El mirto y el puñal 14
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Benvolguda germaneta:

Confío en que a la llegada de estas letras te encuentres bien de salud y con fuerza para viajar, ya que nos vamos a ver muy pronto.

Ayer mismo llegó del Palacio Apostólico un correo del santo padre en el que me decía que, aunque ya es seguro para mí el regreso a Roma, la prudencia aconseja que no lo haga hasta el próximo Domingo de Ramos, en poco menos de un mes, para participar en las celebraciones litúrgicas del inicio de la Semana Santa.

También me indicaba que mandará una compañía de la guardia pontificia a Pésaro para que te escolte hasta Espoleto, donde nos reuniremos tú y yo para ir juntos a Roma.

¡No sabes las ganas que tengo de volver a verte, germaneta !

Te contaré entonces con más detalle todas mis peripecias desde que conseguí burlar a mis guardias en Velletri y me refugié aquí en Espoleto.

He permanecido en la rocca durante todo este tiempo, tras los formidables muros que levantó el cardenal-guerrero Gil Álvarez de Albornoz y protegido por un centenar de estradiotes de la guardia albanesa del pare sant ,junto a mi fiel don Micheletto.

Aquí nos enteramos de la derrota de la flota napolitana en Portovenere, ante las galeras francesas del duque Luis de Orleans, y de la abdicación del rey de Nápoles, Alfonso, antes de meterse a fraile.

Triste destino esperaba a su hijo y sucesor, Ferrandino.

Dicen de él que es bello como san Juan, generoso como san Francisco y noble y valiente como san Jorge.

Y te añado yo que también es desgraciado como el santo Job, pues ha tenido que exiliarse pocos días después de ser coronado al ver que, una tras otra, las ciudades y fortalezas de Capua a Nápoles le abrían las puertas al ejército francés sin siquiera disparar un cañonazo para defenderse.

Lo intentó todo para evitarlo, pero de nada sirvieron las cartas a su tío el rey Fernando de Aragón pidiendo ayuda; ni a la Signoria de Florencia para recordarle su vieja alianza; ni sus discursos ante la nobleza napolitana para exhortar a sus miembros a la defensa del reino.

Tampoco tuvo efecto que retara al rey de Francia a un duelo a la antigua usanza —en un torneo— y que fueran la voluntad de Dios, el honor y las armas los que decidieran a quién pertenecía la Corona napolitana.

Desesperado y con las avanzadas francesas a menos de un día de marcha de su capital, el pobre Ferrandino huyó a la isla de Isquia para refugiarse en el castillo Aragonés.

Y allí sigue, hasta donde yo sé.

Así que, el día de la cátedra de San Pedro, el pueblo de Nápoles —que, como todos, siempre acude en auxilio del vencedor— salió a las calles para recibir a su nuevo rey.

Vitorearon como a un semidiós a ese hombrecillo feo, cabezón, enano y contrahecho que —eso hay que reconocerlo— ha conquistado media Italia en seis meses marcando las puertas de las casas con tiza, asistiendo a bailes y banquetes y fornicando con las mujeres más bellas de la península, ofrecidas con una sonrisa por sus padres, sus hermanos e incluso por sus maridos.

Eso es el poder , germaneta .La fuerza invisible que convierte en santos a los criminales, en bellos a los deformes, en ángeles a los demonios y en sabios a los imbéciles.

Por cierto, no sé si sabes que el príncipe Djem murió tres días después de que el rey Carlos entrara en la ciudad; lo que ha provocado no poco disgusto en el monarca, pues ya no cobrará los cuarenta mil ducados anuales por tenerlo como rehén.

Se dice que enfermó al paso del ejército por Capua y, por ese motivo, sus captores lo dejaron en el castillo de Gaeta para que se recuperara, cosa que no ocurrió.

Aun así, el rey ordenó que se embalsamara su cadáver porque ha dicho que quiere llevárselo para enterrarlo en Constantinopla cuando reconquiste la ciudad, el muy imbécil.

Parece ser que el príncipe falleció a causa de una epidemia desconocida que, como la han traído consigo los soldados, ya la llaman el morbo gálico o mal francés y que está haciendo estragos en todo Nápoles.

A quienes la padecen les salen pústulas en los genitales, que se extienden por todo el cuerpo, se les caen los dientes y se les pudren las narices hasta que, entre atroces dolores, pierden la razón y mueren.

Uno de los médicos del santo padre, mosén Gaspar Torrella —a quien recordarás porque es valenciano—, llama pudendagra a la enfermedad —la trampa de las vergüenzas—, pues tiene la teoría de que se contagia mediante el coito con rameras de baja estofa.

Si tal cosa es cierta, no veo motivos para la preocupación, ya que no se propaga por el aire como la peste o las fiebres del verano.

