El mirto y el puñal 12
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Los embajadores del rey de Francia no se dejaban impresionar por las voces blancas de la Schola Cantorum, los diez cardenales —César entre ellos—, los veinte obispos ni por el propio papa sentado en la silla de san Pedro.

Salvo en el momento de la consagración —que llevó a cabo el propio santo padre—, en el que guardaron silencio, estuvieron toda la misa charlando y riendo como si en vez de en la capilla Sixtina estuvieran en un burdel celebrando que ya habían conquistado Roma.

Tras la misa de San Esteban, el maestro de ceremonias hizo pasar a los enviados de Carlos de Valois a la sala de los Pontífices de la torre Borgia, donde los franceses se negaron a besar el zapato rojo del pontífice y se mantuvieron de pie, cubiertos con sus gorras de terciopelo y con las manos en los pomos de sus espadas como si el santo padre fuera su prisionero.

—Papa Alejandro —dijo Gilbert de Borbón, conde de Montpensier y comandante de la vanguardia francesa—, dice mi rey Carlos que entrará en la ciudad el próximo día de San Silvestre y ordena que se acondicione el palacio de San Marco para alojar a su real persona y su séquito, así como que se entregue del control del castillo de Sant’Angelo a las armas francesas para la protección de la ciudad mientras su cristianísima majestad esté en ella.

Además, se deben dar órdenes a la milicia urbana y a la guardia pontificia para que acompañen a mis hombres a marcar con tiza las casas en las que se alojarán los oficiales y los recintos en los que se dará cobijo a la tropa.

—Ya veo, excelencia —contestó el papa con una sonrisa en los labios, como si en lugar de aquel listado de intolerables exigencias hubiera estado escuchando rezar un rosario—. ¿Dispone su majestad alguna cosa más?

—Nada más..., padre santo —contestó el embajador un poco sorprendido, pues esperaba una respuesta airada—.

Por supuesto, el coste será pagado por el Tesoro Real siempre y cuando el precio sea justo.

Garantizamos que se conservará el orden y la paz pública en las calles mientras su majestad resuelve los asuntos que le han traído a Roma y para los que también solicita audiencia con su beatitud.

—Decidle a su majestad que se harán los preparativos para dar respuesta. Se la trasladará mi legado, el cardenal de Monreale, a la mayor brevedad posible.

—Ya que lo mencionáis, santidad —añadió el francés—, que vengan también el eminentissimus pater César Borgia y el príncipe Djem, a quienes su majestad tiene interés en conocer.

Está decidido que mi rey entre en Roma el último día del año.

No antes y no después, porque así se lo han aconsejado sus astrólogos.

Todo debe estar dispuesto para darle el recibimiento que merece el rey de Francia.

—Así se hará, excelencia —contestó el papa con una sonrisa enigmática—, recibiremos a Carlos de Valois... como se merece.

En cuanto los embajadores se marcharon, el pontífice se levantó del trono dorado como si hubiera permanecido sentado sobre carbones encendidos.

—¡No podemos perder ni un minuto! —exclamó—.

¡A Sant’Angelo! Monsignore Burcardo, seréis vos quien vaya a ver al rey de Francia para explicarle a su majestad que no se le puede entregar el castillo de Sant’Angelo a un monarca extranjero mientras su legítimo custodio, o sea, yo, esté en él.

Su cesión debe ser estudiada en un consistorio convocado en tiempo y forma para que los cardenales puedan acudir.

—Sí, santidad —dijo el clérigo alsaciano con el temor pintado en sus ojos—. ¿Podré llevarme una escolta de la guardia pontificia?

—No seáis cobarde, monsignore —dijo el santo padre—. Vais en misión diplomática y vuestra persona es tan sagrada como la de un cardenal. Si os envío a vos es para devolverle el insulto al rey Carlos de Valois por el indigno comportamiento de sus embajadores.

—Entiendo —dijo el maestro de ceremonias— que tampoco vendrán conmigo el cardenal de Valencia ni el príncipe Djem.

—El primero —dijo guiñándole un ojo a su hijo— no ha podido ser localizado y el segundo sigue recluido en Sant’Angelo, vivo y con buena salud, donde su majestad, si quiere, podrá visitarlo en cuanto el consistorio decida la cesión del castillo. Será mañana cuando le entreguéis mi respuesta al rey.

El papa no esperó al día siguiente para marchar a Sant’Angelo.

Cubierto por un manto pardo para hacerse pasar por un simple fraile, Alejandro VI, su guardia personal y su familia cruzaron desde el Palacio Apostólico a la fortaleza por el passetto del Borgo en mitad de la noche.

Cuando el alba del 27 de diciembre de 1494 llegó, el papa ya estaba atrincherado en el bastión más inexpugnable de Italia.

