16. Última llamada
El aeropuerto de Tenerife Sur estaba lleno de gente que no sabía que el mundo podía romperse.
Eso pensé al entrar.
Familias arrastrando maletas enormes. Parejas quemadas por el sol, con la piel roja y expresión de derrota. Grupos de amigos riéndose demasiado alto. Niños con camisetas de equipos de fútbol. Jubilados alemanes comparando billetes. Anuncios por megafonía en español, inglés y alemán.
Todo vulgar.
Todo perfecto.
Todo insultantemente vivo.
Gon aparcó el Fiat 500C en la zona de devolución del alquiler y se quedó unos segundos con las manos en el volante. No había puesto música en todo el trayecto. Ni reguetón, ni rap, ni nada. Eso fue quizá lo que terminó de convencerme de que estaba realmente asustado.
Nicolás, en el asiento trasero, miraba el edificio de la terminal.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—No es nada.
—Es que me da miedo entrar y que no me deje.
Gon soltó el volante y se giró.
—¿Quién?
Nicolás señaló las puertas automáticas.
—El mundo.
Nadie hizo un chiste.
Eso ya decía bastante.
Bajamos del coche.
La mochila de Gon salió del maletero como si la hubieran metido a presión con maquinaria pesada. Mi Eastpak estaba manchada de barro por una esquina. La maleta vieja de Nicolás tenía la rueda rota y hacía un ruido de arrastre que en cualquier otro viaje nos habría dado para veinte bromas.
Ahora sonaba como una cuenta atrás.
Devolvimos el coche en silencio.
El empleado de la empresa de alquiler revisó los arañazos con una tablet, dio la vuelta alrededor del Fiat y se detuvo en la puerta trasera.
—¿Han llevado algo de tierra? —preguntó.
Los tres nos quedamos quietos.
—¿Perdón? —dijo Gon.
El empleado pasó un dedo por la goma de la puerta.
—Hay polvo negro aquí.
Me acerqué.
Apenas era una línea fina. Podía ser cualquier cosa. Suciedad de una pista, arena, tierra volcánica. Estábamos en Tenerife. Lo lógico era pensar eso.
Pero ninguno lo pensó.
El empleado se encogió de hombros.
—Nada, se limpia.
Firmó la devolución.
—Todo correcto.
Casi me reí.
Entramos en la terminal.
Las puertas automáticas se abrieron para Gon.
Se abrieron para mí.
Cuando Nicolás cruzó, se cerraron.
No violentamente. Solo se cerraron justo delante de él, con un sonido suave de cristal encontrando cristal.
Nicolás se quedó fuera.
Gon giró de inmediato.
—No.
Las puertas volvieron a abrirse cuando una familia se acercó desde detrás, y Nicolás entró pegado a ellos, casi rozando la maleta de una niña.
—Vale —dijo, intentando sonreír—. Entrada dramática.
—No tiene gracia —dijo Gon.
—No, la verdad es que no.
Miramos las pantallas.
Madrid.
Vuelo IB3927.
Salida 14:35.
Mostrador 23.
Embarque previsto 13:55.
Hora actual: 12:42.
Demasiado tiempo.
El aeropuerto, que en cualquier otro viaje habría sido un trámite aburrido, se convirtió en un campo de minas. Cada pantalla podía borrarlo. Cada empleado podía no verlo. Cada lector de código podía decidir que Nicolás no ocupaba sitio suficiente en el mundo.
Nos pusimos en la cola de facturación porque Gon insistió en imprimir las tarjetas de embarque.
—Las tenemos en el móvil —dije.
—Quiero papel.
—Vale.
—Papel se puede guardar.
No discutí.
Cuando llegó nuestro turno, la empleada sonrió.
—Buenos días. Documentación, por favor.
Le dimos los tres DNI.
Uno.
Dos.
Tres.
Los colocó sobre el mostrador.
Luego miró la pantalla.
Tecleó.
Volvió a mirar los documentos.
—Aquí tengo dos pasajeros.
Nicolás cerró los ojos.
Gon golpeó el mostrador con la palma, despacio, como si el gesto pudiera arreglar algo.
