El mirto y el puñal
© inepub.com
1
–¡Lucrecia! —gritó Adriana de Milà—. ¡Quiero ver ese plato vacío! ¡Y siéntate como una dama! ¡Espalda recta! ¡Pies juntos!
La niña corrigió la postura mientras miraba con asco las sopas francesas de harina cocida con leche, miel y canela que se habían convertido en una pasta fría y viscosa.
Arrancó una cucharada del engrudo para llevárselo a la boca, pero su olor dulzón le provocó una arcada que no pasó desapercibida para Pentesilea.
Tampoco para César.
El hermano mayor de Lucrecia permanecía de pie junto a la mesa mientras la esclava estaba sentada en un escabel a los pies de la niña.
Aquella mañana, el joven había tenido un ojo puesto en el desayuno de Lucrecia y el otro en la vara de avellano que colgaba de la cintura de la falda de la tía Adriana.
Aunque César, a sus quince años, ya era un mozo de espaldas anchas, brazos poderosos y muslos endurecidos por las cabalgatas para cazar jabalíes, aún recordaba el palo de cuatro palmos de largo que el aya manejaba con igual pericia que los estradiotes albaneses de la guardia personal del cardenal Borgia sus martillos de guerra.
A Pentesilea —sentada a los pies de Lucrecia con su cuenco, ya vacío, en el regazo— aún le escocían en las nalgas las crueles caricias del bastoncino que recibió la víspera.
La esclava, de diez años, había sido un regalo del embajador de Venecia a Rodrigo Borgia como compañera de juegos de Lucrecia.
Su piel negra como el carbón causaba sensación en los palacios de la nobleza de Roma y en la misma corte del santo padre Inocencio, donde sólo el cardenal Giuliano della Rovere —sobrino del difunto papa Sixto IV, antecesor del actual— poseía un par de efebos africanos de piel de ébano.
Adriana de Milà estaba muy nerviosa aquella mañana.
La tutora de Lucrecia —y también de César hasta hacía un año— era prima del cardenal Borgia.
A sus cincuenta años era viuda de Ludovico Orsini, con quien había tenido un único hijo, Orsino; quien, precisamente aquel día, iba a casarse con Julia Farnesio.
Por eso estaba tan irritable y, por eso, las dos niñas —y también César— se arriesgaban a recibir un varazo de la fusta de avellano por cualquier cosa.
— Afanya’t, germaneta! —susurró César entre dientes—. Que només son dos culleraes!
El discreto apremio de César a su hermanita para que se diera prisa porque sólo le quedaban dos cucharadas de las gachas frías provocó que a la niña se le dibujara un puchero en la carita redonda y que las lágrimas vidriaran sus pupilas azules.
Ambos usaban el valenciano natal de toda su familia, tanto por costumbre como para evitar que la servidumbre y los extraños les entendieran bien; aunque la treta no funcionaba con la dama Adriana, que también lo hablaba pese a haber nacido en Roma.
— No puc més, Cèsar! —sollozó la cría—. I no vullc més!
El hartazgo de Lucrecia con el que expresaba que ni podía ni quería más del repugnante engrudo llegó con toda claridad a Adriana en el aposento contiguo.
La tutora soltó la vara de avellano de su cinturón y dio media vuelta para volver a la habitación y castigar a la niña por su rebeldía.
«Es por su bien —pensó—. O domamos pronto ese carácter o la pobre niña lo va a pasar muy mal cuando la casen.
» Mientras caminaba hacia el aposento de Lucrecia, un criado le salió al paso.
— Signora —dijo el chico, que no tendría más de doce o trece años—, vuestro hijo solicita vuestra presencia. De inmediato. Asegura que no le gusta el jubón de terciopelo y que no piensa ponérselo porque da demasiado calor.
Adriana suspiró. Hacía unos instantes que había dejado a Orsino en manos de dos ayudas de cámara para que lo vistieran y prepararan para la ceremonia nupcial que se iba a celebrar en la lujosa residencia del cardenal Rodrigo Borgia.
Por la cara del criado, la dama supuso que su hijo, como de costumbre, se habría enrabietado por alguna estupidez.
Se encogió de hombros, sacudió la cabeza y cambió de dirección para encaminarse hacia los aposentos de su hijo.
César se había percatado de lo cerca que había estado su hermanita de llevarse un varazo.
De un par de zancadas salió al pasillo para comprobar que la dama Adriana se perdía de vista.
Con mayor celeridad aún, regresó para tomar el cuenco de cerámica y la cuchara de plata con la que engulló los restos del desayuno de la niña, que miraba a César como si ella fuera Francesca de Rímini y su hermano un nuevo Paolo Malatesta.
Eran los protagonistas de su historia favorita de la Divina comedia : la pareja cuyo amor prohibido les costó la vida y llevó a Dante a colocarlos en el segundo círculo del infierno donde, a pesar de todo, seguían amándose.
César devolvió el cuenco, completamente limpio, al regazo de su hermana.
