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Lucrecia llamaba «padre» a dos hombres que no la habían concebido.
El primero era Carlo Canale de Cattanei, el tercer y último marido de su madre; el segundo era su tío abuelo, el cardenal Rodrigo Borgia, el protector de su familia.
Y es que, como siempre le decían tanto su madre, Vannozza, como su tutora, Adriana, más valía que en los palacios de Roma —y en todas las cortes de Italia— la tomaran como la hija de un cardenal que como huérfana de un cavaller —un caballero de la pequeña nobleza— del Reino de Valencia.
Lucrecia no guardaba recuerdo alguno del hombre que la engendró, pues acababa de cumplir dos años cuando su verdadero padre murió.
Entonces, su madre aún se llamaba Violant de Castellvert y era la esposa de Guillem-Ramon de Borja i Llançol de Romaní, uno de los hijos de na Joana de Borja, la hermana mayor del cardenal.
Guillem-Ramon —como muchos otros miembros del clan Borja— había invertido el orden de sus apellidos para que no quedara duda de su parentesco tanto con el papa Calixto III como con su poderoso sobrino, Rodrigo, a quien nombró cardenal y vicecanciller de la Iglesia cuando tenía diecinueve años, cargos que ocupaba desde entonces.
A la muerte de Guillem-Ramon, Violant, junto con sus tres hijos pequeños —César, Lucrecia y Jofré—, se mudó a Roma para ponerse bajo la protección del cardenal, mientras que el primogénito, Juan, se quedaba en la corte del rey Fernando de Aragón.
En la Ciudad Eterna, Violant se casó primero con Giorgio della Croce, que murió poco después; y, posteriormente, con Carlo Canale.
Su nombre en valenciano se convirtió en el romano Vannozza mientras vivía a caballo entre su casa en la plaza Pizzo di Merlo y la magnífica villa rodeada de un viñedo que poseía en la colina del Esquilino.
Ambas propiedades eran regalos del cardenal Borgia y uno de los motivos por el que las malas lenguas aseguraban que Vannozza era la amante del prelado valenciano y que sus hijos eran bastardos.
Todos ellos estaban convocados a la fiesta en la Vicecancillería.
El palacio del cardenal Rodrigo Borgia estaba considerado como uno de los más hermosos de Roma y sólo el palacio de San Marco —la residencia de Pablo II, papa veneciano— rivalizaba en elegancia y esplendor.
Ocupaba una manzana entera, con su fachada principal hacia la via dei Pellegrini, la calle por donde los peregrinos accedían al puente Elio y, desde allí, a la plaza de San Pedro.
A su espalda corría la elegante via dei Banchi, donde estaban las sucursales de los grandes bancos florentinos, genoveses y sieneses.
El inmueble fue una de las cecas pontificias vendida a Rodrigo Borgia por dos mil ducados —aunque valía diez veces más— por orden de su tío, Calixto III.
Por fuera, el palacio tenía cierto aire militar, aunque sin el aspecto tosco y brutal del bastión de Monte Giordano.
Su planta superior estaba almenada y coronada en uno de sus extremos con una torre desde la que se dominaban las calles de alrededor.
Además de criados, funcionarios apostólicos y algunos artistas, allí vivía la guardia personal del cardenal, compuesta por veinte hombres de armas valencianos pertrechados con picas y coltells —la temible espada corta de hoja ancha de los almogávares—, y una docena de estradiotes albaneses, famosos por su aterradora habilidad como jinetes y con el çekiç lufte , así llamaban en su endiablada lengua a los martillos de guerra.
Adriana sólo permitió a Lucrecia que subiera las cortinas del interior del carruaje cuando el vehículo entró en el cortile de la Cancelleria, donde aguardaban en formación los jinetes albaneses a lomos de sus recios caballos de patas cortas.
A Lucrecia la atemorizaba el fiero aspecto de aquellos guerreros de largas y oscuras cabelleras a los que César —a lomos de una mula gris— miraba con envidia.
Las dependencias del palacio se distribuían alrededor del cortile , el patio interior rodeado por dos pisos de galerías abiertas sobre columnas octogonales al estilo toscano.
De todas sus salas, la favorita de Rodrigo Borgia era la sala delle Stelle, cuyo techo reproducía el firmamento tal y como su astrólogo había determinado que lucía cuando el cardenal nació en Xàtiva, el primer día del año 1431.
Aunque ya había estado allí varias veces, Lucrecia se quedó de nuevo boquiabierta al admirar el primor y la precisión con la que el maestro napolitano, Francesco Pagano, había pintado con pan de oro las estrellas y planetas alrededor del espléndido escudo de armas con el toro rojo de los Borgia en su mitad izquierda y las bandas negras y doradas de los Oms —la familia de la madre del cardenal— en la derecha.
