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—Es verdad —dijo Adriana—. Mi tío abuelo, a pesar de haber sido su consejero y canciller, se enemistó en sus últimos años con el rey Alfonso.
El monarca, que no tenía descendencia con la reina María de Castilla, debía legar sus reinos de Aragón, Valencia y Mallorca junto a los condados de Cataluña a su hermano Juan.
Sin embargo, alegaba que Nápoles era una conquista personal y, por tanto, podía dejárselo en herencia a su bastardo.
—El rey Ferrante d’Aragona —aseveró Julia Farnesio.
—El mismo. Desde los tiempos de los monarcas normandos —continuó Adriana—, el soberano de Nápoles ha de ser ungido por el papa de Roma.
El santo padre Calixto defendía que, como el fruto del adulterio del rey Magnánimo no era legítimo, él, como vicario de Cristo en la tierra y administrador del patrimonio de San Pedro, era el único que tenía la autoridad para ungir a otro monarca para el trono napolitano.
También decía que si Dios había dispuesto que un Borja de Xàtiva como él llevara la tiara papal, la divina Providencia quería que otro Borja ciñera la corona de Nápoles.
—Pobre iluso —suspiró Vannozza—. No lo hubiera conseguido nunca.
—Lo peor que se puede hacer con un Borja, querida —Adriana se puso seria—, es menospreciarlo.
Cuando Alfons de Borja llegó a Roma, era un hombre viejo, extranjero, sin familia y con muy pocos amigos que, además, eran insignificantes.
En el cónclave tras la muerte del papa Nicolás V, los Orsini y los Colonna no lograban pactar el nombre del nuevo papa, así que decidieron elegir al cardenal valenciano.
Como tenía ya setenta y cinco años, pensaron que sería manejable y podrían ganar tiempo para ponerse de acuerdo.
—¿Y lo consiguieron? —preguntó Julia Farnesio.
—Ya lo creo. Un mes después de que Alfons de Borja se convirtiera en Calixto III lograron ponerse de acuerdo en que habían cometido un grave error.
Aquel anciano vendió los valiosos libros repujados en oro de la Biblioteca Apostólica para fletar galeras con las que ir a la conquista de Constantinopla y convocó una cruzada para recuperar los santos lugares del dominio turco.
Luego, se trajo a Roma a todos los parientes que pudo para copar los puestos de la curia, entre ellos, a sus sobrinos.
A mi padre lo nombró capitán del ejército pontificio.
A mi tío, su hermano, lo hizo obispo de Segorbe y cardenal, y a sus primos, Pere-Lluís y Rodrigo, capitán general de la Iglesia y vicecanciller, respectivamente.
—¡Y así fue como llegamos los Borja a Roma! —exclamó Lucrecia feliz de poder aportar algo a la conversación de las adultas—. ¡Y nos cambiaron el apellido a Borgia!
Antes de que Adriana pudiera regañar a Lucrecia por entrometerse, Vannozza sonrió a la niña por la ocurrencia y le acarició la mejilla para secar la última lágrima que no se había secado todavía tras la rabieta.
—En todo caso —continuó Adriana—, cuando murió el papa Calixto, la sangre corrió por las calles. Y pasó lo mismo cuando murió su sucesor, Pío II. Y el sucesor de éste, Pablo II. Y también con el siguiente, Sixto IV.
—Para entonces ya estábamos en Roma —terció Vannozza—, aunque tú, Lucrecia, no te acordarás. Y también fue horrible.
—¡Y tanto! —Adriana torció el gesto—. Como horrendo fue todo el papado de Francesco della Rovere, que, como escribiera Dante, su alma debe de estar bajo la lluvia de fuego en el tercer anillo del séptimo círculo del infierno penando por sodomita.
¿Sabíais que en su lecho de muerte, cuando los médicos le recomendaron tomar leche materna, pidió en su lugar jugo de hombres jóvenes?
—¡Santa María! —exclamó Julia Farnesio mientras se santiguaba—. ¡Qué horror!
—¿Qué es un sodomita? —preguntó Lucrecia—. ¿Los hombres jóvenes tienen jugo como las granadas?
—¡Cállate, Lucrecia! —cortó Vannozza mientras lanzaba una mirada de reproche a Adriana—. ¡Y no interrumpas a las mayores!
—Por no hablar —prosiguió Adriana— de la inmensa caterva de sobrinos, parientes, amigos y amantes de los Della Rovere que cayeron sobre la curia romana como una jauría de lobos para acaparar cargos, prebendas y rentas.
¿Y qué decir de la mujer de su sobrino favorito?
La virago malvada de Caterina Sforza, que el diablo se la lleve.
—Yo casi me muero del susto —dijo Vannozza— cuando me enteré de que había tomado el castillo de Sant’Angelo al frente de un destacamento de hombres armados.
¡Portando ella misma coraza y espada! Y que había ordenado que sus cañones y bombardas apuntaran hacia el Vaticano mientras se celebraba el cónclave.
Hasta que no tuvo garantías de que a su marido le mantendrían el cargo de capitán general de la Iglesia y de que se le abonaría una cantidad exorbitante de dinero de la Cámara Apostólica no abandonó la fortaleza.
—Oí que a su marido lo mataron hace cuatro años en su propio señorío de Forlì —dijo Julia Farnesio—. Y que ella se escapó de milagro.
—Cierto —contestó Adriana—. Cuando se le acabó el dinero, impuso impuestos salvajes a la población.
Lo cosieron a puñaladas en una recepción oficial.
Arrojaron su cadáver a la plaza, donde el populacho lo desnudó y arrastró por las calles.
Caterina consiguió refugiarse en la rocca de Ravaldino, pero sus hijos fueron apresados por los conspiradores.
—¡Qué horror! —dijo Vannozza—. ¡Pobre madre!
—¿Pobre madre? —Adriana estaba escandalizada—. ¡Pobres criaturas querrás decir! ¿Sabes lo que hizo ese súcubo indecente cuando los conspiradores le llevaron a sus hijos y amenazaron con matarlos si no rendía la fortaleza?
Ni Vannozza ni Julia contestaron, atemorizadas por la vehemencia con la que Adriana contaba la historia.
—¡Pues se levantó la falda y enseñando la figa desde las almenas les dijo que lo hicieran, que los mataran, que allí abajo entre las piernas ella tenía la herramienta con la que hacer más niños!
Que la siempre educada Adriana usara una palabra tan soez provocó en Vannozza, Julia y Lucrecia un ataque de risa al que terminó por unirse la prima del cardenal.
Las tres mujeres y la niña aún se reían cuando el carruaje llegó a la cancillería.
El cardenal Borgia y el duque de Gandía las esperaban en la puerta y las miraban sin entender el porqué de tanto jolgorio; más aún al considerar que el edificio y las calles aledañas parecían un cuartel a punto de ser movilizado para la batalla.
Esa noche, ya en la cama, Lucrecia se durmió pensando que a ella no le habían dejado nunca jugar con César ni con los otros niños a las espadas. Quizá a la tal Caterina Sforza sí se lo habían permitido porque, si no, ¿cómo había podido mandar soldados a tomar el castillo de Sant’Angelo?