El Mirador de los Ausentes 11. La primera mentira #2
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11. La primera mentira #2

—Con la mía. No con Alba. Cuando mi hija desapareció, encontré este lugar. Encontré el recuerdo. Encontré la primera mentira. Pensé que si salvaba a Alba, todo lo demás se desharía. La Casa, la secta, los muertos, mi hija.

Carmen lo miraba con odio.

—¿Y?

—La saqué.

La de blanco seguía acariciando el pelo congelado de Alba.

—Durante once minutos.

Medina tragó saliva.

—Alba apareció en el mirador. Viva. Asustada. No sabía quién era yo. No sabía cuánto tiempo había pasado. Pensé que lo había logrado.

—¿Qué pasó? —susurró Gon.

—La Casa eligió otra versión. Si Alba no caía, Clara ocupaba su sitio. Si Clara no caía, otro. La mentira no necesitaba a Alba. Necesitaba que alguien cargara con el silencio de los demás.

Carmen bajó lentamente el cuchillo.

—¿Y mi hermana?

Medina no pudo mirarla.

—Volvió a caer.

Carmen se llevó una mano al pecho.

—Tú la viste volver a caer.

—Sí.

—Y no me lo dijiste.

—No.

La de blanco se inclinó hacia Alba y susurró algo en su oído inmóvil.

—No estamos aquí para cambiar la muerte —dijo Medina—. Estamos aquí para cambiar la respuesta.

—¿Qué respuesta? —pregunté.

Medina señaló a los jóvenes congelados.

—La de ellos.

Miré al grupo.

Iván con la boca abierta después de decir “se ha tirado ella”.

Clara atrapada por su brazo.

Los otros cinco, inmóviles, cada uno en una fase distinta de cobardía: miedo, duda, negación, ganas de creer que aquello no iba con ellos.

—No podemos tocarlos —dijo Gon.

—Antes no —respondió Medina—. Ahora sí.

—¿Por qué?

—Porque la mentira está rota. Durante unos minutos, el recuerdo puede escuchar otra versión.

Pichi levantó la cabeza desde el suelo.

—¿Y qué tenemos que hacer?

Medina me miró.

No a Gon.

No a Carmen.

A mí.

—Decir la verdad antes que él.

Sentí que el pecho me dolía.

—¿Yo?

—Usted sabe cómo nace.

—No soy él.

—No. Pero hizo lo mismo.

Las palabras me golpearon porque eran injustas.

Y porque eran ciertas.

Yo no había empujado a Pichi. No había querido entregarlo. No había inventado una mentira para tapar un crimen.

Pero había hecho algo parecido en miniatura.

Había usado la risa para no tomar en serio una frontera.

Había convertido a mi amigo en objeto de una broma.

Te lo regalo.

Una frase.

Un borde.

—No puedo —dije.

La de blanco sonrió.

—Claro que no.

Gon se acercó a mí.

—Bruno.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No sé qué decir.

—Lo que no dijiste allí.

Miré a Pichi.

Estaba pálido, medio derrumbado, pero sus ojos seguían siendo suyos.

No del todo.

Pero lo suficiente.

—Yo me reí —dijo.

—No.

—Sí. Me reí. Y levanté el vaso. Y me quedé porque una parte de mí quería que alguien me diera permiso para desaparecer.

—No digas eso.

—Es verdad.

Me miró con una tristeza limpia.

—Pero tú no tenías derecho a dármelo.

Aquello me atravesó.

No como reproche.

Como verdad.

La clase de verdad que no busca destruirte, sino dejarte sin escondite.

Asentí.

Medina me dio un empujón suave.

—Antes de que vuelva a moverse.

Caminé hacia Iván.

Cada paso pesaba.

Al acercarme, vi el sudor en su frente, la pupila dilatada, la mandíbula apretada. No era un demonio. Era un cobarde en el segundo exacto en que la cobardía decide si se convierte en crimen.

Me coloqué frente a él.

No sabía si podía oírme.

Hablé igual.

—No se ha tirado.

La escena no cambió.

Repetí más fuerte.

—No se ha tirado.

El aire vibró.

Los ojos congelados de Iván se movieron apenas hacia mí.

Me oyó.

O el recuerdo me oyó a través de él.

—La has empujado —dije—. No querías matarla. Puede que ni siquiera quisieras hacerle daño. Pero la has empujado. Y ahora se está cayendo.

La de blanco dejó de sonreír.

—Cuidado, Bruno.

Seguí.

—Si mientes ahora, todo lo que pase después será por esa mentira. No porque seas malo. No porque seas un monstruo. Porque eres un cobarde y vas a pedirle a todos los demás que sean cobardes contigo.

Iván respiró.

La escena empezaba a moverse.

Muy despacio.

Alba resbaló otro milímetro.

Carmen gimió.

—No —dije—. Mírala.

Iván no quería.

—Mírala.

Sus ojos fueron hacia Alba.

Por primera vez desde el empujón, la miró de verdad.

La vio colgada.

La vio viva.

La vio esperando.

Clara también pudo moverse. Se soltó de su brazo y corrió hacia el borde.

—¡Ayudadme!

Uno de los chicos reaccionó.

Luego otro.

No todos.

Pero bastó.

Clara agarró la muñeca de Alba.

Otro chico se tiró al suelo y sujetó a Clara por la cintura.

Una chica empezó a gritar pidiendo ayuda.

Iván seguía paralizado.

Yo le agarré la cara.

Esta vez pude tocarlo.

Su piel estaba caliente.

Real.

—Di la verdad.

Lloraba.

No mucho.

Solo lo justo para que se le rompiera la cara.

—La he empujado —susurró.

—Más alto.

—La he empujado.

La noche entera se sacudió.

La de blanco gritó.

No de dolor.

De rabia.

La Casa apareció alrededor del mirador como una sombra superpuesta: paredes de piedra, velas, pasillos, fotografías. Todo mezclándose con la noche antigua.

Iván cayó de rodillas.

—¡La he empujado yo!

El grupo se movió.

Tres personas tiraron de Alba.

Clara gritaba.

Carmen lloraba.

Medina apuntaba a la de blanco, pero no disparó.

Gon sujetaba a Pichi.

Yo seguía delante de Iván, sintiendo cómo algo invisible se arrancaba del suelo bajo nosotros.

Alba subió.

Primero los brazos.

Luego el pecho.

Luego una rodilla sobre el borde.

Clara la abrazó con tanta fuerza que ambas cayeron sobre la roca.

Alba estaba viva.

La primera Alba estaba viva.

Por un momento, el mundo pareció corregirse.

Carmen corrió hacia su hermana.

Esta vez, cuando la tocó, no la atravesó.

Sus manos se cerraron sobre el cuerpo de Alba.

—No puede ser —susurró Carmen.

Alba, asustada, confundida, la miró sin reconocerla.

—¿Quién eres?

Carmen no pudo responder.

Solo la abrazó.