El mirto y el puñal 13 #2
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El invierno aún estaba lejos de terminar y Carlos VIII quería llegar cuanto antes a Nápoles, toda vez que sus espías le informaban de que la situación interna del gobierno del rey Alfonso d’Aragona era cada vez más inestable.

Si los barones de Florencia y Roma habían abierto las puertas de sus castillos y ciudades al monarca francés, los nobles napolitanos —que no olvidaban la crueldad del viejo rey Ferrante— estaban más que dispuestos a hacer lo mismo.

Además, estaba ansioso por disfrutar del cálido invierno napolitano; de su sol, de su vino y de sus mujeres.

Por ello, cuando ordenó que se levantaran las tiendas de campaña, César y don Micheletto supieron que era el momento de ejecutar el plan que habían pensado en Roma.

El cardenal-arzobispo de Valencia era un huésped del rey de Francia y como a tal se le trataba.

Pero también era un rehén al que había que custodiar sin ofender su dignidad más allá de lo imprescindible.

Por eso, un par de guardias gascones siempre estaban cerca de él, a la puerta de su tienda.

De vez en cuando también le echaban un vistazo al príncipe Djem, si bien lo hacían fascinados por la visión de aquella mole de grasa y no porque fuera necesario vigilarlo para impedir su fuga.

Era evidente que, aunque intentara salir corriendo, no iba a llegar muy lejos, ni siquiera a hombros de seis hombres.

Cada noche, César invitaba a los guardias para jugar a las cartas y beber vino pignoletto en su tienda.

Siempre perdía para regocijo de los gascones, que no podían creer la mala suerte que tenía el hijo del papa con los naipes.

Entre partida y partida, César les preguntaba cómo habían sido reclutados, qué instrucción se les había dado, cuánto cobraban y un sinfín de cuestiones más sobre la organización del ejército francés.

Los dos soldados le respondían con toda tranquilidad, pues pensaban que estaban ante el niño mimado del pontífice, criado entre algodones desde que nació, y que estaba destinado a celebrar misas, rezar responsos y, si había salido a su padre, coleccionar amantes e hijos ilegítimos.

César era un maestro de la conversación.

No sólo porque sabía de leyes, teología, literatura e historia, sino más bien por lo contrario.

Sobre todo, sabía olvidar lecturas y sermones y ponerse al nivel de su interlocutor, como hacía con aquellos dos mozos que tenían más o menos su misma edad y cuya única ambición era hacerse con un buen botín para comprar más ganado y una esposa cuando volvieran a su casa.

Pese a la sotana, el fajín rojo de cardenal y el capelo con borlas, cuando estaba con los soldados César hablaba como ellos, juraba, eructaba y soltaba ventosidades como si, en vez de en un palacio, se hubiera criado en un establo.

Por eso, a las pocas noches, aquellos dos gascones le hablaban con tanta familiaridad como a cualquier otro compañero de filas.

La noche que llegó a Velletri, como siempre, César invitó a los guardias a su tienda para pasar la velada entre naipes, vino y conversación. Sólo hubo que esperar a que el primero de los vigilantes tuviera que salir del refugio de lona a vaciar la vejiga para entrar en acción.

—Si os parece, signore —comentó don Micheletto—, voy a buscar un par de leños para el brasero.

El sicario salió justo a tiempo para ver qué árbol elegía el guardia para aliviarse.

Esperó a escuchar el sonido del chorro contra el tronco porque, tal y como le había explicado a César cuando pergeñaban el plan, «cuando los hombres orinamos, nos preocupamos más de mantener el miembro entre las manos durante la micción que de cualquier otra cosa y, por ese motivo, siempre lo soltamos cuando ya es demasiado tarde».

Para el joven gascón también lo fue cuando don Micheletto le colocó la tira de cuero sobre la garganta y cerró tras la nuca los dos palos que la unían para cerrar la presa.

En unos instantes, el guardia perdió el sentido, pero el asesino no dejó que se desplomara, sino que lo sostuvo para tumbarlo, con suavidad y sin ruido, en el suelo.

Seguía vivo, pero don Micheletto no dejaba nada a medias.

El asesino de los Borgia se sentó a horcajadas sobre el pecho del joven y apoyó las manos sobre la frente antes de descargar todo su peso, de forma que los mangos de madera, dispuestos en forma de cruz de san Andrés en la base posterior de la cabeza, le ayudaron a desnucarlo como a un conejo.

Después, repitió el método con el guardia que se había quedado en la tienda mientras César miraba sin horrorizarse. Sólo con curiosidad.

—¿Era necesario, don Micheletto? —preguntó el cardenal cuando todo terminó y mientras recogía sus cosas para huir.

—¿El qué?

—Que los mataras a los dos. Hubiera bastado con dejarlos inconscientes y atarlos para que no dieran la voz de alarma.

—No seáis cruel, eminentissime pater —dijo el sicario—. Mi manera de darles muerte ha sido mucho más misericordiosa que lo que les hubieran hecho sus capitanes cuando descubrieran nuestra fuga. Los habrían desollado primero y quemado vivos después.

—Visto así —asintió César—, tenéis razón.

De todos modos, debo felicitarte. Aunque me habías explicado cómo lo hacías, al presenciarlo por primera vez me ha maravillado tu rapidez y eficacia con el cappio valentino , el lazo valenciano que llaman aquí en Italia.

Encuentro hasta cierta belleza en ese artilugio. Es limpio y preciso.

—Otro día, eminentísimo padre, os contaré los secretos de su fabricación y cómo se usa, por si algún día queréis probar. Pero ahora, debemos irnos.

—No, don Micheletto —contestó sin dejar de mirar el cadáver—. No es ése mi estilo. No sé si tendré que acabar con la vida de un ser humano alguna vez de forma directa. Pero, si tal cosa ocurriera, prefiero la espada y la lanza, como cuando mato toros o abato jabalíes.

—Me temo —dijo el asesino— que no sois de la clase de hombres que mata a otros hombres. Como vuestro padre, sois de la especie más peligrosa aún: la que ordena que mueran.