15. Check-out
El sur de Tenerife nos recibió como si nada hubiera pasado.
Eso era lo que más costaba perdonar.
La autopista bajó dejando atrás las montañas verdes, la niebla y los barrancos. Poco a poco volvieron las rotondas, las urbanizaciones blancas, los supermercados con flotadores en la puerta, los carteles de excursiones en catamarán, los turistas en chanclas cruzando por donde no debían.
El mundo luminoso.
El mundo fácil.
El mundo donde nadie había visto La Casa arder porque La Casa, oficialmente, no existía.
Gon conducía con las dos manos agarradas al volante y la mirada fija en la carretera. Cada pocos minutos miraba por el retrovisor, no para comprobar el tráfico, sino para asegurarse de que Nicolás seguía en el asiento trasero.
Nicolás.
Todavía me costaba pensarlo así.
Pichi seguía ahí, claro. Estaba en su forma de sentarse torcido, en la manera de tocarse el pelo cuando estaba nervioso, en ese impulso de soltar una broma justo cuando más convenía callarse. Pero ahora había otro peso alrededor de él. Un nombre real. Un ancla.
Nicolás iba mirando su propio móvil.
—Sigo teniendo Instagram —dijo de pronto.
Gon casi se salió del carril.
—No digas esas cosas así, joder.
—Era información relevante.
—Información relevante es “sigo teniendo pulso”, no “sigo teniendo Instagram”.
Nicolás deslizó la pantalla.
—Tengo fotos.
—¿Sales tú?
—En algunas.
—¿En algunas?
—En algunas salgo bien. En otras parezco un error de render.
Me giré.
—¿Cómo de error?
Nos enseñó una foto de meses antes, en una cena.
Gon salía con una copa. Yo, con la boca llena, en una pose lamentable.
A nuestra derecha había una silla ocupada por alguien que debía ser Nicolás.
Pero su cara estaba movida, como si la cámara hubiera temblado solo en esa zona. El resto de la imagen era nítido.
—Esto antes no estaba así —dijo Gon.
—No lo sabes.
—Sí lo sé.
—Vale.
Nicolás guardó el móvil.
—No pasa nada.
—No digas eso —dije.
Me miró.
—¿Qué?
—No uses esa frase.
No lo dije fuerte.
Pero el coche se quedó helado.
No pasa nada.
Una de esas frases pequeñas con las que se tapa todo.
Nicolás asintió despacio.
—Vale. Tienes razón.
Seguimos en silencio.
Al llegar a Casa Calima, el reloj del salpicadero marcaba las 11:43.
Diecisiete minutos para el check-out .
La barrera del parking se abrió al leer la matrícula. Entramos. La plaza de la esquina, junto al muro de piedra blanca, estaba libre, como si nos hubiera estado esperando. Gon aparcó, apagó el motor y ninguno se movió.
El hotel se alzaba delante de nosotros, blanco, limpio, silencioso.
La piscina estrecha brillaba al otro lado del patio.
Los cactus proyectaban sombras finas sobre las paredes encaladas.
Una pareja desayunaba tarde bajo una pérgola de madera, y un camarero recogía vasos como si el mundo se redujera a no dejar marcas de agua sobre las mesas.
Nicolás miró la fachada.
—Qué sitio más bonito para ser una puerta al infierno.
—No digas puerta —dijo Gon.
—Perdón.
—Ni infierno.
—Joder, cada vez quedan menos palabras.
—Ese es el tema —dije.
Bajamos del coche.
Al hacerlo, miré el asiento trasero.
Vacío.
El corazón se me paró.
Parpadeé.
Nicolás estaba allí, saliendo por la otra puerta.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
Mentí.
Él lo vio, pero no insistió.
Entramos por la puerta principal.
El aire frío del vestíbulo me golpeó la cara con olor a jabón caro, café y piedra húmeda. Había una pareja haciendo el check-out y una mujer hojeando un libro de arte sobre una mesa baja. Todo era pequeño, caro, cuidado hasta el último detalle. Casa Calima no parecía un hotel que ocultara algo.
