13. Los nombres en la pared #2
—Mi verdad es que usé a mi hija como excusa para no volver a ser padre.
Cuando desapareció, todo el mundo me llamó víctima, y yo me escondí ahí: en el dolor, en la investigación, en la búsqueda.
Dejé de querer a los vivos porque los muertos no me pedían nada nuevo.
Mi hija estaba perdida antes de desaparecer.
Yo lo vi. Vi que se alejaba, que hablaba menos, que sonreía como si me debiera una versión tranquila de ella misma.
Y no pregunté lo suficiente porque tenía miedo de la respuesta.
Su voz se rompió.
—No maté a mi hija. Pero tampoco la escuché cuando todavía era tiempo.
El metal del arma se puso rojo. Medina apartó la mano con un gesto de dolor. La pistola ardió desde dentro hasta convertirse en una pieza negra, inútil.
Otra zona de la pared se borró. La Casa volvió a gemir, esta vez más fuerte.
—¿La encontró alguna vez? —preguntó Pichi.
—Sí.
—¿Y?
—Me pidió que dejara de buscarla como si fuera una prueba. Que la recordara como hija.
La tercera vela se encendió.
Gon dio un paso atrás.
—Yo no.
—Sí —dije.
—No sé qué decir.
Carmen lo miró con dureza.
—Eso casi siempre es mentira.
Gon se rió sin ganas.
—Gracias, Carmen.
Pero avanzó.
Puso una mano sobre la pulsera azul de Casa Calima.
La pulsera de Pichi.
—Mi verdad es que me dio alivio olvidarlo.
Pichi levantó la cabeza.
Gon no pudo mirarlo.
—Cuando esta mañana no me acordaba de ti, me asusté. Mucho. Pero también… durante un segundo, descansé. Porque si tú no existías, entonces no te habíamos dejado. Si tú no existías, Bruno no había dicho nada. Si tú no existías, yo no me había reído.
La llama negra empezó a aclararse.
—Y cuando empecé a recordarte, una parte de mí quiso parar. Quiso que Bruno fuera el loco, que el hotel tuviera razón, que fuéramos solo dos amigos con una mala resaca. Porque recordar te traía de vuelta, sí, pero también traía de vuelta mi parte.
Pichi lloraba.
Gon seguía sin mirarlo.
—Yo no hice la frase. Pero me reí. Y después me fui. Y luego casi preferí un mundo sin ti antes que un mundo donde yo también tenía culpa.
La pulsera azul ardió.
No toda.
Solo el nombre escrito en rotulador negro.
Pichi.
La tinta se quemó, pero la pulsera quedó.
Vacía.
Azul.
Esperando un nombre real.
Otra parte de la pared se borró.
La Casa tembló.
La cuarta vela se encendió.
Pichi se levantó con esfuerzo.
—Me toca.
—No tienes que hacerlo —dije.
Él me miró.
—Eso suena a decidir por mí otra vez.
Me callé.
Pichi apoyó la mano sobre la libreta.
Durante unos segundos, solo respiró.
—Mi verdad es que me gustó que me eligieran.
La sala se enfrió.
Incluso Medina levantó la cabeza.
Pichi sonrió sin humor.
—Eso es lo peor, ¿no? Que no fue solo que me atraparan. No fue solo que Bruno dijera una gilipollez o que Gon se riera. Cuando ella me miró como si yo fuera especial, me gustó.
La llama negra se volvió naranja, pero muy lentamente.
—Me gustó que una desconocida en una fiesta imposible me viera. Me gustó que me dijera que yo no tenía que volver si no quería. Me gustó pensar que podía desaparecer y que eso, por una vez, iba a parecer misterioso en vez de triste.
Gon cerró los ojos.
—Yo dije que me quedaba para siempre porque una parte de mí quería que alguien me tomara en serio incluso en eso. Aunque fuera una secta muerta. Aunque fuera una isla comiéndose gente. Aunque fuera una trampa.
La libreta empezó a arder por la esquina.
—Pero también es verdad que quiero volver. No porque esté curado, ni porque ahora todo vaya a ser profundo y bonito. Quiero volver porque quiero tener derecho a estar mal sin convertirme en fantasma.