—Mírelo otra vez.
—Sí, claro.
Tecleó más.
—Bruno y Gon.
—Falta Nicolás —dije.
La empleada miró a Nicolás.
Lo veía.
Esa fue la primera victoria.
Pequeña, pero real.
Lo veía.
—¿Tiene reserva separada?
—No —respondió él—. La misma.
—¿Localizador?
Gon se lo dio.
La empleada tecleó.
—No me aparece.
Nicolás sacó su móvil y abrió el correo.
Había un billete.
Su billete.
Nombre completo.
Vuelo.
Asiento 18C.
La empleada escaneó el código.
La máquina pitó en rojo.
—Billete no válido.
—Inténtelo otra vez —dijo Gon.
Pitido rojo.
La cola detrás de nosotros empezó a moverse incómoda.
Una mujer resopló.
Un niño preguntó si íbamos a perder el avión.
La empleada mantuvo la sonrisa profesional, pero ya se le notaba tensión.
—Puede que haya un problema con la emisión.
—No hay problema —dije.
Me salió demasiado brusco.
Nicolás me tocó el brazo.
—Bruno.
Respiré.
—Perdón.
La empleada llamó a un supervisor.
Esperamos.
Nicolás miraba su DNI sobre el mostrador como si temiera que desapareciera. Gon no apartaba los ojos de la pantalla de la empleada. Yo miraba alrededor.
Y entonces lo vi.
Al fondo de la terminal, junto a una cafetería, había una mujer con una trenza.
No estaba de cara.
Solo un perfil.
Pelo castaño recogido.
Una mano apoyada sobre una maleta.
Parpadeé.
Era otra persona.
Una turista cualquiera.
Pero la sensación quedó.
La isla no había terminado de mirarnos.
El supervisor llegó. Hombre joven, chaleco azul, cara de haber solucionado ya demasiados problemas esa mañana.
—¿Qué ocurre?
La empleada le explicó.
Él cogió el DNI de Nicolás.
Lo leyó.
Miró a Nicolás.
—¿Ha hecho check-in online?
—Sí.
—¿Tiene equipaje facturado?
—No.
—Entonces puede ir directamente al control.
—Queremos tarjeta impresa —dijo Gon.
El supervisor miró a Gon con paciencia escasa.
—Si el sistema no lo reconoce, no puedo imprimirla.
—Pero está viendo el billete.
—Veo un correo.
—Ve su DNI.
—Sí.
—Ve que está aquí.
El supervisor suspiró.
—Señor, yo no he dicho lo contrario.
Era cierto.
No lo había dicho.
Pero el sistema sí.
Y a esas alturas ya sabíamos que muchas cosas se esconden detrás de una pantalla.
Nicolás cogió su DNI.
—Vamos al control.
—No —dijo Gon.
—Sí.
—Si no pasas ahí…
—Pues no paso ahí.
—No digas eso.
Nicolás sonrió sin fuerza.
—Gon, llevamos desde ayer peleándonos con una isla encantada, una secta muerta, un hotel que fingía que yo no existía y una casa ardiendo con terapia grupal. Si me derrota un lector de código QR, casi sería elegante.
Gon no se rió.
Yo sí.
Un poco.
Lo suficiente para que Nicolás respirara.
Fuimos al control de seguridad.
Antes de llegar, Gon paró en una máquina de autofacturación.
—Último intento.
Escaneó su DNI. Salió su tarjeta. Escaneó el mío. Salió la mía. Metió el localizador de Nicolás.
RESERVA NO ENCONTRADA.
Saqué la pulsera quemada del bolsillo y la puse sobre el lector, sin saber muy bien por qué.
La máquina emitió un pitido largo, grave, ni rojo ni verde, y en la pantalla apareció una frase que se borró antes de que Nicolás terminara de leerla.
Después la impresora se puso en marcha y sacó una tarjeta con su nombre, su vuelo y el asiento 18C.
Gon la cogió como si fuera un documento sagrado.
—Ya está.
Nicolás no la tocó.
