13. Los nombres en la pared
—Tenemos que quemar La Casa —dijo Medina.
Nadie respondió.
Durante unos segundos, solo se oyeron las puertas abiertas del pasillo. Todas a la vez. Todas respirando. No crujían como madera vieja; inspiraban despacio, como si estuvieran oliéndonos.
En cada habitación ardía una versión distinta de nuestra noche.
La fiesta en la explanada.
La terraza de Casa Calima.
El Mirador de los Ausentes.
El Fiat 500C cubierto de tierra negra.
El patio blanco del hotel, con sus cactus quietos y su piscina azul como una herida.
Y en todas, mi voz.
Te lo regalo.
Te lo regalo.
Te lo regalo.
La frase iba cambiando de cuarto en cuarto. En uno era una broma borracha. En otro, una sentencia. Más allá sonaba pequeña, casi infantil. Luego llegaba rota, como si la dijera un muerto.
Gon se tapó los oídos.
—Haz que pare.
—No puedo —dije.
Pichi estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared. Respiraba mejor, pero tenía la piel gris y los labios casi blancos. Sus ojos no paraban de moverse hacia las habitaciones abiertas.
—No la queméis —susurró.
Medina lo miró.
—¿Qué?
Pichi tragó saliva.
—No la queméis.
—¿Por qué?
—Porque hay gente dentro.
Carmen cerró los ojos.
Medina no dijo nada.
—Los he visto —continuó Pichi—. No todos son como ella. No todos quieren retener a nadie. Hay gente perdida. Gente que ni siquiera sabe que está aquí. Si quemáis la casa…
—No es una casa —dijo Medina.
—Para ellos sí.
La frase cayó pesada.
Carmen miró el pasillo con una expresión que no supe leer. Tal vez pensaba en su hermana. Tal vez en todas las versiones de Alba que aquel sitio había usado durante años.
—Tu amigo tiene razón —dijo al fin.
Medina se giró hacia ella.
—No empieces.
—Quemarla sin más no sirve.
—Lo hemos intentado todo menos eso.
—Tú has intentado todo lo que te permitía seguir odiándola.
Medina apretó la mandíbula.
—Carmen.
—No. Ya no.
La mujer dio un paso hacia él. Parecía más vieja que en la oficina de turismo, pero también más firme. Como si haber visto a Alba desaparecer de nuevo le hubiera quitado algo que ya no necesitaba.
—Diez años queriendo destruir este sitio —dijo—. Diez años pensando que si ardía La Casa, ardía la culpa. Pero La Casa no empezó con velas ni con paredes. Empezó con una mentira.
Medina no contestó.
—El fuego normal solo quema madera —continuó Carmen—. Esto se alimenta de lo que escondemos. Si quieres quemarla, hay que quitarle comida.
Gon bajó las manos de los oídos.
—¿Y eso cómo se hace?
Carmen miró las puertas abiertas.
—Con verdad.
La Casa respondió.
No con palabras.
Con una carcajada.
Salió de las paredes, del techo, del suelo, de las habitaciones. Cientos de voces riendo a la vez. Algunas jóvenes. Algunas viejas. Algunas nuestras.
La de blanco apareció al final del pasillo.
No estaba sola.
Detrás de ella venía la mujer de las trenzas. Y detrás, muchas más figuras. Ausentes. Jóvenes de La Casa del Alba, turistas perdidos, sombras con ropa de otras décadas, caras que aparecían y desaparecían como si el recuerdo no tuviera fuerza suficiente para mantenerlas enteras.
La de blanco sonrió.
—Qué bonito. Van a salvarse diciendo verdades.
Medina levantó la pistola.
—No des un paso más.
Ella miró el arma con aburrimiento.
—Solo te queda una bala.
Medina no respondió.
—Y ya sabes que no sangro.
—Pero molesta.
La de blanco rió.
La mujer de las trenzas, en cambio, me miraba solo a mí.
