17. La otra puerta
Durante tres días no hablamos de Tenerife.
No del todo.
Hablábamos alrededor.
Gon mandó un mensaje a La Fábrica de Ladrillos al llegar a casa:
Estoy en casa.
Nicolás contestó:
Yo también.
Yo escribí:
Yo también.
Y durante unas horas eso fue suficiente.
Tres mensajes.
Tres nombres.
Tres personas en el mismo grupo.
Una prueba pequeña, ridícula, enorme.
Luego empezaron las cosas normales.
La lavadora.
El correo del trabajo.
Un audio de mi madre preguntando qué tal el viaje.
Un mensaje de un amigo diciendo que había visto una story antigua de Casa Calima y qué envidia.
El supermercado.
El ruido de Madrid.
La vida haciendo lo que mejor sabe hacer: seguir.
El problema es que seguir se parecía demasiado a olvidar.
Gon volvió a su piso cerca del Retiro, a sus ventanas grandes, su sofá perfecto, su cocina abierta y esa casa que parecía un Airbnb caro: bonita, nueva, desangelada.
Un piso donde todo estaba bien colocado y casi nada explicaba quién vivía allí, salvo una camiseta del Zaragoza tirada sobre una silla.
Nicolás volvió a Lavapiés, cerca de la calle Salitre, a un estudio lleno de cables, tazas usadas, facturas pendientes y ruido de bares subiendo desde la calle.
Me dijo que pasó por delante del Hola Coffee y no entró.
No porque le diera miedo. O no solo por eso.
Dijo que todavía no quería estar en un sitio donde alguien pudiera ofrecerle un vaso.
Yo volví a Andrés Mellado, a mi piso de techos altos, parquet de espiga y molduras de escayola.
Marta estaba despierta cuando entré. Tenía una manta sobre las piernas y la televisión encendida sin volumen.
—Pensaba hacerme la digna y no esperarte —dijo—. Pero se ve que tengo poca personalidad.
Dejé la maleta junto a la puerta.
—Lo siento.
Marta me miró un momento. Después miró la maleta, mis manos, la cara que debía de traer de Tenerife.
—No me estás pidiendo perdón por no escribir.
No contesté.
—¿Qué ha pasado?
Pensé en Nicolás. En los mensajes que no contesté. En las veces que Marta me había dicho que no estaba bien y yo había cambiado de tema.
—Tenías razón —dije.
—¿Con qué?
—Con Nicolás.
Marta no preguntó más. Se levantó, fue a la cocina y volvió con un vaso de agua. Me lo dejó en la mano como si yo supiera qué hacer con él.
Después se sentó a mi lado. No me abrazó enseguida. Solo apoyó la pierna contra la mía, una forma pequeña de decir que seguía allí.
A la estantería de obra del salón, con plantas, velas, libros, el Marshall, la televisión demasiado grande y todas esas cosas que antes me parecían pruebas de una vida ordenada.
Después de Tenerife, cada crujido del parquet sonaba como una pregunta.
La primera noche en Madrid me desperté a las 3:12.
No 3:13.
No 3:11.
3:12.
Doce. Tardé un segundo en darme cuenta de por qué esa cifra me sonaba a algo. Habitación doce. Como si el número nos hubiera seguido desde la isla, agarrado a la muñeca, esperando a que alguien más lo notara.
La habitación estaba oscura. Marta dormía de espaldas, respirando lento. Mi móvil cargaba en la mesilla. Por la ventana entraba la luz naranja de una farola. Durante unos segundos no supe por qué tenía el corazón disparado.
Entonces lo oí.
No música.
Peor.
Silencio.
Un silencio demasiado atento.
Me levanté, fui al salón y saqué todo lo que había guardado de la isla.
La pulsera azul quemada.
Las dos tarjetas de Casa Calima.
El justificante del check-out con tres nombres.
La tarjeta de embarque de Nicolás, que él me había dejado fotografiar antes de guardarla en su cartera.
Una foto borrosa del grupo de WhatsApp con tres participantes.
