El Mirador de los Ausentes 12. La fiesta que no termina
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12. La fiesta que no termina

La Casa dejó de fingir.

Hasta entonces había usado la forma de cosas reconocibles: un recibidor, una terraza de Madrid, un dormitorio, una finca vieja escondida en el norte de Tenerife. Había copiado olores, voces, fotografías, recuerdos. Había sido hogar porque el hogar es la trampa más antigua.

Pero después de Alba, ya no le hizo falta.

Los pasillos se estiraron.

Las velas ardieron con llama negra.

Las fotografías de las paredes cambiaron mientras caminábamos.

Ya no mostraban grupos felices ni cenas largas.

Ahora enseñaban bordes: gente junto a barandillas, gente en azoteas, gente en caminos de tierra, gente levantando vasos.

En todas las imágenes había alguien ligeramente apartado del grupo.

Alguien que aún no sabía que iba a quedarse solo.

Pichi caminaba entre Gon y yo, aunque cada vez apoyaba menos peso. Eso debería haberme tranquilizado. Significaba que recuperaba fuerza.

No lo hizo.

Porque cuanto más fuerza tenía, menos nos miraba.

Era como si parte de él se hubiera quedado escuchando algo detrás de las paredes.

Medina iba delante con la pistola en la mano. Carmen detrás, sin cuchillo ya. Lo había perdido en el recuerdo de Alba o lo había dejado caer cuando su hermana desapareció. Caminaba rígida, los ojos secos, la cara vacía.

—¿Está bien? —le preguntó Gon.

Carmen lo miró como si la pregunta viniera de muy lejos.

—No.

Nadie añadió nada.

A veces la verdad no necesita consuelo.

Bajamos una escalera que no debería existir. No tenía barandilla. Los peldaños estaban tallados en piedra negra, húmeda, y descendían en espiral hacia un ruido de voces y música. No la música antigua de la primera Alba. No la canción de coche, ni las risas del mirador de hace diez años.

Nuestra música.

La de la fiesta.

Celestial, lenta, demasiado bonita.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—No puedo volver ahí —dije.

Medina no se detuvo.

—Ya está ahí.

—No.

—Desde que bebió en el mirador.

Gon me miró.

—Bruno.

—No me acuerdo de haber bebido allí.

Pichi habló sin levantar la cabeza.

—Sí te acuerdas.

No era reproche.

Era peor.

Era cansancio.

Seguimos bajando.

Las paredes empezaron a mostrar humedad. Al principio pensé que era agua. Luego vi que no. Eran palabras. Frases apareciendo y desapareciendo como moho sobre la piedra.

ME QUEDARÍA AQUÍ.

UNA MÁS Y NOS VAMOS.

TE LO REGALO.

NO PASA NADA.

YA APARECERÁ.

TE LO REGALO.

TE LO REGALO.

TE LO REGALO.

Me detuve.

Gon lo vio también.

—No mires.

—Está por todas partes.

—Pues no mires por todas partes.

Habría querido reírme.

No pude.

Al final de la escalera había una puerta de cristal.

No madera negra.

No hierro.

Cristal.

Al otro lado se veía la explanada.

La fiesta.

La verdadera.

No el recuerdo borroso de la resaca, ni la versión de la terraza, ni las imágenes dentro del vaso. La fiesta entera, detenida justo antes de la condena.

Tenerife de noche.

La tierra oscura.

Las piedras volcánicas.

Las guirnaldas colgadas entre postes.

El aire con olor a sal, polvo caliente y flores dulces pudriéndose en agua.

La mesa larga con botellas y fruta cortada.

La mujer de las trenzas.

La de blanco.

Nosotros tres.

Gon, con el vaso levantado.

Pichi, riéndose.

Yo, en el centro, con la boca abierta en mitad de una frase.

Medina se paró ante la puerta.

—A partir de aquí, no hay testigos.

—¿Qué significa? —preguntó Gon.

—Que el recuerdo no va a mostrarles lo que pasó. Va a obligarles a ocuparlo.

—No entiendo.

