El mirto y el puñal 13
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–¡Os ha engañado, majestad! —rugió Giuliano della Rovere—. Y sólo porque vuestros hombres se dejaron asustar por unos gorgoritos de la Schola Cantorum y unos cuantos despojos.

—¿Despojos, cardenal? —exclamó el rey—. Eran las cabezas de san Pedro y san Pablo y el velo de la Verónica.

—¡Bah! —bufó Giuliano della Rovere—. ¡Otro cañonazo más de Diable y ese marrano valenciano se hubiera rendido!

—Sosegaos, eminentissime pater —dijo el rey Carlos—.

Tengo lo que quería: paso franco a través de los Estados Pontificios hasta Nápoles, el control de Civitavecchia y su puerto; el capelo cardenalicio para mi primo Felipe de Luxemburgo y para mi preceptor el obispo de Saint-Malo; que se confíe a mi custodia al príncipe Djem, y que el hijo del papa, el cardenal César Borgia, me acompañe como legatus apostolicus , que es la manera vaticana de ser mi rehén.

También he obtenido garantías de que los barones que se unieron a mi empresa, como Virginio Gentile Orsini o los Colonna, no sufrirán represalia alguna por parte de la Santa Sede.

A vos os ha ratificado como legatus guvernamentalis en Aviñón y confirmado todos vuestros obispados, monasterios y rentas...

¡E incluso os ha devuelto el dominio del castillo de Ostia!

—Castillo que habéis entregado a un corsario vizcaíno a vuestro servicio. Ese tal Menaldo de Aguirre, majestad, no a la mía.

—Conviene —dijo el rey— que la fortaleza que controla las bocas del Tíber esté en manos de hombres de armas mejor que en las de hombres de misales, eminencia. Y conviene también que no se la haya dado al santo padre Alejandro.

—Pero le habéis dado lo más importante, según pone aquí.

—El cardenal de San Pietro leyó el papel que tenía entre las manos—: «Nuestro santo padre seguirá siendo buen padre del rey; y el rey seguirá siendo buen hijo y devoto de nuestro santo padre, verdadero vicario de Cristo y sucesor de san Pedro.

El rey mostrará sumisión en persona a nuestro santo padre y no prestará ayuda ni favores a sus enemigos en forma de gente de armas, ni dinero, de cualquier manera que fuere».

Majestad, con este acuerdo ya no es posible la convocatoria de un concilio que deponga a ese canalla».

—El único que quería un concilio erais vos, eminencia.

Y no bajé a Italia con mis armas para poner o quitar papas, sino a recuperar la Corona napolitana de las manos de los usurpadores de la casa de Aragón.

Los tiempos en los que los reyes franceses consideraban a los papas como sus frailes ya han pasado.

Ahora —rio— nos conformamos con que sean nuestros capellanes en esta península, pues en cuanto sea rey de Nápoles, será lo mismo que ser rey de Italia o, al menos, de la mejor parte de Italia.

La que tiene el mejor clima, el mejor vino y las mejores mujeres.

—Pero para ello, majestad —continuó Della Rovere—, aún necesitáis la investidura papal como legítimo rey de Nápoles. Y ni la tenéis ni se os ha prometido en este acuerdo.

—De momento. Tampoco la tuvo el rey Ferrante de manos del papa Calixto III. Pero en cuanto hizo ahorcar a unos cuantos díscolos y se sentó en la sala del trono del Castel Nuovo, el santo padre Pío II no tuvo más remedio que dársela.

—Pero...

—Pero dejadme que os recuerde, eminencia —el rey se puso serio—, que sólo Dios puede parar a mi ejército.

Y por eso mismo, lo que hizo el papa Alejandro desde las almenas de Sant’Angelo no es para tomarlo a la ligera.

Mis hombres, como yo, son buenos cristianos y no levantarán su espada contra el sucesor de san Pedro, aunque comprara los votos del cónclave, incluido el vuestro, para serlo. No podemos arriesgarnos a un motín.

—¿Un motín?

—Sí, cardenal. La paga nunca llega a tiempo y además no les dejamos saquear villas. Si también amenazamos su fe, no habrá quien pueda gobernar a estos hombres.

—¡Una panda de zopencos supersticiosos! Insisto, majestad: otra andanada más de Diable y Rodrigo Borgia y su piara de judíos valencianos se habrían escondido en lo más profundo de la fortaleza.

—No es propio de un cardenal —volvió a reír el monarca— esperar que el demonio derrote al arcángel san Miguel, eminencia. En todo caso, la decisión está tomada.

—No conocéis a ese marrano como yo, majestad —lamentó Della Rovere—.

Le costaba lo mismo reconocer vuestra investidura como rey de Nápoles que nombrar a los dos cardenales que le pedisteis.

