El mirto y el puñal 5
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El arquiatra tomó la cuchilla, la frotó en el hierro de la santa lanza, sobre la que reposaba la mano huesuda del papa Inocencio, y abrió la vena de la muñeca izquierda del niño.

La criatura, pese al sopor inducido por el bebedizo que le había dado antes el médico pontificio, emitió un breve quejido cuando sintió el filo de la lanceta.

Luego, el galeno soltó el torniquete que el infante tenía a mitad del antebrazo para que la sangre fluyera hacia un cuenco de plata.

—Ayudad a su santidad para que pueda beber con comodidad —ordenó a los cubicularios.

Dos pajes deslizaron sus brazos por debajo de la espalda del papa y lo incorporaron mientras un tercero colocaba más cojines para recostarlo sobre la cama.

La maniobra estuvo acompañada por un rosario de quejidos e insultos por parte del santo padre, como si en vez de ser movido por aquellos efebos de rostro angelical estuviera siendo atormentado por los demonios Malacoda y Farfarello en las Malebolge —las malas fosas— descritas por Dante en el canto XXI del Infierno de la Divina comedia .

«Allí abajo, sin duda —pensó el cardenal Borgia mientras contemplaba la escena—, ya le deben de estar esperando junto a los papas Nicolás III, Bonifacio VIII y Clemente V, todos condenados por simoníacos y malversadores: enterrados boca abajo y con los pies ardiendo.»

Rodrigo Borgia sabía bien que Giovanni Battista Cybo —octavo papa Inocencio— agonizaba tras haber sido un completo inútil para el gobierno de la Iglesia.

Sí había sido muy diligente al vaciar los cofres de la Cámara Apostólica para enriquecer a sus hijos, concubinas, parientes y amigos.

Y cuando no le quedaron más cargos eclesiásticos que subastar, ordenó a una comisión de doctos teólogos que elaboraran una tarifa para vender el perdón de los pecados.

El santo padre —inspirado por el Espíritu Santo— llegó a la conclusión de que, si Dios era todo misericordia, su voluntad no era que los pecadores murieran y fueran condenados, sino que se salvaran tras recibir el perdón después de arrepentirse y pagar por las faltas cometidas.

En oro o plata.

Por cincuenta ducados se perdonaba una violación, que subía a cien si la violada era virgen y a ciento cincuenta si, además, estaba ya comprometida en matrimonio.

Por doscientos, un sacerdote veneciano pudo seguir ejerciendo su ministerio pese a que hacía vida marital con su hermana, con la que tuvo varios hijos.

La misma suma abonó un hidalgo sevillano tras matar a palos a una esclava mora que estaba embarazada de siete meses, no por el asesinato de la infeliz, por el cual indemnizó al propietario de la sierva, sino por haber impedido el nacimiento de un futuro cristiano.

Un millar de piezas por cabeza le costó a un noble francés que se legitimaran los tres vástagos que había tenido con su propia hija.

La piedad previo pago del papa Inocencio alcanzó tal nivel de eficacia que incluso redimió a los ya condenados al infierno tal y como había hecho Jesucristo cuando murió en la cruz por toda la humanidad.

Así se hizo con el duque de Milán y padre de Caterina Sforza, Galeazzo Maria, quien recibió la absolución de sus muchos y horribles crímenes, aun estando muerto desde hacía más de diez años y después de que su viuda pagara más de cinco mil ducados.

Una parte ínfima de aquel dinero servía para pagar los honorarios del arquiatra. El galeno vertió unas gotas de vinagre sobre la sangre fresca, removió la mezcla para evitar que se coagulara y acercó la escudilla a los labios del santo padre.

—Bebed, santidad —dijo—. El fluido de estos niños inocentes ha sido bendecido con el hierro que estuvo en contacto con la santísima sangre de Nuestro Salvador Jesucristo.

El pontífice dio un sorbo corto antes de empezar a toser y escupir la sangre de su boca desdentada.

Los cubicularios, entre insultos y maldiciones del anciano, se aprestaron a cambiar el camisón y las sábanas ensangrentadas.

Con las prisas, olvidaron desplegar el biombo que preservaba la intimidad del santo padre, y los miembros del Sacro Colegio presenciaron los estragos de la vejez y la enfermedad en la carne mortal del obispo de Roma.

Inocencio VIII, sin capa roja, triregnum y báculo, era un anciano moribundo que abandonaba el mundo tal y como había llegado a él: desnudo, embadurnado en sangre y llorando.

Cuando los criados terminaron de asear al santo padre, el arquiatra —que había vuelto a sangrar al niño en el otro brazo mientras los pajes trabajaban— se acercó de nuevo al lecho con la escudilla llena en las manos.

Sin embargo, su santidad lo despidió con un «vete de aquí» que sonó más a ladrido que a voz humana.

Entonces, el maestro de ceremonias del Vaticano, monsignore Burcardo, ordenó a los ayudantes del galeno que se llevaran a los niños, inconscientes y pálidos, y cerró las puertas del dormitorio del papa dejándolo a solas con los cardenales.