Cruzamos hacia el control de seguridad. A mitad de camino, Nicolás se paró delante de un panel de salidas. No miraba nuestro vuelo. Miraba toda la lista: Londres, Ámsterdam, Casablanca, Berlín. Ciudades que no eran la nuestra.
—¿Qué haces? —preguntó Gon.
—Nada.
Pero no se movía.
Me puse a su lado.
—Nicolás.
—Podría coger cualquiera de esos.
Lo dijo bajito. No como una amenaza. Como quien prueba una frase en voz alta para ver si le pesa igual que en la cabeza.
—No tienes billete para ninguno —dije.
—Ya. Es una gilipollez.
—No lo es.
Se metió las manos en los bolsillos.
—A veces pienso que lo más fácil no sería quedarme allí. Sería esto. Coger cualquier avión que no sea el nuestro y no tener que explicarle nada a nadie. Ni a mi madre. Ni a mi jefe. Ni a vosotros. Solo desaparecer de la forma normal, la aburrida, la que no necesita una secta.
Gon no dijo nada. Creo que no confiaba en su voz.
—No es la isla —siguió Nicolás—. Esto es mío. Esto lo pienso hasta en los días buenos.
No supe si hablaba de la isla o de antes de la isla.
Probablemente de las dos cosas.
—Vale —dije.
Nicolás me miró, sorprendido de que no discutiera.
—¿Vale?
—Vale, lo piensas. No te voy a decir que no lo pienses.
—¿Y ya está?
—Y ya está. Pero el vuelo es el nuestro. Y vamos los tres.
Gon se aclaró la garganta.
—Y si algún día coges otro avión sin avisar, te juro que te encuentro. Aunque tenga que llamar a Medina.
Nicolás soltó una risa pequeña, real, la primera desde el hotel.
—Qué amenaza más rara.
—Es la que tengo.
Miró el panel una última vez. Londres. Ámsterdam. Casablanca. Berlín.
Después se giró hacia el nuestro y empezó a andar.
Nosotros detrás.
Pasamos el primer control.
Gon primero.
Escaneó.
Luz verde.
Luego yo.
Luz verde.
Nicolás se quedó mirando el lector.
—Dame la mano —dijo Gon.
—No somos niños.
—Dámela.
Nicolás se la dio.
Escaneó la tarjeta.
El lector tardó.
Uno.
Dos.
Tres segundos.
Luz roja.
El guardia levantó la vista.
—Un momento.
Nicolás apretó la mano de Gon con tanta fuerza que le blanqueó los nudillos.
El guardia cogió la tarjeta, la miró, miró el DNI, miró a Nicolás.
—Pase otra vez.
Nicolás lo hizo.
Luz roja.
—¿Tiene otra tarjeta?
—No.
El guardia llamó a una compañera.
La cola empezó a desviarse por otro acceso.
Yo sentí la música antes de oírla.
Un zumbido bajo, escondido en el ruido de la terminal.
No venía de altavoces.
Venía del lector.
La compañera llegó, pasó una tarjeta de empleado y abrió una pantalla en el puesto.
—Nombre.
Nicolás dijo su nombre completo, con sus dos apellidos.
Sin dudar.
Algo en mí se relajó.
La mujer tecleó.
—Aquí está.
El guardia frunció el ceño.
—A mí no me salía.
—Pues está.
Miró a Nicolás.
—Disculpe. Pase.
La luz se puso verde sin que escaneara de nuevo.
Nicolás cruzó.
No respiramos hasta que estuvo al otro lado.
Después vino seguridad: bandejas, cinturones, móviles, mochilas.
Todo normal.
Casi.
Mi mochila salió apartada para revisión manual.
Un agente la abrió.
Dentro no había nada raro.
Ropa.
Cargador.
Neceser.
La tarjeta blanca de Casa Calima.
No recordaba haberla metido ahí.
Yo la llevaba en el bolsillo.
Me toqué el pantalón.
Seguía allí.
El agente sacó la tarjeta duplicada.
Bienvenidos.
La giró.
Frunció el ceño.
—¿Esto es suyo?
En el reverso había una frase:
ÚLTIMA LLAMADA.
El agente no pareció leerla.
O quizá leyó otra cosa.