16. Última llamada #2
—Publicidad del hotel —dije.
Me la entregó.
—Puede pasar.
Guardé la tarjeta junto a la otra.
Dos tarjetas idénticas.
Dos frases.
No todo lo que arde desaparece.
Última llamada.
Nos sentamos cerca de la puerta C34, lejos de la cafetería, lejos de los baños, lejos de cualquier rincón con poca luz. Había una pared de cristal desde la que se veía la pista. Aviones rodando, maletas subiendo por cintas, trabajadores con chalecos reflectantes.
Nicolás se sentó entre Gon y yo.
—Como me perdáis ahora, sois gilipollas.
—No te levantas solo —dijo Gon.
—¿Ni a mear?
—Especialmente a mear.
—Como en Medellín —dijo Nicolás.
—En Medellín era por supervivencia.
—Esto también.
Nicolás asintió.
—Buen punto.
La espera fue peor que la carrera.
Porque no había nada que hacer.
Solo mirar pantallas.
Comprobar tarjetas.
Repetir mentalmente nombres.
Nicolás.
Nicolás.
Nicolás.
Gon compró tres botellas de agua en una tienda del aeropuerto. Las revisó como si fueran explosivos. Comprobó que estuvieran cerradas. Nos las dio.
—Abridlas vosotros.
Nicolás levantó la suya.
—Por…
Los dos lo miramos.
Bajó la botella.
—No. Nada de brindis.
—Bien —dije.
Bebimos en silencio.
El agua sabía a plástico y normalidad.
Fue una de las mejores cosas que había probado nunca.
A las 13:51, la pantalla cambió.
IB3927 Madrid.
Embarque: Próximamente.
Puerta C34.
A las 13:55, nada.
A las 14:02, tampoco.
La gente empezó a levantarse antes de tiempo, formando una cola sin sentido. Un empleado de Iberia apareció junto al mostrador y habló por megafonía.
—Señores pasajeros del vuelo IB3927 con destino Madrid, les informamos de que el embarque comenzará en unos minutos. Rogamos permanezcan atentos.
La voz sonó normal.
Luego los altavoces crujieron.
Una campana.
Solo una.
Gon me miró.
—La he oído.
—Yo también.
Nicolás cerró los ojos.
—Yo no.
No supimos si eso era bueno o malo.
El empleado empezó a llamar por grupos.
Grupo 1.
Grupo 2.
Nosotros éramos grupo 3.
Cada pasajero escaneaba su tarjeta y cruzaba el pasillo hacia el finger. Fácil. Verde. Bip. Verde. Bip.
Cuando llamaron nuestro grupo, Gon se puso delante.
—Yo primero.
—No —dijo Nicolás.
—Sí.
—Si paso yo el último y algo falla, os vais a quedar al otro lado.
—Precisamente.
—No. Paso yo en medio.
Lo dijo con una firmeza nueva.
Y obedecimos.
Gon escaneó.
Verde.
Cruzó.
Nicolás me miró.
—No digas mi nombre mientras paso.
—¿Por qué?
—Por si lo llama otra cosa.
No me gustó.
Pero asentí.
Nicolás puso la tarjeta sobre el lector.
La máquina no pitó.
El empleado la miró.
—Un segundo.
La pantalla mostraba un círculo girando.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro segundos.
Detrás, una mujer bufó.
El empleado volvió a pasarla.
Nada.
—¿Tiene el documento?
Nicolás le dio el DNI.
El empleado lo miró.
—Nicolás…
No terminó el nombre.
No porque no pudiera.
Porque justo entonces todas las pantallas de la puerta se apagaron.
La terminal entera se quedó sin anuncios.
Solo un segundo.
Pero en ese segundo oímos la música.
No baja.
No escondida.
Clara.
Como si la fiesta estuviera al otro lado del finger.
El pasillo de embarque, visible detrás del empleado, dejó de ser blanco y metálico. Durante un parpadeo fue un camino de tierra entre piedras negras, con guirnaldas encendidas al fondo.
Nicolás se quedó inmóvil.
Gon, ya al otro lado, intentó volver, pero una barrera automática se cerró delante de él.
—¡Nicolás!
El empleado no se movía.
Nadie se movía.
Solo nosotros.
Y una mujer al final de la cola.
Vestido blanco.
Descalza sobre el suelo del aeropuerto.
—No —dije.
La de blanco sonrió.
