11
Queridísima Lucrecia:
Carissima sorella! Por fin puedo escribirte. Espero que, a la llegada de esta carta, te encuentres bien de salud y que el invierno en Pésaro no esté siendo demasiado húmedo. Aquí en Roma, el frío es terrible e incluso han caído algunos copos de nieve.
Mucho, demasiado, nos ha pasado desde que Adriana y yo te dejamos en Pésaro, a principios de septiembre, para ir al castillo de mi padre en Capodimonte.
La Providencia quiso que llegara sólo dos días antes de que mi hermano Francesco muriera, pero al menos tuve la oportunidad de despedirme de él.
Pensaba entonces permanecer en el feudo de mi familia hasta la Natividad para guardar el luto; pero, a finales de noviembre, y debido a que mi esposo no dejaba de enviarme cartas en las que amenazaba con denunciarme por adúltera y repudiarme si no me reunía con él, Adriana y yo consideramos que lo más prudente era acceder a sus deseos y partimos hacia Bassanello por la via Cassia.
No creo que sea necesario extenderme mucho sobre cómo fue mi estancia en los dominios de mi marido.
No vino a mi habitación ni una sola de las más de veinte noches que estuve allí; si bien, de todos modos, no creo que le hubiera dejado pasar.
Aun así, me obligó a asistir con él a misa a diario y a dar paseos a caballo para que la gente del pueblo nos viera juntos.
Pero, cada noche, se llevaba a una cortesana a sus aposentos y se aseguraba de que me enterara de su infidelidad.
El muy imbécil pensó que su comportamiento me afectaría.
Con todo, varias veces le pedí que me dejara marchar a Roma, desde donde el santo padre me reclamaba.
Pero una y otra vez se negó en redondo y, para mi asombro, Adriana, supongo que por amor de madre, lo apoyaba en su negativa.
Sin embargo, su santidad perdió la paciencia y empezó a enviar correos con mensajes cada vez más iracundos.
Como sabía que mi esposo iba a leerlas primero —y ante el temor de que las difundiera para provocar más escándalo— yo daba largas en las cartas que mandaba a su beatitud y le exponía que mi marido me necesitaba a su lado.
No obstante, cuando llegó el breve papal en el que nos advertía a Adriana, a Orsino, a mí y hasta a la pequeña Laura con la excomunión latae sententiae , que extendería a todos los habitantes de Bassanello si yo no volvía de inmediato, mi esposo cedió.
Junto al correo, el papa había enviado un destacamento de diez lanze y dos docenas de infantes para que nos escoltaran a Adriana y a mí.
Salimos de Bassanello al alba del día de San Gelasio.
Aunque estaba previsto que hiciéramos noche en Viterbo, cuando teníamos a la vista los campanarios de Viganello, nuestro convoy fue interceptado por un destacamento de más de cien lanze de la vanguardia francesa.
No hubo tiempo de refugiarse tras los muros de la villa, aunque no hubiera servido de nada.
Nos rodearon de inmediato con las armas en ristre.
Carissima sorella! ¡No he pasado más miedo en mi vida que mirando por las rendijas de las cortinillas del carruaje a aquellos hombres forrados de hierro!
El capitán de nuestra escolta hizo saber a nuestros atacantes quiénes viajábamos a bordo de nuestro vehículo, y que estábamos bajo la protección del papa de Roma.
Entonces, tras unos instantes que se me hicieron eternos, de entre las filas de los jinetes borgoñones apareció el que mandaba aquella tropa.
Era el barón Yves d’Alègre, quien se presentó como el comandante del destacamento.
Bajó del caballo y, con una reverencia, nos saludó a Adriana y a mí.
Luego, en dialecto toscano que hablaba muy bien, nos pidió disculpas por interrumpir nuestro viaje y por verse obligado, por nuestra propia seguridad, según dijo, a llevarnos hasta el castillo de Montefiascone, ya que los caminos no eran seguros.
Debo confesarte, carissima sorella , que si ya en aquel momento, pese al miedo y la angustia, me impresionó aquel hombre por su belleza, en los días posteriores me rendí ante su encanto y caballerosidad.
Ya sé que me dirás que, por muy gentil que fuera el barón D’Alègre, era evidente que nos estaba secuestrando y que, desde aquel momento, éramos sus rehenes.
Sin embargo, lo hizo con tal gentileza que tu tía Adriana, pese a sus primeros gritos y amenazas, llegó a sonreír e incluso ruborizarse como una virgen ante un piropo de un pretendiente.
