El mirto y el puñal 10
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–Amor, matrimonio, placer e interés —dijo Julia Farnesio— son huevos que ponen distintas gallinas.

—No seas descarada, Julia —la reprendió Adriana del Milà sin levantar la vista del bordado—. Menos mal que no hay sirvientes aquí que te puedan oír.

—Murmuran a nuestras espaldas de todas formas, suegra, así que me da lo mismo.

En realidad, es lo único que pueden hacer los pobres para soportar sus miserables vidas.

Como decís en valenciano, malparlar de los que mandan es el único consuelo de los mandados.

En Roma me llamaban concubina papae e incluso sponsa Christi e imagino que aquí, en Pésaro, en las tabernas también se referirán a mí en esos términos.

E incluso peores, como «la puta del papa».

—¡Santa María, Julia! —protestó Adriana—. No era necesario ser tan vulgar.

—No me afecta —continuó Julia—. Cualquiera de las arpías que me llaman la puta del papa, como Beatriz de Este desde Milán o su hermana Isabel desde Mantua, estarían dispuestas a hacer lo mismo si tuvieran la oportunidad.

—¡Ya lo creo! —Adriana esbozó una sonrisa malévola—. ¡Aunque eso me convierta en la mayor alcahueta de Roma!

—¡Al menos —Julia ahogó una carcajada— en la de mayor categoría, suegra!

Las tres estallaron en risas y dejaron caer los bastidores con los que bordaban en los aposentos privados de Lucrecia en el palacio ducal de Pésaro.

Adriana y Julia habían acompañado a Lucrecia a su señorío cuando el papa Alejandro, por fin, había concedido el permiso para que su hija se trasladara a la villa junto al Adriático.

Estaba previsto que pasaran allí el estío para alejarse tanto de las pestilencias que el Tíber traía cada verano como de los alarmantes rumores que se extendían por toda Italia.

Rumores que apuntaban a que el rey de Francia reclutaba un ejército para marchar contra Nápoles pasando por Roma.

Durante todo el mes de junio, Lucrecia había estado muy enferma de unas fiebres tan virulentas que el papa había mandado a uno de sus médicos, el doctor Macías —un judío converso valenciano—, para que la tratara.

Los remedios del galeno le habían salvado la vida, si bien estaba tan débil que se le prohibieron los paseos a caballo y que sudara en exceso con la danza.

Por ello, las tres damas llenaban el tiempo bordando.

Y hablando.

—El problema —dijo Adriana cuando recobró la compostura— no es lo que se cuchichee en las tabernas, sino lo que se dice en las cortes de Milán, Perusa o Nápoles. Incluso en la de los reyes de Castilla y Aragón.

—Me da igual que me llamen la puta del papa en las posadas y en los palacios —proclamó Julia desafiante—.

Me conformo con que teman lo que puedo hacer por eso mismo.

Dios nos puso a las mujeres bajo el dominio de los hombres del dormitorio hacia fuera, pero entre las sábanas son nuestros esclavos.

¡Hipócritas! Toda Italia sabe que Galeazzo Sforza, el duque de Milán, es un sodomita que fornica con efebos en la habitación contigua a la de su mujer, toda una princesa napolitana.

Que el señor de Perusa, Paolo Baglioni, hace vida marital con su hermana.

Que en Nápoles, no hace ni dos meses, Lucrecia, obligaron a tu hermano Jofré, de doce años, a copular con Sancha d’Aragona, que ya ha cumplido los dieciocho.

Todo ello a la vista de notarios, cortesanos y hasta el propio rey Alfonso, pese a que la novia era su hija ilegítima y a que el angelito apenas tiene vello entre las piernas.

Me han dicho que Sancha no podía contener la risa mientras el pobre crío saltaba encima de ella. ¿Y la que causa escándalo soy yo?

—No es eso lo que cuentan las cartas que el cardenal de Monreale ha hecho llegar al papa.

—Lucrecia titubeó unos instantes buscando las palabras precisas, pues no quería ser tan vulgar como Julia—.