Un trozo de papel donde Gon había escrito, nada más llegar:
Nos reímos. Nos fuimos. Volvimos.
Lo puse todo sobre la mesa del salón.
El parquet de espiga brillaba bajo la luz del flexo. Por un instante, las lamas parecieron formar una espiral muy sutil alrededor de la mesa.
Parpadeé.
Solo era madera.
Abrí el portátil.
No sabía si escribirlo como declaración, como diario, como novela o como confesión. Empecé con una frase y la borré. Escribí otra y también la borré.
Todo sonaba falso.
Todo sonaba dramático.
Todo sonaba demasiado ordenado para algo que había ocurrido como ocurren las pesadillas: sin pedir permiso y sin explicar sus reglas.
Al final escribí:
La primera vez que conté lo de la fiesta, el inspector cerró la libreta y me miró como se mira a un borracho que acaba de inventarse una coartada.
Me quedé mirando la frase.
Era verdad.
O lo bastante cerca.
Seguí.
Escribí hasta que amaneció.
No bien.
No bonito.
Pero rápido, como si la historia quisiera salir antes de que algo la corrigiera. Cada vez que dudaba de un detalle, miraba las pruebas sobre la mesa. La pulsera. Las tarjetas. El justificante. Los nombres.
Bruno.
Gon.
Nicolás.
Nicolás.
Nicolás.
A media mañana, Gon llamó.
—¿Estás despierto?
—No he dormido.
—Yo tampoco.
—¿Has oído algo?
Silencio.
—No música —dijo.
—¿Entonces?
—Me he despertado riéndome.
No dije nada.
—No como de gracia —continuó—. Como aquella noche. He soñado la frase. Tú la decías y yo me reía. Y en el sueño intentaba parar, pero cuanto más quería parar, más me reía.
Me froté los ojos.
—¿Nicolás?
—Le he escrito. Dice que está bien.
—¿Le crees?
Gon tardó.
—No del todo.
—Yo tampoco.
—Dice que luego nos vemos.
—Vale.
—Bruno.
—Qué.
—No dejes de escribir.
Miré la pantalla.
Había escrito veinte páginas.
Volví al principio y busqué los nombres.
Bruno.
Gon.
Nicolás.
Seguían ahí.
—No voy a parar.
—Bien.
Colgó.
Aquella tarde quedamos los tres en un bar de Madrid que no tenía nada de especial. Terraza pequeña, mesas cojas, camarero con prisa, servilletas de papel, ruido de tráfico. Lo elegimos precisamente por eso. Nada de bares oscuros. Nada de música rara. Nada de cócteles. Nada de “sitios con encanto”.
Pedimos cafés.
Nicolás llegó el último.
Cuando lo vi cruzar la calle, sentí un alivio tan fuerte que casi me dio vergüenza.
Iba vestido normal. Vaqueros, camiseta, zapatillas. La medalla al cuello. Ojeras profundas. Sonrisa de Pichi, pero gastada por los bordes.
Se sentó.
—Bueno —dijo—. ¿Qué tal el comité de trauma?
Gon no sonrió.
Yo tampoco.
Nicolás levantó las manos.
—Vale. Muy pronto.
—Muy pronto —dijo Gon.
—Anotado.
El camarero vino.
—¿Qué quiere?
Nicolás miró la carta.
Nos tensamos.
Él lo notó.
Cerró la carta.
—Café con leche.
—¿Algo más?
Nicolás nos miró.
—No.
El camarero se fue.
Durante un rato hablamos de cosas pequeñas. De dormir mal. De si habíamos contado algo. De qué decir en el trabajo. De cómo explicar que habíamos vuelto destrozados de un viaje de tres noches a Tenerife.
—Yo he dicho intoxicación alimentaria —dijo Gon.
—Buena —respondió Nicolás—. Casi verdad. Bebimos algo que nos sentó regular.
Gon lo miró.
Nicolás bajó la vista.
—Perdón.
—No tienes que pedir perdón por cada chiste —dije.
