El mirto y el puñal 2 #2
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Lucrecia vivía bastante ajena a todas esas cosas.

Aquella mañana, sólo tenía ojos para el vestido de Julia Farnesio, la novia.

Estaba hecho de brocado rojo —el color de la rosa del escudo de armas de los Orsini— con pequeñas perlas cosidas a ambos lados de las amplias mangas que rozaban el suelo.

Llevaba puesto un velo de fina seda valenciana, blanca como la nieve recién caída —regalo del cardenal Borgia como símbolo de virginidad—, y una capa rosada del mismo tejido ribeteada con piel de lobo de una caña de largo que sostenían cuatro damas de compañía.

El cabello, rubio como el trigo maduro, lo llevaba recogido en un coazzone , que nacía bajo un bonete de terciopelo negro bordado en plata sobre la nuca, fijado a su vez a la frente con una cinta de seda en cuyo centro brillaba un rubí.

Un collar de oro, del grosor de un dedo, embellecía su escote blanco como el mármol.

Después de la ceremonia —que ofició el propio cardenal Borgia— empezó la fiesta.

Mientras los músicos tocaban los acordes de un passo doppio seguidos de una bassa danza nobile e misurata para que los invitados bailaran, docenas de criados invadieron la sala con bandejas de mazapán, peladillas y fruta escarchada.

En los aparadores, llenando la espléndida vajilla de plata del vicecanciller, humeaban los capones asados con miel y rellenos de piñones e higos, los pasteles de trucha aderezada con jengibre y azafrán y los cuencos a rebosar de pringoso citronat —la dulce confitura de cáscaras de cidros, naranjas y limones que apasionaba al cardenal— y paté de hígado de ganso, así como las jarras de vino pignoletto y vernaccia .

En la sala delle Stelle, donde se celebraba la fiesta, Adriana sólo permitió a Lucrecia que danzara con su hermano César el passo doppio y la bassa danza nobile .

Sin embargo, la obligó a sentarse de nuevo cuando los músicos interpretaron el primer saltarello , pues consideraba que los brincos que los bailarines tenían que dar al final de cada vuelta no eran decentes para una doncella.

Por supuesto, la tutora se negó en redondo, pese a las protestas de la niña, a que se uniera al jaleo que se organizó cuando sonaron los primeros acordes de las danzas moriscas españolas que tanto gustaban al cardenal y a los miembros de su casa, entre ellos, a César.

Lucrecia, frustrada, buscó a Julia Farnesio y se sentó junto a ella.

La novia no se había unido a los corros de aquel baile; tampoco el novio, quien, en la otra esquina de la estancia, no hacía el menor caso al ritmo enloquecido de los tamboriles ni los vertiginosos arpegios y rasgueos que brotaban de laúdes y vihuelas.

—¿No vas a bailar, Julia? —le preguntó Lucrecia.

—No sé hacer los pasos —respondió la recién casada con cierta vergüenza—. Me pondría en evidencia.

—¡Pues son bien fáciles! Mira —dijo Lucrecia señalándose los pies, con una sonrisa que le iluminaba la cara—.

Empiezas con dos hacia la derecha y uno hacia la izquierda y, luego, al revés.

Sigues con tres puntillas hacia delante y dos hacia atrás mientras levantas un brazo y lo dejas caer como si fuera un pájaro herido y, luego, el otro. Todo eso mientras mueves las caderas.

Lucrecia ejecutaba los pasos sentada y sin moverse demasiado para que Adriana —que bailaba con su tío el cardenal, levantando los brazos al cielo y contoneando su rotundo trasero— no se diera cuenta.

Julia, con timidez, empezó a imitar los movimientos de la niña, que, al final, no pudo resistir más y se levantó para ejecutar la danza hasta que los músicos hicieron sonar la última nota y Julia, impresionada por la gracia y habilidad de Lucrecia, la aplaudió con entusiasmo.

