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– Ite, missa est! —proclamó Giuliano della Rovere desde el altar mayor.
— Deo gratias —respondió Lucrecia junto con los centenares de personas que abarrotaban las tres naves de la basílica de San Pedro.
El cardenal de San Pietro in Vincoli había sido el encargado de oficiar la misa de Espíritu Santo que acababa de concluir y cuya homilía había corrido a cargo de Bernardino López de Carvajal, obispo de Badajoz y embajador en Roma de la reina de Castilla.
En su sermón, el prelado castellano había lamentado el triste estado en el que estaba la Iglesia de Cristo y conminó a los padres eminentísimos a dejarse inundar por la luz y la sabiduría del Espíritu Santo para elegir al nuevo papa en el cónclave que empezaría a continuación sin caer, como de costumbre, en el pecado abyecto de la simonía.
Aquel lunes era la primera vez que Lucrecia salía de la cancillería desde la muerte del papa Inocencio al atardecer del día de Santiago Apóstol.
Desde que las campanas de la torre del Gallo de la basílica de Constantino doblaron a muerto por el alma del pontífice, Roma había vivido once jornadas de disturbios que terminaron con más de doscientos cadáveres en las calles de la ciudad, centenares de violaciones e incontables robos y saqueos.
Tras la última de las misas novendiales celebrada en honor y memoria del santo padre, cierta tranquilidad había vuelto a la ciudad.
Sin embargo, Lucrecia, Vannozza, Adriana y Julia Farnesio habían hecho el trayecto entre la residencia del cardenal Borgia y la basílica de San Pedro en el interior de un carruaje reforzado, con una escolta de seis estradiotes y una veintena de infantes armados al mando de Juan Borgia.
Tras la misa, los veintitrés cardenales, encabezados por el vicecanciller Borgia como decano del Sacro Colegio, abandonaron en procesión la basílica vaticana, cruzaron el patio conocido como Il Paradiso y salieron a la plaza de San Pedro, por debajo de la logia de las Bendiciones, para que el pueblo pudiera ver que el proceso de elegir al nuevo pontífice ya había empezado.
La multitud, pese al calor sofocante, se amontonaba contra la barrera de picas que habían formado los guardias pontificios.
Sus eminencias bajaron por la escalinata flanqueada por las colosales esculturas de san Pedro y san Pablo y giraron, antes de llegar a los abrevaderos, para subir por la rampa de acceso al Palacio Apostólico rumbo a la capilla Sixtina, donde, por primera vez, se iba a celebrar el cónclave.
Lucrecia, desde la escalinata, vio como la gente señalaba con especial saña a siete de los veintitrés purpurados que avanzaban graves y solemnes.
Eran el portugués Jorge da Costa, los venecianos Giovanni Michiel y Battista Zeno, el napolitano Oliverio Carafa y los genoveses Paolo de Campofregoso, Giovanni Basso della Rovere y Domenico della Rovere, los tres últimos, sobrinos del difunto papa Sixto IV.
Algunos les lanzaban improperios y los llamaban tacaños y miserables.
—¿Por qué les insultan, tía? —preguntó Lucrecia a Adriana.
—La chusma cree que uno de esos siete va a ser el próximo papa —contestó la tutora—. Y les afean su tacañería.
—¿Cómo lo saben? —inquirió la niña—. ¿Acaso conocen lo que va a inspirar el Espíritu Santo?
—No, pero sí saben que los siete han desmantelado por completo sus palacios. Han dejado abiertas de par en par todas las puertas y ventanas de sus residencias para que cuando toda esa gentuza vaya a saquear la casa del elegido como nuevo papa no pueda apropiarse de nada.
—¿Por qué iban a hacer tal cosa? —inquirió la niña.
—Es una de las más antiguas tradiciones de Roma, querida —terció Vannozza—. La gente piensa que el nuevo pontífice podrá compensar sus pérdidas en cuanto se ponga el anillo del Pescador en el dedo y controle el tesoro de la Cámara Apostólica. Por eso desvalijan su residencia.
—Entonces —dijo Julia Farnesio—, esos siete cardenales creen que tienen posibilidades de ser el próximo santo padre.
—Con toda seguridad —concluyó Adriana—. Pero ya sabes que una de las pocas leyes que se cumplen en el cónclave para elegir al nuevo pontífice es la que establece que quien entra en él como papa saldrá como cardenal.
—¿Y Rodrigo...? —Julia Farnesio se tapó la boca, avergonzada, por el desliz cometido al llamar al cardenal Borgia por su nombre de pila—. Quiero decir, el eminentissimus pater , ¿crees que tiene posibilidades?