Carmen contestó:

—Volveréis a ser vosotros.

Pichi respiró hondo.

—¿Y si lo hacemos distinto?

Medina no respondió enseguida.

—Eso es lo único que importa.

—¿Podemos cambiarlo? —pregunté.

—No el hecho. Sí la respuesta.

Otra vez.

La respuesta.

Empezaba a odiar esa palabra.

—¿Qué respuesta?

Medina me miró.

—Cuando la frase salga de su boca, tendrá que decidir si se esconde detrás de ella o si la recoge.

—¿Recogerla?

—Sí.

—¿Y eso cómo se hace?

Carmen habló en voz baja:

—Diciendo: fue mío.

La puerta de cristal vibró.

Al otro lado, la fiesta siguió congelada.

Mi versión pasada sonreía con el vaso en alto.

Parecía feliz.

Parecía imbécil.

Parecía yo.

—¿Y si no puedo? —pregunté.

Medina guardó la pistola.

—Entonces La Casa terminará de escribir su nombre.

Pichi me miró.

No dijo nada.

Eso me dolió más que si me hubiera insultado.

Abrí la puerta.

La música nos tragó.

Volví a estar borracho.

No fue un recuerdo.

Fue físico.

El calor en la cara. Las piernas ligeras. La lengua torpe. La risa fácil subiéndome desde el pecho. Un instante después olvidé a Medina, a Carmen, a Alba, La Casa, la libreta, el mirador y todo lo que había pasado después.

Solo estaba allí.

En una fiesta rarísima en mitad de Tenerife.

Con Gon.

Con Pichi.

Con una bebida dorada en la mano.

—Esto es cine —dijo Gon.

Estaba a mi izquierda, apoyado en la mesa, con los ojos brillantes y la camisa abierta por el cuello.

Pichi bailaba delante de nosotros con la de blanco. Ella giraba alrededor de él, descalza, casi sin tocar la tierra.

—Este tío ha nacido para acabar en una secta —dije.

Gon se rió.

Me reí yo.

Pichi nos señaló desde la pista improvisada.

—¡No tengáis envidia, hermanos!

La música subió.

Las voces parecían bajar del cielo, o subir desde la tierra. Todo vibraba con una armonía imposible. No era normal. Nada allí era normal. Pero la bebida convertía lo imposible en gracioso.

La mujer de las trenzas apareció a nuestro lado.

—¿Están disfrutando?

—Muchísimo —dijo Gon.

—Demasiado —añadí.

Ella sonrió.

—Demasiado es una palabra peligrosa.

—Pues estamos peligrosísimos.

Gon volvió a reírse.

Yo también.

Ese fue el horror.

Que al volver allí, parte de mí volvía a ser el mismo idiota que no sabía nada. No un monstruo. No un villano. Un tío borracho creyendo que la noche era una anécdota.

La mujer de las trenzas rellenó mi vaso.

El líquido cayó despacio, como ámbar espeso.

—Una más y nos vamos —dijo Gon.

La frase me atravesó como una aguja.

Una más y nos vamos.

La habíamos dicho en el coche.

En el mirador.

En la fiesta.

Una frase pequeña para justificar cualquier error.

Miré el vaso.

No debía beber.

Lo sabía.

Pero mi cuerpo pasado no lo sabía.

Mis dedos rodearon el plástico.

La mujer de las trenzas inclinó la cabeza.

—¿Qué traes dentro, Bruno?

Escuchar mi nombre allí fue como caer desde muy alto.

Recordé.

No todo, pero bastante.

Medina.

Carmen.

Alba.

La libreta.

Pichi saliendo de la espiral.

Gon diciendo que nos lo tatuábamos.

Mi nombre húmedo en la pared.

La Casa esperando.

Bajé el vaso.

La mujer de las trenzas sonrió menos.

—¿No quieres?

—No.

Gon me miró.

—¿Estás bien?

Su voz venía de dos sitios: el Gon del recuerdo, borracho y feliz, y el Gon real, enterrado debajo, intentando despertar.

—No bebas —le dije.

Él frunció el ceño.

