13. Los nombres en la pared #3
—Uno de vosotros debe entregar el recuerdo completo.
—¿Qué significa eso? —preguntó Gon.
La de blanco no apartó los ojos de mí.
—Que todos saldrán. Pichi volverá. Gon recordará. La Casa perderá vuestra noche. Pero uno no recordará nada de esto. Ni la fiesta. Ni la culpa. Ni La Casa. Ni el precio.
—Eso no suena tan mal —murmuró Pichi.
Medina lo miró.
—Sí suena mal.
Carmen asintió.
—Sin recuerdo no hay cierre. Solo hueco.
La de blanco sonrió.
—Exacto.
Me miró.
—Y si Bruno entrega el recuerdo, deja de abrir la puerta.
Silencio.
La propuesta era perfecta.
Demasiado perfecta.
Yo olvidaba.
Pichi volvía.
Gon recordaba.
La Casa perdía mi voz.
Y yo quedaba libre.
Libre de la noche.
Libre de la frase.
Libre de la culpa.
Libre incluso de saber que había elegido olvidar.
—No —dijo Gon.
—Es decisión suya —respondió la de blanco.
Pichi se acercó a mí.
—Bruno.
No sabía qué decir.
Porque una parte de mí quería aceptar.
Una parte enorme.
Cansada.
Cobarde.
Humana.
Entregar el recuerdo completo. Salir limpio. Despertar quizá en Casa Calima, quizá en Madrid, con una sensación rara que no sabría explicar. Ver a Pichi vivo y no entender por qué me daban ganas de llorar.
—No lo hagas —dijo Gon.
—Si lo hago, se acaba.
—Para ti.
—Para todos.
—No. Para ti se borra. Para nosotros se queda.
Pichi me miró con una seriedad que no le había visto nunca.
—Yo no quiero volver a costa de que tú no sepas qué pasó.
—Tampoco quieres quedarte.
—No.
—Pues igual es el precio.
—Eso lo dice ella.
La de blanco abrió los brazos.
—No tienen mucho tiempo.
La sala empezó a arder por los bordes.
Pero el fuego no consumía.
Solo iluminaba las paredes llenas de nombres.
Medina habló entonces.
—Hay otra forma.
La de blanco dejó de sonreír.
—Inspector.
—El recuerdo completo no tiene que entregarlo uno solo.
Carmen lo miró con terror, no con sorpresa. Como si esa posibilidad también se le hubiera ocurrido y hubiera decidido no decirla.
—Medina, no.
—Puede romperse entre varios.
—No sabes si sobrevivirán.
—No. Pero sé que La Casa no soporta que una culpa deje de pertenecerle a una sola persona.
No lo decidimos como quien reparte tareas. No hubo una lista clara ni un gesto heroico. Fue más sucio que eso. Más humano. La Casa nos puso delante aquello de lo que cada uno llevaba horas huyendo, y cada uno entendió lo suyo.
A mí me llegó primero la frase. No escrita en la pared, sino en la garganta, buscando volver a sonar como aquella noche.
Te lo regalo.
Ya no podía fingir que era solo una broma.
Gon oyó su risa antes de entenderla. La misma risa ligera, borracha, cómplice, repetida desde alguna habitación abierta. Se le fue la sangre de la cara. No preguntó qué tenía que entregar. Ya lo sabía.
Pichi cerró los ojos cuando la música cambió. No era miedo lo que le cruzó la cara, sino nostalgia. El alivio. La parte de él que todavía recordaba lo fácil que era no doler.
Carmen miró hacia un borde que no estaba allí y susurró el nombre de su hermana sin intentar retenerla.
Medina apoyó la mano sobre la mesa, junto al metal negro de su pistola quemada, y bajó la cabeza como quien deja por fin de escuchar una llamada.
La de blanco retrocedió un paso.
Por primera vez, parecía preocupada.
La Casa crujió.
Fuerte.
Las velas se apagaron una a una.
Solo quedó la dorada.
La de blanco habló con una voz que ya no era humana:
—No podéis.
Medina nos miró.
—Manos a la mesa.
Lo hicimos.
Carmen.
Medina.
Gon.
Pichi.
Yo.
Cinco manos alrededor de los restos quemados: ceniza de la libreta, plástico azul, metal negro de la pistola, hilo rojo carbonizado, la tarjeta blanca reducida a polvo — y, en el centro, los tres vasos que llevaban toda la noche vacíos, ahora llenos hasta el borde de un líquido oscuro que nadie había visto verter.
La espiral del suelo empezó a girar.
La música subió.
Mi voz apareció de nuevo.
Te lo regalo.
Esta vez no venía de las paredes.
Venía de mí.
De dentro.
La frase se abrió paso por mi garganta, buscando salir como aquella noche.
Pero la agarré.
No con la boca.
Con algo más profundo.
La dije despacio:
—Te lo regalo.
Y después añadí:
—Fue mío.
La Casa se sacudió.
Gon apretó la mandíbula.
Su risa apareció en la sala.
Ligera.
Borracha.
Cómplice.
Él la escuchó hasta el final sin cerrar los ojos.
—Me reí —dijo—. Y eso también fue mío.
Pichi tembló.
La música cambió.
Su voz sonó desde la fiesta:
Yo me quedaba para siempre.
Pichi lloró.
—Quise desaparecer —dijo—. Y eso era mío.
Carmen susurró:
—El borde no era mi hermana.
Medina dijo:
—La búsqueda no era mi hija.
La vela dorada se volvió blanca.
No naranja.
Blanca.
La de blanco gritó.
La sala circular empezó a arder de verdad.
Fuego en las paredes.
Fuego en los nombres.
Fuego en las puertas.
Pero no olía a madera quemada.
Olía a lluvia.
A tierra limpia.
A algo cerrado por fin.
—¡Ahora! —gritó Medina.
La puerta de la sala se abrió sola.
Al otro lado no estaba el pasillo.
Estaba el exterior.
El Mirador de los Ausentes.
Amaneciendo.
Corrimos hacia la luz.
La Casa ardía detrás de nosotros.
Y esta vez sí parecía una casa.
Solo una casa vieja.
Llena de fuego.