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— Carissimi fratres cardinales et excellentiae legati —saludó el papa a los cardenales y embajadores—, la reciente muerte de su alteza Ferrante d’Aragona, a quien Dios haya perdonado sus pecados, obliga a nos, como depositario del patrimonio de san Pedro y, por tanto, protector y titular del reino, a proclamar a su sucesor.
Y es decisión de Nos que se mantendrá el compromiso adquirido con el difunto rey para que su primogénito, el duque de Calabria, sea coronado rey de Nápoles.
Para ello, enviaremos al cardenal-arzobispo de Monreale, su eminencia Joan de Borja i Llançol, a que corone al nuevo soberano que reinará con el nombre de Alfonso II.
—¡Santidad! —exclamó el embajador del rey de Francia—. ¡Injusta es esa decisión, pues ignora los derechos sobre la Corona de Nápoles de mi rey! Unos derechos que han sido perfectamente justificados en el memorándum que se envió a la Santa Sede.
—Embajador —intervino el cardenal-arzobispo de Monreale—, hemos leído con atención ese documento que justifica que vuestro soberano es pariente en vigésimo grado de los últimos príncipes de la casa de Anjou y...
—¿Y qué parentesco legítimo puede presentar el hijo del bastardo Ferrante? —interrumpió el diplomático francés—. ¡Qué derecho?
—El mejor de todos ellos, excelencia —le contestó Federico, el segundo hijo de Ferrante, príncipe de Altamura y embajador ante la Santa Sede—.
El justo derecho de conquista de las armas de mi abuelo el rey Alfonso el Magnánimo, cuyos frutos legó a mi padre, y él, a mi hermano.
Derecho ratificado después por seis papas desde Nicolás V hasta Inocencio VIII.
—Será pues ese mismo derecho, alteza —replicó el francés—, el que devuelva la Corona de Nápoles a la casa de Valois, su legítima dueña.
—El Reino de Nápoles —cortó el papa sin alzar la voz más de lo estrictamente necesario para hacerse oír— es propiedad de la Santa Sede desde que el emperador Constantino lo donó a san Silvestre papa.
No se ceñirá la corona napolitana nadie que el obispo de Roma no designe.
Como hizo el santo padre Nicolás V con el rey Magnánimo y Pío II con su hijo Ferrante.
—Entonces —intervino Giuliano della Rovere—, quizá lo apropiado para resolver este problema sea, precisamente, dilucidar quién es el legítimo obispo de Roma.
—¡El que fue elegido por el mismo Espíritu Santo en el cónclave, eminentissime frate ! —replicó el vicecanciller Ascanio Sforza, hermano del duque regente de Milán—. ¡Y también con vuestro voto, si mal no recuerdo!
—¡Y con simonía! —bramó el cardenal de San Pietro in Vincoli—. ¡Comprando el voto de los que, junto a su dignidad y su alma, quisieron venderlo a un marrano valenciano al que le faltan cargos en la curia y dignidades en toda Italia para colocar a sus familiares, a sus amigos y...!
—¿Y a quién más, cardenal de San Pietro in Vincoli? —preguntó el papa con una sonrisa burlona que hacía brillar su redonda cara más que los dorados de los frescos del Pinturicchio—. Decid.
—¡A sus propios hijos! —bramó Della Rovere mientras señalaba a César con el dedo—.
¡Nunca se ha visto ignominia semejante en la santa romana Iglesia!
Simoníaca fue su elección e inválidas son todas sus decisiones.
También la de mantener la dinastía bastarda de los Aragón en Nápoles.
Hermanos cardenales, convoquemos un concilio que deponga a este papa impío, regeneremos la Iglesia y que la Corona napolitana vuelva a su legítimo dueño: ¡Carlos de Valois, duque de Bretaña, rey de Francia y Jerusalén!
—Y tampoco sabéis, eminentissime frater in Christo —continuó el papa sin perder la calma—, que mi hijo Jofré se casará el próximo 7 de mayo con la princesa Sancha d’Aragona.
—¡Qué más pruebas necesitáis, carissime fratres , señores embajadores! —exclamó Della Rovere completamente fuera de sí—. ¡Alejandro, como compró el papado, se cree con el derecho a venderlo!
Y sin esperar a que nadie le replicara, el cardenal de San Pietro in Vincoli abandonó con grandes zancadas la sala de los Pontífices. El papa contempló la escena con aire divertido, desechando la idea de arrestar al cardenal por semejante falta de respeto hacia su sagrada persona.
—Santidad —dijo el embajador francés—, debo insistir en que la Santa Sede estudie y atienda las reclamaciones de mi rey antes de proceder a la coronación del príncipe Alfonso. Estoy seguro de que todavía hay tiempo para llegar a un acuerdo.
—La paz y la concordia, excelencia, siempre van a ser nuestra guía.
Enviaremos a vuestro rey la Rosa de Oro que bendeciremos, como es tradición, el cuarto domingo de Cuaresma.
Y ordenaremos la creación de una comisión que estudie de nuevo el memorándum a favor de los derechos de Carlos de Valois al trono de Nápoles, pues tiempo hay todavía de enderezar lo que se haya podido torcer.
—Gracias, santidad. Así se lo haré saber a mi rey y señor.
Tras la discusión, el consistorio despachó otros asuntos menores. A su término, el papa, el arzobispo de Monreale y los cardenales César Borgia y Alejandro Farnese volvieron a la sala de los Misterios, donde aguardaban Lucrecia y Julia.
— Sancte pater , ¿de verdad vais a crear una comisión para estudiar las reclamaciones del rey de Francia? —preguntó César.
—Por supuesto, hijo mío. Por supuesto.
—¿Y qué ocurrirá si se decide que Carlos de Valois tiene mejor derecho a la Corona de Nápoles que Alfonso d’Aragona?
—Tal cosa no ocurrirá porque esa comisión no decidirá nada.
—¿Nada?
—Ya aprenderás, hijo mío —dijo Alejandro VI—, aquí en Roma, cuando algo se quiere resolver, lo decide el papa y, cuando no se quiere, se nombra una comisión para que lo estudie.
Carlos de Francia recibirá la Rosa de Oro y un montón de halagos del santo padre escritos en bellísimos latines. Y nada más.
—¿Y el cardenal Della Rovere?
—Lo dejaremos atrincherado en su fortaleza de Ostia.
Que don Ramiro de Lorca y unas cuantas escuadras de la guardia papal vigilen el castillo.
Al más mínimo movimiento, lo sacaremos y lo encerraremos en Sant’Angelo para que reflexione.
Llevo en Roma treinta años y no he estado nunca en esa parte del castillo, pero dicen que la celda de San Marocco es un lugar propicio para pensar en los errores cometidos.
Al menos, así lo cuentan los pocos que de allí han salido vivos.