—¿Qué?

—No bebas.

La música falló durante medio segundo.

Pichi se giró desde la pista.

La de blanco dejó de bailar.

—Bruno —dijo Gon—, ¿qué haces?

No supe si preguntaba él o el recuerdo.

La mujer de las trenzas apoyó una mano sobre la mesa.

—Todavía no es el momento.

—Sí lo es.

—No.

—Sí.

El aire de la fiesta cambió.

Algunas personas dejaron de bailar. Sus caras seguían siendo jóvenes, pero los ojos ya no fingían. Eran ojos antiguos. Ojos que habían visto muchas veces la misma escena y no toleraban que alguien se adelantara.

Pichi se acercó, tambaleándose.

—¿Qué pasa?

Lo miré.

Estaba vivo.

Entero.

Con su sonrisa absurda, la frente sudada, el pelo pegado y esa alegría peligrosa de quien no quiere que la noche termine porque mañana le da más miedo que cualquier fantasma.

—Nos vamos —dije.

Pichi soltó una carcajada.

—Pero si acaba de empezar.

—Nos vamos ahora.

—Ni de coña.

Gon dejó su vaso en la mesa.

Algo en su cara empezaba a volver.

—Bruno…

La de blanco se puso al lado de Pichi.

—Él puede decidir.

—No he dicho que no.

—No todo gira alrededor de tu culpa.

La frase me frenó.

Porque tenía razón.

También era una trampa, pero tenía razón.

Pichi no era solo víctima de mi frase. También había dicho que quería quedarse. También había algo en él que había respondido a la música antes que nosotros. También tenía su propio agujero.

Lo miré.

—¿Quieres quedarte?

Gon se tensó.

—No le preguntes eso.

Recordé a Carmen en la oficina.

Si encuentra a su amigo, no le pregunte si quiere volver.

Porque quizá diga que no.

Pichi miró a la de blanco.

Luego a la fiesta.

Luego a nosotros.

—No lo sé —dijo.

La sinceridad de la respuesta nos dejó mudos.

—¿Cómo que no lo sabes? —preguntó Gon.

Pichi se pasó una mano por la cara.

—No lo sé, tío.

—Estás borracho.

—Siempre estoy borracho de algo.

—No digas gilipolleces.

—No son gilipolleces.

La música volvió a subir, suave, paciente, aprovechando la grieta.

Pichi miró alrededor.

—Aquí nadie espera que esté bien.

—Aquí no estás bien —dije.

—Pero tampoco tengo que fingirlo.

La de blanco le rozó el brazo.

—Nadie le pide nada.

—Mentira —dijo Gon.

Ella lo miró.

—¿Tú qué sabes de lo que le piden?

Gon abrió la boca.

No contestó.

La de blanco siguió:

—Fuera todos piden. Trabaja. Decide. Contesta. Llega. Cambia. Madura. Sé gracioso, pero no demasiado. Sé fuerte, pero no molesto. Sé feliz, pero sin cansar.

Pichi cerró los ojos.

Cada palabra entraba en él como agua en tierra seca.

—Aquí solo baila —dijo ella.

—Aquí desaparece —dije.

La de blanco sonrió.

—A veces es lo mismo.

—No.

—Para algunos, sí.

Pichi me miró con rabia.

—Tú no sabes.

—No.

—No sabes lo que pesa ser siempre el que hace reír.

—No.

—No sabes lo que es que nadie te pregunte nada en serio porque has enseñado a todos a no hacerlo.

—No.

—No sabes lo que es querer parar y no saber cómo decirlo sin que parezca otro chiste.

—No.

No dije más.

Porque esta vez no quería tapar su verdad con la mía.

Pichi respiraba rápido.

Gon tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Tío —dijo—. Lo siento.

Pichi se rió, pero la risa se rompió por la mitad.

—No me pidáis perdón ahora como si eso arreglara algo.

—No arregla nada —dije.

—Entonces no lo digas.

—Vale.

La mujer de las trenzas dio un paso hacia nosotros.

—Hay noches que son puertas. No todos quieren que se cierren.