El Mirador de los Ausentes 14. Lo que vuelve #2
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14. Lo que vuelve #2

Carmen tocó la cara de su hermana con cuidado.

—No tenía ninguna foto de ese día.

Medina apagó el cigarro contra una piedra.

—Vamos.

Carmen guardó la foto sin protestar.

Pero antes de seguir, miró hacia la ruina y dijo:

—Ya no te busco aquí.

No pasó nada.

Y precisamente por eso pareció importante.

Llegamos al coche casi una hora después.

Seguía donde lo habíamos dejado, junto a la señal oxidada del mirador. El Fiat parecía aún más ridículo allí, cubierto de barro en los bajos, con una rama enganchada a la rueda y la capota manchada de tierra negra.

La carretera estaba vacía.

No había coche negro.

No había director de Casa Calima.

No había nadie.

El sol ya había subido.

Tenerife parecía otra.

O quizá era la misma y nosotros éramos los que habíamos cambiado.

Gon abrió el coche con la llave. Esta vez todos nos quedamos quietos antes de subir.

—¿Qué? —preguntó Pichi.

Gon tragó saliva.

—No sé si vas a aparecer en el asiento.

Pichi miró el interior.

—Yo tampoco.

Abrió la puerta trasera y se sentó.

Por un momento, desde fuera, el asiento pareció vacío.

Luego parpadeé.

Y allí estaba.

Pálido, sucio, con la camisa rota, mirándonos con cara de estar a punto de hacer un chiste y arrepentirse.

Gon soltó el aire.

—Vale.

—¿Ves? —dijo Pichi—. Presencia escénica.

—Cállate.

—Vale.

Subimos.

Medina se quedó fuera.

—¿No viene? —pregunté.

Él negó.

—Tengo que llevar a Carmen al pueblo.

—Podemos acercaros.

—No.

Carmen estaba junto a la cuneta, mirando el trozo de mapa que nos había dado. Lo rompió en pedazos pequeños y los dejó caer en la cuneta seca.

—¿Y si necesitamos encontrarle? —preguntó Gon.

Medina me miró.

—No digan mi nombre en Casa Calima.

—¿Otra vez?

—Especialmente ahora.

—¿Por qué?

—Porque si el hotel todavía recuerda algo, intentará cerrar la versión.

—¿El director?

Medina no respondió.

Pichi se inclinó desde el asiento trasero.

—Inspector.

Medina lo miró.

—Gracias.

El inspector se quedó callado un momento.

—No me las dé todavía.

—Ya. Pero por si luego se complica.

Medina asintió.

—No vuelva a beber de vasos que le ofrezcan desconocidas en descampados.

Pichi hizo un gesto de dolor.

—Hostia, inspector, justo ese era mi plan de viernes.

Por primera vez, Medina sonrió de verdad.

Muy poco.

Pero sonrió.

Arrancamos.

Mientras bajábamos por la carretera, Gon puso la radio para llenar el silencio. Sonó estática. Cambió de emisora. Más estática. Otra. Nada.

Al final apagó.

—Mejor no tentar.

Durante varios kilómetros nadie habló.

Miraba por la ventanilla. El norte de Tenerife se abría en curvas verdes, barrancos profundos, casas blancas colgadas de laderas imposibles.

Todo parecía real, pero yo ya sabía que lo real no es una garantía.

Lo real también se agrieta. También se reescribe.

También finge no haber visto caer a nadie.

En una curva, Pichi habló desde atrás.

—Me llamo Nicolás.

El coche dio un pequeño volantazo.

Gon frenó en seco junto al arcén.

—¿Qué?

Pichi miraba sus manos.

—Mi nombre. Creo que me llamo Nicolás.

El silencio fue enorme.

Nicolás.

La palabra entró en el coche y ocupó un sitio que llevaba vacío desde el hotel.

Nicolás.

No Pichi.

Nicolás.

Gon repitió el nombre en voz baja.

—Nicolás.

Yo también.

—Nicolás.

Pichi cerró los ojos.

Al decirlo, algo cambió.

No fuera.

Dentro.

Como si una pieza encajara con un clic pequeño, casi inaudible.

Gon abrió el grupo de WhatsApp.

La Fábrica de Ladrillos.

Durante unos segundos, solo aparecíamos dos participantes.

Luego la pantalla parpadeó.

Participantes: 3.

Bruno.

Gon.

Nicolás.

La foto de perfil de Pichi seguía gris.

Pero el nombre estaba allí.

Gon empezó a llorar otra vez.

—Tío.

Pichi, Nicolás, se limpió la nariz con el dorso de la mano.

—No os acostumbréis. Pichi sigue siendo marca registrada.

Me reí.

Esta vez sí.

Nos reímos los tres.

Mal.

Con miedo.

Con lágrimas.

Con una tristeza pegada a las costillas.

Pero nos reímos.

Y la risa no abrió ninguna puerta.

Seguimos bajando hacia el sur.

El móvil recuperó cobertura cerca de la autopista.

Entraron mensajes.

Correos.

Notificaciones.

El mundo entero reclamándonos como si nada.

Gon recibió un aviso de Casa Calima.

Check-out hasta las 12:00.

Yo recibí un mensaje de mi madre preguntando qué tal por Tenerife.

También tenía tres de Marta.

¿Todo bien?

Lleváis un día entero sin dar señales. Supongo que estaréis haciendo el ridículo, pero confirma que seguís vivos.

Bruno, dime algo cuando puedas.

Nicolás recibió uno de un número desconocido.

El sonido nos congeló.

Él miró la pantalla.

—Tranquilos.

—¿Quién es? —pregunté.

Giró el móvil.

Era un mensaje sin remitente visible.

Solo texto.

BIENVENIDO DE VUELTA, NICOLÁS.

Debajo, tres puntos.

Como si alguien siguiera escribiendo.

Esperamos.

Uno.

Dos.

Tres segundos.

Apareció otra línea.

RECUERDA QUE VOLVER NO ES LO MISMO QUE SALIR.

El mensaje desapareció.

No se borró.

Desapareció, como si nunca hubiera llegado.

Nadie dijo nada.

Gon volvió a incorporarse a la carretera.

El sol entraba por el parabrisas.

Tenerife Sur apareció a lo lejos, con sus hoteles blancos, sus piscinas azules y sus avenidas llenas de turistas.

Desde fuera, todo parecía normal.

Quizá por eso daba tanto miedo volver.

Porque si la isla podía devolvernos a Nicolás, ¿quién nos aseguraba que no se había quedado con algo más?