14. Lo que vuelve
Salimos al Mirador de los Ausentes justo cuando el sol empezaba a levantar detrás de las montañas.
Tardé unos segundos en entender dónde estaba.
La luz era demasiado limpia.
Después de los pasillos de La Casa, de las velas negras, de la música y los nombres ardiendo en las paredes, aquella claridad parecía falsa.
El cielo tenía un azul pálido, casi transparente, y las nubes se deshacían sobre las laderas verdes del norte de Tenerife como humo limpio.
Abajo, muy lejos, se oía el mar rompiendo contra los acantilados — el mismo sonido de la primera vez, pero ahora no sonaba a amenaza.
Sonaba a que seguíamos vivos para oírlo.
El aire olía a sal, tierra mojada y vegetación húmeda.
No a flores podridas.
No a bebida dulce.
No a humo.
A mañana.
Caí de rodillas sobre la roca negra.
Gon salió detrás de mí y se desplomó de lado, respirando como si acabara de cruzar el fondo del mar. Pichi apareció después, tambaleándose. Durante un instante pensé que no iba a aguantar. Di un paso para sujetarlo, pero él levantó una mano.
—No —dijo—. Puedo.
La palabra salió rota.
Pero salió.
Medina fue el último en cruzar, con Carmen agarrada a su brazo. La ayudó a sentarse en el banco de piedra. Ella no dijo nada. Miraba el horizonte con los ojos muy abiertos, como si temiera que la luz desapareciera si parpadeaba.
Detrás de nosotros ya no había puerta.
Tampoco estaba La Casa.
Solo el sendero entre los árboles.
El mismo por el que habíamos llegado. Estrecho, húmedo, casi cubierto por raíces. Pero ahora parecía un camino normal. Abandonado, sí. Viejo. Mal señalizado. Pero normal.
Me giré hacia el centro del mirador.
La espiral había desaparecido.
No quedaban piedras blancas.
Ni vasos.
Ni mochila.
Ni pulsera azul atada a la barandilla.
Solo roca.
Una roca negra, agrietada por los años, con manchas de liquen y polvo.
Gon se incorporó despacio.
—¿Se ha acabado?
Nadie respondió.
Era demasiado pronto para una mentira tan grande.
Medina caminó hasta la barandilla. La miró largo rato. Luego sacó del bolsillo el arma quemada, aquella pieza negra e inútil que había quedado después de su verdad, y la dejó sobre el borde.
—Para mí sí —dijo.
Carmen lo miró.
—¿De verdad?
Él tardó en contestar.
—No.
Casi sonrió.
—Pero hoy voy a fingir que sí lo suficiente para bajar de aquí.
A Pichi se le escapó una risa corta.
Una risa real.
No alegre.
Real.
Y por eso fue lo primero que me hizo llorar.
No el fuego, ni la salida, ni el amanecer.
Esa risa.
La risa de alguien que todavía estaba allí.
Me tapé la cara con las manos.
Intenté controlarlo. No por orgullo, sino porque me daba miedo que si lloraba demasiado algo se rompiera de nuevo. Pero no pude. Lloré de rodillas, con la frente casi tocando la roca, mientras el sol subía y la isla recuperaba colores.
Sentí una mano en mi hombro.
Pensé que era Gon.
Era Pichi.
—No empieces con el drama, hermano —dijo.
La frase era suya.
El tono también.
Pero había algo distinto.
Una pausa al final.
Como si ahora supiera exactamente cuánto podía esconderse dentro de una broma.
Me limpié la cara.
—Eres imbécil.
—Sí.
—Pero estás aquí.
Pichi miró alrededor.
—Eso parece.
Gon se levantó y fue hacia él.
Por un instante ninguno de los dos supo qué hacer. Antes se habrían dado un abrazo exagerado, un golpe en la espalda, algún comentario idiota para no dejar que la emoción ocupara demasiado espacio.
Esta vez Gon lo abrazó sin chiste.
Fuerte.
Pichi se quedó rígido al principio. Luego cedió. Apoyó la frente en el hombro de Gon y cerró los ojos.