—Hermanos en Cristo —dijo Inocencio cuando toda la servidumbre se marchó—, debo pedir perdón. A vosotros y, sobre todo, a Dios porque no he estado a la altura de la tarea que el Espíritu Santo me encomendó hace casi ocho años.

Ante aquellas palabras, el vicecanciller Borgia fue el primero en arrodillarse ante el lecho. El resto de los cardenales lo imitó, desde el florentino Giovanni de Médici, de diecisiete años, hasta el octogenario portugués Jorge da Costa.

—Muchos son los errores que he cometido durante mi pontificado y por los que Dios me pedirá cuentas muy pronto.

Por querer ser un buen padre para los hijos que engendré en pecado no he sido un buen padre para toda la cristiandad.

No obstante, como mis faltas han sido cometidas por amor, espero no estar demasiado tiempo en el purgatorio.

— Beatissime pater —dijo Rodrigo Borgia—, ni habéis sido el primero ni seréis el último que cae en el pecado por amor a los hijos que Nuestro Señor os dio.

No sois el único en este aposento que debe purgar esa falta.

Sosegaos pues, santo padre, porque se os juzgará con dureza, pero recordad que sólo Nuestro Salvador Jesucristo pudo resistir todas las tentaciones del diablo.

—Gracias, vicecanciller Borgia, pero no son los pecados de la carne los que me preocupan, sino los relacionados con el gobierno de la santa Iglesia. He sido un papa débil. Por eso os pido que, a mi muerte, toméis el camino de la unidad para elegir el pontífice que se necesita.

—Así se procurará, beatissime pater —dijo Borgia—.

Pero vos, igual que yo, sabéis lo que ocurre en esta ciudad en cuanto muere el pontífice.

Debemos prepararnos para mantener el orden y que los trágicos acontecimientos que ocurrieron tras el fallecimiento del papa Sixto no vuelvan a repetirse.

Entregad ahora, santidad, el control del castillo de Sant’Angelo al Sacro Colegio Cardenalicio y...

—¡Ni hablar! —Las puertas se abrieron de golpe—. ¡Santo padre! ¡No escuchéis ni una palabra más de ese marrano valenciano!

Giuliano della Rovere, cardenal de San Pietro in Vincoli, irrumpió como un vendaval en los aposentos privados del pontífice.

—¡Sacristán del infierno! —bramó Rodrigo Borgia mientras se levantaba con una agilidad asombrosa para un hombre de sesenta años y mucho sobrepeso—.

¡Cojón del anticristo! ¿Cómo os atrevéis?

¿Acaso pretendéis ordenar a la ramera de Imola que vuelva a ocupar Sant’Angelo para amenazar al cónclave?

Pues ya os digo yo que Caterina Sforza acabará igual que su marido, y vuestro primo, antes de que se atreva a poner un pie a diez leguas de Roma.

El vicecanciller se refería al linchamiento de Girolamo Riario, primo de Giuliano della Rovere y antiguo capitán general de la Iglesia, que se había producido cuatro años antes en Forlì.

Allí, los hermanos Orsi —instigados por Lorenzo de Médici, pagados por el cardenal Borgia y con el permiso tácito del papa Inocencio— cosieron a puñaladas al marido de Caterina Sforza en su propia alcoba y arrojaron su cadáver desnudo por una de las ventanas para que el pueblo lo hiciera pedazos.

La condesa salvó su vida mediante engaños hasta que su tío Ludovico el Moro —desde Milán— envió tropas para sofocar la revuelta.

Cuando se restauró el orden, la astuta Caterina consiguió que el santo padre la nombrara regente de Imola y Forlì durante la minoría de edad de su hijo Ottaviano.

—¡Perro judío! —respondió el genovés, rojo de cólera—. ¡Extirparé a toda tu estirpe de la faz de la tierra como mala hierba!

—¿A quién has vendido el patrimonio de San Pedro ahora, sucio sodomita?

—replicó Borgia, fuera de sí mientras agarraba a Della Rovere por los pliegues de la sotana—.

¿A Ludovico de Milán? ¿Al rey de Francia?

¿A los gentilhombres de la Serenísima? ¿A Ferrante d’Aragona?

¡Eso es! Ponéis el culo para la polla del rey de Nápoles. Finocchio!

Aunque Giuliano della Rovere era once años más joven que Rodrigo Borgia y un palmo más alto, pareció empequeñecer ante la embestida del valenciano que lo llamaba finocchio —‘hinojo’—, aludiendo a las ramas de esta planta que se arrojaba a las hogueras donde eran ejecutados los condenados por sodomía para disimular el olor a carne quemada.

— Emintentissimi patres cardinales! —la voz de monsignore Burcardo se elevó sobre el escándalo—. Pro amore Dei et pro dignitate vestra ut principes Ecclesiae!

Pero los eminentísimos padres cardenales habían formado dos bandos que se gritaban y manoteaban como rufianes de taberna a pesar de su edad, sin que les importaran lo más mínimo las alusiones al amor de Dios y a su propia dignidad como príncipes de la Iglesia.

Sólo cuando cuatro hombres de la guardia pontificia hicieron acto de presencia en los aposentos papales, sus eminencias recobraron la compostura.