El Mirador de los Ausentes 11. La primera mentira #3
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11. La primera mentira #3

La de blanco retrocedió hacia la puerta de La Casa, que seguía abierta detrás de nosotros.

—Muy bonito —dijo.

Su voz había cambiado.

Ya no era dulce.

Ahora debajo había algo viejo.

Algo profundo.

—Habéis salvado un minuto.

Medina apretó el arma.

—Hemos roto tu origen.

Ella sonrió.

—No. Habéis confesado uno.

El suelo del mirador se agrietó.

No bajo Alba.

Bajo Iván.

Él levantó la cabeza, todavía de rodillas.

—¿Qué pasa?

La grieta se abrió en forma de espiral.

Piedras blancas surgieron de la tierra alrededor de él.

—La mentira necesita boca —dijo la de blanco—. Si no es la suya, será la que diga la verdad demasiado tarde.

Iván intentó levantarse.

No pudo.

La tierra negra empezó a cubrirle las manos.

—¡Ayudadme! —gritó.

Nadie se movió.

Ahí estaba el horror final.

No la mentira.

La justicia.

O algo disfrazado de justicia.

Iván había dicho la verdad, pero solo cuando ya no tenía escapatoria. Y ahora el lugar lo reclamaba a él.

Clara miró a Alba.

Alba miró a Iván.

Yo miré a Medina.

—No podemos dejarlo.

Medina no respondió.

—Inspector.

—Si lo sacamos, alguien ocupa.

—Eso dicen ellos.

—Y a veces tienen razón.

Iván gritó otra vez.

La tierra ya le llegaba a la cintura.

Gon apareció a mi lado.

—Bruno.

—No voy a dejarlo.

—Es el tío que la empujó.

—Y si dejamos que se lo trague, ¿qué cambia?

Gon no contestó.

Pichi habló desde el suelo.

—Cambia que entonces somos ellos.

La frase decidió por nosotros.

Corrimos hacia Iván.

Medina gritó algo, pero no le escuché.

Agarré a Iván por un brazo. Gon por el otro. Pichi, casi sin fuerza, se arrastró hasta sujetarle la camisa. Clara dudó un segundo. Después también vino. Alba, temblando, puso las manos sobre la espalda de Clara para tirar.

Carmen lloraba abrazada a su hermana joven y vieja a la vez.

La de blanco nos observaba desde la puerta.

Sin sonreír.

Tiramos.

Iván pesaba como si llevara diez años enterrado.

—¡No puedo! —gritó.

—¡Tira tú también! —le dije.

—¡No puedo!

—¡Di que quieres salir!

—¡Quiero salir!

Nada cambió.

—¡Di por qué!

Iván me miró.

Entendió antes que yo.

La Casa no aceptaba deseo.

Aceptaba deuda.

—La empujé —sollozó—. Mentí. Dejé que todos mintieran. Dejé que su familia pensara que ella quería morirse.

La tierra bajó un centímetro.

—Más —dijo Pichi.

Iván gritó:

—¡Tenía miedo!

La tierra bajó otro poco.

—¡No quería que me miraran como si fuera un asesino!

Otro poco.

—¡Y preferí que ella fuera una suicida antes que yo un culpable!

La espiral se agrietó.

Tiramos una vez más.

Iván salió disparado hacia nosotros.

La tierra se cerró con un golpe seco.

Durante un instante solo hubo silencio.

Iván estaba vivo.

Alba estaba viva.

Pichi seguía allí.

Yo seguía allí.

Gon seguía allí.

La primera mentira había sido dicha, contestada y confesada.

Pensé que habíamos ganado.

Entonces Carmen gritó.

Me giré.

Alba, su hermana, empezaba a deshacerse entre sus brazos.

No de forma violenta.

No como polvo.

Como recuerdo.

Su cuerpo se volvía luz fina, transparente, escapándose por los bordes. Carmen intentaba sujetarla, pero ahora sus manos empezaban a atravesarla de nuevo.

—No —decía Carmen—. No, por favor. Ahora no.

Alba la miró.

Por primera vez pareció reconocer algo.

No a la mujer mayor que tenía delante.

Sino una posibilidad.

Una hermana futura.

Una vida que no había tenido.

—Carmenita —susurró.

Carmen se rompió.

—Estoy aquí.

—Ya lo sé.

—Te salvamos.

Alba sonrió con una tristeza inmensa.

—No. Me creísteis.

La frase fue pequeña.

Pero cambió el aire.

Carmen dejó de intentar retenerla.

La abrazó una última vez.

Aunque ya casi no había cuerpo.

—Perdóname.

—No era tuya la culpa.

Alba desapareció.

La noche del recuerdo empezó a deshacerse con ella.

Los jóvenes se volvieron sombras.

El coche.

La música.

La barandilla rota.

Todo se retiró como una marea.

Solo quedó la puerta de madera negra abierta en medio de la oscuridad.

Al otro lado, el pasillo de La Casa.

La de blanco nos esperaba allí.

Pero ya no parecía una chica.

En ese parpadeo vi lo que había debajo: algo hecho de muchas caras, muchas bocas, muchas manos levantadas desde el fondo de un barranco.

Luego volvió a ser ella.

—Habéis aprendido una cosa —dijo—. Muy bien.

Medina apuntó.

—Apártate.

—Pero os falta la otra.

Miró a Pichi.

—Decir la verdad no devuelve a todos.

Luego me miró a mí.

—Y la deuda de Bruno no era con Alba.

El pecho volvió a cerrárseme.

—Era conmigo.

El pasillo se llenó de música.

Detrás de la chica, las puertas de La Casa se abrieron una a una.

En cada habitación ardía una versión distinta de la fiesta.

Nuestra fiesta.

Tenerife.

La explanada.

Los vasos.

La de blanco.

La mujer de las trenzas.

Mi voz diciendo:

Te lo regalo.

La de blanco dio un paso atrás y señaló el interior.

—Ahora sí. Vamos a vuestra primera mentira.

Pichi se puso en pie con esfuerzo.

Gon lo sujetó.

Medina recargó la pistola con manos lentas.

Carmen, de rodillas, seguía mirando el lugar donde su hermana acababa de desaparecer.

—Carmen —dijo Medina.

Ella tardó en levantarse.

Cuando lo hizo, parecía vacía.

Pero sus ojos estaban secos.

—Vamos —dijo.

Y entramos de nuevo en La Casa.

Esta vez, La Casa ya no fingía ser un hogar.