El Mirador de los Ausentes 16. Última llamada #3
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16. Última llamada #3

—Pero no —dijo Gon.

—No.

Se quedó mirando el respaldo del asiento delantero.

—Mi madre me la dio cuando me fui a vivir solo. Dijo una frase cutre, de madre. Que para que me acordara de volver a casa.

Gon se limpió la nariz.

—Pues ha funcionado.

Nicolás sonrió.

—Demasiado literal.

El avión cerró puertas.

La voz del comandante anunció la salida hacia Madrid, duración aproximada del vuelo, tiempo bueno en destino. Las azafatas hicieron la demostración de seguridad. Todo normal.

Cuando empezamos a rodar, miré por la ventanilla, cruzando por encima de Nicolás y Gon.

Tenerife estaba allí fuera.

Pista.

Mar.

Montañas al fondo.

Una isla real.

Una isla turística.

Una isla antigua.

Una isla que nos había dejado marchar.

O que había decidido no detenernos más.

El avión aceleró.

Nicolás agarró los reposabrazos.

—Odio despegar.

Gon lo miró.

—¿Desde cuándo?

—Desde ahora.

Las ruedas dejaron el suelo.

Por un segundo, sentí que el avión no subía.

Que algo tiraba de él hacia abajo.

No una avería.

No gravedad.

Una mano.

Una deuda.

Luego el aparato tembló, atravesó una capa de aire caliente y subió.

Tenerife empezó a hacerse pequeña.

La costa.

Las carreteras.

Los hoteles.

Las montañas.

El norte escondido bajo nubes.

Nicolás no apartó la vista hasta que la isla quedó cubierta por blanco.

Entonces respiró.

—Estoy en el avión —dijo.

—Sí —respondió Gon.

—Estoy en el avión.

—Sí.

—Estoy en el avión, joder.

La azafata pasó junto a nosotros.

—¿Todo bien?

Los tres nos miramos.

Nicolás contestó:

—Regular.

La azafata sonrió sin entender.

—Ahora pasaremos con el servicio.

Cuando se fue, Gon cerró la persiana de la ventanilla.

—No quiero ver nada hasta Madrid.

—Bien pensado —dije.

Durante media hora, nadie habló.

Yo intenté dormir, pero cada vez que cerraba los ojos veía la sala circular, los nombres ardiendo, la de blanco diciendo que escribirlo no cerraría nada. Metí la mano en el bolsillo.

La pulsera seguía allí.

Las dos tarjetas también.

Saqué una.

La de “Última llamada”.

El reverso estaba en blanco.

Saqué la otra.

No todo lo que arde desaparece.

La frase seguía.

La guardé.

Miré a Nicolás.

Estaba dormido.

Por primera vez desde que lo habíamos recuperado, dormía de verdad. La cabeza apoyada hacia Gon, la mano cerrada alrededor de la medalla.

Gon también dormía, o lo intentaba.

El vuelo siguió.

Normal.

Absurdo.

Milagroso.

Al aterrizar en Madrid, la cabina aplaudió un poco. Gente mayor, sobre todo. Un aplauso pequeño, casi avergonzado.

Nicolás abrió los ojos.

—¿Ya?

—Ya —dijo Gon.

—¿Madrid?

Miré por la ventana.

Pistas.

Torres.

Cielo plano.

Ningún mar.

Ninguna montaña verde.

Ninguna isla.

—Madrid —dije.

Nicolás cerró los ojos otra vez.

No para dormir.

Para aguantar.

Bajamos del avión con los demás.

En el finger de Barajas, todo olía a metal, café caro y cansancio de aeropuerto. La gente encendía móviles, llamaba a familiares, se quejaba de que no había cobertura. Nadie nos miraba raro.

En el control de salida no pasó nada.

En la cinta de equipajes no pasó nada.

En la puerta de llegadas tampoco.

Y eso, después de todo, fue casi insoportable.

Porque cuando algo no pasa, una parte de ti empieza a sospechar que tal vez nunca pasó nada.

Gon sacó el justificante de Casa Calima.

Tres nombres.

Nicolás sacó su tarjeta de embarque.

18C.

Yo saqué la pulsera.

Recuerda.

Nos quedamos los tres junto a una columna, rodeados de gente que abrazaba, esperaba taxis, discutía por WhatsApp.

—Tenemos que guardar todo —dijo Gon.

—Sí.

—Fotos, papeles, tarjetas. Todo.

—Sí.

Nicolás nos miró.

—Y tenemos que hablar de esto.

Gon asintió.

—Sí.

—No hoy —añadió Nicolás.

—No.

—Pero tampoco nunca.

La frase quedó entre nosotros.

Tampoco nunca.

Era torpe. Y funcionaba.

Salimos a la zona de taxis.

Madrid estaba caliente, gris, lleno de tráfico.

Nunca me había parecido tan bonito.

Antes de subir al taxi, Nicolás se detuvo.

—Una cosa.

—¿Qué? —pregunté.

—Si empiezo a hacer chistes todo el rato…

Gon le cortó:

—Te preguntamos.

—¿Aunque os diga que no pasa nada?

—Sobre todo entonces —dije.

Nicolás asintió.

Subimos al taxi.

Gon delante.

Nicolás y yo atrás.

El conductor preguntó:

—¿A dónde?

Dije mi dirección.

El taxi arrancó.

Barajas quedó atrás.

La carretera hacia Madrid se abrió delante, fea, real, llena de coches.

Nicolás apoyó la cabeza en el cristal.

—Bruno.

—¿Qué?

—Escríbelo.

Lo miré.

—¿Seguro?

—Sí.

—Puede ser mala idea.

—Casi todo lo que hacemos lo es.

—Ya.

—Pero si no lo escribes, se va a mover.

Miré mis manos.

Todavía olían a humo, aunque las había lavado en el aeropuerto.

—¿Y si escribirlo abre otra puerta?

Nicolás cerró los ojos.

—Entonces la cierras mejor que la primera.

No supe qué responder.

El taxi siguió hacia Madrid.

Y por primera vez desde Tenerife, la música no sonaba en ninguna parte.

Solo el tráfico.

Solo la radio baja del conductor.

Solo Nicolás respirando a mi lado.

Solo Gon mirando hacia delante como si aún condujera para sacarnos de allí.

Solo nosotros tres.

De vuelta.

No limpios.

No enteros.

Pero de vuelta.

¿O volver era solo otra forma, más lenta y más cómoda, de seguir dentro?