No le culpo. El barón D’Alègre es ciertamente apuesto, alto y bien proporcionado.
Tiene una bellísima cabellera cobriza que le llega a los hombros y barba del mismo color, bajo la que destacan su piel blanca y ojos verdosos.
Estaba imponente a lomos de su caballo y, por su porte y gracia, parecía salido de uno de los relatos de Chrétien de Troyes, como Lancelot o Perceval o el cuento del Grial.
Además, es un amante de la poesía de Dante y Petrarca.
Pero la educación y la cortesía no le impidieron ordenar que nuestra escolta fuera desarmada y nos condujeran a todos a la rocca dei Papi de Montefiascone.
El barón D’Alègre tenía allí instalado el cuartel general de la vanguardia francesa, cuyo cuerpo principal —según nos dijo— estaba sólo a un par de días de marcha.
O, lo que era lo mismo, que las huestes del rey Carlos podían llegar a Roma antes de Navidad sin siquiera forzar la marcha.
El barón nos contaba estas cosas mientras íbamos camino de nuestro cautiverio con la misma despreocupación que si nos estuviera narrando una anécdota.Sonrió con malévola condescendencia cuando Adriana, con un punto desafiante, le recordó que su pariente Virginio Gentile Orsini, capitán general del ejército del rey de Nápoles, controlaba las formidables fortalezas de Bracciano, Anguillara y Cerveteri, que forman la línea de defensa de la Ciudad Eterna. Luego supimos por qué.
Aunque, como te he dicho antes, la rocca dei Papi de Montefiascone ya no era un palacio papal de refinadas estancias, sino un cuartel, Yves d’Alègre tenía unos cuantos aposentos muy bien acondicionados «para huéspedes tan ilustres y bellas como vos», le decía a Adriana el muy tunante.
No te voy a engañar, Lucrecia: vistas ahora, aquellas jornadas de cautiverio han sido las más agradables de los últimos tres meses.
El barón resultó ser todo un gentilhombre de grata y educada conversación.
Asistíamos cada día a misa en la catedral de Santa Margarita y podíamos pasear por las calles de Montefiascone seguidas por una discretísima escolta, ya que no se nos permitía franquear las puertas de la villa.
El barón también dispuso que unos cuantos músicos locales nos entretuvieran las veladas.
La única restricción, además del confinamiento intramuros, fue que se nos impidió enviar cartas «por vuestra propia seguridad, señoras, ya que sería nefasto que un malentendido os convirtiera en espías», según nos dijo.
Dos semanas estuvimos bajo la custodia del comandante francés, hasta que llegó el rescate que el barón demandó al papa por nosotras.
Tres mil ducati di Camera del tesoro apostólico, brillantes y recién acuñados con el perfil del santo padre, que trajo su confesor escoltado por cien estradiotes albaneses de la guardia vaticana.
Los mandaba el hombre de confianza de tu hermano César, ese Miquel de Corella, al que llaman don Micheletto.
Al día siguiente, escoltados por un destacamento de ciento veinte caballeros de Borgoña y con un salvoconducto firmado por el barón, nos pusimos en marcha.
Los franceses volvieron grupas poco antes de llegar al puente Milvio, a escasa media legua de las puertas de Roma.
Más adelante, tuvimos un recibimiento triunfal.
El tramo final de la via Flaminia hasta la puerta del Popolo estaba iluminado con antorchas cada cincuenta pasos.
El propio papa, a lomos de su negro Fumall y flanqueado por doscientos alabarderos de la guardia pontificia, aguardaba nuestra llegada junto a la escalinata de acceso a la basílica de Santa María.
En vez de la sotana roja y la capa magna, iba vestido con un jubón de brocado negro y bandas de hilo de oro, botas de montar con espuelas de plata, una gorra de terciopelo y una faja de seda roja — como la de los antiguos generales romanos — de la que pendían puñal y espada.
Mientras entrábamos, las bombardas tronaban salvas desde lo alto de las almenas del castillo de Sant’Angelo y las campanas de todas las iglesias de Roma tocaban a gloria como en el Domingo de Resurrección.
¡Ay, Lucrecia! ¡Que Dios me perdone, pero todo aquello me pareció ridículo!
¡También humillante! En comparación con el gallardo capitán D’Alègre, el santo padre, con su panza prominente, parecía que iba disfrazado de condotiero en su paseo por las calles hasta el Borgo.
Hizo el recorrido como un conquistador, y yo, como su trofeo de guerra.
Los estradiotes de don Micheletto vociferaban «benedicat, benedicat» —no entiendo por qué esas bestias piden la bendición de Nuestro Señor en su espantoso grito de guerra— y la multitud vitoreaba el cortejo.
