El mirto y el puñal 7
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El sol centelleaba en las corazas de los alabarderos del escuadrón genovés que escoltaba la comitiva del nuevo papa hacia la basílica de San Pedro para su coronación.

El cortejo que cruzó el patio de Il Paradiso lo encabezaba una docena de hombres vestidos con ponchos rojizos que portaban al hombro haces de varas atadas con cordones de plata, como si fueran los lictores que precedían a los cónsules de la Roma antigua.

Los doce lacayos abrían el paso a los tres conservatori —magistrados civiles— y a los priori dei caporioni , los alcaldes de los trece distritos en los que se subdividía la ciudad.

Todos ellos llevaban togas sobre las túnicas albas con una franja púrpura sobre el hombro derecho, como las que usaban los senadores en los tiempos de Julio César.

Los seguían los arzobispos y obispos llegados a la ciudad para honrar al nuevo papa —con mitra y capa blanca— y, a continuación, los cardenales divididos en tres grupos.

Primero los diáconos con dalmática; luego los presbíteros con casulla y, por último, los cardenales-obispos con capas pluviales doradas.

Tras sus hermanos príncipes de la Iglesia, caminaba, lento y pesado, como si estuviera hecho de plomo y piedra y no de carne y huesos, su beatitud Alejandro VI.

Iba vestido de brocado rojo, con tanta hilatura de oro bordada que relampagueaba bajo la luz de agosto; parecía ser la mismísima transfiguración del Señor.

Tras él, monsignore Burcardo, el maestro de ceremonias vaticano, llevaba en un cojín el triregnum , la tiara con la triple corona, y, a continuación, la legión de datarios, notarios apostólicos, abreviadores y auditores de la Santa Sede.

La primera parada de la procesión se produjo en el atrio de San Pedro.

Sobre una tarima se había instalado una silla de madera dorada en la que se sentó el papa para que los participantes de la comitiva le besaran el pie.

Después, el cortejo continuó hacia el interior de la basílica, donde un trono más lujoso que el anterior aguardaba al pontífice en la capilla de San Andrés, donde recibió el homenaje de los veintidós cardenales que, uno por uno, lo besaron primero en la boca en señal de amor fraterno y luego en la punta de su manto en señal de obediencia.

En ese momento, monsignore Burcardo quemaba estopa en la punta de una delgada vara de bronce.

— Sancte pater —le susurraba al oído entre un cardenal y el siguiente mientras movía el palo humeante delante de los ojos del papa—, sic transit gloria mundi .

Y el santo padre asentía con expresión grave —aunque sus ojos reían— porque lucía en el dedo de su mano derecha el anillo del Pescador, que sólo lo habían llevado, antes que él, doscientos trece hombres en toda la historia.

Del Salvador en persona había recibido la herencia de san Pedro y, con ella, el poder de atar y desatar así en la tierra como en el cielo.

Además, era el príncipe de los Estados Pontificios, protector del Reino de Nápoles y señor de los territorios del Lacio, Umbría, la Romaña, las Marcas y Aviñón.

Tenía sesenta y un años y, aunque había perdido a dos hijos —Isabela y Pedro Luis—, se había hecho con otros cuatro —Juan, César, Lucrecia y Jofré— en la edad apropiada para aumentar su poder y dejar su legado.

Juan esperaba el permiso de Fernando de Trastámara —que no tardaría ahora que Rodrigo Borgia era papa— para viajar a Gandía y tomar posesión del ducado y de la esposa de sangre real que le había comprado al soberano de Aragón a cambio de legitimar su matrimonio con la reina de Castilla.

Por otra parte, aquella misma noche pensaba nombrar a César como su sustituto en el Arzobispado de Valencia y hacerlo cardenal en cuanto fuera posible.

También tuvo un pensamiento para Lucrecia, para la que el hijo del conde de Prócida le parecía ahora poco marido, pues era la hija de un papa.

Como mandaba la tradición, el cardenal camarlengo, Raffaele Sansoni Riario, junto con los cardenales-obispos de tres de las siete diócesis suburbicarias de Roma, rodeó al nuevo sumo pontífice bajo la logia de las Bendiciones, en lo alto de la escalinata de la basílica de Constantino.

— Accipe tiaram tribus coronis ornatam —proclamó el camarlengo mientras le encajaba en la testa el triregnum de plata, oro y piedras preciosas— et scias te esse patrem principum et regum, rectorem orbis in terra vicarium Salvatoris nostri Jesu Christi, cui est honor et gloria in saecula saeculorum .

Y Roderic de Borja, Rodrigo Borgia, Alejandro VI papa sonrió con los ojos y la boca cuando notó en las sienes el peso de la tiara que lo convertía en padre de príncipes y reyes, guía del mundo y vicario en la tierra de Jesucristo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.

