El mirto y el puñal 8 #2
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El novio hacía honor a su apodo y, comparado con el duque de Gandía, aún parecía más insignificante.

El favorito del papa era el encargado de llevar a Lucrecia al altar.

Deslumbró a la corte vaticana con una marlota de tisú de oro que le llegaba hasta los tobillos, ceñida con un cinturón de pedrería, y un jubón cuyas mangas estaban adornadas con perlas del tamaño de garbanzos.

Llevaba, además, un collar de rubíes y, para escandalizar a los más piadosos, un turbante a la turca sujeto con un zafiro.

Unos pasos por detrás de la pareja, César avanzaba con la mirada baja para que la corte no apreciara los celos que sentía hacia su hermano mayor por acaparar todo el protagonismo.

Incluso el que correspondía a la novia, a pesar de que estaba bellísima.

El vestido de Lucrecia era de color índigo, encrespado en oro y salpicado por docenas de pequeñas perlas, las joyas favoritas tanto del papa como de su hija.

Llevaba el pelo suelto, ligeramente ondulado para realzar los brillos casi azulados de su melena morena y, ceñida en la frente, una diadema de ágatas cuyo verdor combinaba bien con sus ojos oscuros y profundos, tan característicos de las hembras de la casa Borja.

La cola de la falda, de casi una caña de largo, la portaba Pentesilea y, detrás de la esclavita y como damas de honor, Julia Farnesio y Adriana de Milà.

Vannozza no había sido invitada.

Lucrecia y su madre habían llorado a mares la noche anterior.

Vannozza intentó explicarle a su hija que no era conveniente que fuera a la boda.

«Los Sforza —le dijo— como son descendientes de saqueadores y delincuentes, necesitan ennoblecer su sangre y por eso no aceptarían menos que la hija de un papa para uno de los suyos.

Por eso no debo ir, Lucrecia. Pero estaré contigo cada vez que cierres los ojos.

» Y con los ojos cerrados estuvo Lucrecia durante casi toda la misa que ofició el obispo de Concordia.

Hasta el momento de intercambiar los anillos, cuando el capitán de la guardia pontificia —Roderic de Borja i Llançol de Romaní, primo de Lucrecia— desenvainó su espada bendecida por el papa para extender su filo sobre las cabezas de los contrayentes como protector y testigo de aquel matrimonio.

Cuando su santidad extendió su mano derecha y, con tres dedos, impartió la bendición apostólica sobre los recién casados, las docenas de dignatarios, nobles y altos cargos que abarrotaban la sala estallaron en aplausos.

Las bombardas de Sant’Angelo hicieron temblar con sus salvas el cielo de Roma, para anunciar urbi et orbi que la hija del papa se acababa de casar.

Más tarde, en el interior del Palacio Apostólico, los festejos comenzaron con una representación de Los gemelos , una comedia de Plauto, el autor clásico favorito del pontífice.

Sin embargo, no todos los invitados sabían el suficiente latín para divertirse con los enredos de las aventuras de los hermanos Menecmo y Sóscicles.

Muchos terminaron por aburrirse, especialmente las damas, como la bella Julia Farnesio.

Por eso, en cuanto el santo padre la vio bostezar por segunda vez, ordenó que se interrumpiera la función, se despidiera a los actores y que empezara el verdadero festejo con música, baile, dulces y vino.

Docenas de criados culebreaban entre los invitados con bandejas llenas de frutas confitadas, turrones y mazapanes, así como con jarras de fresco vino blanco de Montefiascone.

Cada vez que uno de los mayordomos concluía su ronda alrededor de la sala de los Pontífices, si en la fuente aún quedaban golosinas —y siempre quedaban—, las llevaba hasta la logia de las Bendiciones —sobre la plaza de San Pedro— para tirarlas a la multitud.

Más de cien libras de dulces fueron arrojadas a la chusma, que, como era de esperar, se enzarzó en una multitudinaria pelea que obligó a intervenir a la guardia pontificia cuando los empujones por una peladilla o un trozo de membrillo terminaron a cuchilladas.

Sin embargo, el ruido de las algaradas callejeras no llegaba hasta la sala donde los recién casados se disponían a abrir el baile.

Todo el mundo se dio cuenta de que el novio no tenía la más mínima gracia para seguir la música y la novia, para sorpresa de quienes conocían su habilidad y su gracia, se movía sin ganas con las notas del passo doppio y la bassa danza nobile de laúdes y tamboriles.

Una vez que terminaron ambas piezas, el Sforzino se fue a un rincón con sus hombres de confianza para seguir bebiendo.

Lucrecia, sin mirar atrás, se fue a la esquina opuesta de la sala, a buscar refugio entre los brazos de Adriana, Pentesilea y Julia.

A duras penas contenía las lágrimas.

—¿Qué te ocurre, querida? —preguntó Adriana—. ¿Qué pasa?

Lucrecia se encogió de hombros y se tapó la cara con las manos. Pentesilea la abrazó con ansia, como si quisiera construirle a su ama una coraza con su carne morena adolescente.

—¡Que extraño a mi madre, tía! —dijo entre hipidos—. ¡Por qué no está aquí?

—El santo padre —contestó Adriana— lo decidió así para evitar habladurías y que nadie os pudiera mirar por encima del hombro.

—¿Por qué? —se revolvió Lucrecia—. ¿Acaso mi madre no es hija de un caballero valenciano de noble cuna? ¿Acaso no lo soy yo también?

—¡Ay, querida! —terció Julia—. ¡Ya deberías haber aprendido que, aquí en Roma, vale más que todo el mundo piense que eres la hija ilegítima del papa que la legítima de un gentilhombre!

—El poder lo blanquea y lo perdona todo, pequeña —suspiró Adriana—. Convierte en verdad canónica la mentira más burda, las rameras en princesas, las hijas, en sobrinas, y las sobrinas, en hijas.

—¡No entiendo nada! —protestó Lucrecia—. ¡Y además, no me gusta!

—¿No te gusta quién? —insistió la tutora, aunque sabía la respuesta—. ¿Quién no te gusta?

—¡Mi marido! —bufó la recién casada—. ¡Es un viejo! ¡No sabe bailar! ¡Y el aliento le huele a vino! No es un esposo galante como el de los poemas y las canciones. Ni apuesto como Juan o César.

—No, querida —aseguró Adriana con una sonrisa amarga en los labios—. No lo es.

—Y tampoco importa —terció Julia.

—No les importa a ellos —añadió Adriana señalando al papa, Juan y César, que conversaban con el embajador de los reyes de Castilla y Aragón—. A nosotras no nos pregunta nadie.