Aquella noche se organizó un banquete en el Palacio Apostólico y hubo baile hasta bien pasada la medianoche.
Ahora pienso que aquélla fue la última vez que escuché risas en Roma.
El cuarto domingo de Adviento, las tropas de Carlos de Valois llegaron a la fortaleza de Bracciano.
Entonces supimos por qué el barón D’Alègre sonrió con condescendencia cuando tu tía Adriana presumía que el ejército francés no lograría superar el, en teoría, inexpugnable bastión del lago.
¡El repugnante traidor de Virginio Gentile Orsini, en cuanto vio asomar las avanzadillas del rey de Francia por el horizonte, mandó izar las banderas con la flor de lis en lo alto de la torre principal y abrir las puertas del castillo de par en par!
Luego, con una rodilla sobre el empedrado del patio interior, puso a disposición de Carlos de Valois su vida, sus hombres, sus tierras y sus armas.
El mismo día, palomas mensajeras fueron enviadas a las fortalezas de Cerveteri, Anguillara y el resto de las plazas fuertes que controlaban los Orsini.
El mensaje: que levantaran en cada rocca los estandartes franceses.
¡Incluso mi marido, en Bassanello, consumó la traición!
Carissima sorella , el día de Santa Bárbara, la vanguardia francesa comandada por el barón D’Alègre alcanzó la ribera izquierda del Tíber y tuvo a la vista tanto los muros de la ciudad leonina como las defensas del Trastévere.
Por su parte, Próspero Colonna recibió refuerzos del duque de Orleans, lo que le permitió afianzar su posición en el castillo de Ostia y bloquear el puerto, con lo que, a los pocos días, algunos suministros empezaron a escasear en Roma.
Además, los franceses también controlaban ya las vías que unían la urbe con su otro puerto —el de Civitavecchia—, por lo que, si querían, podían forzar la hambruna en la ciudad y, con ella, ocasionar un motín.
Sólo las puertas del sur de las murallas aurelianas —las de San Pablo, San Juan, San Sebastián, Latina y Metronia— todavía estaban bajo el control papal y servían abastecimientos y, lo más importante, podían ser utilizadas como vías de escape.
Por ello, los refuerzos de las fortificaciones de las villas de Viterbo, Orvieto y Nepi —que el papa Alejandro había ordenado durante el verano— no eran útiles, porque la huida hacia estas fortalezas era imposible.
Estábamos, pues, casi cercados por completo sin que el ejército francés hubiera disparado ni un solo cañonazo.
Así las cosas, los oficios de la Natividad de Nuestro Señor, que han terminado unas horas antes de que te escriba esta carta, han sido los más amargos de cuantos se recordaban en Roma.
Los infantes del caballero Ramiro de Lorca, la guardia vaticana mandada por tu primo Roderic de Borja y los estradiotes de don Micheletto tomaron las calles para que el papa pudiera cumplir con la tradición de celebrar la misa de medianoche en la basílica de Santa María la Mayor; la del alba en la de Santa Anastasia y la del mediodía en la de San Pedro.
Ha sido tal la sensación de peligro que se ha dispuesto que haya gente armada en el interior de los recintos sagrados.
Guardias cubiertos con largos capotes para ocultar las espadas y que los fieles, embajadores y los pocos cardenales que aún siguen en la ciudad no se inquietaran más de lo que ya estaban.
Voy a terminar ya esta carta, pues me acaban de informar de que el último correo papal está a punto de salir y no se sabe cuándo los mensajeros de su santidad podrán volver a viajar sin riesgo de ser interceptados.
Adriana, tu madre y yo, junto con César, el arquiatra del papa, el joven cubiculario Perotto y algunos familiares, hemos abandonado el Palacio Apostólico y nos han instalado en el castillo de Sant’Angelo.
También están aquí los estradiotes de don Micheletto y la guardia vaticana.
Adriana me ha dicho —aunque yo no lo he visto— que el santo padre también ha ordenado trasladar al castillo todos los cofres de moneda de la Cámara Apostólica, las joyas, tapices y brocados de la torre Borgia y, desde la basílica, los relicarios que guardan las cabezas de san Pedro y san Pablo, la lanza de Longinos, el velo de la Verónica, la vara de Aarón y la tiara de san Silvestre.
Lucrecia: no tengo tiempo para escribir más. Cuídate mucho y reza por todos nosotros, carissima sorella .
Tu tristísima hermana,
Julia Farnesio