Parecía un sitio que jamás habría permitido que algo feo ocurriera dentro.
El director estaba junto al mostrador.
Traje claro.
Sonrisa impecable.
Manos cruzadas delante del cuerpo.
Nos estaba esperando.
Gon lo vio y murmuró:
—No digáis nada raro.
—Define raro —dijo Nicolás.
—Tú callado entero.
—Eso es discriminación.
Pero su voz tembló al final.
Nos pusimos detrás de la pareja. Delante, discutían porque les habían cargado dos desayunos que, según ellos, estaban incluidos. La recepcionista se disculpaba con una paciencia entrenada. El director seguía mirándonos, pero sin acercarse.
Cuando nos tocó, la recepcionista sonrió.
—Buenos días. ¿Habitación?
—Doce —dijo Gon.
Tecleó.
Su sonrisa bajó medio centímetro.
—Habitación 12. Dos huéspedes.
Nicolás se tensó.
Gon miró al director.
—Tres.
La recepcionista volvió a mirar la pantalla.
—Perdón, aquí constan dos.
—Mírelo otra vez.
—Sí, claro.
Tecleó más.
El director se acercó despacio.
—¿Hay algún problema?
Su voz era suave.
Demasiado suave.
Gon dijo:
—Nuestra reserva era para tres.
El director nos miró uno por uno.
A mí.
A Gon.
Y luego pasó sobre Nicolás como si fuera una silla.
No lo ignoró.
Fue peor.
Lo atravesó con la mirada sin verlo.
Nicolás palideció.
—Estoy aquí —dijo.
La recepcionista no reaccionó.
Gon apretó los puños sobre el mostrador.
—Está aquí.
El director inclinó la cabeza.
—Señor, comprendo que hayan tenido una estancia… intensa.
—No empiece —dije.
—Solo intento ayudar.
—No.
La palabra me salió más firme de lo que esperaba.
El director me miró por fin directamente.
—Bruno, ¿verdad?
No le había dicho mi nombre.
—Vamos a hacer el check-out y nos vamos —dije.
—Por supuesto.
Su sonrisa se amplió.
—Dos huéspedes.
Gon sacó el móvil.
—Tres.
Abrió el grupo de WhatsApp.
La Fábrica de Ladrillos.
Participantes: 3.
Bruno.
Gon.
Nicolás.
Lo puso sobre el mostrador.
La recepcionista miró la pantalla.
Frunció el ceño.
Durante un segundo vi el nombre.
Bruno.
Gon.
Nicolás.
Luego la pantalla parpadeó.
Participantes: 2.
Bruno.
Gon.
Nicolás soltó aire, como si le hubieran dado un golpe.
—No.
Gon cogió el móvil.
—No, no, no.
Actualizó.
Nada.
Dos.
El director habló en voz baja:
—A veces, después de una experiencia de estrés, la mente intenta rellenar huecos.
Le di un puñetazo al mostrador.
No muy fuerte.
Suficiente para que la pareja de los desayunos se callara.
—No nos hagas esto.
La recepcionista retrocedió.
El director no se movió.
—¿Hacerles qué?
—Lo ves.
—Veo a dos jóvenes alterados.
—Lo ves.
—Y veo que deberían marcharse antes de perder el vuelo.
Nicolás dio un paso hacia él.
—Mírame.
El director no reaccionó.
—Mírame, cabrón.
Nada.
Nicolás le agarró por la solapa.
O intentó hacerlo.
Sus dedos atravesaron la tela.
No como un fantasma atravesando una pared.
Peor.
Como si la realidad no hubiera decidido todavía si permitir el contacto.
Nicolás miró su mano con horror.
—Bruno.
La pareja de delante empezó a murmurar. La mujer del libro se levantó despacio. La recepcionista miró al director, esperando instrucciones.
Gon se volvió hacia mí con la cara desencajada.
—Haz algo.
La frase fue injusta.
