El mirto y el puñal 5 #2
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— Beatissime pater —dijo Giuliano della Rovere al papa—, entregar el control de Sant’Angelo al Colegio Cardenalicio es lo mismo que darle las llaves de Roma a Borgia, a un extranjero, a un peligro para la santa madre Iglesia. Dejad la fortaleza en manos del prefecto de Roma que...

—¡Que es vuestro hermano! —interrumpió Borgia—. ¡Y que no dudará, igual que hizo vuestra sobrina tras la muerte del papa Sixto, en ordenar que las bombardas del castillo apunten hacia el Palacio Apostólico!

—Santidad, vos en persona elegisteis a mi hermano después de que vuestro hijo Franceschetto... Quiero decir después de que el conde de Cerveteri dejara esa dignidad. Santo padre, no añadamos más zozobras a las que ya vamos a padecer.

—Además —intervino el cardenal Raffaele Sansoni Riario, que era primo de Giuliano della Rovere—, el vicecanciller Borgia olvida que yo soy el camarlengo y es mi responsabilidad el gobierno de la Iglesia durante la sede vacante. Incluido el castillo de Sant’Angelo.

El papa, con un gesto, indicó a los cubicularios que lo incorporaran de nuevo.

— Fratres carissimi —dijo—, pronto veré el dulce rostro de Nuestro Señor y no quiero tener que decirle que abandoné este mundo dejando la discordia entre mis queridísimos hermanos cardenales.

Vicecanciller, la Iglesia tiene un camarlengo y Roma un prefecto que fueron nombrados por Nos para cumplir con la misión que la Providencia está a punto de encomendarles.

—Sí, beatissime pater —dijo Borgia—. Os ruego que perdonéis mi cólera.

—Y vos, cardenal Della Rovere —continuó—, pese a que poco aliento de vida queda ya en Nos, seguimos siendo el obispo de Roma, padre de príncipes y reyes, guía del mundo y vicario en la tierra de nuestro Salvador Jesucristo en cuyos aposentos no se puede irrumpir a gritos como en un burdel.

No olvidéis que, incluso aquí y ahora, sólo debo extender mi dedo hacia vos y proclamar anathema para condenar al exilio vuestra carne y al infierno vuestra alma, pues soy el sucesor de san Pedro, del príncipe de los apóstoles et quod ligavi super terram, erit ligatum in caelis; et quod solverit in terra, erit solutum in caelo . 1

Quizá ése fue el primero —y también el último— verdadero acto de poder, dignidad y majestad que Giovanni Battista Cybo tuvo durante los siete años y trescientos treinta y un días en los que fue Inocencio VIII.

Tanto el vicecanciller Borgia como el cardenal Della Rovere —y el resto de los prelados que allí estaban— volvieron a arrodillarse a los pies del lecho del papa agonizante.

—Tu es Petrus... —empezó a rezar el octogenario Jorge da Costa.

— Et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam... —continuó el resto de los purpurados.

— Et portae inferi —completó el cardenal de Lisboa— non praevalebunt adversum eam . 2

— Tu es Petrus...

— Et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam...

— Et portae inferi non praevalebunt adversum eam.

Monsignore Burcardo, los guardias pontificios, los cubicularios y el resto de los sirvientes, que aguardaban tanto en los aposentos como en las salas contiguas, se unieron también a la letanía improvisada que los cardenales rezaban ante el papa agonizante.

Incluso se arrodillaron los padres de los tres niños a los que el arquiatra había desangrado.

Los tres se entregaron a la oración mientras apretaban en el interior del puño el ducado de oro que habían cobrado del tesorero papal por permitir que la sangre de sus hijos sirviera como medicina para el santo padre.

— Tu es Petrus...

— Et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam...

— Et portae inferi non praevalebunt adversum eam.

En aquel momento entró en el aposento privado del papa su hijo mayor y favorito, Franceschetto Cybo.

Hasta aquel instante había esperado en una de las estancias del Palacio Apostólico —custodiado por dos guardias pontificios— a que alguien con autoridad decidiera qué había que hacer con él.

Unas horas antes, lo habían detenido cuando intentaba retirar cincuenta mil ducados de oro de la Cámara Apostólica con un sello papal falsificado.

— Tu es Petrus...

— Et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam...

— Et portae inferi non praevalebunt adversum eam.

Giuliano della Rovere mantenía las manos entrelazadas, los ojos cerrados y la cabeza baja.

Repetía la salmodia con su voz aflautada, asegurándose de que lo oían, pero su mente estaba en otro sitio contando apoyos y dinero.

Estaba jugando con cartas peligrosas. Del rey Ferrante de Nápoles tenía el compromiso de poner a su servicio a su principal general, Virginio Gentile Orsini, y sus tropas; pero, a su vez, había conseguido que el rey de Francia —que aspiraba al trono napolitano— le diera doscientos mil ducados.

Con ese dinero, más otros cien mil que ya tenía de los bancos genoveses, podría comprar los seis votos que le faltaban para los dieciséis, los dos tercios del futuro cónclave que necesitaba para ser el próximo papa.

— Tu es Petrus...

— Et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam...

— Et portae inferi non praevalebunt adversum eam.

Rodrigo Borgia repetía también el versículo del santo Evangelio según san Mateo.

Tenía también la mente en otro sitio. Sabía que había cometido un error al perder los estribos, provocando que Giuliano della Rovere se saliera con la suya y mantuviera el castillo de Sant’Angelo bajo el control de su hermano.

Algo así no podía volver a ocurrir si quería ser el próximo papa.

Se juró a sí mismo que aquélla sería su última derrota.

No podía cometer ningún error porque, si no era él, sería el cardenal de San Pietro in Vincoli el elegido por el inminente cónclave.

En tal caso, sus posibilidades de colocarse en el dedo el anillo del Pescador se evaporarían como el rocío de la mañana.

Debía jugar bien las cartas que tenía. La mejor de todas era la intuición —o más bien certeza— de que Ferrante d’Aragona estaba detrás de la candidatura de Giuliano della Rovere.

Por tanto, su mejor baza era recabar los apoyos de los dos mayores enemigos del rey de Nápoles: el usurpador del Ducado de Milán, Ludovico el Moro, y su representante en Roma y hermano, el cardenal Ascanio Maria Sforza.

— Tu es Petrus...

— Et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam...

— Et portae inferi non praevalebunt adversum eam.

Instantes después de que al papa Inocencio VIII se le aflojaran los esfínteres al morir, alguien abrió una ventana.

El soplo de brisa esparció el olor a excrementos, advirtiendo a todos los presentes que la muerte había llegado.

En ese momento, Giuliano della Rovere y Rodrigo Borgia abrieron los ojos al mismo tiempo y cruzaron las miradas.

Con las pupilas de uno clavadas en las del otro, rezaron la letanía por última vez.

— Tu es Petrus...

— Et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam...

— Et portae inferi non praevalebunt adversum eam.