12. La fiesta que no termina #2
La fiesta volvió a moverse alrededor. La gente bailaba otra vez, pero ahora sus movimientos eran demasiado coordinados. Círculos lentos. Brazos abiertos. Pies descalzos sobre tierra negra.
La espiral de piedras blancas apareció bajo nuestros pies.
No se construyó.
Siempre había estado allí.
Solo dejamos de no verla.
En el centro estaban los tres vasos.
Llenos.
La de blanco cogió uno y se lo ofreció a Pichi.
—Puedes quedarte sin que te duela.
Gon avanzó.
—No.
La mujer de las trenzas cogió otro vaso y me lo ofreció a mí.
—Puedes olvidar que lo entregaste.
El tercer vaso quedó sobre la mesa, frente a Gon.
Nadie se lo ofreció.
Eso era peor.
La Casa sabía que Gon no necesitaba tentación.
Necesitaba permiso para no decidir.
Pichi miraba su vaso.
Yo miraba el mío.
Dentro del líquido vi una vida sin la frase.
Madrid.
Trabajo.
Viajes.
Pichi vivo.
Gon riéndose.
Yo sin esa marca en el pecho.
Una versión limpia.
Imposible.
—No bebas —dijo Gon.
No sabía si me lo decía a mí o a Pichi.
La mujer de las trenzas acercó el vaso a mi mano.
—Solo tienes que aceptar que no fue tu culpa.
La frase era perfecta.
Demasiado perfecta.
Porque yo quería eso.
No perdón.
No salvación.
Quería una versión en la que la culpa fuera absurda. En la que una broma no pudiera pesar. En la que el mundo fuera razonable y las palabras borrachas no abrieran puertas antiguas.
Quería que no fuera mi culpa.
Miré a Pichi.
Él seguía mirando su vaso.
—Pichi —dije.
No levantó la cabeza.
—No voy a preguntarte si quieres volver.
La de blanco frunció el ceño.
—Bien —susurró Gon.
—No voy a decidir por ti tampoco.
Pichi me miró entonces.
—¿Entonces?
Dejé mi vaso sobre la mesa sin beber.
—Voy a decir lo que hice.
La música bajó.
La mujer de las trenzas se quedó inmóvil.
—No —dijo ella.
Sonreí sin ganas.
—Ahora sí es el momento, ¿no?
Me giré hacia la fiesta.
Hacia todos los rostros jóvenes y muertos.
Hacia la de blanco.
Hacia Gon.
Hacia Pichi.
Hacia mi yo anterior, que aún estaba dentro de mí, con el vaso levantado y la boca llena de una frase estúpida.
—Yo hice la broma —dije.
La tierra negra vibró.
—Yo dije: te lo regalo. Quédate con ella, que esta igual no te deja tirado como tu ex.
Pichi cerró los ojos.
Gon bajó la cabeza.
—Yo dije: te lo regalo.
La espiral se iluminó bajo mis pies.
No con luz blanca.
Con algo más oscuro.
Como si la noche hubiera aprendido a arder.
—No sabía lo que significaba. No quería entregarlo. No quería hacerle daño. Pero usé su nombre para reírme. Usé su cansancio como chiste. Y cuando algo respondió, preferí pensar que no pasaba nada.
La mujer de las trenzas susurró:
—Basta.
No bastaba.
—Luego nos fuimos sin él.
Gon levantó la vista.
—Bruno…
—Nos fuimos sin él —repetí—. Porque era más cómodo pensar que estaba ligando, o bailando, o haciendo una de las suyas. Porque buscarlo de verdad habría cortado la noche. Porque preocuparnos nos habría obligado a dejar de ser los colegas graciosos que solo estaban de vacaciones.
La música se deformó.
Algunas caras de la fiesta empezaron a borrarse.
—Y cuando desapareció, quise que la historia tuviera monstruos para no mirar la parte sencilla.
Miré a la de blanco.
—Vosotros sois monstruos.
Luego miré a Pichi.
—Pero yo también hice mi parte.
El vaso que me habían ofrecido se agrietó.
El ámbar espeso empezó a gotear sobre la mesa.
Pichi lloraba en silencio.
—No tenías derecho —dijo.
—Lo sé.
—No era tuyo regalarme.
—Lo sé.
—Y yo tampoco tenía derecho a desaparecer sin deciros que quería hacerlo.
Gon dio un paso hacia él.
—Tampoco tenías que saber decirlo perfecto.
Pichi soltó una risa triste.
—Siempre tan razonable, Lolo.
Gon se rio llorando.
Un ruido pequeño.
Roto.
Suyo.
La de blanco levantó el vaso hacia Pichi.
—Todavía puedes quedarte.
La fiesta entera pareció inclinarse hacia él.
Cientos de ojos.
Cientos de sonrisas suaves.
Cientos de ausentes ofreciéndole un lugar donde no tendría que explicar nada.
Pichi miró el vaso.
Durante un parpadeo supe que podía beber.
Y también supe que, si lo hacía, no podríamos odiarlo.
Esa fue la crueldad final.
La Casa no ofrecía solo mentiras. Ofrecía alivio. Y eso era bastante peor.