Pero no falsa.
Yo era el que recordaba la voz.
Yo era el que había abierto la puerta.
Yo era el que había dicho la frase.
Metí la mano en el bolsillo y saqué la pulsera azul quemada.
Recuerda.
La puse sobre el mostrador.
El director la miró.
Por primera vez, su sonrisa falló.
—Eso no pertenece aquí.
—Sí pertenece.
—No.
—Nicolás pertenece aquí.
El vestíbulo se enfrió.
No mucho.
Lo justo para que la recepcionista se abrazara a sí misma sin darse cuenta.
Dije su nombre otra vez.
—Nicolás.
La pantalla del ordenador parpadeó.
La recepcionista miró el monitor.
—Un momento…
El director giró hacia ella.
—No toque nada.
Ella apartó las manos del teclado.
—Ha aparecido otra línea.
—No.
—Hay un tercer huésped.
Nicolás cerró los ojos.
Gon apoyó una mano en su espalda.
Esta vez no lo atravesó.
—Nombre —dije.
La recepcionista tragó saliva.
—Nicolás…
Se detuvo.
Las luces del vestíbulo parpadearon.
El director puso una mano sobre el monitor.
—Error del sistema.
—Apellido —insistí.
—No hace falta —dijo él.
—Apellido.
No sabía si yo lo recordaba.
Todavía no.
Pero necesitaba que el mundo lo dijera.
La recepcionista intentó leer.
—Nicolás R…
La pantalla se apagó.
Todo el vestíbulo quedó sin luz.
Un segundo.
Dos.
La luz de emergencia se encendió en rojo.
Y con ella, la música.
Muy baja.
Desde algún lugar de Casa Calima.
No la música del bar.
No la radio.
Las voces.
Las campanas.
La fiesta.
La pareja protestó. La mujer del libro preguntó qué pasaba. El camarero apareció en el patio con una bandeja en las manos y se quedó parado. El director nos miró con odio.
Ya no fingía.
—No deberían haber vuelto.
—Solo queremos irnos —dijo Gon.
—Ya se fueron.
Su voz había cambiado.
No mucho.
Lo justo para que debajo asomara otra cosa.
—Se fueron sin él.
Nicolás dio un paso atrás.
—No le escuches —dije.
El director sonrió.
—¿Qué parte de él trajeron? ¿El nombre? ¿La sombra? ¿El chiste? ¿O solo la culpa suficiente para verlo?
—Cállate —dijo Gon.
—Usted lo ve —dije.
—Claro que lo veo.
El vestíbulo pareció inclinarse.
La gente se quedó congelada.
No quieta como estatuas, sino repetida. La pareja en mitad de un gesto de protesta. La recepcionista mirando la pantalla apagada. El camarero con la bandeja suspendida. La mujer del libro con una página a medio pasar.
Todos detenidos en un segundo que no avanzaba.
El director seguía moviéndose.
Nosotros también.
—Lo veo mejor que ustedes —dijo—. Lo veo como era allí abajo. Sin bromas. Sin nombre. Sin todas esas capas que ustedes le han puesto para no preguntarle de verdad quién era.
Nicolás apretó los dientes.
—Yo sé quién soy.
—¿Ah, sí?
El director se acercó a él.
Ahora sí lo miraba.
Sus ojos tenían un brillo plateado.
—Entonces dilo entero.
Nicolás abrió la boca.
—Me llamo Nicolás.
—Entero.
Silencio.
—No puedes.
Gon intervino.
—No necesita demostrarte nada.
—Necesita demostrarle al mundo que ocupa un lugar. Y el mundo es exigente con los que vuelven.
La música subió.
El vestíbulo empezó a cambiar.
La recepción se alargó hasta parecer la mesa de la fiesta. Las lámparas del techo se volvieron guirnaldas. El suelo de piedra clara adoptó vetas negras, volcánicas. Detrás del director, la pared se abrió mostrando la explanada nocturna.
La fiesta estaba al otro lado.
Esperando.