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Entre los miembros de la curia, la nobleza romana y los embajadores ante la Santa Sede había tanta curiosidad por ver las nuevas dependencias de la recién construida torre Borgia del Palacio Apostólico como interés por la boda que se iba a celebrar en la llamada sala de los Pontífices del nuevo edificio.
La más noble y mejor decorada por Bernardino di Betto Betti, un pintor de Perusa a quien llamaban, por su escasa estatura, el Pinturicchio.
Toda Roma estaba asombrada por la velocidad con la que Alejandro VI, en menos de un año, había levantado aquel bastión con el que se cubría el ángulo nordeste del Borgo, el barrio amurallado que se recostaba sobre la colina vaticana y donde se ubicaban tanto la basílica de San Pedro como el Palacio Apostólico y las residencias de algunos cardenales.
Pero si el pueblo llano se maravillaba por la celeridad con la que el santo padre acometía obras en el complejo vaticano y reforzaba el castillo de Sant’Angelo con nuevos baluartes y mejores defensas, los embajadores y barones romanos se hacían cruces con la habilidad con la que el pontífice había desbaratado la primera de las trampas que el cardenal Giuliano della Rovere le había tendido, cuyo broche de oro se iba a poner, con una boda, aquella mañana del día de San Esquilo de Suecia.
La boda de Lucrecia.
Unos meses antes, Virginio Gentile Orsini le había comprado a Franceschetto Cybo —el hijo del papa Inocencio VIII— los castillos de Anguillara y Ceveteri, feudos de la Santa Sede al norte de Roma, con los que se controlaba el camino a la Toscana y a la Lombardía y se ponía en jaque el acceso a Civitavecchia, el gran puerto de mar de la Ciudad Eterna.
A Orsini, el dinero se lo había prestado Piero de Médici, el primogénito de Lorenzo el Magnífico y señor de Florencia, con el aval de Ferrante d’Aragona.
No obstante, el papa Alejandro pronto descubrió que detrás de Orsini, Cybo, De Médici y el rey de Nápoles estaban las intrigas de Giuliano della Rovere.
Controlando aquellos castillos, el cardenal de San Pietro in Vincoli podía bloquear el paso de los mercaderes que suministraban a Roma trigo, vino, leña y todo tipo de víveres.
Della Rovere sabía que el pueblo soporta todo, salvo pasar hambre.
Sin embargo, poca amenaza suponían ya aquellos castillos para la Santa Sede porque, llegado el caso, en auxilio de Roma acudirían las tropas de la recién nacida Liga Santa, conformada por Milán, Siena, Ferrara, Mantua y Venecia.
Una coalición contra Nápoles y Florencia que había sido forjada por el pontífice valenciano y el cardenal Sforza —el hermano del duque de Milán— y que se iba a cerrar aquel miércoles de junio con una boda entre una niña de trece años y un hombre de treinta.
La doncella era la hija del papa, Lucrecia Borgia, y el novio era un primo segundo de Ludovico el Moro y del canciller Ascanio.
Su nombre era Giovanni Sforza, aunque lo llamaban el Sforzino por su pequeña estatura, su pequeño condado de Pésaro, su pequeña inteligencia y su pequeño coraje.
Durante los consistorios presididos por el santo padre, los cardenales Ascanio Sforza y Giuliano della Rovere llevaban meses cruzándose acusaciones e insultos a cuenta de la adquisición de los castillos de Anguillara y Cerveteri.
Por ello, cuando dos días después de San Jorge, el papa anunció la creación de la Liga Santa, Della Rovere, en uno de los estallidos de cólera por los que era célebre, abandonó la reunión y, a uña de caballo y rodeado de sus pajes jóvenes favoritos, salió de Roma y se encerró en su fortaleza de Ostia junto a un centenar de mercenarios suizos.
Tres días antes de la boda, Giovanni Sforza llegó a Roma.
Había viajado desde su feudo de Pésaro por la via Flaminia y entró por la puerta del Popolo, donde le recibieron los hermanos mayores de la novia: Juan Borgia, duque de Gandía, y César, arzobispo de Valencia.
Luego, el cortejo bajó por la via del Corso —que había sido engalanada para la ocasión— hasta el palacio de San Marco para enfilar la via dei Pellegrini rumbo al puente Elio y, desde ahí, a Sant’Angelo y el Borgo.
La comitiva, después de traspasar la muralla Leonina, se desvió un poco de su camino para pasar por delante de la fachada del palacio de Santa Maria in Porticu, en cuya logia superior estaba, completamente sola y a la vista de todos, la propia Lucrecia.
Unos pasos más atrás, protegidas del sol y de las miradas, estaban su madre, Vannozza, su tía y tutora, Adriana de Milà, y Julia Farnesio, de la que toda Roma sabía ya que era la amante del papa.
