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Ocho estradiotes y una docena de infantes valencianos abrían la comitiva del cardenal Borgia, quien, pese a vestir la sotana y el capelo rojo de ala ancha con diez borlas a cada lado, iba a lomos de Fumall, su caballo de guerra siciliano.
A su lado cabalgaba Juan, duque de Gandía, y los seguía César, que, como había sumado el cargo de obispo de Pamplona a sus otros títulos eclesiásticos, estaba obligado a montar una mula por su condición de clérigo.
Tras él, un carruaje cubierto transportaba a Adriana, Lucrecia, Vannozza, Julia Farnesio y un par de doncellas.
Juan frenó su semental andaluz de pelaje dorado y crines blancas con el que recorría Roma a todo galope.
Vestido con coraza, lanza en ristre y rodeado de jinetes armados, parecía que fuera a reconquistar Constantinopla; aunque, en realidad, se iba a cazar, actividad que ocupaba la mayor parte del tiempo que le dejaban libre los burdeles y las cortesanas.
Aguardó a que el carruaje lo alcanzara y golpeó suavemente el techo para que las pasajeras subieran la cortina y pudieran conversar:
—¿Todo bien, madre? —preguntó a Vannozza con la más arrebatadora de sus sonrisas—. ¿Y vos, tía Adriana? Julia, Lucrecia, ¿está siendo confortable el viaje? ¿Necesitáis algo?
Las cuatro mujeres, embelesadas, recibieron las preguntas como si en vez del apuesto gentilhombre de veinte años que les hablaba se estuviera asomando por la ventanilla el mismísimo Cristo el día que entró en Jerusalén.
Era alto —como todos los Borgia—, de mandíbula cuadrada y mentón poderoso adornado con una perilla al estilo morisco, que enmarcaba una boca de labios plenos y dientes rectos y blancos.
Como el cardenal Borgia, su piel era algo cetrina.
Llevaba el pelo largo hasta los hombros, ligeramente ondulado y oscuro como el ala de un cuervo, al igual que sus ojos.
—No, querido —contestó Vannozza—. Estamos divinamente, aunque sería de agradecer algo más de rapidez. ¡No sé cuánto tiempo llevamos ya aquí encerradas!
—¡No te puedes imaginar, madre —rio Juan mientras extendía el brazo derecho—, cuánta gente hay! ¡No avanzaríamos más rápido ni aunque ordenara a mis estradiotes que cargaran contra la chusma!
César no pudo reprimir una mueca burlona al escuchar a su hermano hablar de la guardia del cardenal como si fuera suya.
Le constaba que los feroces jinetes albaneses —con los que solía entrenar— pensaban que su hermano era un afeminado.
César, que estaba recuperando el trato con Juan tras años de separación, sabía que no era así.
Pero tampoco le gustaban las fanfarronadas del duque de Gandía ni, sobre todo, que lo eclipsara y le disputara el cariño del cardenal y de las mujeres de la casa Borgia. Incluso de Lucrecia.
—¿Por qué hay tanta gente, Juan? —preguntó Lucrecia en castellano, pues sabía que era la lengua que prefería su hermano mayor—. ¿Qué quieren?
—Lo que siempre quiere la chusma, hermanita.
—Juan le guiñó un ojo—. Comer, beber, fornicar y, de paso, el perdón de los pecados.
Se ha anunciado que la bendición apostólica que su santidad va a impartir hoy otorgará a quien la reciba el perdón de la tercera parte de los pecados que vaya a cometer en el futuro y, para los ya cometidos, tres mil años menos en el purgatorio para los habitantes de Roma, seis mil para los de Italia y doce mil para los del resto del mundo por las molestias del viaje.
—¡Bendito sea el santo padre Inocencio en su infinita sabiduría! —dijo Adriana mientras se santiguaba.
—Amén, tía. —Juan miró por encima de su hombro hacia la cabeza del cortejo—. Os dejo ahora, creo que padre me reclama.
Juan espoleó su caballo para adelantarse de nuevo y ponerse a la altura de la montura del cardenal Borgia, quien, por cierto, no lo había llamado, pero se interesó por el estado de las damas.
Desde la llegada de Juan a Roma, hacía pocos meses, Lucrecia había descubierto en su hermano a un héroe que le contaba trepidantes historias.
Le relataba las batallas ante los muros de Ronda; cómo tronaba la artillería al machacar las defensas de Loja y los sangrientos combates junto a los feroces freires de la Orden de Santiago.
Decía que con ellos había luchado contra los mamáliks de la guardia de élite del rey nazarí de Granada en la toma del castillo de Benzalema, durante el cerco de Baza.
En aquella ocasión había estado acompañado por el difunto Pedro Luis, el hijo mayor del cardenal Borgia fallecido repentinamente a los diecinueve años.
Juan había sustituido a Pedro Luis en los planes de futuro del vicecanciller para su familia.