Según escribió, mi hermano pequeño rompió dos lanzas contra el escudo escondido de la dama; y todos los presentes quedaron complacidos por la belleza de los cuerpos jóvenes de los príncipes antes de que las criadas los taparan con las sábanas para preservar su dignidad mientras el matrimonio se consumaba.

—¿Y qué querías que dijera en la carta, querida? —se burló Julia—. ¿Que la pequeña partigiana a lingua di bue de Jofré sólo conseguía hacerle cosquillas al negro targone de la ardiente Sancha?

Las tres volvieron a estallar en carcajadas ante la comparación de los genitales de Jofré y Sancha con la lanza y el escudo que usaban las milicias urbanas de las ciudades de la Umbría y la Toscana.

—¡Bárbara práctica la del encamamiento! —continuó Julia cuando dejó de reírse—. ¡Impropia de estos tiempos! Pensaba yo que esas costumbres ya no se conservaban en ninguna parte.

—Me contaron —dijo Adriana— que la costumbre de encamar a las princesas napolitanas viene de los reyes normandos de Sicilia, que heredaron los de la casa de Anjou y que siguen manteniendo los Trastámara.

—Al menos hubo algo parecido a la consumación de un matrimonio —lamentó Lucrecia—, aunque fuera un poquito ridículo.

—Ten paciencia, hija mía —dijo Adriana—. Que todo llega en esta vida. Ya verás como te cansarás de tu marido. Todas lo hacemos.

—El papa ha prohibido a mi esposo todo contacto carnal conmigo hasta que cumpla los dieciséis —añadió Lucrecia—, pese a que florecí dos meses y medio después de mi boda.

De todos modos, tampoco parece demasiado interesado en ello.

No deja de recordarme que todavía no ha recibido los treinta mil ducados que se apalabraron por mi dote y que no piensa meterse en mi cama hasta que no los cobre, aunque yo haya cumplido dieciséis o sesenta y seis.

—¡Valiente imbécil! —bufó Adriana—. ¡Y encima se quejará pese a la condotta que tiene de la Santa Sede! ¿Es de cuánto? ¿Quince mil ducados al año?

—Veinte mil —aseguró Lucrecia—. Al año. Pagaderos el día de San Esteban por una compañía de veinte lanze , doscientos infantes y otros doscientos ballesteros que, en teoría, están al servicio del papa a no ser que se pretenda usarlos contra el Ducado de Milán.

Así quedó reflejado en las capitulaciones matrimoniales.

—Creo que tu padre, Lucrecia, no calculó bien las ventajas que se podían obtener de tu boda con Giovanni Sforza —dijo Julia—. El Sforzino va a cobrar una jugosa dote y una cuantiosa condotta , pero ni tú tienes marido ni el santo padre un buen capitán.

—Tampoco es tan urgente lo del marido —terció Adriana—. Y menos uno como éste. Y hablando de maridos, no está de más, Julia, que guardemos un poco las apariencias.

—Como bien sabes, querida suegra, yo no amo a mi marido —replicó la joven—. Y él tampoco me ama.

—No es amor lo que siente mi hijo por ti. Es posesión, codicia y, de alguna manera, honor. O por lo menos, orgullo. Les pasa a todos los hombres. Son así de idiotas.

—Si no fuera por mí, tu hijo sólo sería el pobre señor de Bassanello, sin las rentas de Carbognano ni la generosa condotta como hombre de armas de la Santa Sede, a pesar de que —rio— creo que nosotras tres tenemos más posibilidades de morir en un campo de batalla que las que tiene mi esposo.

Las tres damas volvieron a estallar en carcajadas; abiertas y explosivas las de Lucrecia y Julia, y algo más comedidas las de Adriana, pues era de sobra conocida la aversión de Monoculus Orsinus hacia las armas, a pesar de haber sido educado para el oficio de la guerra.

—Bueno —terció Lucrecia entre jadeos mientras se sujetaba el estómago—. ¡Ni tu hermano Alessandro sería hoy el cardenal de la falda si no hubiera sido por la gracia con la que mueves la tuya, Julia!

