15. Check-out #2
—Última oportunidad —dijo el director—. Dos salen limpios. Uno vuelve a donde todavía lo esperan.
—No —dije.
—No se lo pregunto a usted.
Miró a Nicolás.
—Aquí fuera, vas a tener que cargar con todo. El hueco. Las fotos donde no sales. Los amigos que no sabrán cómo tratarte. Las noches en las que querrás volver a no doler. Allí, al menos, eras necesario.
Nicolás temblaba.
Gon le cogió la mano.
—Aquí también.
El director sonrió con desprecio.
—¿Aquí? ¿En un aeropuerto? ¿En un piso? ¿En una oficina? ¿En cenas donde todos evitarán hablar de Tenerife hasta que beban lo suficiente para rozar el tema y cambiarlo rápido?
Nicolás cerró los ojos.
—Para.
—Volver no es salir.
El mensaje.
La misma frase.
El director extendió una mano hacia la fiesta.
—Puedes descansar.
Yo quise hablar.
Pero me contuve.
No podía decidir por él.
No otra vez.
Gon tampoco habló.
Solo le sostuvo la mano.
Nicolás miró la fiesta.
Por un segundo, la luz de las guirnaldas le iluminó la cara y vi el cansancio verdadero. No el del cuerpo. El otro. El de alguien que ha vuelto, pero no sabe todavía si va a poder quedarse.
Luego miró la mano de Gon.
Luego a mí.
—Decid mi nombre —susurró.
—Nicolás —dije.
—Más.
—Nicolás —dijo Gon.
—Más.
—Nicolás —repetí.
—Nicolás —dijo Gon.
El director se rió.
—Un nombre incompleto no basta.
Nicolás apretó la mandíbula.
—Entonces lo completo yo.
Metió la mano en su bolsillo y sacó su cartera.
Estaba empapada.
No de agua.
De ese líquido dorado.
La abrió con dedos temblorosos y sacó su DNI.
La foto estaba borrosa.
El nombre, también.
Las letras se movían como insectos.
Nicolás las miró.
Gon y yo también.
La música hizo un golpe seco, como una campana enorme.
Las letras empezaron a fijarse.
Nicolás.
Luego el primer apellido.
Luego el segundo.
No los voy a escribir aquí.
No porque no los recuerde.
Los recuerdo.
Los recordamos.
Pero aprendí que algunas cosas no se entregan al papel sin permiso.
Nicolás leyó su nombre completo en voz alta.
Una vez.
Casa Calima tembló.
Lo leyó otra vez.
La fiesta retrocedió un paso.
Lo leyó por tercera vez.
La luz volvió.
De golpe.
El vestíbulo siguió su movimiento como si nada.
La pareja volvió a discutir por los desayunos.
La recepcionista dio un respingo ante el monitor encendido.
El camarero siguió caminando con la bandeja.
La música había desaparecido.
Solo quedaba el aire acondicionado.
Y nuestra respiración.
El director estaba frente a nosotros.
Pálido.
Sudando.
La recepcionista miró la pantalla.
—Habitación 12. Tres huéspedes.
Nadie respiró.
—Bruno… Gon… y Nicolás…
El nombre completo apareció en pantalla.
El director cerró los ojos.
Como si le doliera físicamente.
—¿Desean cerrar la cuenta? —preguntó la recepcionista.
Su voz temblaba.
Gon tardó en contestar.
—Sí.
—No hay cargos pendientes.
—Perfecto.
—¿Todo ha estado bien durante su estancia?
La pregunta casi nos mata.
A Nicolás se le escapó una risa que no tenía nada de risa.
—Regular.
La recepcionista no supo qué hacer con eso.
Nos imprimió un justificante.
Tres nombres.
Tres huéspedes.
Habitación 12.
Fecha de entrada: jueves.
Fecha de salida: domingo.
Tres noches.
Miré el papel.
No sé por qué esperaba otra cosa. Una fecha imposible. Un error. Una señal.
Pero estaba todo correcto.
Y de algún modo eso fue más inquietante.
Casa Calima acababa de aceptarnos.
O fingía hacerlo.
Gon dobló el justificante y se lo guardó.
—Vamos a por las maletas.
Cruzamos el patio.
La habitación 12 estaba cerrada.
Al abrir la puerta, los tres nos quedamos en el umbral.
Dentro había tres camas.
La tercera, junto a la ventana que daba al pequeño jardín de cactus.
Deshecha.
Sobre ella estaba la sudadera gris de Nicolás.
Él se quedó sin moverse.
—Esa cama no estaba.
—Ahora sí —dijo Gon.
—Ya.
Entramos rápido.
Recogimos todo sin hablar. Ropa en mochilas, cargadores, neceseres, lo que hubiera. Yo revisé debajo de las camas, los cajones, el baño. No quería dejar nada. Ni una prueba. Ni una excusa. Ni una parte nuestra.