¡Ay, germaneta ! Ardo en deseos de reunirnos de nuevo para hablar de todas estas cosas y de muchas más. Te espero aquí, en Espoleto, el primer día de abril, para emprender juntos el camino a Roma. Cuídate mucho.

Tu hermano amantísimo,

César

Cardenal de Santa Maria in Via Lata

y arzobispo de Valencia

Lucrecia dejó la carta sobre la mesa y dedicó unos instantes a contemplar el escrito sin leerlo.

En el anverso del pliego doblado figuraba el estilizado monograma de César Borgia, de líneas rectas y curvas entrelazadas, junto al que había extendido el lacre sobre el que había estampado su sello con su escudo de armas.

Lucrecia se acercó a la ventana. El invierno en la región de las Marcas se resistía a ser vencido por una primavera que no parecía llegar nunca.

Pocas habían sido las jornadas con sol y aún menos las que el Adriático había abandonado su manto plomizo y revuelto por el azul tranquilo y resplandeciente de los días de verano.

Hasta la lectura de la carta, el ánimo de Lucrecia había sido igual de gris y atormentado que el mar que veía desde sus aposentos del palacio ducal.

Desde la marcha de Julia y Adriana, sólo había tenido la compañía de su fiel Pentesilea y de cuatro doncellas de buena familia de Pésaro que, en realidad, eran espías de su esposo.

Y es que, durante todo ese tiempo, el Sforzino sólo había estado en la ciudad en periodos de unos pocos días en los que su vida marital había consistido en acudir juntos a caballo a la catedral de Santa María Asunta para asistir a misa.

Luego se volvía a marchar, según decía, «a la guerra», si bien cuando volvía, unos días o semanas después, Lucrecia se fijaba en que todos los hombres de armas de su esposo regresaban ilesos, con las lanzas intactas, las armaduras sin siquiera un rasguño, con todos los virotes de ballesta en el carcaj y los caballos frescos.

Lo único que menguaba de una salida a otra eran los pellejos de vino, las carnes en salazón y las galletas de la impedimenta.

No había sido diferente en aquella ocasión.

La víspera, el Sforzino había vuelto a su ciudad tras una supuesta expedición de castigo en varias villas de Calabria ocupadas por los franceses, desde donde regresó a Pésaro para ser recibido como un conquistador victorioso, a pesar de que sus carros volvieron más vacíos de lo que estaban cuando se marcharon.

Tan vacíos como los cofres con monedas que el papa le había enviado para costear la operación militar y que, según sospechaba Lucrecia, debían estar a buen recaudo en las cámaras subterráneas de los bancos de Venecia.

Lucrecia dudaba si debía informar al papa o a César sobre todo aquello y, al mirar la carta de su hermano, la zozobra y la angustia fueron aún mayores.

Ni siquiera disponía, en su recado de escribir, de lacre y sello con el que garantizar la privacidad de su correspondencia.

Cada vez que se lo pedía al mayordomo de palacio, se le denegaba con un pretexto diferente hasta que, cansada de tanta excusa, abandonó su exigencia y se resignó a que el intendente cerrara sus cartas con el sello de su marido; lo cual implicaba que, en efecto, las leía.

Por eso descartó la idea de contarle a César y al papa que aquélla no era la primera vez que su marido fingía poner a sus hombres en pie de guerra y avanzar contra los franceses para cumplir la condotta que tenía firmada con la Santa Sede y por la que cobraba un buen dinero para, a continuación, marchar en dirección contraria o refugiarse en la rocca de la villa de Novilara, a poco más de una legua de la propia Pésaro.

En esta última ocasión, Lucrecia ignoraba dónde se habían escondido su esposo y sus hombres de armas, pues sólo lo había visto a su vuelta cuando —conforme marcaba el protocolo— le dio la bienvenida a Pésaro al pie de la puerta de Fano, al sur de la ciudad, sobre la via Flaminia.

A continuación, hicieron su entrada en la capital de su señorío para culminar la cabalgata en una misa de acción de gracias en la catedral.

En cuanto regresaron al palacio ducal, Giovanni Sforza —quien apenas le había dedicado un par de frases hechas durante toda la jornada— se despidió de ella con palabras tan educadas como frías y falsas para dejarla, de nuevo, en sus aposentos.

Allí fue donde se había encontrado con la carta de César y la alegre perspectiva de que pronto se reuniría con él —y con su madre— en Roma.

Entonces, sin duda, les contaría a ambos que su marido era un estafador, un cobarde y, posiblemente, también un traidor, aunque sospechaba que ambos ya lo sabían.