Por eso, además del Ducado de Gandía, que el prelado le había comprado al monarca de Aragón para su primogénito, Juan había heredado a la novia que venía con el título, María Enríquez, que además era prima del rey Fernando.
Mientras esperaba el permiso del soberano aragonés para que se celebrara el matrimonio, Juan estaba en Roma pasándoselo en grande en compañía del más ilustre y extraño prisionero del Vaticano: el príncipe Djem.
El medio hermano del sultán Bayaceto de Constantinopla vivía en la Ciudad Eterna a cambio de ciento cuarenta mil ducados que, cada año, el Gran Turco le pagaba al papa Inocencio para que hiciera de carcelero.
Una renta que el monarca otomano completó con un centenar de esclavos que el santo padre repartió entre sus hijos, parientes y amigos.
También le había obsequiado con lo que se iba a exhibir aquella mañana: la santa lanza que el soldado romano Longinos usó para atravesar el costado de Nuestro Señor y que se guardaba en la basílica de Santa Sofía antes de que los turcos la convirtieran en mezquita.
—Dicen —comentó Adriana— que quien posee la santa lanza será invencible en la batalla. ¡Alabado sea Dios porque ahora está en manos del santo padre Inocencio y de la cristiandad!
—Bueno —terció Vannozza con una sonrisa pícara—, durante toda su vida la tuvo el último emperador de Bizancio y eso no evitó que el sultán Mehmet conquistara Constantinopla.
—¿Mehmet era el padre del príncipe Djem, madre? —preguntó Lucrecia.
—Así es, querida.
—¿Y también estaba tan gordo como él?
—¡Lucrecia, por Dios! —la riñó Adriana justo antes de estallar en risas con el resto de las pasajeras del carruaje.
Quizá en el pasado, el príncipe Djem había sido un gran guerrero que se había levantado en armas contra su hermano el sultán, quien no tenía más remedio que pagar al papa para que lo retuviera en Roma.
Sin embargo, a sus veinticinco años, el cautiverio en el castillo de Sant’Angelo —donde se alojaba en un aposento lujoso y tenía a su disposición una docena de criados— lo había convertido en un hombre obeso y apático que le ponía azúcar a todo lo que comía y bebía.
Aunque podía ir y venir por Roma a su antojo, vivía con el temor constante a ser envenenado, por lo que no permitía que se le acercara ningún desconocido a menos de un palmo ni que lo tocara nadie que no hubiera sido frotado primero con toallas empapadas de agua de romero y vinagre.
La reliquia de la santa lanza formaba parte del pacto entre el sultán y el papa, pero había tardado tres años en llegar a la Ciudad Eterna.
Aquel día de la Ascensión del Señor la reliquia iba a ser recibida por el santo padre y exhibida en la basílica de Santa Maria del Popolo.
Cuando Inocencio VIII apareció, un murmullo de espanto y asombro recorrió las atestadas naves del templo.
El papa era un anciano decrépito con la piel del color de la ceniza y la mandíbula caída, por lo que babeaba y dejaba al descubierto sus encías vacías y negruzcas.
Sus ojos hundidos, las manos como garras de cernícalo aferradas a los brazos del asiento y su extrema delgadez lo hacían parecer un cadáver revestido de púrpura y oro.
Lo llevaron en silla de manos hasta el altar mayor de la basílica y, ante la imposibilidad de que se levantara para ocupar el trono pontificio, se optó por mover el pesado mueble de roble dorado y dejarlo sentado donde había sido transportado.
Un par de cubicularios de catorce años se turnaban para sujetarle el triregnum de plata y piedras preciosas sobre la cabeza, porque tampoco podía mantener erguido el cuello.
Cuando el cardenal Borgia subió al altar para recibir de manos del pontífice la santa lanza y exhibirla ante los fieles, el contraste entre ambos no podía ser más acusado.
Los dos tenían sesenta años, pero mientras el gordo y saludable vicecanciller rebosaba vigor y fuerza, el papa, viejo y raquítico, tiritaba bajo la gruesa manta que le habían colocado en las piernas pese al calor reinante en la iglesia.
Tras la eucaristía y la bendición apostólica —que el papa balbuceó más que impartió—, Rodrigo Borgia se colocó en el medio del crucero de la basílica para que algunos privilegiados pudieran besar la reliquia.
Veinte cardenales fueron los primeros en posar sus labios sobre el hierro sagrado, a los que siguieron obispos, arciprestes, protonotarios y datarios apostólicos.
Antes de que los miembros de la nobleza romana y los embajadores ante la Santa Sede pudieran acercarse, se adelantaron los familiares del papa y de los cardenales.
Entre ellos, los que toda Roma tomaba ya como hijos del prelado valenciano: Juan, César, Lucrecia y Jofré.
Si grande fue la multitud que presenció la llegada de la lanza del destino a la basílica de Santa Maria del Popolo por la mañana, mayor aún fue la que se concentró en la plaza Navona por la tarde para presenciar la corrida de toros con la que el cardenal Rodrigo Borgia agasajó al pueblo romano.