—Me acuerdo —dijo Gon.
—¿De qué?
—De reírme.
Pichi tragó saliva.
—Yo también.
—Lo siento.
—Ya.
—No digo “lo siento” para que me perdones.
—Bien.
—Lo digo porque… joder, porque lo siento.
Pichi asintió contra su hombro.
—Vale.
No hubo más.
Fue suficiente.
Carmen se levantó del banco y caminó hasta el lugar donde antes había estado la espiral. Se agachó con dificultad y tocó la roca con la palma abierta.
—Ya no canta —murmuró.
Medina se acercó.
—¿Seguro?
—No.
—Carmen.
—No estoy segura de nada. Pero ahora mismo no canta.
El inspector miró hacia el sendero.
—Tenemos que irnos antes de que alguien venga.
Gon soltó a Pichi.
—¿Quién va a venir?
Medina no contestó.
Carmen sí.
—Los lugares no son peligrosos solo por lo que guardan. También por la gente que vuelve a buscarlos.
Pensé en el director de Casa Calima. En la mujer de las trenzas. En la de blanco. En todos los que habían usado La Casa, o habían sido usados por ella, o habían confundido una cosa con la otra.
—¿La hemos destruido? —pregunté.
Medina miró el sendero.
—Hemos quemado vuestra puerta.
—¿Solo la nuestra?
—Quizá algo más.
—Pero no todo.
—Nunca todo.
La respuesta me cabreó.
No porque fuera fría.
Porque sonaba verdadera.
—Entonces puede volver a pasar.
—Sí.
—A otros.
—Sí.
—¿Y ya está?
Medina se giró hacia mí.
Tenía la cara agotada, la camisa seca de sangre oscura, los ojos hundidos. Parecía menos inspector que superviviente.
—No, Bruno. No “ya está”. Pero usted ha pasado una noche dentro y ya quiere una victoria limpia. Eso también es una forma de no entender nada.
No respondí.
Me dolió porque tenía razón.
Yo quería que arder La Casa significara algo definitivo. Que el amanecer certificara un final. Que Pichi de pie, Gon recordando y yo aún entero fueran prueba de que habíamos ganado.
Pero la vida no funciona así.
Ni siquiera cuando una casa arde detrás de ti.
Pichi se acercó a la barandilla.
Miró al barranco.
Un momento se me paró el corazón.
—Eh —dije.
Él levantó una mano sin girarse.
—Tranqui.
—No me digas tranqui al borde de un barranco.
—Vale.
Se apartó un paso.
Luego otro.
—No oigo música —dijo.
Gon respiró hondo.
—Bien.
—Pero echo de menos una cosa.
El silencio que siguió fue delicado.
Nadie quiso preguntar.
Al final lo hice yo.
—¿Qué cosa?
Pichi tardó.
—El alivio.
Lo dijo mirando al mar.
No a nosotros.
—Allí abajo, o dentro, o donde coño estuviera… había momentos en que no dolía nada. Ya sé que era mentira. Ya sé que era una trampa. Pero no dolía.
Gon bajó la mirada.
Yo tampoco supe qué decir.
Pensé en sus mensajes de Madrid. En las veces que había contestado tarde. En los audios que escuché a medias. En todas las veces que me dije que ya se le pasaría.
Pero Nicolás ya venía roto.
Y yo lo sabía.
Medina sí supo qué decir.
—Lo echará de menos.
Pichi se giró hacia él.
—Vaya ánimo, inspector.
—No se lo digo para hundirlo.
—Pues le sale natural.
Medina casi sonrió.
—Se lo digo para que cuando lo eche de menos no piense que significa que quiere volver. A veces uno echa de menos incluso lo que casi lo mata.
Pichi asintió despacio.
—Tiene sentido.
—Demasiado, por desgracia.
Carmen sacó algo del bolsillo.
La pulsera azul.
No la de Pichi.
La mía.
La que había aparecido con mi nombre.
Estaba quemada por los bordes, pero seguía entera.
—Esto estaba en la sala —dijo.
Me la ofreció.