Lucrecia, junto con Adriana y otras damas, se sentó en la primera fila, a la derecha del altar montado para la ocasión y santificado con dos reliquias que el cardenal Borgia había hecho traer de la basílica de San Juan de Letrán, que aguardaban cubiertas por lienzos a los pies del ara construido en fina madera labrada.
Mosén Juan Marrades, el confesor del cardenal y uno de sus secretarios, apartó las telas para revelar las reliquias, y un murmullo de admiración y asombro se enseñoreó de la sala cuando los presentes reconocieron los relicarios que había debajo.
Un largo estuche de plata con tapa de cristal de roca contenía la vara de Aarón, en la que el Altísimo había hecho brotar flores y almendras, después de años seca, para ungir al hermano de Moisés como el primer sacerdote.
El segundo era una caja de hierro, un tanto tosca, que contenía un trozo de la cuerda con la que Judas se ahorcó en una higuera tras traicionar a Cristo.
Las dos reliquias no estaban elegidas al azar.
La primera representaba el poder del sacerdocio y la segunda era un recordatorio de lo que les pasaba a aquellos que rompían un juramento solemne, como el que se iba a producir en cuanto se administrara el sacramento del matrimonio.
Los novios esperaban arrodillados delante del altar. Era la primera vez que se veían en persona. Ambos mantuvieron fija la mirada al frente hasta que el chambelán anunció la entrada del dueño de la mansión y toda la sala se levantó en señal de respeto.
El cardenal Rodrigo Borgia tenía sesenta años; llevaba en Italia desde los dieciocho, era cardenal desde los veinticinco, obispo desde los veintiséis y sacerdote desde los cuarenta, cuando fue necesario que se ordenara para unir el obispado de Albano a los que ya poseía de Valencia y Urgel.
Además de decano del Sacro Colegio Cardenalicio, era también cardenal obispo de Porto y obispo de Mallorca y Cartagena, abad de más de una docena de monasterios y vicecanciller de la Santa Romana Iglesia; es decir, el jefe de toda la burocracia vaticana.
Era un hombre corpulento, bastante más alto que la media y también más ancho, pero de carnes prietas, espalda amplia y cuello recio, como el del toro rojo de su escudo de armas.
Parecía más hecho para portar coraza y casco de hierro, como sus guardias, que la capa blanca y la mitra de los obispos.
Su cabeza era poderosa, aunque con los años la tonsura se había enseñoreado de la mayor parte del cráneo.
La barba le velaba de azul la mandíbula; su tez morena y ojos negros, de mirada intensa, habían provocado en Italia no pocos rumores que le hacían descendiente de judíos.
Tenía la barbilla prominente, los labios llenos y la nariz de curva amplia y rotunda.
Pese a la edad y a haber pasado casi toda su vida entre legajos administrativos y libros de leyes, el cardenal era un gran jinete y un formidable cazador de piezas mayores que abatía en los frescos y espesos bosques que rodeaban el monasterio de Subiaco, al este de Roma, del que también era abad.
Allí, sus monjes se habían acostumbrado a que su superior entrara a caballo en el recinto fortificado con un jabalí ensangrentado atado a la grupa de Fumall, su caballo de guerra siciliano, armado con ballesta y pica.
En Roma aún se recordaba cómo el veinteañero Rodrigo Borgia comandó el asalto de las tropas pontificias a la ciudadela de Ascoli, capturó al cabecilla de la rebelión y lo hizo ahorcar en la colina del Capitolio.
A pesar de su experiencia con las armas, el cardenal solía decir que guardias y soldados eran útiles para defenderse, pero, si se trataba de atacar, hacían mucho más daño los letrados y doctores como él, in utroque iure ; es decir, en uno y otro derecho —civil y canónico—, que eran las armas más poderosas, junto a su instinto político, que poseía el vicecanciller, cargo que lo había convertido en uno de los cardenales más influyentes de Roma.
Y de los más ricos.
En sus manos estaba el control de dos de las mayores fuentes de riqueza del Vaticano: la vicecancillería papal y el tribunal de la Rota.
Por esas instituciones pasaba cada carta, bula, dispensa, sentencia o indulgencia de toda la cristiandad para que cada trámite fuera registrado, compulsado, enviado y, por supuesto, cobrado.
Aquella maquinaria no podía dejarse en manos de cualquiera.
Por ello, el papa Calixto III se la había encomendado a su sagaz y trabajador sobrino Rodrigo, el cual había mantenido el cargo durante el papado de los cuatro sucesores de su tío: Pío II, Pablo II, Sixto IV y el actual, Inocencio VIII.