El mirto y el puñal 4
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Lucrecia lanzó una última mirada al claustro y no pudo reprimir las lágrimas.

El huerto interior del monasterio de San Sixto Viejo, a un centenar de pasos de los viñedos que rodeaban las ruinas de las termas del emperador Caracalla, se le antojaba el paraíso terrenal.

Naranjos, limoneros, nísperos germánicos y árboles de membrillo daban sombra a los cuatro bancales en los que estaba dividido el jardín.

En el centro, una alberca refrescaba el ambiente; con su agua se regaban matas de albahaca, hierbabuena, verbena, salvia, hinojo, perejil y cilantro.

Las monjas dominicas también cultivaban allí hortalizas y rosas, al tiempo que cuidaban de los mirtos a las órdenes de la madre Girolama Picchi, la abadesa del convento anexo a la basílica donde se custodiaban las reliquias de san Sixto.

Inocencio VIII agonizaba desde hacía semanas.

Desde la exhibición de la santa lanza, el pontífice no había aparecido en público ni oficiaba ceremonia alguna.

Todo el mundo sabía que se moría. Por eso, los cardenales se preparaban para conspirar en el cónclave; los barones romanos, para reavivar sus viejas querellas a sangre y fuego, y el pueblo llano, para el saqueo y el pillaje.

Todos sabían que, cumpliendo la salvaje y secular tradición romana, la violencia se adueñaría de la ciudad en cuanto el santo padre muriera.

Por ello, tanto el camarlengo como el prefecto de la ciudad, los senadores y los caporioni habían aumentado los efectivos de la guardia pontificia y la milicia urbana para, si no evitar los disturbios y saqueos, al menos que éstos no afectaran demasiado a los palacios de los cardenales, quienes también habían contratado mercenarios y reforzado las defensas de sus hogares.

Conforme se acercaba el final del papa Inocencio, la inseguridad en los caminos que llevaban a Roma crecía.

Por tal motivo, el cardenal Borgia no había permitido que Lucrecia se trasladara a la abadía de Subiaco, como hacía todos los veranos.

Tampoco que se quedara —junto a Adriana, Vannozza y Julia Farnesio— en el castillo de Monte Giordano.

Había estado en Roma en la muerte de cuatro papas y sabía que durante el interregno y el cónclave no podía fiarse de nadie.

Mucho menos de los Orsini, por más que su prima Adriana fuera viuda de uno de ellos y madre de otro, y César y Lucrecia hubieran crecido tras los muros del castillo de los Orsini.

Por tanto, había ordenado que la niña, su madre, la tutora y sus damas de compañía se mudaran al convento de San Sixto Viejo.

Sin embargo, mientras la agonía del papa se prolongaba, el vicecanciller consideró que su familia estaría más segura en la cancillería.

El cardenal había ordenado reforzar puertas y contraventanas y disponer enormes cántaros de agua en las almenas para sofocar incendios.

También ordenó que se hiciera acopio de víveres, leña y, sobre todo, armas y hombres para empuñarlas.

Se dobló el número de estradiotes de su guardia personal y al escuadrón de infantes valencianos se le unió una treintena de veteranos castellanos de la guerra de Granada reclutados en Alicante y Murcia, hombres enjutos de mirada feroz y aspecto patibulario que parecían salidos del mismo infierno.

—¡Lucrecia! —exclamó Vannozza al aparecer en el claustro—. ¡Vámonos!

—Voy, madre. ¿Puedo despedirme de la abadesa?

—¿Otra vez? —suspiró Vannozza—. Está bien, pero no tardes.

La niña salió del huerto y corrió por la galería hacia el refectorio.

Allí Girolama Picchi daba instrucciones a las monjas, que trajinaban con sacos de trigo, cebada, piezas de carne salada, tinajas de aceite y pellejos de vino.

La abadesa era una mujer de cincuenta y pocos años, bajita y rechoncha que, pese a su aspecto bonachón y sus ademanes lentos, era capaz de desplegar una energía extraordinaria cuando se lo proponía.

Tampoco dudaba en escupir órdenes, como si fuera un sargento de la guardia pontificia, a don Ramiro de Lorca, el temible caballero murciano que el cardenal Borgia había mandado al convento con una docena de hombres armados para su protección.

—Sus hombres, capitán —dijo la monja al guerrero—, dormirán en el establo y comerán en el claustro siempre en mi presencia.

Su lugar está junto a las puertas y no quiero que deambulen por el monasterio ni, por supuesto, que se acerquen a menos de dos varas de cualquiera de mis hijas. ¿Lo ha entendido?

—Sí, madre Girolama.

A Lucrecia se le iba ensanchando la sonrisa conforme se acercaba y comprobaba como don Ramiro —cuya mirada de lobo y ademanes rudos la atemorizaban— asentía como un niño pequeño ante la reprimenda de aquella mujer a la que sacaba tres palmos de altura.

La niña, en plena carrera, no dio tiempo a que el hombre de armas se retirara a cumplir las órdenes recibidas para colgarse del cuello de la monja.

—¡Mi ángel! —exclamó la religiosa devolviéndole el abrazo—. ¿Aún estás aquí? ¿Acaso no está el carruaje preparado?