—Bruno abrió la puerta —dijo—. Bruno tiene que cerrarla.
Gon se adelantó.
—Bruno no tiene que hacer nada solo.
—Siempre hay uno que habla por los demás.
—Y siempre hay una muerta dando por culo desde el fondo del pasillo.
La mujer de las trenzas giró la cabeza lentamente hacia él.
Por un segundo pensé que Gon había cometido un error irreparable.
Pero desde el suelo, a Pichi se le escapó algo parecido a una risa.
—Ese es Gon.
La Casa tembló.
No mucho.
Lo suficiente.
Medina lo notó.
—Otra vez.
Gon frunció el ceño.
—¿Qué?
—Dilo otra vez.
Gon miró a Pichi.
—¿Que ese es Gon?
—No. Tu nombre.
Pichi entendió antes que nosotros.
—Gon —dijo.
La pared más cercana crujió.
La lista de nombres apareció sobre la piedra, como antes. Pichi tachado. Bruno escrito entero. Y ahora, debajo, una mancha intentando formar otra palabra.
Gon.
Pero no terminaba de fijarse.
—Nombres —dijo Carmen—. Aquí los nombres pesan.
—Por eso usa motes —murmuró Medina.
Miré a Pichi.
Pichi.
No su nombre real.
La Casa no le había escrito con DNI, ni apellidos, ni historia completa. Le había agarrado por el nombre con el que lo llamábamos cuando no queríamos ponernos serios.
—Necesitamos tu nombre —le dije.
Pichi me miró.
—¿Cuál?
La pregunta me dolió.
Porque no era una broma.
—El real.
Pichi abrió la boca.
Nada.
La de blanco sonrió.
—Demasiado tarde.
—No —dijo Gon.
Se agachó delante de él.
—Mírame.
Pichi lo hizo.
—Tú te llamas… —Gon se detuvo.
Se le borró la cara.
—No.
—Gon —dije.
—Lo sabía.
—Piensa.
—Lo sabía, joder.
La Casa rió otra vez, más baja.
Yo busqué en mi cabeza.
Su nombre real.
Lo había sabido toda la vida. Lo había visto en grupos de WhatsApp, billetes, cenas, invitaciones, bromas, mil contextos absurdos. Pero cuando intentaba agarrarlo, encontraba hueco. Una zona lisa. Como si alguien hubiera pasado una esponja por dentro de mi memoria.
Pichi cerró los ojos.
—No pasa nada.
—Sí pasa —dijo Gon.
—Igual soy Pichi y ya.
—No.
—Tampoco estaba tan mal.
—Calla.
Pichi sonrió apenas.
—¿Ves? Siempre funciona.
Gon le agarró la nuca.
—No. Ya no te voy a dejar esconderte ahí. Ni aunque lo uses de chiste. Ni aunque me incomode. Ni aunque no sepa qué decir.
La Casa dejó de reír.
Gon habló despacio, como si cada palabra tuviera que atravesar una pared.
—Eres mi amigo. No mi colega gracioso. No el que anima el grupo. No el que se apunta a todo. Mi amigo. Y no me acuerdo de tu nombre ahora mismo porque este sitio nos lo está robando, no porque no me importe.
Pichi lo miraba con los ojos húmedos.
—Y cuando salgamos —siguió Gon—, te lo voy a preguntar. Y tú me lo vas a decir. Y si no quieres, pues me dices que me vaya a la mierda. Pero no voy a dejar que esto decida quién eres por nosotros.
Algo se encendió en la pared.
La mancha bajo mi nombre desapareció.
Gon no quedó escrito.
La Casa no había podido cogerlo.
Carmen susurró:
—Eso es.
—¿Qué? —pregunté.
—Verdad sin entrega.
La de blanco dejó de sonreír.
Medina nos miró a los tres.
—Tenemos que hacerlo dentro.
—¿Dentro de dónde? —preguntó Gon.
La respuesta llegó sola.
