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César sacudió con un gesto indolente los restos de gachas que se habían quedado en la pechera y se ajustó la cruz pectoral de plata y perlas que lucía colgada del cuello. Después, le hizo una reverencia cortés a Adriana.
—Te veré en la cancillería, tía —dijo antes de abandonar el aposento.
Adriana no contestó, dejó que César se marchara mientras ella rumiaba qué hacer.
Pensó en informar, aquella misma mañana, de la insolencia del jovenzuelo a Rodrigo Borgia para que fuera el prelado quien se encargara de castigarle.
No en vano, Adriana —incluso antes de enviudar— había sido algo más que la prima del cardenal valenciano; también era una de sus confidentes, hasta el punto de que le había encargado la educación de sus protegidos.
Y precisamente por el amor que sentía el vicecanciller por Pere-Lluís, Juan, César, Lucrecia y Jofré, Adriana intuyó que no iba a servir de nada que le contara el incidente.
Era mejor, pues, dejarlo correr. «A fin de cuentas —pensó—, César volverá a la Universidad de Perusa en unos días y ya me encargaré yo de que a Lucrecia no se le suba la indisciplina a la cabeza.
Quizá una noche o dos durmiendo en la habitación de Benedetta sea conveniente. »
Adriana pensaba en el aposento más aterrador de todo el castillo en el que, décadas atrás, Francesco Orsini había descubierto que su esposa lo engañaba con uno de sus cortesanos, un tal Rinaldo.
El marido engañado invitó al rival a una cena a cuyo término ordenó que lo mataran y lo crucificaran.
Después, cada noche, la pobre Benedetta era atada al cadáver de su amante y liberada al salir el sol, cuando recibía dos rebanadas de pan y una jarra de agua antes de ser devuelta a su suplicio al atardecer.
Cuando murió, un par de semanas después, enferma por el contacto con la carne putrefacta, ambos cuerpos fueron arrojados al Tíber.
Desde entonces, la estancia donde se habían producido tales horrores permanecía sellada, salvo cuando era usada como lugar de castigo.
Rumiar esa venganza calmó a Adriana mientras se dirigía a la cámara de Orsino.
Cuando llegó, su único hijo estaba de pie en medio de la estancia cruzado de brazos, con la cabeza gacha y el ceño fruncido.
En cuanto lo vio, Adriana notó que el rencor contra César volvía a correr por sus venas espoleado por la envidia.
Mientras el protegido del cardenal Borgia parecía un apolo, incluso vestido con una simple sotana oscura, Orsino —pese a la coraza de piel de búfalo y el jubón de terciopelo rojo— parecía un estibador del puerto de Ostia disfrazado de capitán de la escolta papal.
Orsino era un año mayor que César y había heredado de su padre la tendencia de los Orsini a echar tripa, el pecho hundido y las piernas cortas.
Y, para mayor desgracia, nació con un ojo muerto, razón por la que toda Roma lo llamaba Monoculus Orsinus.
—¡Madre! ¡Apenas puedo respirar con esto! —se quejó mientras golpeaba la coraza—. ¡Me oprime los riñones y las costillas!
Adriana le lanzó una mirada despiadada con la que comprobó que, además, ni siquiera la cinquedea , la espada de ceremonia con empuñadura de oro y plata heredada de su padre que pendía de su cadera izquierda, ayudaba a mejorar la imagen, pues era demasiado larga y le colgaba casi un palmo por debajo de la rodilla.
«En fin —pensó Adriana—, en una boda, lo importante es la novia. Y su dote, por supuesto.»
La novia era Julia Farnesio, de dieciséis años, que procedía de la nobleza provinciana de los alrededores de Viterbo y poseía un castillo y algunas buenas tierras en las riberas del lago Bolsena.
Tenía dos hermanos mayores, Ángel, el heredero del título de señor de Capodimonte, y Alejandro, protonotario apostólico gracias a la influencia del cardenal Borgia, y el artífice del matrimonio que se iba a celebrar esa misma mañana en la sala delle Stelle, el ‘salón de las estrellas’, la estancia más lujosa de la vicecancillería.
La suntuosa residencia del prelado valenciano era muy distinta al castillo de Monte Giordano —el hogar de los Orsini en Roma donde vivían Adriana y Lucrecia—, la tosca fortaleza encaramada en un montículo de la ribera derecha del Tíber, cerca del mausoleo de Augusto.
Junto a Sant’Angelo, el castillo de Monte Giordano tenía fama de ser el fortín más inexpugnable de Roma, y los Orsini presumían de que Dante se había inspirado en su bastión para describir parte del octavo círculo del infierno en la Divina comedia .
Adriana, junto con Lucrecia, Pentesilea y un par de doncellas, abandonó el castillo en el interior de un carruaje cerrado.
Las niñas intentaban escudriñar el exterior a través de las rendijas que se abrían en las gruesas cortinas de lona del habitáculo.
Lucrecia apenas veía nada, pero le llegaban los gritos y vítores del pueblo alabando la planta del novio y la belleza de la novia, aunque no sabía si podían verla.
Soñó despierta con el día de su propia boda con un gentil y apuesto príncipe que, en su imaginación, tenía la planta y la dulce sonrisa de su hermano César.
Como había hecho el papa Inocencio con sus hijos Franceschetto y Battistina, oficiaría la ceremonia su propio padre, el cardenal Rodrigo Borgia.