—¿Sabéis lo que me dijo mi hijo en su última carta?

—preguntó Adriana cuando volvieron a recomponerse—.

Que no podía soportar por más tiempo la vergüenza de que toda Roma se burlara de él y que había decidido renunciar a sus cargos y señoríos, denunciarte como adúltera, marcharse en peregrinaje a Jerusalén y meterse a fraile franciscano de los que guardan el Santo Sepulcro.

—¿Cómo dices? —se sorprendió Julia—. ¿Y tú qué le contestaste? A mí hace meses que no me escribe.

—No le he contestado aún —respondió Adriana—.

Ni lo haré. No te preocupes. Ya se le pasará.

Conozco a mi hijo y, al final, no renunciará a sus caballos, cacerías y rameras por honor ni por orgullo.

No obstante, quizá sería una buena idea que, en nuestro camino de vuelta a Roma, pasáramos por Bassanello para cubrir las apariencias. Tampoco nos costaría tanto.

—Además —añadió Julia—, podríamos ir también a Capodimonte. Mi hermano no está bien. Dice mi padre, que llegó allí hace dos semanas, que aunque su salud ha mejorado con los tratamientos que le está dando, sigue débil y es de temer que, como este invierno sea muy frío, no lo supere.

Las damas guardaron unos momentos de silencio en los que Lucrecia aprovechó para llamar a Pentesilea y ordenarle que les trajera un poco de vino blanco y fresco endulzado con miel y aromatizado con cortezas de limón.

—¿Pensáis —preguntó Lucrecia— que habrá guerra? ¿Que el rey de Francia invadirá Italia?

—Yo creo que sí —contestó Julia—. Y será por culpa de la disputa entre Beatriz de Este e Isabella d’Aragona.

—¿Cómo dices? —inquirió Adriana.

—Así me lo contó el santo padre. Como sabéis, Beatriz de Este dio a luz el año pasado, en enero, al primer heredero de Ludovico el Moro.

—He oído hablar de la boda de ambos —apuntó Lucrecia—. Parece ser que un tal Leonardo da Vinci, un artista florentino que está al servicio de la corte de Milán desde hace tiempo, organizó juegos y decorados que no parecían de este mundo.

—Sí, me acuerdo —dijo Adriana—. Y también que bautizaron al niño como Maximiliano, como el emperador del Sacro Imperio.

—Pues bien —retomó Julia—, tras el bautizo, Beatriz de Este maniobró para que su marido propusiera al consejo ducal que el recién nacido fuera nombrado conde de Pavía.

—¡No me lo puedo creer! —exclamó Lucrecia—. ¡Ese título es el del heredero del Ducado de Milán, es decir, para el primogénito de Galeazzo Maria Sforza e Isabella d’Aragona! ¿Cómo se llamaba?

—Francesco —recordó Adriana—. Tiene tres años. ¡Con lo que le costó a Isabella que su marido dejara de sodomizar efebos y la preñara!

—Pues por eso montó en cólera —dijo Julia—. Isabella mandó cartas a su abuelo el rey Ferrante de Nápoles y a su padre, el aún duque de Calabria, para que defendieran los derechos de su hijo y...

—No termino de entender por qué hacemos esto —interrumpió Lucrecia.

—¿El qué? —inquirió Julia—. ¿A qué te refieres?

—A censurar que Beatriz de Este hiciera lo que es mejor para su hijo y su familia. ¿O no harías tú lo mismo por tu pequeña Laura? ¿O tú, Adriana? ¿Acaso no has procurado para Orso todos los honores y cargos que has podido, aunque no te lo vaya a agradecer nunca?

—No la censuro, Lucrecia —dijo Julia—. Constato una realidad.

Ludovico y su mujer conspiran para hacerse con el Ducado de Milán que ya gobiernan de facto y, para eso, al final tendrán que quitar de en medio al legítimo duque.

Aunque, con la vida de excesos que lleva Galeazzo Maria, es cuestión de tiempo que sea él mismo quien resuelva el problema.

