El mirto y el puñal 9
14%

9

Joan de Borja i Llançol de Romaní, arzobispo de Monreale y cardenal presbítero de Santa Susana, trazó en el aire la señal de la cruz sobre la diminuta llama de la vela cuya mecha había prendido del cirio pascual del altar mayor de la capilla del papa Sixto.

Aunque monsignore Burcardo había ordenado que se encendieran braseros para caldear la estancia, las más de doscientas personas que asistían a la misa del día de la Purificación de María tiritaban bajo los gruesos mantos.

Incluso el papa Alejandro, sentado en el trono y con la tiara ceñida, escondía las manos en los pliegues de su capa magna.

Joan de Borja i Llançol de Romaní, sobrino del papa, era un hombre enorme, casi tan alto como ancho, cuya pasión por el vino, la buena comida y las mujeres superaba la del pontífice.

Alejandro VI lo tenía por uno de sus mejores consejeros porque, como el santo padre, Joan de Borja no era un teólogo, sino un jurista y astuto diplomático.

—Amén —respondieron los feligreses.

A continuación, el prelado le llevó al papa la vela encendida para que el resto de los cardenales, los altos cargos de la curia y los invitados a la misa, por estricto orden jerárquico, se acercaran al trono pontificio a prender la bujía que cada uno portaba en las manos, besar el zapato rojo del santo padre y recibir de él su bendición apostólica.

Lucrecia llevaba en brazos a la hija de dos años de Julia Farnesio, Laura, a quien las malas lenguas de Roma llamaban la piccola papessa —‘la pequeña papisa’— porque todo el mundo creía que era hija del papa.

Lucrecia se percató de inmediato de que al pontífice, que solía mantenerse impasible durante las largas ceremonias vaticanas, se le iluminó la cara con una sonrisa de ternura en cuanto la vio arrodillada a sus pies con la niña encajada en la cadera y la vela en la mano.

Desde que en agosto Juan se marchara a Barcelona para casarse con María Enríquez —la prima del rey Fernando de Aragón— y tomar posesión del Ducado de Gandía, el papa sufría ataques de melancolía por la ausencia de su favorito.

Además, sonaban tambores de guerra. La muerte de Ferrante d’Aragona había despertado en el joven rey de Francia —Carlos VIII— el ansia de recuperar para su dinastía la Corona de Nápoles que el padre del difunto —Alfonso el Magnánimo de Aragón— había arrebatado a la casa de Anjou.

Por ello, el embajador de Francia presionaba al papa para que ungiera a Carlos de Valois como soberano de Nápoles, y los Colonna —sus aliados en Italia— reclutaban tropas y compraban pólvora con dinero francés que administraba el cardenal Giuliano della Rovere desde su bastión en Ostia.

Ante tantas preocupaciones, en aquellos días fríos de febrero, el ánimo del santo padre pasaba de la cólera a la apatía.

Para sosegarse, solía dar paseos al mediodía, después del ángelus, por los jardines de la villa del Belvedere del papa Inocencio, bajo el tímido sol, en compañía de Julia, Lucrecia, la pequeña Laura y, en ocasiones, también Adriana.

Lucrecia lamentaba su suerte al ver al pontífice tan enamorado de Julia.

Ella no había visto a su marido desde el día de la boda —ocho meses antes—, ya que en las capitulaciones matrimoniales se establecía que ambos esposos no harían vida marital hasta que la recién casada fuera mujer.

Lucrecia había sangrado por primera vez en noviembre y así se lo comunicó Adriana al papa.

Sin embargo, el santo padre no daba su permiso para que su hija marchara a Pésaro con su esposo, y ponía excusas como las lluvias de otoño o las nevadas del invierno para retrasar la partida.

Lucrecia ya no se sentía una niña. No es que su marido le agradara —de hecho, recordaba bien el olor a vino de su aliento, su carácter hosco y su nulo talento para la danza—, pero la llegada de la pubertad, pocas semanas después de su boda, los gestos de enamoramiento del papa hacia Julia y la presencia de la niña habían despertado en ella un sentimiento desconocido hasta entonces.

Aunque había sido esposa antes de ser mujer, en los últimos meses había desarrollado un ansia por ejercer su nuevo estado de mujer de Giovanni Sforza y condesa de Pésaro.

Ni siquiera ella sabía si aquel estado de ánimo se lo provocaba su afán por complacer y obedecer al santo padre, que era quien había decidido que se casara con el Sforzino, o su propia convicción.

Lo que sí sabía es que cada vez que tenía a la pequeña Laura en los brazos, su deseo de ser madre se acrecentaba.

Los golpes que monsignore Burcardo, el maestro de ceremonias, dio en el suelo con su bastón para advertir a los presentes que la ceremonia había concluido sacaron a Lucrecia de sus pensamientos.

El santo padre se retiró hacia la torre Borgia.

Ya en la sala de los Misterios —que el papa usaba para reuniones con su círculo más íntimo—, Perotto, el cubiculario favorito del papa, despojó a Alejandro VI de la tiara y la capa magna y ordenó que un secretario le leyese la carta que, pocas horas antes, había llegado desde Gandía.