—No la quiero.
—Por eso debe llevársela.
No la cogí.
Carmen me miró con dureza.
—No como castigo. Como prueba.
—¿Prueba de qué?
—De que salió.
Al final la acepté.
El plástico estaba tibio.
En la zona donde antes estaba escrito mi nombre, el rotulador se había corrido. Ya no decía Bruno. Solo quedaba una mancha negra. Pero al girarla vi algo en la parte interior.
Una palabra escrita en letra pequeña.
Recuerda.
No estaba antes.
O quizá sí.
Ya no confiaba en los “antes”.
Guardé la pulsera en el bolsillo.
—¿Y ahora qué? —preguntó Gon.
Medina miró hacia el sendero.
—Ahora bajan al coche. Vuelven a Casa Calima, recogen sus cosas y se van al aeropuerto.
—¿Así sin más?
—No será sin más.
—¿Y la policía?
El inspector soltó el aire por la nariz, mitad risa, mitad desprecio.
—Yo soy la policía.
—Ya. Pero esto…
—Esto no va a entrar en ningún informe.
—¿Y Pichi?
Todos lo miramos.
Pichi frunció el ceño.
—¿Qué pasa conmigo?
Gon sacó el móvil.
No tenía cobertura.
Pero abrió la galería.
Buscó fotos.
La puerta de embarque.
El avión.
El Fiat 500C.
Casa Calima.
En algunas seguíamos siendo dos.
Gon y yo.
En otras había una sombra borrosa en el lugar donde debía estar Pichi. No una persona. Una mancha. Un error de enfoque. Algo que el móvil no sabía interpretar.
—Joder —susurró Gon.
Pichi cogió el teléfono.
Pasó las imágenes con el pulgar.
No dijo nada.
Hasta llegar a una foto del aeropuerto.
Gon salía de espaldas comprando agua. Yo miraba una pantalla de salidas. Entre los dos había una maleta vieja apoyada en el suelo.
La maleta de Pichi.
Pero él no aparecía.
Pichi hizo zoom.
Nada.
—Igual soy feo para la cámara —dijo.
Nadie se rió.
Él tampoco.
Carmen se acercó.
—A veces el mundo tarda en recolocar a los que vuelven.
—¿Y si no lo recoloca? —pregunté.
—Entonces tendrán que insistir.
—¿Cómo?
—Nombrándolo. Tocándolo. Guardando pruebas. Creyendo incluso cuando sea incómodo.
Pichi devolvió el móvil a Gon.
—Qué pereza voy a dar.
Gon lo miró serio.
—Sí.
Pichi sonrió apenas.
—Bien.
Empezamos a bajar.
El sendero, esta vez, no intentó devolvernos al mirador. No hubo voces detrás. No llamó mi madre. No llamó Pichi desde el barranco. No hubo piedras blancas, ni vasos, ni música.
Solo barro.
Ramas.
Insectos.
El sonido real de nuestros pasos.
A mitad de camino, Carmen se detuvo.
—Aquí.
No vimos nada al principio.
Luego distinguí, entre los árboles, unos restos negros.
Vigas quemadas.
Piedras caídas.
Un muro medio derrumbado cubierto de hiedra.
La Casa.
O lo que quedaba de ella.
Desde fuera parecía llevar quemada muchos años.
Quizá décadas.
No salía humo.
No había brasas.
Solo una ruina antigua, escondida entre el monte del norte de Tenerife.
Gon se acercó un paso.
—¿Ha ardido ahora o ya estaba así?
Medina se encendió un cigarro con manos torpes.
—Sí.
—Eso no responde.
—Es la única respuesta que tengo.
Carmen se agachó y recogió algo del suelo.
Una fotografía chamuscada.
La limpió con el pulgar.
Se quedó mirándola.
—¿Qué es? —pregunté.
Nos la enseñó.
La imagen estaba casi destruida. Solo se veía un banco de piedra, un trozo de barandilla y dos chicas jóvenes sentadas juntas, sonriendo a cámara.
Una era Alba.
La otra, Carmen.
Joven.
Vivísima.