Pichi cogió el vaso.
Gon hizo un sonido ahogado.
Yo no me moví.
No podía decidir por él.
No otra vez.
Pichi acercó el vaso a la boca.
La de blanco sonrió.
La mujer de las trenzas cerró los ojos.
La música se volvió casi hermosa.
Entonces Pichi bajó el vaso.
—Me quiero ir —dijo.
La fiesta se detuvo.
—No porque fuera sea mejor —continuó—. Igual fuera es una mierda. Igual vuelvo y sigo sin saber qué hacer conmigo. Igual en dos semanas volvemos a hablar de fútbol, de curro y de cualquier chorrada porque no sabemos hablar de esto.
Gon lloraba abiertamente.
—Pero quiero poder cabrearme con ellos.
Pichi me miró.
—Quiero poder no perdonarte todavía.
Asentí.
—Vale.
—Y quiero poder perdonarte algún día si me sale de los cojones.
—Vale.
—Y quiero que me preguntéis de verdad cómo estoy, aunque os conteste con una broma.
Gon se limpió la cara con la manga.
—Eso… eso lo intentamos.
Pichi tiró el vaso al suelo.
El ámbar espeso se derramó sobre la espiral.
Pero esta vez no humeó.
Esta vez la tierra lo absorbió sin ruido.
La de blanco gritó.
La mujer de las trenzas me miró con algo parecido al odio.
—No se rechaza una puerta dos veces.
Pichi dio un paso hacia nosotros.
—Pues ciérrala.
La fiesta empezó a romperse.
Casi sin ruido.
Primero las guirnaldas se apagaron.
Luego las velas.
Luego las caras de los bailarines se volvieron borrosas, como fotografías mojadas. Algunos gritaron. Otros rieron. Otros simplemente se quedaron quietos, resignados, como si hubieran visto esa derrota antes y supieran que no era definitiva.
La de blanco se acercó a mí.
—La deuda sigue teniendo tu voz.
—Sí.
—Él se va porque tú has confesado. Pero alguien tiene que llevar la memoria.
—La llevaré.
—No sabes lo que dices.
—Puede.
—Te despertará por las noches.
—Ya lo hace.
—Te hará dudar de tus recuerdos.
—Ya lo hace.
—Nadie te creerá del todo.
Miré a Gon.
Él sostuvo mi mirada.
Pichi también.
—Ellos sí.
La de blanco sonrió con crueldad.
—Hoy.
El suelo se abrió detrás de ella.
No en espiral.
En línea recta.
Como una grieta atravesando la fiesta desde la mesa hasta el barranco invisible. Al otro lado vi La Casa. Sus pasillos. Sus puertas. Sus habitaciones llenas de versiones posibles.
Medina apareció en el borde de la grieta, como si nos esperara desde hacía horas.
—¡Salgan ya!
Carmen estaba junto a él.
Su cara seguía vacía, pero había algo nuevo en sus ojos.
No paz.
Algo más honesto.
Cansancio sin mentira.
Corrimos.
Gon primero.
Pichi detrás, tropezando.
Yo el último.
La mujer de las trenzas agarró mi brazo.
Sus dedos estaban helados.
—La primera vez siempre parece una victoria —susurró.
Intenté soltarme.
No pude.
—Vendrás a pedirnos que te dejemos olvidar.
—No.
—Todos vienen.
Pichi volvió hacia mí.
—¡Bruno!
La mujer de las trenzas apretó más fuerte.
Vi la fiesta detrás de ella, deshaciéndose y reconstruyéndose a la vez. Vi otros grupos llegando. Otros vasos. Otras bromas. Otros ausentes esperando un nombre.
—No puedes cerrar esto —dijo—. Solo has cerrado vuestra noche.
—Entonces empiezo por ahí.
Le di un tirón al brazo.
No se soltó.
Gon apareció a mi lado y la golpeó con una piedra blanca.
La mujer de las trenzas no sangró.
Pero gritó.
—Eso por Pichi —dijo Gon.
Corrimos hacia la grieta.
Medina nos agarró uno a uno y nos arrastró al pasillo de La Casa.
Pichi cayó al suelo.
Gon cayó encima.
Yo entré el último.
La grieta empezó a cerrarse.
Al otro lado, la de blanco nos miraba desde la fiesta rota.
—Bruno —dijo.
No respondí.
—Bruno.
No respondí.
—Bruno, mírame.
No respondí.
La grieta se cerró.
La música se cortó.
Por un momento, La Casa quedó en silencio absoluto.
Luego todas las puertas se abrieron a la vez.
Y desde todas las habitaciones salió mi voz.
Te lo regalo.
Te lo regalo.
Te lo regalo.
Medina levantó la pistola.
Carmen apagó una vela con los dedos.
Pichi se incorporó, temblando.
Gon me miró.
—¿Qué pasa ahora?
La Casa respondió antes que nadie.
En la pared del pasillo, mi nombre terminó de escribirse.
Bruno.
Debajo apareció una frase nueva.
EL QUE RECUERDA AbrE LA PUERTA.
Medina palideció.
—Tenemos que quemar La Casa.