—« Beatissime pater —leyó el funcionario—, cuando partí de los pies de vuestra santidad, me prometió que me mandaría volver a Roma para el día de la Natividad de Nuestro Señor.

Por ello, me atrevo a suplicar humildemente a vuestra beatitud que me mande volver para servirle, por ser esto lo que más deseo.

Respecto a la duquesa María, pare sant , me complace informaros de que está encinta. »

—Son magníficas noticias, santidad —dijo Julia Farnese, a cuyos brazos Lucrecia había devuelto a la pequeña Laura—. Doña María Enríquez está embarazada.

—¡Lo sabía! —exclamó el papa con alborozo—. ¡Sabía que Juan cumpliría con sus obligaciones! Lo de Barcelona fue, ¿cómo decirlo?, un desahogo lógico por sus pocos años y ante la alta responsabilidad que tenía por delante. ¡Todo es culpa de la sangre Borja, que es brava y espesa!

—Un desahogo —susurró César a Lucrecia— que podía haber salido muy caro.

El padre de nuestra cuñada se subía por las paredes porque nuestro hermano no tenía prisa por consumar el matrimonio.

Amenazaba con recurrir al rey de Aragón e incluso anular el matrimonio.

Dos cartas le envié desde Viterbo, pero mi hermano seguía sin meterse en la cama con su mujer.

Ni en Barcelona, ni en Valencia, ni en Gandía. Decía que no le gustaba.

—¿Tan poco agraciada es doña María Enríquez? —preguntó Lucrecia tapándose la boca para ocultar tanto su sonrisa como el rubor que coloreaba de escarlata sus mejillas.

—Según me dijeron, nuestro hermano alegaba que encontraba más atractivo a su caballo.

Y, además, parece ser que tuvo algunos problemas para —el cardenal de Valencia bajó la voz y se cubrió la boca con la mano— enarbolar la bandera, porque la dama no dejaba de rezar el rosario en los momentos previos al lance.

Lucrecia ahogó como pudo una carcajada. Hacía semanas que, ante el silencio que cosechaba tanto de Julia como de Adriana y de su propia madre cuando les preguntaba lo que ocurría entre un hombre y una mujer en la intimidad del dormitorio, había recurrido a César.

Él, con toda tranquilidad, se lo había explicado con detalle.

Y aunque al principio había sentido miedo y un poco de repugnancia, cada vez tenía más curiosidad y menos vergüenza.

—¡Juan tiene razón! —exclamó el papa—. Debe volver a Roma en cuanto las condiciones del mar sean de nuevo propicias para la navegación. Que el cardenal Carafa envíe a Gandía una de las galeras pontificias para que traigan a mi hijo y...

—Santidad —interrumpió con suavidad el cardenal-arzobispo de Monreale—. ¿No sería más prudente que vuestro hijo esperara un tiempo hasta que la duquesa, alabado sea Nuestro Señor por su embarazo, traiga al mundo al tercer duque de Gandía de la casa Borja, si ésa es la voluntad de Dios?

—Pues ahora que lo dices, sobrino —contestó el pontífice—, no soluciones mala idea.

—Es más, me atrevería a sugerir —continuó el prelado— que el retorno del duque de Gandía a Roma no se produjera hasta que el infante tuviera unos meses y la duquesa estuviera encinta por segunda vez.

—Tienes razón, nebot —le dijo en valenciano a su sobrino—. Más prudente será que el duque de Gandía no venga a Roma hasta que mi nieto haya sido bautizado y su sucesión esté asegurada con otro heredero.

—En efecto, santidad. Y quiera Dios que este embarazo llegue a buen puerto y pronto venga otro.

—¡Conociendo al duque...! —bramó el papa con una risotada—. ¡Y conociendo el ardor de la sangre Borja, no creo que haya que esperar mucho tiempo!

En ese momento, la puerta de la sala se abrió para dar paso a monsignore Burcardo.

—Santidad —anunció—, los señores cardenales y los embajadores están preparados para celebrar el consistorio público en la sala de los Pontífices cuando lo consideréis conveniente.

—Gracias, monsignore —contestó el pontífice—. Iremos de inmediato.

Conforme marcaba el protocolo, cuando el santo padre entró en la estancia más lujosa de la torre Borgia, las voces blancas de la Schola Cantorum, el coro vaticano, entonaron el Ecce Sacerdos Magnus —‘he aquí el sumo sacerdote’—, y cesaron cuando Alejandro VI se sentó en el trono dorado.

Uno a uno, los cardenales presentes y los embajadores fueron a besarle el pie en señal de obediencia.

Entre ellos —y con el gesto tenso—, el cardenal de San Pietro in Vincoli.

Giuliano della Rovere había abandonado su fortaleza en Ostia para asistir al primer consistorio en el que participaban los doce nuevos cardenales nombrados por el pontífice.

Entre ellos estaba César, de diecinueve años, y, atrayendo miradas y cuchicheos, Alessandro Farnese, el hermano de veintiséis de la amante del papa y al que, por ese motivo, toda Roma llamaba ya il cardinale della gonnella ; es decir, «el cardenal de la falda», dados los méritos por los que había obtenido el capelo rojo.