Ya había acabado de masticar y tragar, entre exagerados y falsos aspavientos de repugnancia destinados a hacer reír a las dos niñas, cuando la dama Adriana regresó para comprobar que sus órdenes habían sido cumplidas.
Si ya se había ido de un humor de perros, por culpa de Orsino regresaba hecha una furia y con la vara de avellano en ristre.
Nada más entrar, fijó la mirada en el plato de las gachas, ya vacío, y en la mirada risueña de Lucrecia.
—¿Lo ves, tía? —dijo la niña con una mueca burlona que no ocultaba el desafío—. Ya me lo he comido todo.
César, apoyado en la pared, se tapaba con la mano la sonrisa que había contagiado a Pentesilea.
Adriana de Milà, que venía de cruzarles la cara a los criados de su hijo con el bastoncino y que se había quedado con las ganas de hacer lo mismo con el estúpido de su retoño, sintió como crecía su cólera ante la insolencia del mozalbete, que lucía en la pechera de su sotana negra restos de las gachas blancas.
—¡Lucrecia! ¡Pentesilea! —chilló Adriana mientras rasgaba el aire con la vara—. ¡Extended las manos! ¡Las manos!
Las sonrisas de las caras de las niñas se volatilizaron. Sin embargo, César se plantó entre la tutora y las dos crías. Se acercó tanto que la dama podía oler el aroma dulzón de la carísima canela que despedía su aliento.
—Tía —dijo César con voz suave mientras tomaba la pieza de cerámica de la mesa—, querías ver este plato vacío y ya está vacío. ¿Lo ves?
—¡Apártate, César! —bramó—. ¡Luego hablaremos tú y yo!
—En todo caso, mujer —los ojos castaños de César, habitualmente risueños, se endurecieron como dos pedernales—, tendríais que dirigiros a mí como «reverenda señoría» y, después, rogarme que me aparte si es que me place hacerlo, cosa que no va a ocurrir.
Aunque César ya era casi un palmo más alto que Adriana, la dama creyó verlo crecer un palmo más en ese mismo instante.
El mozalbete al que había educado desde los ocho años pareció transfigurarse como Jesucristo en el monte Tabor.
Sin embargo, en lugar de la luz del Redentor, lo que irradiaba aquel muchacho era una fuerza tan oscura como la sotana negra que le correspondía vestir como canónigo de las catedrales de Valencia y Lérida, tesorero de las diócesis de Cartagena y Mallorca, arcipreste de la seo de Zaragoza y arcediano de la de Tarragona, así como de las colegiatas de Xàtiva y Gandía.
En efecto, todos sus cargos religiosos —pese a que no había sido ordenado sacerdote, sólo diácono— le otorgaban a César la potestad de ser tratado como «reverenda señoría» por parte de los seglares, incluyendo a la noble dama Adriana de Milà.
Desde los siete años César acumulaba títulos eclesiales y sus correspondientes rentas, que el cardenal Rodrigo Borgia administraba mientras el muchacho se formaba en la Universidad de Perusa in utroque iure ; es decir, en derecho civil y canónico.
Haber nacido el segundo lo había destinado a la carrera eclesiástica, mientras que su hermano mayor, Juan —junto a Pedro Luis, el primogénito del cardenal Borgia—, formaba parte de la corte del rey Fernando de Aragón y servía al monarca en la guerra contra los moros de Granada.
— Carissima zia —César se dirigió a su queridísima tía en el dialecto romano y no en valenciano para dejarle claro que ella no era tan Borgia como Lucrecia y él—, el plato está vacío. Tal y como habías pedido antes de marcharte para atender al mio amato cugino .
Lo de su «amado primo» sonaba en la boca del joven como una cuchillada en carne desnuda, porque era notorio el desprecio que sentía César por el hijo de Adriana.
La tutora consideró por un momento la conveniencia de que su antiguo pupilo recordara, a merced de un buen zurriagazo con el bastoncino , los motivos por los que el cardenal Borgia le había confiado a ella su educación.
Sin embargo, en aquel momento tuvo miedo.
Durante los diez meses en los que César había estado en la Universidad de Perusa algo le había cambiado; algo que perturbaba a Adriana.
Quizá fuesen las enseñanzas de su preceptor, mosén Juan de Vera; o la siniestra influencia de su paje y guardaespaldas, un tal Miquel de Corella, bastardo de la casa de los condes de Cocentaina que lo acompañaba a todas partes.
Adriana no veía rastro alguno del niño tímido que le había sido confiado durante casi ocho años en aquel joven de sonrisa peligrosa y mirada lobuna.
—Sí —dijo Adriana apretando los dientes—. En efecto, el plato está vacío.
La tutora volvió a colgar la delgada rama de avellano de la cinturilla de su falda y, con un gesto de la mano, ordenó a una criada que retirara la vajilla de la mesa.
—Niñas —la rabia supuraba en cada sonido que salía de su boca—, id a vuestra habitación y que las doncellas os vistan.
—Como ordenes, tía —respondió Lucrecia mientras se marchaba, cogida de la mano de Pentesilea y disimulando, como podía, la sonrisa por ver a su severa tutora derrotada por su bravo hermano mayor.