica de Manises con la doble corona llameante de los Borgia que Alejandro había hecho instalar en la sala de los Pontífices.
—Además de la Serenísima República de Venecia y los Estados Pontificios —continuó Alejandro VI—, a la liga santa se ha adherido el emperador Maximiliano de Austria, el rey de Aragón y Sicilia, Fernando de Trastámara, así como los priores de Siena y el marquesado de Mantua... , y también el Ducado de Milán.
El embajador de Francia no pudo contenerse.
Como si alguien hubiera colocado un carbón encendido en su asiento, se levantó de un salto y, para horror del maestro de ceremonias, abandonó sin más protocolo —o siquiera despedirse— la sala de los Pontífices seguido de sus dos secretarios.
Cuando el magister ceremoniarum papal fue a protestar, el papa le frenó con un gesto de su mano:
—Sosegaos, monsignore Burcardo —le dijo al clérigo un ahora risueño santo padre—, y dejad que se marche. Imagino que su excelencia De Basche tiene una carta urgente que escribir y un correo que enviar a Nápoles para avisar a su rey.
Después, el santo padre conminó a los cardenales de la facción de Della Rovere que si alguno de ellos quería acompañar al embajador de Francia a hacerle más reverencias al rey Carlos e insistir en que era necesario convocar un concilio para deponer al papa, «que lo hicieran ya y en buena hora, que tiempo habría luego para ajustar cuentas». Ninguno lo hizo.
Una hora después, un grupo de seis jinetes con insignias francesas y bien armados salían de Roma por la puerta de San Sebastián rumbo a Nápoles por la via Apia, según informó la guardia pontificia.
Y aunque César había aconsejado que se enviara a don Micheletto junto con los estradiotes al antiguo sepulcro de Cecilia Metela para interceptarlos, el santo padre desestimó la idea.
—No, fill , no —le dijo a César con tono paternal en la sala de los Misterios, con toda su familia allí presente—.
Queremos que el rey de Francia se entere de que todos los poderes de Italia, salvo Florencia que sigue en manos de ese fanático de Savonarola, se han conjurado en su contra y, sobre todo, que ese perro traidor de Ludovico el Moro ha vuelto a cambiar de bando. Y no sólo pretendemos que sepa esto.
—¿Y qué más, santidad? —preguntó César.
—Pretendemos que sepa también que el rey de Aragón y Sicilia y el emperador Maximiliano de Habsburgo no están dispuestos a permitir que se adueñe de media Italia.
Y que, si no se da prisa, puede quedarse atrapado con su ejército aquí mientras las fronteras de su propio reino quedan desguarnecidas.
Como no cruce los Apeninos antes del otoño, no llegará a tiempo a los Alpes antes de que las nieves bloqueen los pasos.
Por eso queremos que se entere bien de lo que se le viene encima para que se dé prisa en salir de Nápoles.
—¿Y si no lo hace, pare ? —inquirió César—. ¿Qué ocurrirá entonces?
—Lo hará, fill , lo hará —contestó el papa con una sonrisa malévola—.
El mal francés está diezmando su ejército y la población napolitana está cada vez más cerca del motín a causa de los abusos de la soldadesca.
Además, hay otra cosa que no sabe el embajador ni tampoco el rey.
Cuando se entere, aún le entrará más prisa por volver a Francia.
—¿Qué es, santidad? —preguntó el cardenal de Monreale.
—Que mientras hablamos ahora mismo, la Serenísima República de Venecia está reuniendo un ejército en el valle del río Po para cortarle el paso de regreso.
Se están reclutando más de un millar de jinetes venecianos, cinco mil piqueros mantuanos y dos mil lanceros milaneses.
Tú —añadió el papa, mirando a César—, junto con los estradiotes de don Micheletto y los infantes del caballero Ramiro de Lorca, irás a ponerte bajo las órdenes de su señoría Francesco Gonzaga.
—¿El marqués de Mantua, beatissime pater ? —preguntó César.
—Es el condotiero que han elegido para esta empresa los gentilhombres de la Serenísima.
Aunque parezca que Venecia es la que lleva la voz cantante en esta liga, ha sido todo cosa mía.
Lo mío me ha costado convencer a los venecianos de que ellos podían ser los siguientes.
Y hasta esa rata traidora de Ludovico Sforza ha terminado por comprender que, si quiere seguir manteniendo la corona ducal que le robó a su sobrino, no puede permitir que los reyes de Francia bajen a Italia cada vez que les venga en gana.
—Pero, santo padre —intervino Lucrecia—, ¿no puede ocurrir lo mismo con el rey de Aragón? ¿O con el emperador Maximiliano? Si el Moro llamó en su auxilio a Carlos de Valois, ¿por qué no puede hacerlo con Maximiliano de Habsburgo? ¿O vuestra santidad con Fernando de Trastámara?
—¡Qué lástima que seas hembra, hija mía, porque te nombraría cardenal ahora mismo!
—exclamó el papa con una risotada—. Eres la única que ha visto el riesgo.
Es un riesgo que hay que correr, querida niña.
Al menos, hasta que los Estados Pontificios tengan armas propias para defender la voluntad del papa.
—O —añadió Lucrecia ruborizada por los halagos del pontífice— cuando haya un principado en el centro de Italia con la misma fuerza que la República de Venecia, el Reino de Nápoles o el Ducado de Milán, pero bajo la obediencia de la Iglesia.
Con esos tres poderes más el papado, pare , las potencias extranjeras se lo pensarían dos veces antes de volver a cruzar los Alpes como ha hecho Carlos de Valois.
— Oncle —llamó el cardenal de Monreale a su tío el papa—, ¿es un buen general el marqués de Mantua?
—Lo es, nebot —contestó el papa a su sobrino—.
Ha sido educado para ello desde que nació.
Y ha de ser el martillo con el que romperemos a Carlos de Valois desde el norte sobre el yunque que estará en el sur y ya se encuentra de camino mientras hablamos.
Una flota de sesenta naves gallegas y cántabras ha salido de los puertos de Cartagena y Alicante bajo el mando del conde de Palamós rumbo a Calabria.
—¿Una flota del rey de Aragón? —exclamó con alegría César—. ¿Para ayudar a su sobrino Ferrandino?
—Una flota que viene porque Carlos de Valois ha violado el acuerdo que tenía con Fernando de Trastámara al ocupar Nápoles y olvidarse de la cruzada, lo que le permite intervenir en Italia.
—Ya veo.
—Esas naves transportan al mejor general de Castilla —añadió el pontífice—. Y con él vienen seis mil peones y setecientos jinetes veteranos de la guerra de Granada.
—¿Y quién comanda esa fuerza, santidad? —preguntó César.
—Mi hijo Pedro Luis en alguna carta —dijo el papa— me habló de ese gran capitán. Se llama Gonzalo Fernández de Córdoba.