—Eso sólo lo sabe Dios —contestó Adriana tras lanzar a su nuera una severa mirada de reproche por la indiscreción—. Alabado sea.
A Lucrecia no se le había escapado que, cuando los veintitrés purpurados desfilaron por el pasillo central de la basílica de San Pedro, la mirada rígida y solemne del vicecanciller se había ablandado al poner los ojos en Julia.
Incluso había esbozado un amago de sonrisa que no había pasado desapercibido para la joven —que se la devolvió pese a estar arrodillada y con la cabeza gacha en señal de respeto— ni para mucha otra gente.
Tampoco para Adriana ni, por supuesto, para Vannozza.
—¿Tu marido sigue en Bassanello, Julia? —preguntó Lucrecia.
—Mi hijo se ha quedado en su castillo al frente de veinte lanze y cincuenta infantes por orden del vicecanciller —cortó Adriana—. ¡No hay que darle más vueltas!
Lucrecia se sorprendió tanto por la desabrida respuesta de su tutora como por el rubor que enrojeció las blancas mejillas de Julia, que bajó la mirada temerosa de que todo el mundo la estuviera mirando.
Mientras, la procesión de los cardenales desaparecía tras la puerta de la capilla Sixtina y se oían las últimas notas del Veni Creator Spiritus que cantaban los príncipes de la Iglesia.
Cuando el último de ellos franqueó las puertas, el maestro de ceremonias del Palacio Apostólico, monsignore Burcardo, se plantó en medio del hueco y, con los brazos extendidos, proclamó:
— Extra omnes!
Al grito de «todos fuera» del orondo clérigo alsaciano, un enjambre de datarios, escribas y criados salieron en perfecto orden.
En las dependencias que rodeaban la capilla del papa Sixto, monsignore Burcardo había dispuesto pequeños cubículos en los que alojar a los príncipes de la Iglesia por parejas, ya que, desde los tiempos de Celestino V —que fue elegido en un cónclave que duró dos años y tres meses—, los cardenales no disponían de habitaciones individuales.
Cada uno podía llevar un único criado que dormía, junto al resto, en la despensa del Palacio Apostólico, cuyos accesos —salvo una pequeña puerta que custodiaba la guardia pontificia— estaban tapiados.
En los aposentos reservados a los cardenales había, además de un catre para dormir, una mesa, un pequeño escritorio, cuatro sillas, un asiento con bacín para aliviar las tripas y dos orinales.
A cada uno le correspondían doce servilletas de lino, dos toallas, una alfombra, un cofre para la ropa, cuatro copas de plata, una jarra del mismo material, platos y cubiertos.
Monsignore Burcardo había hecho instalar en todos los cubículos una pequeña alacena en la que, por la mañana, los criados reponían tarros con piñones garrapiñados, bizcochos, mazapán, azúcar, vino, alguna carne en salazón y queso.
El escritorio contaba con un par de manos de papel, cálamos, pinzas, cortaplumas, velas y lacre.
Los asistentes podían entrar en el área reservada una vez por la mañana y otra por la noche para retirar los orinales y la ropa sucia, hacer la cama de su señor y ayudarlo a asearse y afeitarse.
Antes de abandonar las dependencias, eran registrados por los guardias para evitar que se llevaran mensajes escritos o cualquier otra cosa que no fuera la advertencia de que vulnerar cualquiera de esas normas se castigaba con la muerte.
La primera votación del cónclave se celebró al día siguiente, 7 de agosto, festividad de San Sixto II papa y mártir.
Atardecía tras una larga jornada de negociaciones que, como se esperaba, no había resuelto nada.
«Deus, in adiutorium meum intende. Domine, ad adiuvandum me festina», proclamó el cardenal Giuliano della Rovere antes de depositar su voto.
Pero Dios no fue en su auxilio ni se dio prisa en ayudarle como decía el canto del oficio de vísperas que recitaban, al mismo tiempo, todos los frailes y curas de la cristiandad; tanto los que sabían que el cónclave había empezado a votar como los que no.
El sobrino favorito del santo padre Sixto IV creía que, puesto que catorce de los veintitrés cardenales habían sido nombrados por su tío, en el primer escrutinio ya se vería que iba en cabeza.
Pensaba que tenía asegurados los votos de diez electores.
Por eso no había empezado a repartir el dinero del rey de Francia y de la banca de Génova entre los seis cardenales que le faltaban para llegar a los dos tercios.
Lo haría al día siguiente, había que dejar que la codicia creciera.
Pero el primer recuento otorgó nueve votos para el napolitano Carafa, siete para los cardenales Costa y Borgia y cinco —el suyo, el de sus primos y el del cardenal de Génova— para él.