—¿Seguro?
—No.
Nicolás sonrió un poco.
—Honesto.
El camarero dejó el café.
Nicolás esperó a que se fuera.
Luego habló sin mirar la taza.
—Hoy me he levantado y durante diez segundos no sabía mi nombre.
Gon cerró los ojos.
—Joder.
—Luego he visto la medalla. La cartera. El DNI. Y ha vuelto.
—¿Entero? —pregunté.
—Sí.
—¿Y tú?
Nicolás se encogió de hombros.
—Yo no sé si entero es una opción ahora mismo.
Nadie dijo nada.
Él removió el café, aunque no le había echado azúcar.
—He pensado una cosa.
—Dime.
—No quiero que me tratéis como si fuera de cristal.
Gon abrió la boca.
Nicolás levantó un dedo.
—Pero tampoco quiero que hagáis como si nada.
Gon cerró la boca.
—No sé cómo se hace eso —dije.
—Yo tampoco.
—Vale.
—Pues eso. Empezamos torcido, pero empezamos.
Bebió café. No pasó nada — y por primera vez en semanas, eso bastó.
Después saqué una carpeta.
Dentro llevaba copias de todo: fotos, justificantes, tarjetas escaneadas, capturas del grupo, una copia impresa de las primeras páginas que había escrito.
Las puse sobre la mesa.
—Quiero escribirlo todo.
Nicolás cogió las páginas.
Leyó la primera frase.
No dijo nada.
Siguió leyendo.
Gon miraba la calle.
Yo miraba a Nicolás.
Al llegar al final del primer capítulo, dejó las hojas sobre la mesa.
—Está bien.
—¿Bien de “me gusta” o bien de “no me ha dado ganas de tirarme al tráfico”?
—Más lo segundo.
—Me vale.
Nicolás tocó el borde del papel.
—No pongas mi nombre completo.
—No pensaba.
—Pichi tampoco todo el rato.
—¿No?
—No. Al principio sí, porque así me llamabais. Pero luego… cuando vuelva, cuando me recupere, usa Nicolás.
Gon asintió.
—Tiene sentido.
—Y no me hagas demasiado profundo —añadió—. Me da pereza.
—Eres tú quien volvió de una casa metafísica del trauma.
—Ya, pero con moderación.
Esta vez nos reímos.
Los tres.
Y la risa fue rara, claro. Tenía grietas. Tenía miedo. Pero también tenía algo nuevo: cuidado.
Como si la sujetáramos entre las manos para que no se convirtiera en arma.
Seguimos revisando.
Gon pidió que no lo dejara como “el prudente”, porque según él había sido “un cagón funcional”. Nicolás dijo que eso era un título de LinkedIn buenísimo. Yo apunté cosas. Corregí escenas. Añadí nombres. Quité frases que sonaban demasiado heroicas.
Lo más difícil fue escribir la culpa sin ponerme estupendo.
Lo más difícil fue escribir a Nicolás sin convertirlo en víctima perfecta.
Lo más difícil fue escribir a Gon sin usarlo solo como testigo.
Lo más difícil fue escribirnos como lo que éramos: tres tíos normales que se rieron cuando no tocaba, se fueron cuando debieron quedarse, volvieron tarde y, aun así, volvieron.
Y lo más difícil de todo fue escribir lo de antes. Madrid. Los mensajes sin contestar. Los audios escuchados a medias. Las semanas en las que Nicolás se estaba apagando y yo preferí llamarlo racha, ruptura, curro, cansancio, cualquier palabra que me evitara hacer una pregunta de verdad.
Al anochecer, el bar encendió las luces de la terraza.
Gon miró el reloj.
—Me voy.
Nicolás también se levantó.
—Yo igual.
Nos quedamos unos segundos de pie, incómodos.
Antes nos habríamos despedido con un “venga, hablamos” y ya.
Esta vez Gon dijo:
—Mañana escribo.
Nicolás asintió.
—Yo también.
—Aunque sea una palabra —dije.
—Aunque sea una palabra.