No obstante, tal y como había dicho el conde de Montpensier, al amanecer del último día del año empezaron a entrar las tropas francesas en Roma por la puerta del Popolo e inundaron la via Lata para que el rey pasara por debajo de los restos de los arcos de los emperadores Domiciano, Diocleciano, Claudio y Marco Aurelio.

Más de seis horas tardó aquel ejército monstruoso en llegar a la plaza de San Marcos desde donde, a lo lejos, se veían los altos arcos de las ruinas del Coliseo.

Los romanos, pese al miedo que provocaba ese gentío de aspecto patibulario y armado hasta los dientes, al ver a aquel monarca bajito y cabezón se daban codazos unos a otros y susurraban con sorna que su ciudad había sido ocupada por un re petito —‘un rey pequeño’—, lo cual no les impedía agasajarlo con vivas a Francia y gritos de «Vincula, Vincula» con los que también daban la bienvenida a Giuliano della Rovere, cardenal de San Pietro in Vincoli, que, a lomos de un caballo tordo, bendecía a la chusma como si ya fuera el papa.

Pero no lo era. El papa estaba bien protegido en Sant’Angelo, donde le informaron de que Carlos de Valois se había instalado en el palacio construido por Pablo II y que sus tropas se desperdigaban por toda la ciudad como una plaga de chinches.

Peor que una plaga de chinches, porque los saqueos a las tiendas, las violaciones y los altercados no tardaron ni dos días en aparecer.

Para la víspera de la Epifanía del Señor los coroneles del rey de Francia habían tenido que levantar cadalsos con horcas en media docena de plazas de Roma y, aunque de algunas no tardaron en balancearse los cuerpos de varios soldados, los romanos pronto se arrepintieron de los gritos de bienvenida que habían dado a la soldadesca francesa.

En el palacio de San Marco, el rey Carlos pasaba los días entre banquetes, bailes y cortesanas.

Los cardenales que aún estaban en Roma —salvo el de Monreale y el de Valencia, que se refugiaron en Sant’Angelo— fueron corriendo a la antigua residencia del papa Pablo II para rendir homenaje al nuevo dueño de Roma, que había convertido el bellísimo palacio del pontífice veneciano en una mezcla entre burdel y establo.

Durante más de una semana, los emisarios del rey y del papa iban y venían a un lado y otro del Tíber sin que las peticiones de Carlos se concretaran ni las negativas del papa fueran absolutas. Mientras tanto, los treinta mil hombres del ejército francés no cejaban en sus saqueos, peleas y maldades.

—Majestad —dijo el cardenal Giuliano della Rovere—.

Han pasado ya diez días sin que el papa ceda.

Mandad que vuestras bombardas y cañones apunten a Sant’Angelo y que disparen cuatro o cinco salvas de advertencia.

Después, que formen varias compañías de piqueros suizos y ballesteros gascones en el puente Elio y...

—¿Y después, cardenal? —interrumpió el rey—. ¿Qué haremos después?

—Señor, Rodrigo Borgia no tiene más de doscientos hombres en el castillo.

No se atreverán a responder al fuego, por lo que el conde de Montpensier podrá solicitar paso franco a la fortaleza para pedirle a ese marrano español que lo acompañe al Palacio Apostólico.

Con Sant’Angelo en vuestro poder, convocaré un concilio que deponga a este papa simoníaco y corrupto.

—Entre mis títulos, eminentissime pater , está el de rex christianissimus , que han llevado todos mis antecesores, los soberanos de Francia; la primogénita de la Iglesia desde los tiempos del rey Clodoveo —dijo el monarca—.

Por ello no creo que deba deponer al papa a punta de pica.

No obstante, tenéis razón en una cosa. Diez días son demasiados y mis hombres, como se aburren, cometen cada vez más fechorías.

Quizá sea provechosa alguna acción que le recuerde a Alejandro VI que Roma es mía, pese a que no he venido como conquistador, sino como defensor de la santa madre Iglesia y libertador de los santos lugares.

De los treinta y seis cañones de bronce del rey de Francia, el más grande tenía un nombre que hacía honor a su tamaño y poder destructivo.

Diable fue montado en la ribera derecha del Tíber, no lejos de lo que quedaba del antiguo puente de Nerón, cuyas ruinas se podían ver en verano cuando el caudal del río bajaba.

Los artilleros de Carlos de Valois habían decidido que, pese a la distancia, aquélla era la mejor ubicación para la tarea que se les había encomendado.

A unos cientos de varas de allí, al otro lado del puente Elio, tres compañías de ballesteros gascones, dos de piqueros suizos y más de cien lanze francesas aguardaban a que Diable mostrara su ferocidad.