7 #2
Tras abandonar el campo de’ Fiori, el papa siguió avanzando por la via dei Giubbonari, en la que los artesanos y mercaderes de las tiendas de jubones y corpiños, que daban nombre a la calle, habían colocado bellos tapices para engalanar las fachadas de las casas y palios entre los tejados para cubrir de sombra el recorrido del cortejo pontificio.
En aquel momento, el cortejo casi atravesaba la ciudad de parte a parte debido a las más de ocho mil personas que participaban en él.
Antes de entrar en la via del Portico di Ottavia, a poca distancia ya de la isla Tiberina, salieron al paso del papa los rabinos de las cinco sinagogas de Roma.
Como habían hecho con docenas de papas antes, los ancianos se arrodillaron delante de la jaca blanca del pontífice y extendieron el libro de la Torá, que estaba en el interior de un estuche cilíndrico de fina madera labrada con incrustaciones de oro.
—Sumo sacerdote Alejandro —dijo el más viejo—, te suplicamos humildemente que te dignes confirmar esta ley que el Todopoderoso reveló a Moisés en la cumbre del monte Sinaí y, con ella, los privilegios y permisos que nos concedieron tus antecesores para vivir en Roma según nuestro credo y costumbre.
—¡Judíos! —contestó el papa—, respetamos la santa ley que Dios Omnipotente concedió a vuestros antepasados a través de Moisés, pero condenamos vuestra interpretación porque la fe apostólica enseña que el Redentor, el Salvator Mundi, cuya llegada todavía esperáis en vano, ya vino y que es Nuestro Señor Jesucristo que, con el Padre y el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos.
Alejandro VI daba así su permiso a los judíos para seguir en Roma tal y como lo habían hecho cientos de papas antes que él.
Luego, arrojó a tierra el estuche con la ley y siguió su camino sin volver la vista atrás ni siquiera cuando, como también era costumbre, los guardias pontificios arrebataron a punta de lanza el libro de la Torá, que no devolvieron a los rabinos hasta que, igual que ocurría siempre, pagaron el rescate correspondiente entre chanzas y risas de la multitud.
Cuando el santo padre llegó, por fin, a la escalinata de la basílica de San Juan de Letrán, la gente que llenaba la explanada estalló en vítores en cuanto vio al papa para darle las gracias tanto por la escultura de madera con forma de buey de la que manaba vino por los cuernos, como por la presencia de nueve doncellas vestidas —o más bien casi desnudas— como las musas que bailaban sobre una plataforma.
Caía la noche —tras más de cinco horas de ceremonia y un desvanecimiento que obligó a los diáconos a mojar el rostro de su santidad con agua— cuando Alejandro VI se levantó por última vez de su trono de obispo, en la catedral de Roma y antigua residencia de los papas, para impartir la última bendición urbi et orbi a la ciudad y al mundo.
En las dependencias del Palacio Apostólico, y para cumplir con la última de las antiguas tradiciones vaticanas, Alejandro VI se desprendió de todos sus bienes para dárselos a los pobres, como el pobre cardenal Ascanio Sforza, el pobre cardenal Giovanni de Médici o el pobre cardenal Giambattista Orsini.
Se sentía tan generoso que, después de firmar el nombramiento de César como nuevo arzobispo de Valencia, mantuvo a Giuliano della Rovere en el obispado de Ostia y, con él, la posesión de la fortaleza que su tío, el papa Sixto, había ordenado edificar en la desembocadura del Tíber.
Ya había pasado la medianoche cuando despidió a los secretarios y escribas, que se marcharon con los cartapacios llenos de papeles.
Se retiró a su habitación, donde se quedó a solas con su cubiculario de mayor confianza, un mocito aragonés de trece años llamado Pedro de Calderón, a quien llamaban Perotto, que lo ayudó a desvestirse y asearse con agua de rosas y alcohol de romero para quitarse la fatiga del día.
—¿Apago ya los candiles, santo padre? —preguntó el paje cuando el papa estuvo ya recostado en el lecho—. ¿O queréis que os lea un poco hasta que os entre el sueño?
—No, hijo mío. No quiero lecturas, pero tampoco dormir todavía. Avisa a la dama Adriana. Dile que venga. Y que venga también su nuera.
—De inmediato, santidad.
El muchacho salió hacia los corredores del Palacio Apostólico rumbo a la capilla Sixtina.
Allí una puerta daba a un pasillo que la unía con el patio interior del palacio de Santa Maria in Porticu.
El papa Alejandro había alquilado aquella mansión al cardenal Zeno para que vivieran en ella Adriana, Lucrecia y Julia Farnesio.
Unos instantes después, se abrió la puerta de los aposentos.
Adriana entró con un candil en la mano y, a continuación, Julia.
Con un cruce de miradas, la prima del papa supo enseguida que su beatitud no iba a necesitarla en absoluto.
Por ello, hizo una leve reverencia y se marchó cerrando la puerta.
Julia tampoco dijo una palabra. Cuando se abrió el camisón, el vientre ya abultado y los pechos hinchados de la joven encinta le parecieron a Rodrigo Borgia mucho más deseables que la entrada al paraíso, cuyo acceso directo a través del perdón de los pecados estaba en su poder desde aquel mismo día.
—Una criada me ha dicho —susurró Julia, ya completamente desnuda— que cuando has abandonado el campo de’ Fiori y nosotras nos hemos retirado al interior se han oído gritos que me señalaban como la papae concubina .
—¿Y eso te molesta? —preguntó Rodrigo mientras dibujaba con el dedo un anillo en torno al pezón izquierdo de la muchacha.
—En absoluto —contestó ella hundiendo sus dedos suaves y blancos en la entrepierna del papa—.
Ni papae concubina , ni sponsa Christi como, según dicen, me insulta el cardenal de San Pietro in Vincoli.
Los que me llaman concubina del papa o esposa de Cristo dicen esas cosas porque no les queda otra arma ni otro consuelo que la calumnia. No me afecta en absoluto.
—Giuliano della Rovere —el papa escupió más que pronunció el nombre del sobrino de Sixto IV— haría bien en callarse porque el pueblo de Roma lo arrojaría a las llamas como hace con los sodomitas si supiera de su pasión por los jóvenes efebos.
—No os enfadéis, santidad —dijo Julia mientras aumentaba el ritmo de la caricia en el bajo vientre del pontífice—. No queréis acabar con cólera el mejor día de vuestra vida.
—Tienes razón, hija mía —respondió el papa con un suspiro conforme notaba el placer que su amante le brindaba—. Tienes toda la razón.
— Sic transit gloria mundi —casi gritó Julia mientras se colocaba a horcajadas sobre el santo padre.
—Amén —respondió Alejandro VI entre jadeos—. Amén.