Aunque, en teoría, estaba al servicio del papa y, por tanto, debía combatir a los franceses para honrar la alianza de la Santa Sede con Nápoles, también era sobrino de Ludovico el Moro, quien le había abierto las puertas de Italia al rey Carlos VIII, y del cardenal Ascanio Sforza, el vicecanciller, a quien, ante la traición de su hermano, el papa había recluido.

De momento, en los aposentos nobles del castillo de Sant’Angelo y no en la celda de San Marocco, el terrible agujero en los cimientos de la fortaleza cuyos prisioneros no podían estar ni tumbados ni de pie y en el que ninguno sobrevivía más allá de un par de meses.

Lucrecia volvió a tomar la carta y buscó el párrafo en el que César le comunicaba que ambos debían estar en la Ciudad Eterna para el Domingo de Ramos, 12 de marzo.

Lucrecia era rápida calculando de cabeza —todo lo contrario que César y para asombro de sus preceptores, que no se explicaban su habilidad con los números, pues aseguraban que las hembras no estaban dotadas para las cuentas— y concluyó enseguida que debía marchar de Pésaro, como muy tarde, el 5 de abril, pues confiaba en que podría recorrer en cuatro días las cincuenta leguas que separaban su feudo de la Santa Sede.

En ese momento le entraron ganas de decirle a Pentesilea que llamara a la gobernanta y al resto de las doncellas para que empezaran a preparar el equipaje y comenzó a repasar los vestidos, tocados y joyas que llevaría consigo.

No obstante, refrenó su ansia porque, a fin de cuentas, la carta con las órdenes del santo padre para que estuviera en Roma en las celebraciones del Domingo de Ramos aún no había llegado.

Si bien luego consideró que, probablemente, ya lo habría hecho, pero que estaría a nombre de su esposo.

No se equivocaba.

Unos instantes después, el mayordomo del palacio se presentó en sus aposentos para informarla de que el conde de Pésaro iba a acudir a verla de inmediato.

A Lucrecia apenas le dio tiempo de guardar la carta de César en un cajón, atusarse la falda y comprobar que no tenía pelos sueltos en la gruesa trenza, peinada a la manera española, que le caía sobre el hombro izquierdo.

Unos instantes después, Giovanni Sforza apareció en la habitación.

A una vara de distancia, Lucrecia percibía el olor a vino que desprendía el aliento de su marido, aunque no parecía estar borracho.

Venía acompañado por uno de sus secretarios, que portaba un cartapacio del que extrajo un pliego en el que Lucrecia, de inmediato, reconoció el gran sello de lacre rojo brillante con el escudo de armas pontificio impreso.

—Buenos días, signora —saludó el Sforzino—. Espero que hayáis dormido bien. No os robaré demasiado tiempo.

—He dormido de maravilla, signore —contestó ella—. Deseo que vos hayáis hecho lo mismo. Para mi marido, tengo todo el tiempo del mundo.

—Vengo a comunicaros que, junto con la misiva de vuestro hermano César, que ya se os ha entregado, se ha recibido un breve del santo padre en el que nos conmina a reunirnos con el cardenal-arzobispo de Valencia en la rocca de Espoleto para, juntos, emprender el camino a Roma a fin de asistir a la celebración del Domingo de Ramos y, después, al resto de las liturgias de la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

—Me llena de gozo escuchar esa noticia, esposo. ¿Cuándo partiremos?

—No lo haremos juntos, señora —dijo—, pues otros asuntos relacionados con la guerra requieren de mi presencia en Urbino, hacia donde partiré mañana mismo, por lo que nos reuniremos en Roma en la fecha indicada por el santo padre.

Por esa razón, os ruego que escribáis a su santidad para que envíe un destacamento de la guardia pontificia que os escolte, ya que voy a precisar todos los hombres disponibles, por lo que no será posible proporcionaros el séquito de seguridad que merecéis.

«Miserable tacaño estafador —pensó Lucrecia— que pretende que el papa pague hasta los gastos de mi escolta.»

—Es aconsejable, en aras de la premura, que sea el mismo correo papal el que lleve la respuesta —continuó el Sforzino—. Debe partir hoy mismo hacia Roma, así que os pediría que redactéis la misiva de inmediato para poder cumplir con este propósito.

—Así lo haré, señor. En cuanto me traigan el recado de escribir.

Giovanni Sforza realizó una leve reverencia en señal de agradecimiento y despedida y, tras hacer un gesto con la mano a su secretario, abandonó la habitación.

El funcionario se quedó y, tras otra reverencia para pedir permiso, desplegó sobre la mesa un pliego de papel, un tintero y plumas de ganso, y se retiró unos pasos para que la condesa de Pésaro escribiera la carta al papa de Roma.

Ni siquiera disimuló que estaba leyendo por encima del hombro de Lucrecia lo que ella escribía. Cuando la condesa se percató, decidió tomar aire e ignorar la ofensa.

Al menos, de momento.