—Sí lo está —terció Vannozza—, pero mi hija quería despedirse de vos, madre... Otra vez, por lo visto.

—¡Todas las que hagan falta, mi ángel! —dijo la abadesa antes de comerse a besos a la niña—. No te preocupes por nada. Unos pocos días en la cancillería y podrás volver a quedarte con nosotras. Si quieres, todo el verano. ¿No es así, signora ?

—Ya se lo he dicho —asintió Vannozza—, pero es muy cabezota.

—No os va a pasar nada, ¿verdad, madre Girolama? —preguntó Lucrecia entre hipidos.

—¿Qué nos puede pasar, Lucrecia? —dijo la monja riéndose y señalando las paredes del monasterio—.

Llevo en este convento más de treinta años.

He estado aquí en la muerte de cinco pontífices, empezando por tu tío bisabuelo Calixto III, y nadie ha conseguido salvar estos muros y entrar aquí sin que yo lo autorizara.

Además, las reliquias de san Sixto papa nos protegerán.

—Junto a la docena de guerreros castellanos que os ha enviado el cardenal Borgia —susurró Vannozza guiñándole el ojo a la religiosa.

—Y una jauría de mastines napolitanos a los que Dios, en su infinita sabiduría, dotó de la ferocidad suficiente como para hacer pedazos a cualquier intruso —dijo la monja con una sonrisa pícara—. No hay nada malo, signora , en ayudar todo lo que se pueda a que se cumpla la voluntad divina.

—Sobre todo si la voluntad del Altísimo coincide con la del cardenal, madre —terció Vannozza.

—Amén a eso, signora . Amén.

Al final, Vannozza casi tuvo que arrancar a Lucrecia de los brazos de la madre Girolama y arrastrarla hasta el carruaje que aguardaba en la puerta del convento.

Escoltado por seis estradiotes, el vehículo recorrió las calles casi desiertas, a pesar de que estaba próxima la hora del ángelus.

Los dueños de las tiendas y tabernas habían protegido las puertas de sus negocios con tablas y gruesos maderos.

A través de una rendija de las cortinillas del carruaje, Lucrecia, Vannozza y Adriana vieron cómo se apostaban hombres con ballestas de caza en las azoteas de las mejores casas.

En las más humildes, sus habitantes subían piedras de agudos cantos y atravesaban clavos y hierros en garrotes para defender sus hogares.

Cuando la comitiva pasó junto a la explanada del Circo Máximo, Lucrecia se fijó en las docenas de hombres, mujeres y niños que recogían a toda prisa, aunque no estaban maduras aún, las coles, lechugas, cebollas, rábanos y pepinos de los huertos que se cultivaban en lo que había sido la pista de carreras de cuadrigas.

Como poseídos por las furias, arrancaban las matas para alimentar en el interior de sus casas a las ovejas y cabras que estaban retirando de los cercados construidos entre las ruinas del antiguo hipódromo.

A Lucrecia no le pasó inadvertido el miedo en la mirada de los campesinos y el recelo, e incluso el odio, con el que vigilaban el paso de los feroces estradiotes que escoltaban el carruaje.

—¿Qué les pasa, madre? —preguntó Lucrecia—. ¿Por qué recogen ya la cosecha? ¿Y por qué nos miran así?

—Lo que siempre pasa con la gente sencilla, hija mía. Saben que son ellos los que más van a sufrir cuando estalle la guerra.

—¿Guerra? —inquirió la niña—. ¿Qué guerra?

—La que Roma va a entablar consigo misma —terció Adriana—. En cuanto expire el santo padre. Como siempre. Sólo espero que esta vez no sea tan sangrienta como la que se desató cuando murió el papa Calixto.

—¿Cómo fue aquello, suegra? —intervino Julia Farnesio.

—Horrible, querida —respondió—. Yo tenía diecisiete años.

Mi padre, cuando supo que su tío el papa agonizaba, nos trajo a mi madre y a mí a Roma desde Nápoles.

¡Maldita la hora! Cuando llegamos, el santo padre ya había muerto.

Los Orsini mataban a cualquier valenciano, catalán o aragonés que encontraban por las calles.

La cancillería fue incendiada y Pere-Lluís, el hermano mayor del cardenal, tuvo que huir disfrazado de monje para no acabar descuartizado en el campo de’ Fiori.

—¿Cómo era Pere-Lluís? —preguntó Vannozza—. ¿Tan apuesto como dicen?

—¡Ya lo creo! —exclamó Adriana—. Era tan bello como la estatua de Apolo que posee el cardenal Della Rovere. Fuerte como Hércules y valiente como Aquiles. Tu hijo Juan me recuerda mucho a él. Es más: yo diría que es su viva estampa.

A Vannozza se le iluminó la cara con una sonrisa, como le ocurría cada vez que alguien hablaba de su primogénito.

—El cardenal Rodrigo me contó —dijo Vannozza— que su tío Calixto, después de nombrarlo prefecto de Roma y capitán general de la Iglesia, quería ungirlo como rey de Nápoles. Incluso le ordenó que redactara la bula para tal efecto, pero la muerte lo sorprendió antes.