Después, cuando los palafreneros trajeron las monturas, empezó el verdadero espectáculo de poder y gloria que el valentinus pontifex había preparado durante los últimos quince días y que pretendía que los romanos no olvidaran jamás.

Ya con la triple tiara sobre la testa, el papa se dispuso a atravesar la ciudad por la via Papali hasta la basílica de San Juan de Letrán para tomar posesión como obispo de Roma en la verdadera catedral de la urbe.

Las trece escuadras del ejército pontificio, algo menos de dos mil hombres, empezaron a marchar por la estrecha calle que conectaba la plaza de San Pedro con los fosos del castillo de Sant’Angelo.

Una docena de cuerpos se balanceaban sobre las aguas del Tíber, ahorcados desde las almenas de la Tor di Nona, la siniestra prisión vaticana.

Así advertía el papa al pueblo romano que el tiempo de las revueltas y los saqueos había terminado.

Mientras, las bombardas y falconetes situados en las almenas del antiguo mausoleo del emperador Adriano lanzaban salvas de pólvora para acompañar con sus truenos el volteo de todas las campanas de Roma.

Abrían el cortejo, a pie, los abades de los monasterios de la archidiócesis de Roma y, tras ellos, los arciprestes de las basílicas mayores y menores de la ciudad, los sacerdotes titulares, canónigos, tesoreros y arcedianos del resto de las iglesias, parroquias, oratorios, baptisterios e incluso humildes ermitas o santuarios.

A continuación, en grupos de tres y a caballo, desfilaron los dos centenares de obispos, con el báculo episcopal apoyado en el estribo derecho de la montura, que precedían a los miembros del Sacro Colegio Cardenalicio.

Los príncipes de la Iglesia marchaban de uno en uno precedidos de un portaestandarte con las armas de cada padre eminentísimo y acompañados por su séquito.

De todos ellos, causaba especial sensación el del cardenal napolitano Oliviero Carafa, que incluía veinticuatro esclavos moros medio desnudos y encadenados con los que recordaba al pueblo romano su pasado —ya lejano— como almirante de la flota pontificia que saqueó las costas del imperio turco.

Por fin, después de los cardenales avanzaba Alejandro VI a lomos de una hacanea blanca —la única montura de ese color en todo el cortejo— en señal de majestad.

Tras el papa cabalgaban los conservatori , los priori di caporioni , los barones de Roma, Virginio Gentile Orsini y Próspero Colonna; los señores de Urbino y Bolonia y los embajadores de Florencia, Ferrara, Mantua, Siena, Nápoles, Venecia, Francia, Aragón y Castilla.

Una escuadra de cincuenta mercenarios suizos cerraba el cortejo para que dos docenas de criados —a bordo de cuatro carromatos— pudieran arrojar con cierta tranquilidad a la multitud monedas de plata con la efigie del nuevo papa que, en los cruces importantes, eran de oro.

Cuando su santidad llegó al campo de’ Fiori, una tormenta de pétalos de flores se abatió desde las ventanas.

Fue la única ocasión en la que el papa desvió la mirada, que había mantenido al frente durante todo el recorrido, como si fuese ajeno a todo lo que lo rodeaba.

Sus ojos se dirigieron al balcón en el que pendía el blasón de la rosa y las bandas rojas de los Orsini.

Allí estaban Lucrecia, su madre Vannozza, la dama Adriana del Milà y su nuera, Julia Farnesio.

Tanto ella como su suegra se percataron sin duda alguna de la mirada del papa.

—¡Julia! —exclamó Adriana—. ¿Te has fijado en cómo te ha mirado el santo padre? ¡Qué gozo! ¡Qué alegría más grande! ¡No olvides decirle que te has dado cuenta de ello si lo vemos esta noche!

La joven se limitó a asentir y sonreír con forzada timidez mientras se acariciaba la pronunciada curva del vientre, que ya se le notaba sobre el vestido de seda roja.

—¿Has visto a César, madre? —preguntó Lucrecia a Vannozza—. No he conseguido distinguirlo.

—Yo tampoco, querida —respondió Vannozza con una sonrisa de circunstancias—. Demasiados obispos vestidos de blanco. Creía que iba a poder reconocer la montura, pero todos iban en mula.

—César odia montar en mula —dijo Lucrecia, muy seria—. Prefiere los caballos.

—No tiene más remedio —terció Adriana—. Los clérigos, en actos oficiales, no pueden ir a caballo. Ni siquiera el papa. Por eso va a lomos de una hacanea.

—Me dijeron el otro día que esa bestia vale más que un caballo de guerra siciliano —apuntó Julia.

—¿Por qué es tan cara? —inquirió Lucrecia.

—Porque las traen de muy lejos, querida —explicó Vannozza—. De una villa en Inglaterra que se llama Hackney o algo parecido. De ahí su nombre. Las de pelaje blanco sin un solo defecto como ésa las reservan para los reyes y los papas.