Sin embargo, ya tiene un hijo, el duchetto Francesco, cuyos derechos a la corona ducal los defenderá su abuelo Alfonso a no ser...

—Ya te entiendo —cortó Lucrecia—, a no ser que su abuelo Alfonso no pueda defenderlos más porque ya no sea el rey de Nápoles. Por eso crees que el Moro se pasará al bando del rey de Francia para ser duque de Milán, aunque eso traiga la guerra.

—Así es —intervino Adriana—. Una guerra que afectará al papa.

—¿Por qué? —preguntó Lucrecia—. Si Milán y Nápoles van a la guerra ¿en qué afecta a Roma?

—Pues en que los Estados Pontificios están en medio del ducado y el reino —explicó Adriana—. Y que el cardenal Giuliano della Rovere se ha convertido en uno de los principales consejeros del rey de Francia.

—¡Ese hombre no tiene vergüenza! —bufó Julia, indignada—. ¡Después de estar años al servicio del rey de Nápoles!

—Me contó en una carta mi hermano César —añadió Lucrecia— que burló el cerco al que estaba sometido en el castillo de Ostia.

Lo sacaron de la fortaleza oculto en un carro de desperdicios la madrugada del día de San Jorge y escapó por mar rumbo a Génova.

Cuando se dio la voz de alarma, ya estaba demasiado lejos.

Aunque don Ramiro de Lorca hizo que un par de gabarras a remo salieran en su persecución, no consiguió alcanzarlo.

En su huida, el cardenal de San Pietro in Vincoli se dejó en tierra a dos jovencísimos frailes que lo acompañaban y a cuatro o cinco criados.

—¿Y qué hizo don Ramiro con ellos? —preguntó Adriana.

—Primero —continuó la hija del papa—, como los dos frailes le parecieron muy jóvenes, casi niños, ordenó que comprobaran si tenían ya vello en sus partes íntimas.

Como así fue, los mandó ahorcar. Según dijo, si eran mayores para pecar, también lo eran para penar.

Luego hizo lo mismo con los criados y ordenó que mataran a palos a sus propios centinelas porque habían sido burlados por el cardenal Della Rovere.

—¡Santa María! —exclamó Adriana mientras se santiguaba—. Ese murciano es un demonio. ¡Hizo ahorcar a dos siervos de Dios! ¿Era necesaria tanta crueldad?

—Me temo, tía —contestó Lucrecia—, que don Ramiro, como mi hermano César, es de los que piensan que es mejor pegar mucho y duro al principio para no tener que hacerlo a menudo.

El caso es que don Ramiro logró tomar la fortaleza, que ya está bajo el control del ejército de su santidad. Al menos, por ahora.

—¿Por qué por ahora? —inquirió Adriana—. Julia, ¿qué sabes tú del santo padre?

—Su beatitud me dijo en su última carta —contestó la joven con rubor en sus mejillas— que todos los días llegan a Roma correos que le informan de que el rey de Francia está reuniendo un enorme ejército en Grenoble. Se pondrá en marcha el día de la decapitación de san Juan Bautista.

—¡El 29 de agosto! —exclamó Lucrecia—. ¡En poco más de dos semanas!

—Dice el papa —continuó Julia— que el embajador francés le ha jurado que Carlos de Valois no va a la guerra contra el santo padre, sino en cruzada contra el Turco, por lo que necesita partir desde Nápoles y como rey de Nápoles.

Y que si los D’Aragona siguen allí ocupando el trono, solucionará el problema con ciento cuarenta piezas de artillería de asedio y campaña, más de doscientas bombardas y treinta mil hombres.

Entre ellos, centenares de lanzas francesas y miles de infantes provenzales, arcabuceros bretones, ballesteros gascones, así como varias fähnlein , compañías de piqueros suizos.

—¡Válgame Dios! —suspiró Adriana.

—El papa está entre dos fuegos —aseguró Julia.

—Y toda Italia también —concluyó Lucrecia—. Toda Italia.