6 #2
La mañana del 8 de agosto Giuliano della Rovere se dispuso a averiguar qué había pasado.
Debía localizar la herida para poder aplicar el remedio.
Sabía bien que, en un cónclave, lo que se dice en voz alta no tiene importancia.
Los piadosos discursos de los cardenales, los ruegos al Altísimo y las oraciones colectivas o los rosarios individuales apenas cuentan ante las confidencias, los susurros y los corrillos donde se habla en voz baja, se estrechan manos y se hacen promesas que no se van a cumplir.
Frecuentando esos corrillos no tardó demasiado en enterarse.
Aunque contaba con que Borgia tuviera cinco —nunca siete—, en realidad, la culpa de su escasa cosecha de votos la tenía el cardenal diácono de San Vito y San Modesto, Ascanio Maria Sforza, de treinta y siete años.
El hermano menor del duque de Milán había desplazado los votos que Della Rovere creía tener hacia el cardenal napolitano Oliviero Carafa y el venerable portugués Jorge da Costa.
El primero mantenía su reputación como guerrero desde que mandara la flota pontificia contra los turcos durante los primeros años de pontificado del papa Sixto.
Por su parte, el apoyo al portugués se debía a la tradición de votar a un prelado muy anciano en la primera ronda, más como signo de respeto que por verdadero interés.
Además, el astuto Ascanio Maria Sforza les recordó a sus eminencias que Giuliano della Rovere estaba en el cónclave con el oro del rey de Francia en un bolsillo y las espadas del rey de Nápoles en el otro.
Y juraba —aunque no se lo creía ni él— que ambos monarcas eran un peligro para la independencia de la santa madre Iglesia.
Ante estos argumentos, durante el segundo día del cónclave, el cardenal de San Pietro in Vincoli desplegó todo el poder de convicción de los trescientos mil ducados que tenía a su disposición.
Pero, al segundo recuento, que se produjo entre el ángelus y la hora nona, se mantenían los nueve votos para el cardenal Carafa, los siete de Costa habían pasado al veneciano Michiel; Borgia tenía ocho y Giuliano della Rovere seguía con cinco.
El 9 de agosto ya estaba claro que Giuliano della Rovere no tendría más apoyos que los que ya había conseguido.
Por eso armó una nueva alianza alrededor del cardenal Michiel, el veneciano, que estaba dispuesto a ser la marioneta del rey de Nápoles con el dinero del rey de Francia.
Era cuestión de tiempo que el frente de Ascanio Sforza con Carafa a la cabeza —quien, pese a ser napolitano, odiaba a Ferrante d’Aragona, y el sentimiento era mutuo— se desmoronara.
El tercer escrutinio otorgó diez votos para Carafa, otros diez para Michiel y tres para Rodrigo Borgia.
El 10 de agosto de 1492, día de San Lorenzo, el interior de la capilla Sixtina estaba más caliente que la parrilla en la que el emperador Valeriano ordenó que asaran al diácono del segundo papa Sixto.
Era evidente que el candidato del duque de Milán que auspiciaba Ascanio Sforza —Oliviero Carafa— no iba a ser papa.
Y el de los reyes de Nápoles y Francia por el que trabajaba Giuliano della Rovere —el veneciano Giovanni Michiel— tampoco.
Sus eminencias reverendísimas no se atrevieron a votar otra vez porque el resultado sería nulo de nuevo.
Pero todo se resolvió en su cuarta noche.
El cardenal Giambattista Orsini le dio la idea a Ascanio Sforza:
— Carissime in Christo frater —le susurró a su querido hermano en Cristo—, ¿y si fuera Rodrigo Borgia el hombre que el Espíritu Santo quiere que elijamos?
Es un extranjero que, aunque se ha hecho rico en los treinta años que lleva en Roma, no tiene castillos ni gente armada como nosotros.
No es demasiado joven para que su pontificado sea eterno, ni demasiado viejo como para que sea fugaz.
No es severo ni intolerante como lo fue su tío Calixto y gusta de los placeres de la vida.
Además, está dispuesto a pagar, a pagarnos, lo que se le pida por la tiara.
Tiene mucho con qué hacerlo. No será un papa demasiado fuerte, ni tampoco invencible.
Y el hermano del duque de Milán olvidó todas las ofensas pasadas e ignoró los rencores futuros para negociar con el vicecanciller Borgia.
La noche del 10 al 11 de agosto fue larga y llena de susurros.
Rodrigo Borgia tenía fama de ser muchas cosas, no todas buenas, pero entre ellas estaba la de ser un hombre de palabra y así se la tomaron catorce cardenales conforme iba haciendo promesas.