Todas las puertas del pasillo se cerraron de golpe salvo una.
La del fondo.
La única que no enseñaba una versión de nuestra noche.
Detrás había una sala grande, circular, iluminada por velas negras.
En el centro, una mesa de madera.
Sobre la mesa: la libreta de Pichi, la tarjeta del Mirador de los Ausentes, la pulsera azul de Casa Calima, el hilo rojo, las fotos antiguas de La Casa del Alba y tres vasos vacíos.
Bajo la mesa, tallada en la piedra del suelo, había una espiral. La misma que en el mirador. La misma que habíamos pisado en la fiesta sin verla. Como si la sala no fuera un sitio nuevo, sino el centro exacto de todos los demás.
—La sala principal —dijo Medina.
—¿Eso estaba ahí antes? —preguntó Gon.
Carmen negó.
—Está porque ahora la necesitamos.
—Qué detalle.
La de blanco se apartó, dejando libre el camino.
—Entren entonces.
No había burla en su voz.
Eso me dio más miedo.
Avanzamos.
Medina primero, Carmen detrás, luego Gon ayudando a Pichi y yo cerrando. Al pasar junto a la de blanco, noté un frío húmedo pegándoseme al oído.
—La verdad no los va a salvar de ustedes mismos —susurró.
No respondí.
Pero ella rió, porque sabía que la había oído.
Entramos en la sala circular.
La puerta se cerró detrás de nosotros.
El ruido del pasillo desapareció.
La sala no tenía ventanas. Las paredes estaban cubiertas de nombres escritos unos encima de otros. Algunos recientes. Otros tan antiguos que parecían arañazos. Había nombres completos, motes, iniciales, apodos, frases.
Mamá.
El chico de la curva.
La niña del vestido amarillo.
Nadie.
Yo.
El que se fue.
Pichi.
Bruno.
Te lo regalo.
Me acerqué a la mesa.
La libreta estaba abierta por una página en blanco.
Medina apoyó la pistola junto a ella.
—No se quema con fuego normal —dijo Carmen.
—¿Entonces con qué? —preguntó Gon.
Carmen miró las paredes llenas de nombres. No parecía estar recordando una norma. Parecía estar aceptando algo que llevaba años sin querer decir.
—Con lo que más le cuesta soltar a cada uno.
—Eso no es una respuesta.
—Sí lo es, mi niño. Solo que es una respuesta horrible.
Medina bajó la mirada hacia la mesa.
—Una verdad cada uno —dijo—. Pero no una verdad bonita. Una que no sirva para quedar bien.
Gon soltó una risa seca.
—Perfecto. Terapia de grupo con fantasmas.
Carmen no sonrió.
—Si te deja cómodo, la usa. Si te deja desnudo, arde.
La primera vela de la mesa se encendió sola.
Llama negra.
Medina miró a Carmen.
—Tú primero.
Ella asintió.
No discutió.
Se acercó a la mesa y puso una mano sobre las fotos antiguas de La Casa del Alba, sobre la imagen de su hermana joven, sentada en el banco del mirador.
—Mi verdad —dijo— es que durante años quise que mi hermana hubiera querido morir.
No porque quisiera perderla, sino porque así el mundo seguía teniendo algún orden: yo podía estar triste sin estar rabiosa, y nadie tenía que haberla salvado.
Pero no eligió. La empujaron. Mintieron.
Y yo acepté media mentira porque la verdad era insoportable.
La llama negra se volvió naranja, pequeña, temblorosa, mientras la fotografía bajo su mano ardía por los bordes. Sin humo. Solo la imagen.
—Alba quería vivir.
La foto se convirtió en ceniza blanca. Una parte de los nombres de la pared se borró. La Casa gimió como madera mojada partiéndose.
Medina cerró los ojos.
—Carmen…
—No me consueles.
La segunda vela se encendió.
Medina se acercó. Parecía más asustado que cuando había apuntado a la de blanco. Puso la mano sobre la pistola.