El mirto y el puñal 12 #2
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Desde lo alto de los baluartes de Sant’Angelo se veían los preparativos para montar el monstruoso ingenio que mantuvo ocupados a los zapadores franceses desde el amanecer.

Antes del mediodía, el gobernador del castillo —aterrorizado por el tamaño de aquel leviatán de bronce, hierro y madera— dio orden de aprestarse a la defensa y recomendó al papa que se refugiara en la antigua cripta del emperador Adriano.

Sin embargo, el papa no le había hecho el menor caso y aguardaba en sus aposentos.

Mientras, los infantes de Ramiro de Lorca tomaban posiciones en las almenas, junto al resto de la guardia pontificia que mandaba el hijo del cardenal de Monreale.

En el patio inferior, por si era necesario hacer una salida que, en todo caso, sería un suicidio contra el bosque de picas que los mercenarios suizos habían hecho crecer sobre el puente, estaban los estradiotes de don Micheletto y, junto a ellos, a caballo y vestido de cuero con espada al cinto, el cardenal-arzobispo de Valencia, César Borgia.

Atardecía cuando el primer cañonazo retumbó sobre toda Roma. Los artilleros habían cargado el cañón con una salva de pólvora y una bala de madera que, como una flecha de fuego, cruzó el río y se estrelló —sin hacer daño— contra el torreón de San Mateo.

— Diable! Diable! Diable! —rugieron las tropas francesas, que empezaron a avanzar por el puente Elio—. Diable! Diable! Diable!

Mientras caminaban, los piqueros suizos que abrían la marcha golpeaban con los extremos de sus lanzas el empedrado del puente con tal fuerza que parecía que el viejo paso iba a colapsar.

Avanzaron hasta alcanzar el revellín que obstaculizaba la puerta principal, donde los mercenarios se pararon cuando escucharon el segundo trueno, al que siguió otra bola de fuego que fue a dar en el muro del portón de San Pedro.

Así supieron dentro del castillo que los artilleros franceses estaban afinando la puntería y que, muy pronto, no habría lugar en todo el recinto que no tuvieran a tiro.

— Diable! Diable! Diable!

El gobernador del castillo ordenó que las bombardas se movieran hacia el suroeste para que pareciera que Sant’Angelo se podía defender, aunque no estaba seguro de que aquellos viejos cañones tuvieran la precisión suficiente para acertarle al monstruo del otro lado del Tíber.

— Diable! Diable! Diable!

El tercer disparo no fue con una bola de madera.

El proyectil dio de lleno en el muro más occidental del baluarte de San Mateo e hizo saltar por los aires miles de fragmentos de ladrillo y piedra.

El impacto fue tan brutal que, por un momento, los defensores temieron que toda la fortaleza se viniera abajo.

No obstante, la forma redondeada del baluarte repelió bien el impacto a pesar de que los artilleros franceses habían añadido una innovación tan letal como efectiva a su máquina de esparcir muerte: bolas de hierro en vez de piedra.

Más caras, pero de mayor alcance y más destructivas.

— Diable! Diable! Diable! —aullaban los soldados—. Diable! Diable! Diable!

En ese momento, en lo alto del torreón central, bajo la estatua del arcángel san Miguel envainando la espada, se encendieron docenas de antorchas y faroles para recibir al papa Alejandro VI, revestido con su capa magna de oro y pedrería y con la tiara de san Silvestre en la cabeza brillando a la luz de las llamas.

Tenía los brazos en cruz y, en cada mano, un relicario dorado con las cabezas de san Pedro y san Pablo.

A su derecha, el cardenal de Monreale, vestido de púrpura, sujetaba el velo de la Verónica en el interior de su soporte de fino cristal de roca y marco de plata.

A su izquierda el anciano cardenal de Lisboa, Jorge da Costa, levantaba por encima de su cabeza la punta de hierro de la lanza del destino, mientras otros dignatarios de la curia portaban más reliquias como la vara de Aarón, la soga de Judas o el cráneo de san Andrés, entre otras.

Los niños de la Schola Cantorum —que habían sido trasladados a Sant’Angelo a toda prisa por el passetto y vestían túnicas blancas que les hacían parecer un grupo de serafines— cantaban Ecce Sacerdos Magnus, qui ligatur in terra, ligatus manet in caelo . 1

Las jaculatorias al cañón Diable se acallaron por completo y al instante.

Alejandro VI, en lo alto de Sant’Angelo, luciendo todos los ornamentos papales y exhibiendo las reliquias más sagradas de la cristiandad, parecía ser capaz de convencer a Dios Todopoderoso de que hiciera llover fuego, azufre y pez sobre los supersticiosos soldados.

Hasta el rumor del agua del Tíber enmudeció.

Los guardias pontificios, los infantes valencianos del primer nivel de las almenas de la fortaleza y los estradiotes del patio interior se arrodillaron mirando hacia arriba.

A gritos identificaban, una por una, las sagradas reliquias para que las primeras filas de los piqueros suizos los oyeran y fueran conscientes del sacrilegio que estaban a punto de cometer.

Entre los mercenarios, algunos caían de hinojos y se santiguaban mientras que otros, más temerosos aún, empezaron a retroceder como si los altos baluartes de Sant’Angelo se hubieran convertido en un nuevo monte Sinaí y la mano ardiente de Dios fuera a fulminarlos a todos.

Los capitanes de las compañías dieron la orden de retirarse del puente y los artilleros que atendían el Diable mandaron un mensajero a caballo al palacio de San Marco para pedir instrucciones al rey en persona.

En cuanto Carlos de Valois se enteró de la acción del papa y de la respuesta de sus tropas, ordenó que se retiraran de inmediato.

El papa había ganado.