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La reliquia, como deferencia especial del papa hacia su vicecanciller, fue trasladada a la iglesia de Santiago, a cuyas puertas se había instalado la tribuna de autoridades.
El cardenal Borgia presidía el festejo bajo un palio de brocado con bandas amarillas y negras.
La gente se arracimaba en las barreras levantadas con gruesos maderos a lo largo de toda la plaza.
En aquel espacio, que había sido el antiguo estadio construido por el emperador Domiciano, aguardaban, recluidos en un cercado levantado en el extremo sur, seis colosales toros, mientras que las cuadras con los caballos de los alanceadores se habían dispuesto en el lado norte.
Uno de los caballeros pamplonicas que habían llevado a las bestias desde el valle de Izarbe, en Navarra, fue el encargado de lidiar con el primer toro que saltó a la improvisada plaza cubierta con arena para evitar que los caballos resbalaran sobre los adoquines.
El jinete hizo las delicias del público; con su destreza y habilidad conseguía que su montura avanzara al paso, de frente y con calma, hacia los cuernos del toro y esperara la embestida.
En el último instante, tras un certero taconazo en los ijares, el caballo se movía hacia un lado u otro esquivando al astado que, pese a su feroz carrera, embestía el aire.
Después de varias cabriolas parecidas, el caballero tomó una lanza en cuya punta había anudado un par de lienzos de vivos colores y, colocándola ante los ojos del toro, hizo que el animal siguiera el señuelo por todo el recinto.
Por último, le dio muerte con un rejón de mango corto y hoja larga que hincó entre los omóplatos de la res tras cabalgar hacia ella y hacer que el corcel se levantara de manos en el momento exacto de descargar el golpe mortal.
Luego le tocó el turno a don Ramiro de Lorca.
El caballero murciano formaba parte de la corte del cardenal Borgia desde hacía más de una década y estaba considerado en Roma como un hombre brutal y despiadado que, en aquella ocasión y como tenía costumbre, también fue rápido y eficaz en la tarea de dar muerte.
No caracoleó con el caballo ni bailó con el toro la danza de valor, fuerza y muerte que su predecesor había ejecutado con tanta gracia y habilidad.
Los murmullos decepcionados del público fueron notables cuando cargó contra la bestia como si se tratara de un enemigo en el campo de batalla.
Desde un costado, alanceó con tanta fuerza al animal que faltó poco para que lo atravesara, quebrando, en el choque, la lanza que empuñaba.
Cuando el duque de Gandía salió al ruedo a lomos de su alazán dorado, la plaza entera estalló en vítores.
Hasta el cardenal Borgia dejó a un lado su dignidad y se levantó del asiento para aplaudir y bendecir a Juan.
Que toda Roma supiera que era su favorito.
Mientras, Lucrecia, Adriana, Vannozza y Julia batían palmas a rabiar.
Al trote, Juan completó dos vueltas al ruedo antes de que liberaran al astado.
El toro de pelaje rojizo parecía vestido con sangre bajo el sol de la tarde.
Con una vara rematada por un clavo, uno de los mozos le propinó un puyazo para despertar su furia y hacer que saliera del toril como un vendaval.
No obstante, a cada embestida de la bestia, el duque de Gandía espoleaba al caballo para huir en dirección opuesta, sin mostrar ni un ápice de la habilidad exhibida por el jinete navarro ni del valor del caballero murciano.
Tampoco se lució cuando llegó el momento de matar al animal.
En vez de usar el rejón o la lanza, Juan optó por matar al toro con una ballesta desde una distancia segura. Aun así, el público lo aplaudió.
El último en salir a la arena fue César.
A pie. Había cambiado la sotana blanca de obispo por un jubón negro de mangas acuchilladas en seda roja y calzas del mismo color.
Lo acompañaban dos mozos que habían llegado con el ganado desde Navarra.
Con ellos había pasado la última semana en la villa del cardenal Borgia en Arignano, en cuyas campas se habían guardado las reses hasta el festejo.
Allí, César había visto cómo, con la ayuda de unas pértigas, aquellos muchachos saltaban por encima de los astados para evitar las embestidas, y otras veces se quedaban inmóviles como estatuas a la espera de la acometida hasta que, en el último momento, giraban sobre sus talones para esquivar los cuernos.
Durante la corrida, los mozos navarros saltaron sobre el toro una docena de veces para mermar sus fuerzas con carreras.
Mientras, César corría alrededor buscando el mejor ángulo para lanzar un par de venablos que alcanzaron el cuello del animal sin más ayuda que la fuerza de su brazo.
Después, avanzó de frente hacia el astado con la misma calma con la que entraba en la basílica de San Pedro para oír misa.
En su aproximación desenvainó una espada cuya hoja tenía dos veces el ancho de una mano.
El toro se arrancó en una última y enloquecida embestida, pero César se mantuvo inmóvil, como si hacia él corriera una doncella desnuda en vez de un titán de más de mil libras de peso y cuernos letales.
En el último parpadeo de la acometida, el joven obispo de Pamplona giró sobre sus talones, dio un paso hacia atrás y, con la espada de hoja ancha, descargó un tajo de arriba abajo sobre el cuello de la bestia.
El toro, tras cornear al aire, avanzó medio centenar de pasos para, con las vértebras rotas por tan formidable golpe, doblar las rodillas de las patas delanteras y derrumbarse para morir.
La muchedumbre estalló en aplausos y el aire se llenó de gritos de «Borgia» y «Valenza». El vicecanciller, embriagado por los vítores y henchido de orgullo por las hazañas de sus familiares, ordenó que los participantes en el festejo se acercaran para recibir su bendición y besar la santa lanza.
El caballero navarro y Ramiro de Lorca fueron los primeros.
Cuando le llegó el turno, el duque de Gandía extendió las manos para que el cardenal le permitiera sujetar la reliquia y exhibirla al pueblo.
Hasta ese momento, sólo el papa Inocencio y el propio vicecanciller Borgia lo habían hecho.
El prelado dudó un instante, pero accedió.
Como un pez recién sacado del agua, la punta de hierro se escurrió entre los dedos de Juan de Gandía. No llegó al suelo porque César, que estaba de rodillas esperando su turno, cazó al vuelo la hoja antes de que se estrellara sobre los escalones de piedra pulida.
Como piadoso obispo de Pamplona, César debió haberse quedado allí mismo, arrodillado y humilde, para dar gracias a la Providencia por haber sido el instrumento con el que Dios había evitado que la reliquia sufriera daños.
Sin embargo, se levantó y, dando la espalda al cardenal, a su hermano mayor y al resto de los dignatarios, levantó el hierro por encima de su cabeza.
Así la mantuvo mientras los gritos enloquecidos que lo aclamaban le inundaban los oídos.
El cardenal Borgia le ordenó que se la devolviera.
No lo hizo hasta que se la pidió por tercera vez.