Para una y otra cosa sólo hacía falta redactar un par de bulas y estampar en ella el sello papal.

Sin embargo únicamente ha querido hacer de buen grado la segunda de vuestras demandas.

¿No os preguntáis por qué? Ya os digo yo que está tramando algo.

—¿Qué puede tramar un papa sin tropas? —inquirió el rey—. No insistáis más, cardenal.

Después de la reconciliación, los preparativos para la salida del rey Carlos de Roma aún se prolongaron diez días más, en los que las peleas, los robos y las violaciones por parte de los franceses se sucedieron sin que desde el Palacio Apostólico ni, por supuesto, el palacio de San Marcos se hiciera nada por controlarlos.

De hecho, cuando el conde de Montpensier dio orden de desmantelar los cadalsos y quitar las horcas, el papa ni siquiera pensó en enviar a un embajador para protestar por la medida.

Los desmanes de los franceses se repitieron hasta casi el último día de su estancia en Roma; incluso saquearon la casa de Vannozza, aunque ni ella ni ninguno de sus sirvientes sufrió daño alguno, pues se habían refugiado con el papa en Sant’Angelo.

Como prueba final de la reconciliación, Alejandro VI aceptó celebrar una misa pontifical para el rey.

Pese a que no era preceptiva, según el tiempo canónico, se celebró ante veinte mil soldados en la plaza de San Pedro.

Además, su santidad también invitó a Carlos de Valois a que cabalgara a su lado, bajo palio, en la procesión del 25 de enero —cuando se celebra la conversión de san Pablo— desde el Vaticano hasta la basílica de San Pablo Extramuros.

Al alba siguiente, el ejército francés abandonó Roma.

Las incontables filas de soldados, caballería e impedimenta salieron por la puerta de San Sebastián, por la via Apia, rumbo a Capua tras cruzar una ciudad de calles desiertas.

Las multitudes que tres semanas antes habían aclamado al rey francés como a un nuevo Carlomagno, bajo la lluvia y el frío, habían desaparecido a pesar de que la mañana era luminosa y el cielo azul.

El rey Carlos, protegido por los arqueros de su guardia escocesa, iba en medio de la columna.

Junto a él avanzaba su séquito en el que destacaba la reata de treinta mulas en las que el cardenal Giuliano della Rovere transportaba ropa, muebles y objetos de arte para su nuevo palacio de Nápoles, ocupado todavía por un hijo del difunto rey Ferrante.

Después iba la carroza cubierta de finos brocados de Djem, en cuyo interior el príncipe turco se atiborraba de vino con miel, frutas confitadas y mazapán.

Al ilustre rehén también lo acompañaba un enorme séquito de criados y una docena de burros que llevaban ropa, joyas, libros, provisiones y hasta las cazuelas en las que le preparaban las comidas que cataban antes de ser servidas.

César Borgia cabalgaba unos pasos por detrás, sobre una mula gris, como correspondía a un legatus apostolicus ; aunque, en realidad, también era un prisionero como el príncipe turco.

Su equipaje era más discreto —cuatro baúles y un par de sacos— e iba a lomos de dos bestias conducidas por un único palafrenero que, además, atendía al joven cardenal de Valencia como criado.

Pero no lo era.

Aquel sirviente era Miquel de Corella, un bastardo de la casa de los condes de Cocentaina, en el Reino de Valencia.

Como otros segundones de familia noble, había emigrado a Roma para ponerse bajo la protección de los Borgia.

Había estudiado en la Universidad de Perusa con César y tomado las órdenes menores como diácono.

No obstante, su interés por la vida eclesiástica era tan nulo como el del hijo del papa y, aunque le gustaba escribir poesía y era un ávido lector de Dante y Petrarca, se había convertido en el hombre de máxima confianza de César por otra razón.

Era un asesino.

A Corella en Italia lo llamaban don Micheletto tanto por su condición de clérigo como por su escasa envergadura.

Aunque a la sombra de César, era un rostro conocido de las ceremonias vaticanas.

Vestido con una sencilla túnica parda, un humilde gorro de cuero y un pañuelo alrededor del cuello, parecía un mozo de cuadra más de las docenas que pululaban en el séquito del rey de Francia.

Cuando el ejército francés llegó a Velletri, los priores de la ciudad salieron al encuentro de la comitiva no sólo para darle la bienvenida al rey, sino también para recibir con los brazos abiertos a su obispo suburbicario, que no era otro que Giuliano della Rovere.

Él fue el único que se alojó en el palacio episcopal, en el interior de las murallas de la villa.

El rey no quiso retrasar la marcha de su ejército con una estancia prolongada, pese a que le habían preparado banquetes, bailes, juegos y mujeres; aunque sí aceptó un par de ellas para que pasaran la noche en su tienda.