—Última llamada.
Nicolás no se giró.
Bien.
—No mires —dije.
—No estoy mirando.
Su voz temblaba.
—Nicolás —dijo ella.
Él apretó el DNI con la mano.
—No respondas.
—Nicolás.
La música se acercó.
El finger era ya casi por completo el camino de la fiesta. Al fondo, donde debía estar la puerta del avión, brillaban luces cálidas. Gente bailando despacio. Una mesa larga. Tres vasos.
—Tu asiento está allí —dijo la de blanco.
Nicolás susurró:
—Mi asiento es el 18C.
La pantalla del lector se encendió.
ROJO.
La de blanco se acercó un paso.
—No hay 18C para los que vuelven a medias.
Nicolás cerró los ojos.
—Mi asiento es el 18C.
ROJO.
Gon golpeaba la barrera desde el otro lado.
—¡Bruno, haz algo!
Otra vez.
Haz algo.
Saqué la pulsera azul quemada.
No sabía si quedaba algo en ella.
Recuerda.
La puse sobre el lector junto a la tarjeta de Nicolás.
La máquina vibró.
La de blanco dejó de avanzar.
Pero la luz siguió roja.
Entonces entendí.
La pulsera era mía.
Mi recuerdo.
Mi prueba.
No bastaba para él.
—Nicolás —dije.
Él abrió los ojos.
—Dame algo tuyo.
—¿Qué?
—Algo que sea tuyo de verdad.
Se tocó los bolsillos.
Móvil.
Cartera.
DNI.
Nada parecía suficiente.
La de blanco volvió a caminar.
—No tiene nada. Lo que era suyo se quedó conmigo.
Nicolás respiró rápido.
Miró a Gon al otro lado.
Luego a mí.
Y entonces se llevó las manos al cuello.
No había visto que llevaba una cadena.
Una cadena fina, casi oculta bajo la camisa rota.
De ella colgaba una medallita pequeña de la Virgen del Pilar, arañada, vulgar.
—Me la regaló mi madre —dijo.
—Ponla.
—No quiero perderla.
—No la vas a perder.
No sabía si era verdad.
Pero algunas frases hay que decirlas igual.
Nicolás se quitó la cadena y la puso sobre el lector.
La de blanco gritó.
Esta vez el sonido no fue humano.
La medalla se calentó al instante. Olía a metal, a sal, a piel. La pantalla parpadeó.
ROJO.
Luego amarillo.
Luego apareció una frase:
CONFIRMAR IDENTIDAD.
El empleado seguía congelado, con el DNI en la mano.
—Di tu nombre —le dije.
Nicolás lo dijo.
Completo.
La de blanco chilló más fuerte.
La música se rompió en notas sueltas.
—Otra vez.
Lo repitió.
Completo.
El camino de tierra retrocedió.
El finger volvió a ser blanco.
—Otra vez.
Nicolás lo dijo por tercera vez.
Y añadió:
—Y quiero volver.
La luz se puso verde.
Bip.
El aeropuerto despertó.
El empleado parpadeó.
—Disculpe, el lector está un poco lento. Puede pasar.
Nicolás cogió la cadena tan rápido que casi la rompió. Cruzó la barrera. Gon lo agarró del brazo y lo abrazó allí mismo, delante de todos los pasajeros.
La mujer de la cola protestó.
—Oiga, que hay gente esperando.
Gon la miró.
—Señora, de verdad, hoy no.
Seguimos por el finger.
Nicolás iba en medio, esta vez sin discutir. La luz blanca del pasillo parpadeaba un poco, pero no volvió a cambiar. Al fondo se veía la puerta del avión y una azafata sonriendo.
Al entrar, saludó.
—Buenas tardes.
Miró nuestras tarjetas.
—18A, 18B y 18C. Al fondo a la derecha.
Tres asientos.
Tres.
Gon se sentó en ventanilla porque necesitaba mirar hacia fuera.
A Nicolás lo pusimos en medio, flanqueado por los dos, aunque su tarjeta decía 18C, pasillo — nadie lo dijo en voz alta, pero ninguno quería que se quedara con un lado del cuerpo sin nadie al lado.
Yo ocupé su asiento de pasillo. Guardamos las mochilas arriba y nos sentamos sin hablar.
Cuando el avión empezó a llenarse, Nicolás se tocó la cadena.
—Pensé que la perdía.