A Ascanio Sforza le prometió el cargo de vicecanciller, su palacio de la Cancelleria Vecchia, su castillo en Nepi, el obispado de Erlau, con su renta de diez mil ducados anuales, y cuatro mulos cargados de plata que, pese al encierro, el cardenal valenciano dio orden de que salieran de la cancillería aquella misma madrugada.
El alcahuete de aquel matrimonio de conveniencia, Giambattista Orsini, se quedó con las ciudades fortificadas de Monticelli y Soriano, el nombramiento como legado papal en las Marcas y el obispado de Cartagena con sus cinco mil ducados de beneficios anuales.
Para el cardenal Savelli fue Civita Castellana y la mitra episcopal de Mallorca, mientras que para Pallavicini fue la de Pamplona.
Cogidos del brazo, Rodrigo Borgia y Ascanio Sforza convencieron a Michiel de que aceptara —y así lo hizo— el nombramiento de obispo suburbicario de Porto, y al primo de Giuliano della Rovere y camarlengo, Rafael Sansone Riario, lo compraron con una renta anual de cuatro mil ducados y el palacio que Caterina Sforza había poseído en la plaza Navona.
Por respeto a su edad, Borgia y Sforza no hicieron oferta alguna al cardenal de Lisboa, Jorge da Costa, ni tampoco al orgulloso Oliviero Carafa, pues ambos ya sabían que los votos se concentraban en torno al prelado valenciano.
Luego convencieron al octogenario Maffeo Gherardi con una renta de mil ducados anuales y al jovencísimo Giovanni de Médici —el hijo de Lorenzo el Magnífico— mediante halagos a su orgullo porque, según le dijeron, de él iba a ser el voto decisivo para elegir al nuevo papa en su primer cónclave.
Luego, todos se fueron a dormir sabiendo que el Espíritu Santo ya había hablado por boca de un anciano senil y de un adolescente ignorante para que otro valenciano, treinta años después, se convirtiera en el papa de Roma.
El día de Santa Clara de Asís, las campanas de los monasterios de la Ciudad Eterna tocaban al rezo de la hora prima cuando empezó la votación para el cuarto escrutinio.
Fue idéntico al tercero: diez votos para Carafa, otros diez para Michiel y tres para Borgia.
En ese momento, el cardenal Ascanio se adelantó y, ante el cáliz dorado en el que se introducían las papeletas, exclamó:
— Accedo domino cardinali Valentiae!
«Me uno al señor cardenal de Valencia.» Con esa acción, el prelado milanés inició la votación por accesus , el viejo método para desbloquear votaciones que rara vez se usaba.
Un cardenal podía, de viva voz, cambiar su voto para elegir a uno de los candidatos mencionados en la votación y, acto seguido, se desplazaba hacia donde estaba el propuesto para ponerse a su lado.
— Accedo domino cardinali Valentiae! —repitió el cardenal Orsini antes de unirse a Borgia y Sforza.
— Accedo domino cardinali Valentiae! —dijo el cardenal Pallavicini siguiendo el mismo camino.
— Accedo domino cardinali Valentiae! —proclamó el cardenal Savelli.
Y uno tras otro, dieciocho prelados más fueron moviéndose desde sus asientos y colocándose junto al cardenal de Valencia.
Tan sólo faltaba un voto más para llegar a la mayoría de dos tercios.
Sin embargo, Giuliano della Rovere no permitió que un decimosexto prelado se le adelantara.
Por eso, apenas un parpadeo antes de que el achacoso Maffeo Gherardi consiguiera levantarse de la silla, se plantó en medio de la capilla y, señalando a su aborrecido adversario con el dedo como si fuera a lanzarle un anatema, bramó:
—¡Cardenal Borgia! ¡Con mi voto os hago papa! Accedo domino cardinali Valentiae!
Con una sonrisa de triunfo en los labios, el vicecanciller inclinó la cabeza como señal de falso agradecimiento hacia el cardenal Della Rovere.
Había ganado. Había conseguido que el Espíritu Santo lo eligiera a él; a un valenciano hijo de un pequeño caballero de Xàtiva.
La cabeza le daba vueltas y sabía que no era a causa del vino blanco que había desayunado junto al pan blanco, los higos napolitanos y el queso fresco de búfala.
Estaba ebrio de poder. Tanto que ni siquiera se acordaba de los más de cuatrocientos mil ducados que había prometido en rentas, sinecuras, bienes y dinero contante y sonante para ser elegido el ducentésimo decimocuarto sucesor de san Pedro con el nombre de Alejandro VI.