Mi maleta Eastpak parecía pesar el doble. La mochila de Gon no cerraba bien. La maleta vieja de Nicolás apareció junto al armario, con una rueda rota y una pegatina medio despegada de Colombia que yo estaba seguro de no haber visto nunca.
Nicolás la tocó con una mezcla de alivio y vergüenza.
—Qué maleta más fea, por Dios.
—Es horrorosa —dijo Gon.
—Gracias.
—Pero está.
Nicolás asintió.
—Está.
Al cerrar mi maleta, vi algo sobre la mesa.
La tarjeta blanca de Casa Calima.
No la del mirador.
La tarjeta de bienvenida.
Bienvenidos.
La giré.
En el reverso había una frase escrita con letra redonda.
No todo lo que arde desaparece.
No se la enseñé a los demás.
No entonces.
La metí en el bolsillo junto a la pulsera quemada.
Quizá fue una estupidez.
Quizá debí romperla.
Pero necesitaba pruebas.
Y ya empezaba a entender el peligro de necesitar pruebas.
Cuando bajamos, el director seguía en el vestíbulo.
No nos impidió pasar.
Solo se acercó a mí cuando Gon y Nicolás ya habían cruzado la puerta.
—Bruno.
Me detuve.
—No diga mi nombre.
Sonrió sin ganas.
—Se cree distinto porque recuerda.
—No.
—Bien. Porque no lo es.
—Lo sé.
—Escribirlo no lo cerrará.
No le había dicho que pensaba escribirlo.
Ni siquiera lo había pensado del todo.
Aunque quizá, desde el momento en que recuperamos a Nicolás, una parte de mí supo que necesitaba fijar la historia en algún sitio que la isla no pudiera editar.
—¿Quién eres? —pregunté.
El director miró hacia la entrada, donde la luz del sur entraba blanca y turística.
—Alguien que hizo check-out demasiado tarde.
Por primera vez, pareció cansado.
No antiguo.
No siniestro.
Cansado.
—¿Estuviste en La Casa?
—Todos los que trabajamos aquí hemos estado en alguna casa.
—Eso no responde.
—Nunca lo hace.
Dio un paso atrás.
—Váyanse al aeropuerto. No paren por el camino. No entren en bares pequeños. No acepten agua embotellada si no la abren ustedes. No miren miradores aunque sean bonitos.
—¿Nos estás ayudando?
—Estoy cerrando mi turno.
—¿Volveremos a verte?
El director sonrió.
Esta vez con tristeza.
—Si tienen suerte, no.
Salí.
Gon ya había metido las maletas en el coche. Nicolás estaba apoyado en la puerta trasera, mirando sus manos como si aún no se fiara de que fueran sólidas.
—¿Qué quería? —preguntó Gon.
—Que nos fuéramos.
—Por fin alguien sensato.
Subimos al Fiat.
El coche parecía más pequeño que nunca.
Tres tíos, una maleta Eastpak, la mochila de Gon, una maleta vieja, el silencio y todo lo que no sabíamos dónde colocar.
Al salir del parking, miré por el retrovisor.
El director seguía en la puerta de Casa Calima.
Detrás de él, por un segundo, vi a la mujer de las trenzas.
Luego una pareja cruzó por delante con dos maletas de diseño y desapareció.
Condujimos hacia el aeropuerto.
Nadie habló durante casi diez minutos.
La carretera estaba llena de coches de alquiler, autobuses turísticos y taxis. El mar brillaba a la derecha. A la izquierda, la isla subía hacia el interior, seca primero, verde después, hasta perderse en nubes que ya no parecían tan lejanas.
Nicolás rompió el silencio.
—Necesito dormir una semana.
Gon dijo:
—Yo necesito terapia.
—Yo también.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Me miraron.
—Yo necesito escribirlo —dije.
Gon no apartó la vista de la carretera.
—¿Para qué?
Metí la mano en el bolsillo y toqué la pulsera.
Recuerda.
—Para que no se mueva.
Nicolás apoyó la cabeza contra el cristal.
—¿Y si al escribirlo lo dejas entrar?
No respondí.
Porque ya había pensado en eso.
Porque el director acababa de decirlo.
Porque algunas puertas son de papel.
El móvil de Gon vibró.
Un mensaje.
Esta vez no desapareció.
Era de La Fábrica de Ladrillos.
Remitente: Nicolás.
Pero Nicolás tenía el móvil en la mano y no había escrito nada.
El mensaje decía:
¿Paramos cinco minutos?
Gon soltó el móvil como si quemara.
Nicolás se incorporó.
—Yo no he sido.
Lo creímos al instante. Esa fue la parte buena.
Gon siguió conduciendo.
Más rápido.
El aeropuerto apareció al fondo, blanco, enorme, absurdo.
Detrás de nosotros, Tenerife brillaba bajo el sol.
Y en algún lugar de la isla, una carretera secundaria seguía esperando.
Una más y nos vamos.