El conde de Pésaro frenó su caballo y dejó que Juan, César y el resto de sus acompañantes avanzaran unos pasos para quedarse solo en medio de la calle, cuyo suelo había sido alfombrado con olorosas ramas de mirto al estilo valenciano.
El Sforzino miró hacia arriba y, cuando sus ojos se encontraron con los de la chiquilla, se quitó el sombrero de terciopelo rojo.
Lucrecia respondió con una reverencia, no demasiado exagerada, pero tampoco tan ligera como para que la gente que miraba —que era mucha— no se diera cuenta.
Era la primera vez que los futuros esposos se encontraban tras meses de reuniones en las que los negociadores del matrimonio habían discutido hasta el más mínimo detalle de la dote de la novia.
—¡De todas las flores del jardín de Alejandro —exclamó fray Mambrino, el bufón enano de su santidad que animaba la cabalgata con canciones, chistes y alguna cabriola torpe pero graciosa—, hoy sólo se muestra a la más valiosa; pero no la más bella, porque ya lo dijo san Lucas que hay que dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!
La gente se reía a carcajadas porque sabía que el cómico se refería a Julia Farnesio, la amante del papa, que también estaba en la logia, pero algo oculta entre las sombras junto a Adriana del Milà. Quien estallaba con las risotadas más ruidosas era, precisamente, Juan Borgia.
—No entiendo —le dijo César a su hermano—. ¿Por qué su beatitud consiente estas faltas de respeto por parte de fray Mambrino? ¿Y por qué te ríes con las gracias de ese enano?
—¡Pues porque son divertidas! —contestó el duque de Gandía—.
Y toda Roma sabe que la bella Julia es la amante de su santidad y que el tuerto Orso Orsini, además de parche, lleva unos cuernos más grandes que los de los toros que a ti tanto te gusta alancear.
Además, buen provecho saca de ambas astas, así que...
¿por qué no reírse a gusto? Te ríes poco, hermano.
—Es cierto —reconoció—, pero tú quizá te ríes demasiado.
—Cuando se trata de reír, beber, cazar, comer o fornicar, monseñor arzobispo de Valencia, demasiado nunca es poco.
La comitiva siguió su camino hasta el Palacio Apostólico y la torre Borgia.
Ya en la sala de los Papas, el conde de Pésaro se arrodilló delante del sumo pontífice y, en un latín pésimo, ofreció un breve discurso para poner su persona y su Estado al servicio de su beatitud, si bien el único servicio que el santo padre quería de él ya lo había ejecutado al casarse.
«No es el mejor partido —les había dicho el santo padre a Juan y César—, pero es lo mejor que se ha conseguido.
Su señorío de Pésaro es insignificante, él es un inútil y, según dicen, también un cobarde.
Pero es un Sforza y, más que a él, lo que necesito son las armas del Ducado de Milán, en poder de su familia.
Por eso doy por bien invertidos los treinta mil ducados de la dote de la niña. »
El día de la boda, la corte papal, los embajadores y los barones romanos pudieron ver, por primera vez, las nuevas estancias de la recién terminada torre Borgia.
El Pinturicchio y sus ayudantes no habían acabado del todo la decoración, pero habían hecho lo bastante para que se admirara su arte y su magnificencia.
El suelo de las seis salas —bautizadas como la de las Sibilas, la de las Artes Liberales, la de los Santos, la de los Misterios de la Fe, la de los Pontífices y la del Credo— se había cubierto con espléndidos azulejos de Manises, que lucían delicados motivos geométricos y habían sido traídos del Reino de Valencia.
En las bóvedas y lunetas, el maestro de Perusa había desplegado todo su arte y habilidad.
Alejandro VI esperaba sentado en un trono dorado en la sala de los Pontífices, la más grande de cuantas se habían construido en la torre Borgia.
Tal y como el Pinturicchio lo había retratado en el fresco de La Resurrección de Jesús de la sala de los Misterios, el santo padre lucía una capa pontifical cubierta de oro y pedrería, portaba la tiara con ínfulas de obispo de Roma y calzaba zapatos rojos que los invitados a la ceremonia besaban conforme iban entrando a la estancia.
Las primeras fueron ciento cincuenta damas de la nobleza romana cuyos perfumes llenaron el ambiente.
Las siguieron los conservatori de la ciudad, los caporione y un sinfín de altos cargos de la curia.
Posteriormente llegaron los embajadores y demás personalidades invitadas, entre las que destacaban el segundo hijo del rey Ferrante de Nápoles —Federico, príncipe de Altamura— y el heredero del Ducado de Ferrara, Alfonso de Este.
Doce cardenales, con el vicecanciller Ascanio Sforza, primo del novio, a la cabeza, cerraron el cortejo justo antes de que entrara el Sforzino.