—¡Precioso! —exclamó—. Tienes que enseñarme a bailar como una morisca valenciana. Me encantaría aprender.

Lucrecia miró a Julia con ojos llenos de admiración.

La recién casada era bella como una venus antigua, pero en sus ojos azules la niña percibía un velo de resignación, e incluso de melancolía, que la desconcertaba un poco.

«Una novia el día de su boda —le había dicho Adriana— es más que feliz, es dichosa.

» Y así lo había creído, aunque, en la expresión de Julia, Lucrecia no veía la dicha por ninguna parte.

Quizá tuviera que ver con que su marido era tuerto, bajo, tripudo y aburrido, pues no bailaba ni conversaba con nadie.

—Julia —le susurró Lucrecia al oído—, ¿acaso tu marido no es de tu agrado?

—Bueno —titubeó la novia—, es que no me lo esperaba... así.

—¿No te enseñaron retratos? —continuó la niña—: ¿Ni siquiera te hablaron de él? ¿Ni fue a visitarte a Canino para presentarse?

—No. Y sí que me hablaron de él. Pero quizá exageraron algunas cosas.

En ese momento, Lucrecia pensó por primera vez en que era posible que su futuro esposo no fuera apuesto y gentil como su hermano César, y que lo que Adriana le había contado sobre la belleza y gracia de su pretendiente fuera algo exagerado. A fin de cuentas, Lucrecia tampoco lo había visto nunca.

A ninguno de los dos.

Un año antes, el cardenal Borgia había concertado para Lucrecia el matrimonio con Querubín Juan de Centelles.

El hermano pequeño del conde de Oliva había heredado, a sus quince años, el título de señor de Ayora y Cofrentes, en el Reino de Valencia.

Sin embargo, aquel compromiso se había disuelto amistosamente entre las partes y, desde hacía un mes, Lucrecia estaba prometida con Gaspar de Prócida y Vives, de dieciséis años, hijo del conde de Almenara, noble valenciano de raíces napolitanas.

La boda, incluso, ya estaba fijada para la natividad de san Juan de 1493.

Para entonces, Lucrecia tendría trece años y, según Adriana, «ya sería núbil porque todas las Borgia eran precoces en hacerse mujeres».

Aunque Adriana le había explicado a Lucrecia los pormenores de la llegada de la pubertad, la niña sólo entendía bien la parte de la transformación que su cuerpo infantil experimentaría para parecerse —eso deseaba— al de Julia Farnesio, quien, a sus dieciséis años, tenía bien definidas las hechuras de una mujer.

Una mujer a la que el cardenal Borgia no le quitaba la vista de encima mientras, entre baile y baile, se refrescaba con una copa de vernaccia enfriada con nieve.

—¿Está el vino a vuestro gusto, eminentissime pater ? —preguntó Adriana al vicecanciller.

El clérigo apuró el néctar dorado del interior de la copa de plata y se relamió los labios.

—Mucho, hija mía, mucho —respondió—. Con razón el papa Martín IV se apasionó tanto por este vino que Dante, en la Divina comedia , lo colocó en una terraza del purgatorio a expiar el pecado de la gula.

—¿Terraza? ¿No es el purgatorio un pozo oscuro y en llamas, pater ?

—No, querida. Il sommo poeta de Florencia lo soñó como una montaña con siete niveles por los que ascienden las almas conforme expían los pecados de mayor a menor gravedad hasta llegar al paraíso terrenal, que está en la cúspide.

—¿Y en qué terraza se purga la gula?

—En la sexta.

—Entonces —Adriana sonrió con picardía—, en la séptima y última, ¿cuál es el pecado capital menos grave a los ojos de Dios, eminencia?

El cardenal, con un gesto, ordenó a uno de los criados que le llenara la copa del fresco y ambarino vernaccia que se llevó a los labios. Sin dejar de mirar a Julia Farnesio, paladeó el néctar con lentitud antes de contestar a su prima:

—La lujuria.