La libreta ardió más fuerte.
Pichi puso la otra mano encima, aguantando el calor.
—Y quiero mi nombre. Aunque ahora no me acuerde.
La libreta se cerró sola.
El fuego la envolvió entera.
No se convirtió en ceniza.
Se convirtió en humo blanco, que subió hasta el techo y desapareció.
La pared borró otro tramo de nombres.
Quedaba el mío.
Bruno.
Primero, la frase apareció como un susurro.
Te lo regalo.
Después, como una carcajada lejana.
Te lo regalo.
Y por último, como mi propia voz pegada a la piedra.
Te lo regalo.
La quinta vela se encendió.
No negra.
Dorada.
El color de la bebida.
Todos me miraron.
La Casa también.
Lo sentí.
Como una atención enorme, antigua, hambrienta.
Me acerqué a la mesa.
Solo quedaban dos objetos intactos: la tarjeta del Mirador de los Ausentes y el hilo rojo.
Puse la mano sobre el hilo.
Estaba mojado.
Frío.
—Mi verdad es que no sé si quiero ser perdonado —dije.
La vela no cambió.
Seguí.
—Parte de mí quiere que Pichi me diga que no pasa nada. Que Gon me diga que cualquiera habría hecho lo mismo. Que Medina me diga que la deuda no entiende de intención. Que Carmen me diga que la verdad quema y ya está. Quiero una frase que me saque de encima lo que hice.
La llama siguió dorada.
La Casa esperaba.
—Pero otra parte de mí no quiere perdón. Quiere castigo. Porque el castigo es más fácil que cambiar. Si me quedo siendo el culpable, no tengo que aprender a ser amigo de otra manera. Solo tengo que sufrir y llamarlo justicia.
La llama tembló.
Un borde naranja apareció en el centro.
—Dije te lo regalo. Y la frase fue mía. Pero Pichi no era mío. Nunca lo fue. Ni para salvarlo. Ni para entregarlo. Ni para usar mi culpa como si fuera más importante que su dolor.
La tarjeta blanca empezó a arder.
El Mirador de los Ausentes.
Vengan antes de que anochezca.
Las letras se retorcieron.
—Mi verdad es que quiero salir de aquí con él, pero no para que todo vuelva a ser igual. Si vuelve, no me debe perdón. No me debe seguir siendo el mismo. No me debe hacer sentir mejor.
Miré a Pichi.
—Y si algún día no quiere verme, también tendrá derecho.
Él no dijo nada.
La vela se volvió naranja.
El hilo rojo ardió en mi mano sin quemarme.
—Pero mientras yo me acuerde, no dejaré que este sitio use mi voz para abrir otra puerta.
La sala tembló.
La pared donde estaba mi nombre se agrietó.
Bruno siguió escrito.
Pero debajo apareció algo nuevo.
NO BASTA.
La de blanco habló desde la puerta.
—Muy bien, Bruno.
Nos giramos.
Estaba allí.
Sola.
La mujer de las trenzas ya no estaba. Los ausentes tampoco. Solo ella, de pie en el umbral, con el vestido blanco manchado ahora por ceniza.
—Has dicho una verdad bonita.
Medina dio un paso hacia ella.
—La Casa está ardiendo.
—No.
La de blanco levantó una mano y tocó la pared.
Las grietas se cerraron.
Algunos nombres volvieron a aparecer.
No todos.
Pero sí algunos.
—La Casa ha soltado peso. Eso no es arder. Eso es respirar.
Carmen palideció.
—No.
—Sí.
La de blanco me miró.
—Soltar peso no es lo mismo que pagar. Para quemarla hace falta una pérdida.
Pichi negó con la cabeza.
—No.
—Siempre lo habéis sabido. La mentira entrega a otro. La verdad entrega algo propio.
—No escuchéis —dijo Medina.
Pero su voz no sonó segura.
La de blanco caminó lentamente hacia la mesa.
Las velas se inclinaron hacia ella.
—¿Qué quieres? —pregunté.
—No lo que quiero yo. Lo que exige la puerta.
El suelo de la sala se abrió en una espiral.
No grande.
Lo justo para mostrar oscuridad debajo.
La música empezó a subir desde allí.